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Manual de infractores

 

 

Manual de infractores

Por Joaquín Pérez Azaústre

EN la desobediencia está el estilo de nuevo decidido a ser simiente, una discrepancia en el mensaje como forma templada de extravío, saliendo de los límites cohibidos. En Manual de infractores, el último de los libros de poemas de José Manuel Caballero Bonald, asistimos a una revelación, a un paso más en el crecimiento de su mundo, génesis de sí mismo, proteína de sí, motor interno, pero también a una decantación por la insurgencia. Gestado y motivado en los estertores y aledaños de la invasión de Iraq, Manual de infractores se presenta como un libro de calle, a pie de acera, no por delante de los grises sino de los antidisturbios de Madrid, lo que prácticamente viene a ser lo mismo. No es un libro-pancarta, pero sí un libro-protesta: se mantiene el rigor en el estilo, el lenguaje como fuente constante de sí mismo, autorregulador y autogenerador, con ese barroquismo sensual que se ha ido aquilatando, que ha ido ganando pureza y densidad, y que también puede ser directo en la codicia de una frase. Así, en el poema Terror preventivo -ineludible pensar en el concepto de Bush de guerra preventiva, tan celebrado entonces por Aznar y Tony Blair-, podemos leer:

(...) Y allí mismo, detrás de la estrategia
irrevocable del terror, ¿no escuchas
el sanguinario paso de la secta,
la marca repulsiva
del investido de poderes,
sus rapiñas, sus mañas, sus patrañas?

Atroz historia venidera,
¿en qué manos estamos, cuántas trampas
tendrá que urdir la vida para seguir viviendo?

Manual de infractores, el libro de Caballero Bonald que acaba de ganar el Premio Nacional de Poesía, no es un libro sobre la guerra: pero sí contra la guerra -que en este caso fue invasión, como se sabe-, y también contra el resto de cosas que es posible estar desde la desobediencia más desnuda, frente al acatamiento borreguil de todos los que miran hacia el surco sin otear los bordes de la vida.

El comienzo se atisba en la memoria, en una auscultación sensorial y onírica de todas las esquinas vivenciales: así, ya en el primer poema, Caballero rememora la lluvia en la lucerna de un cuarto triste de París, la sombra rosa de los flamboyanes engalanando a franjas la casa familiar de Camagüey, aquel café de Bogotá donde iba a menudo con amigos que han muerto. Gestación interior, música lúcida. Transparencia buscada, cincelada, en la herencia lectora del último Juan Ramón Jiménez, del que hablaría ayer seguramente con el poeta cordobés José Luis Rey, que lo presentó en Puente Genil. La memoria es un rastro sobre el mar, escribe Caballero: y también una valentía. Lo mejor de Manual de infractores, como de toda su poesía, no es sólo la música, ni esa viveza plástica y verbal: sino que uno, cuando lee a Caballero Bonald, siente una inmensa compañía, una conversación esbelta y coloquial, hermosa y disidente, en la respiración de unos toneles.

Última actualización: 04/07/2018