Festival Internacional de Poesía de Medellín

La tierna violencia de Aimé Césaire


Por Julián González Zúñiga
(Resonoco)

Gracias a la Antología de la nueva poesía negra y malgache, publicada por el gran poeta senegalés Léopold Sédar Senghor en 1948, se establece el vínculo entre literatura africana y literatura antillana, vale decir, literatura de la negritud. A esa tendencia en la lírica cabría agregarle el componente lingüístico que fusiona ambas geografías: el uso de la lengua francesa por encima de las lenguas criollas y vernáculas.

El martiniqués Aimé Césaire (1913-2008) escribió su obra en la lengua instaurada por el colonizador, pero con los acentos, la fuerza –casi violencia–, el léxico y los matices de la cultura negra antillana. Así lo demuestra en su obra poética más conocida, Cuaderno de un retorno al país natal (compuesta en 1938-1939 y publicada en 1947), a la que siguen Las armas milagrosas, Soleil cou coupé, Cuerpo perdido, Ferrements y Catastro.

Resurrección. La ideología de la negritud vino a sustituir la del asimilacionismo y comprende más que el mejoramiento de las condiciones de vida de las colonias, lo que se traduce en seguridad social y educación principalmente, como Césaire había postulado. Años después clamaría por una asimilación diferente, homologada a igualdad económica con la metrópoli. A las voces que gritaban “asimilación”, él les respondía “resurrección”.

Cercano al Surrealismo y a la obra de Apollinaire, su actitud rebelde lleva a Césaire a una poesía en la que la violencia del clamor exalta –por medio de las imágenes y del ritmo– el doloroso anhelo de una esperanza.

En 1941, André Breton descubre la poesía “bella como el oxígeno naciente” de Césaire, a quien se acerca de inmediato. Breton califica el Cuaderno como “el mayor monumento lírico de la época”. Por su lado, Sartre ve en esta obra algo así como un cohete del que brotan soles y donde el Surrealismo se expande “en una flor enorme y negra”.

Césaire se sitúa entre los escritores franceses más iconoclastas y de izquierda. Su militancia en el Partido Comunista Francés lo introduce en el mundo de la política, aunque años después se retira de la agrupación al comprobar que Europa quiere seguir decidiendo el destino de los negros. “Lo que quiero es que marxismo y comunismo estén al servicio de los pueblos negros”, pero no al contrario, dijo en 1956.

Al igual que Senghor, Aimé Césaire nunca puso en duda su expresión literaria en lengua francesa. La hicieron propia, pero acorde con la vitalidad necesaria para exaltar su negritud con acentos de rebelión, no obstante los cambios en el “imperio colonial” francés: los países del África francófona se independizaron (1958-1960), mientras las Antillas permanecen como “departamentos de ultramar”.

Poesía y teatro. Así, la literatura negra/africana predominó por su poesía gracias a dos excepcionales poetas: Césaire y Senghor. Con su Cuaderno, el martiniqués –más abrupto y violento en su lírica que el senegalés– demostró la fortaleza y la originalidad de su verbo.

Es la reflexión de un joven formado en París que regresa a su tierra y confronta la cultura “blanca” con su propia identidad negra. Ataca duramente a la Europa colonizadora y le señala su responsabilidad por la mayor tasa de cadáveres de la historia.

Esa visión se relaciona con los temas de su obra: denuncia de una Europa agonizante; elogio y revalorización de la negritud; contraste entre un conocimiento vital del mundo y un conocimiento pragmático de las cosas, así como el desarraigo y el exilio.

Aimé Césaire llega al teatro sin perder el ímpetu de su poesía. Su teatro es muy político y expresa la negación de una Europa que insiste en su visión de “velar” por la suerte de los negros. Por ello, su teatro no presenta sólo la visión épica de la rebelión negra, sino la tragedia de un “poder negro” aislado y en combate contra males insuperables (injusticia, corrupción, alienación, pérdida de identidad, explotación y miseria).

Dentro de este género se encuentran La tragedia del rey Cristóbal, Una estación en el Congo, Una tempestad y Los perros se callaban. La primera data de 1963 y es la historia de un reyezuelo negro en el Haití de principios del siglo XIX, quien procura encabezar la independencia de su pueblo, pero es abandonado por sus partidarios.

Una estación en el Congo (1967) se vuelca sobre los acontecimientos que hundieron al Congo en la tragedia, desde su independencia hasta el asesinato de Patrice Lumumba.

Todos los temas de su teatro profundizan en los problemas de la comunidad negra, marcada por la vivencia del colonialismo, dentro de una negritud asumida, atacada, combatida y defendida.

Para Césaire, la negritud no debe ser vista como un fenómeno antirracista, sino como una exigencia del momento para que millones de hombres y mujeres salieran del mundo ausente en el que la historia los había ubicado y para que recuperasen el lugar que les correspondía desde toda la vida.

Diáspora y esperanza. Más allá de África y del mundo franco hablante, existe la diáspora negra, diseminada en tierras continentales e insulares. Vasto territorio de desarraigo, son Martinica, Guadalupe, Haití, Madagascar y la isla Mauricio, cercadas por un mar que encarcela y a su vez sirve de puerta al exilio, a la evasión y al vuelo. La literatura deviene, entonces, un arma milagrosa para abrirse camino, para forjarse un destino y para borrar un pasado de humillación.

Césaire ha dado voz a la negritud y a los marginados. La carga intemporal de su poesía lo aleja del discurso político inmediatista, presente en cierta poesía comprometida. En alusión a su Cuaderno, Césaire dijo: “Es el primer texto en que empecé a reconocerme. Lo escribí como un antipoema. Se trataba para mí de atacar, en el nivel de la forma, la poesía tradicional francesa”.

Aimé Césaire sabía que la literatura no era un lugar de complacencia y, al querer decir la verdad por medio de la poesía, terminó acusando.

¿Supieron Francia y la Europa colonizadora reconocer su deuda frente al dedo acusador del poeta martiniqués? ¿Se sumó Francia a la causa de la negritud con total convicción? ¿Compartió con Césaire sus armas milagrosas y su afán liberador y rehabilitador?

En la Martinica, el 17 de abril, lo sorprendió la muerte, tras 94 años de intensa vida. Desde esta isla “desesperadamente bloqueada / cerrada en todos sus confines”, logró desplegar imágenes universales del ser reprimido y rebelde.

Hoy, entre tanto, la literatura negra busca su propia definición frente a las dificultades y problemas derivados de la descolonización. Aimé Césaire le abrió el camino.

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