Festival Internacional de Poesía de Medellín

 

 

Las nuevas literaturas africanas


Por Tirhankar Chanda
(Revista Label)

La negritud introdujo el mundo negro en la literatura francesa. Hoy, estas dos realidades ya no son los únicos horizontes de la nueva generación de escritores africanos francófonos, en búsqueda de universalidad.

Asimismo, anglófonos y lusófonos —que nunca han cedido verdaderamente a la tentación de la “novelizacion” de África a la manera de los poetas de la negritud— se definen mediante un perpetuo conflicto entre su origen y su pertenencia a la literatura universal.

La literatura africana en lengua francesa, nacida en las primeras décadas del siglo XX, sigue siendo hoy la principal representación de lo que se ha convenido en llamar francofonía. Sus poetas, sus dramaturgos y sus novelistas han ampliado el boceto del imaginario literario del francés introduciendo el viento harmatán y los árboles de pan, los griot y los “abikus”, “los soles de las independencias” y los guías providenciales.

Más importante aún que el enriquecimiento léxico del francés, la emergencia de una escritura francófona africana en el contexto histórico de la colonización tuvo como efecto situar el problema de la mirada que una civilización milenaria y colonizadora fija sobre el mundo mediante el idioma.

Revolución de la mirada

Un símbolo de importantes consecuencias que no escapó a la vigilancia del anticolonialista Sartre, quien en 1948 escribía en célebre prólogo de la Anthologie de la nouvelle poésie negre et malgache de langue francaise [Antología de la nueva poesía negra y malgache de lengua francesa] (ed. PUF, París, 1948), reunida por Leopold Sedar Senghor: “He aquí, hombres negros de pie que nos miran y les deseo que sientan como yo el sobrecogimiento de ser vistos (...). Hoy estos hombres negros no miran y nuestra mirada entra en nuestros ojos; antorchas negras iluminan a su vez el mundo y nuestras cabezas blancas no son más que pequeños farolillos agitados por el viento”.

La poesía de la negritud, a la que la poesía francesa rendía así homenaje, era por tanto una revolución de la mirada. Esta conmoción afectaba en primer lugar a los africanos, a quienes siglos de esclavitud y de colonización habían enseñado a mirar su continente y sus culturas a través de los ojos despreciativos del triunfante Occidente.

La nueva poesía negra, llegada a París en los años treinta y cuarenta de la pluma del trío carismático formado por el senegalés Senghor y los antillanos Aimé Césaire y León-Gontran Damas, alababa sin complejos la belleza de la “mujer desnuda, mujer negra”, exaltaba la energía y los fastos de los imperios africanos olvidados, abandonaba el exotismo y eliminaba la alineación de la mirada que el negro fijaba sobre él mismo y sobre su pasado.

En su llamada al negro a recuperar la confianza en su cultura, la negritud abonó el terreno para su liberación política. No sería exagerado decir que esta poesía revolucionaria contenía ya en sus primeros textos, las independencias africanas que vendrían.

La novela, que muy pronto tomó el relevo de la poesía en el campo francófono, no fue menos lúcida, como demuestran las obras novelescas más representativas de las diversas generaciones que se suceden desde hace cincuenta años.

Anticolonial en sus inicios, este campo literario se impuso a partir del momento en el que tomó distancia de la vena realista y buscó expresar el caos africano a través de los espejos rotos de una narración exaltada, carnavalesca y, sobre todo, metafórica de las turbulencias de lo cotidiano.

Novelistas francófonos

La nueva generación de novelistas francófonos, cuyos pioneros se llaman Abdourahman Waberi, Kossi Effoui, Alain Mabanckou o Jean-Luc Raharimanana va, incluso, más lejos, negándose a encerrarse en temas franco-africanos. Reivindican su libertad de escribir como autores y de inscribir sus obras en las filiaciones electivas que rechazan el origen. Quieren ser universales y afirman que ¡“la literatura africana no existe”!

(La libertad de escribir como autor y no como africano)

Tres preguntas a Bernard Magnie, periodista literario y director de la colección Afriques en la editorial Actes Sud (Arles).

¿Puede hacer una presentación de la colección africana que dirige en la editorial Actes Sud?

Bernard Magnier: La coleccione Afriques (Áfricas), con “s”, para marcar bien la diversidad y la multiplicidad de las literaturas africanas, existe desde hace diez años. Posee una treintena de títulos que reúnen grandes nombres como los nigerianos Wole Soyinka y Ken Saro-Wiwa, el sudanés Jamal Majhoub, el zimbabuense Chenjerai Hove o la marfileña Véronique Tadjo. Nuestra visión es geográfica y nuestro objetivo es dar a leer a los más representativos del continente africano subsahariano, en todas sus lenguas.

Aparte de su procedencia geográfica, ¿existe algo más que una a estos escritores?

La urgencia. Me parece que muchos de estos libros exhalan un sentimiento de necesidad. Esto se traduce en la elección de temas inspirados en la actualidad: dictaduras, inmigración, la condición de las mujeres. Son temas graves, aunque a menudo tratados con humor, un humor que, unido a una escritura lírica, onírica o fantástica, permite superar lo real y leer estas obras como cualquier texto de imaginación o de creación.

¿Cómo se manifiesta la relación compleja que estos autores mantienen con las lenguas europeas heredadas de una historia colonial dolorosa?

Algunos dicen que se sienten perfectamente a gusto en estas lenguas, francesa o portuguesa. Otros mantienen relaciones conflictivas con ellas y necesitan apropiárselas inventando un idioma para escribir a partir de una lengua básica que sea efectivamente extranjera. Al igual que los latinoamericanos, los indoingleses o los caribeños, los africanos están transformando profundamente los idiomas imperiales europeos introduciendo registros y sensibilidades que antes no existían.

Entre tradición oral y postmodernismo

En el campo anglófono, al igual que en el francófono, los años noventa vieron emerger una nueva generación de autores que están renovando la inspiración, al situar sus obras, de forma más decidida que sus predecesores, entre la tradición oral africana y las tradiciones postmodernistas occidentales.

Injustamente desconocidas, las literaturas lusófonas de África demuestran desde hace cincuenta años una vitalidad y una fertilidad sorprendentes, como la poesía militante de revuelta contra el colonialismo de la pluma de la primera generación de escritores (Antonio Jacinto, Viriato da Cruz, Antonio Cardoso, Agostinho Neto), o la novela modernista y metafórica que desarrollan los novelistas contemporáneos como Mia Couto (Mozambique), Pepetela (Angola), Germano Almeida (Cabo Verde) y Abdulai Silai (Guinea Bissau).

África en lengua inglesa y portuguesa

Las literaturas modernas del África negra también se escriben en lengua inglesa y portuguesa. La producción literaria anglófona conoció su verdadero despegue a partir de los años cincuenta, dominada por la figura de Wole Soyinka. Hombre de teatro, poeta, novelista y ensayista, este gigante de las letras africanas ganó el Premio Nobel de literatura en 1986 por haber sabido “dar forma al drama de la existencia en una amplia perspectiva y con connotaciones poéticas”.

Otros grandes escritores africanos anglófonos se llaman Chinua Achebe, Ben Okri, Ayi Kwei Armah, Ngugi wa Thiong’o, Nuruddin Farra y Dambudzo Marechera. Considerado como el padre de la novela africana moderna, Chinua Achebe se dio a conocer con Le monde s’effondre [El fin del mundo] en 1958 (ed. Présence africaine, París, 1972) que evoca la destrucción de la sociedad tradicional en contacto con Occidente.

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