Festival Internacional de Poesía de Medellín

26 de junio: Aniversario 95 del nacimiento de Aimé Césaire


Por Alicia Dujovne Ortiz
(La Nación)

Paris.- "Partir./ Así como hay hombres-hiena y hombres-pantera, yo seré un hombre judío/ un hombre-cafre/ un hombre-hindú-de-Calcuta/ un hombre-de-Harlem-que-no-vota,/ el hombre-hambre, el hombre-insulto, el hombre-tortura/ aquel a quien cualquiera puede agarrar, golpear, matar —así es, matar— sin tener cuentas que rendir, excusas que presentar/ un hombre-judío/ un hombre-pogromo/ un perrito/ un mendigo." Estamos en 1939, y el estudiante martiniqueño, nacido en 1913 y becado en la Sorbona, donde ha conocido al senegalés Léopold Senghor, publica estos versos en sus Cuadernos del regreso al país natal, reeditado con un prefacio de André Breton.

Lo anterior podría ser un comienzo razonable para una necrológica, pero es también una apretada síntesis de lo que ha significado Aimé Césaire, muerto el 18 de abril de 2008, a los 94 años de edad, en Fort de France, donde fue alcalde durante medio siglo. Miles de compatriotas acompañaron sus restos hasta el estadio de la ciudad. La multitud era tan densa que el cortejo avanzaba con lentitud. Cantaban su nombre y enarbolaban su retrato. Por las calles, elegidas en su honor —las avenidas Jean Jaurès, Nelson Mandela y Emile Zola— se veían pintadas que decían "gracias, papá Aimé", o papelitos pegados a los troncos de los árboles donde podía leerse: "por haber contribuido a la emancipación del pueblo negro". Quienes eligieron este último soporte no podían ignorar que para Aimé Césaire la imagen más conmovedora siempre fue la del árbol.

Antes de arribar al estadio donde lo esperaba Nicolas Sarkozy, deseoso de hacerse perdonar una de sus múltiples metidas de pata (la valorización de los "aspectos benéficos de la colonización francesa", frase que al viejo alcalde le había provocado un sofocón de rabia), el cortejo atravesó los barrios populares fundados por Aimé.

Mientras tanto, Ségolène Royal proponía llevar los restos del poeta al Panteón de París, donde reposan los grandes hombres de la República. "Ese no es el deseo ni de su familia ni del conjunto de los martiniqueños", fue la respuesta. Con o sin panteón, un homenaje nacional de esta envergadura sólo se parangona con el que recibieron Victor Hugo en el siglo XIX, Paul Valéry en 1945, y Colette en 1954.

¿Qué había hecho este hombre para ser tan querido? El encuentro con Senghor en los pasillos de la universidad parisiense había sido decisivo para los dos. Cuando se le recordaba que él había sido el creador de la palabra "negritud", Césaire contestaba: "fue una creación colectiva, se nos ocurrió al mismo tiempo a Léopold y a mí". Lo cierto es que en la revista L'etudiant noir, fundada junto con Senghor, luego en la revista Tropiques, fundada por Césaire y, por último, en Présence africaine, dirigida por Alioune Diop, el término "negritud" inició un período histórico que transformó la imagen de sí mismos para esos hombres y mujeres púdicamente llamados "de color".

Un pasaje obligado, en esos años, por el partido comunista, le demostró que la lucha contra la opresión no sólo admite los matices sino que los exige. Es que la colonización singularizó esa lucha y la diferenció: frente a un mundo eurocentrista, un obrero blanco europeo no siente el mismo malestar que un africano o un antillano. Estas complejidades enriquecen una noción que, de haber sido expresada en términos abstractos, se habría limitado a repetir esquemas o a invertir el discurso, diciendo en negro lo que se había dicho en blanco durante tanto tiempo.

Para expresarlo con las palabras del haitiano René Despestre, en Césaire "la teoría gris aparece vivificada, trascendida, irrigada por el humor y el sentido de lo sagrado". Lo que fecunda la negritud es la experiencia de lo maravilloso. "Al invitarnos a reflexionar sobre la poesía y el conocimiento, a partir de Lautréamont, Rimbaud, Apollinaire, Césaire nos ayudó a viajar hacia nosotros mismos —recuerda Despestre—, y a recuperar el yo que la colonización había enterrado bajo mentiras y prejuicios".

Pero esa negritud no era un mero regreso a las propias raíces. En el momento mismo en que el estudiante negro redescubre con alborozo sus orígenes africanos, la negritud se le aparece como un territorio abierto. Al descubrirse negro, Césaire se descubre judío, hindú, ciudadano sin derechos de Harlem o de todo sitio del planeta donde haya hambre y pogromos. Lo que hoy se llama el "repliegue comunitario" tiene que ver con una identidad herida y rencorosa que no hallaba cabida en la noción de negritud.

Y es aquí donde el "amado papá" merece que nos saquemos el sombrero al paso de su cortejo. En su mínima isla, pero también a lo largo y a lo ancho del continente africano, que siempre lo recibió como a un hijo, Césaire gozaba de una influencia similar a la de Léopold Senghor. El que ninguno de los dos haya caído en ningún mesianismo salvó a las Antillas y al África del totalitarismo pannegrista de otro papá bastante menos simpático: el haitiano Papa Doc Duvallier. Césaire no fundó una escuela de venganza, no alzó un templo vudú ni se rodeó de tontons-macoutes; no favoreció la emergencia de un integrismo negro. Lo que hizo, simplemente, fue escribir poesía. Y su gente lo entendió. El día del entierro, la librería de Fort de France no daba abasto. "Los versos de Aimé me los sé de memoria —advertía un comprador—, esto es para un sobrino que no vive acá."

Justo el día antes de su muerte, yo había estado leyendo Un dimanche au cachot (Un domingo en el calabozo), de Patrick Chamoiseau, que describe el horror de la caverna en la que, a la menor rebeldía, los esclavos antillanos de las plantaciones de azúcar eran encerrados, sin agua, ni comida, ni luz, hasta que un nuevo "olvidado" fuera a morir sobre los huesos de sus predecesores. No es un libro de odio, como tampoco lo son los de Césaire, sino de terrible dolor. Un libro indispensable para entender hasta sus últimas consecuencias la necesidad de reivindicar la negritud, como saliendo definitivamente de una cueva llena de esqueletos para respirar el aire de afuera.

Pero Chamoiseau ya no pertenece a la generación que se redescubrió negra. Tanto para él como para otro de los grandes escritores antillanos, propuesto para el Premio Nóbel, Edouard Glissant, la idea de negritud ha derivado hacia otro término de similar importancia: la créolisation. Un término sin traducción posible entre nosotros: ni créole es exactamente "criollo", ni créolisation es "acriollamiento". No sólo porque la palabra antillana se refiere a la mezcla de negro con blanco, cosa que en la Argentina más bien llamaríamos "amulatamiento", sino porque los "valores" vehiculizados por lo criollo no tienen nada que ver con la exaltación del mestizaje, considerado por estos inmensos escritores, sin duda los más ricos e intensos de la literatura francesa actual, como una nueva y universal forma de lo humano. "Creolizarse" (inventemos la palabra en castellano) no es volcarse hacia lo nacional, sino admitir que todos somos mestizos en el mundo de hoy.

Vale la pena conocer las teorías de Glissant, cuyo apellido proviene del de un colono esclavista, Senglis —que alguna vez fue el propietario de sus abuelos—, pero puesto al revés. Hablo de sus ideas, porque Glissant, como antes Césaire, es poeta y narrador pero también filósofo. Para Glissant, sólo un pensamiento que admita el temblor, la incertidumbre, la duda, la ambigüedad, vale decir, un pensamiento mestizo, puede captar con suficiente sutileza las transformaciones del mundo caótico en que vivimos.

"La creolización mundial es irreversible", sostiene; buena noticia para quienes pensamos, como él, que "las identidades fijas son perjudiciales para la sensibilidad del hombre contemporáneo". Sin embargo, por momentos se diría que Glissant, hijo espiritual de Césaire, cede a la tentación de la muerte del padre (simbólica, es claro) al identificar la negritud, en forma algo injusta, con el afrocentrismo de los negros norteamericanos en los años sesenta.

¿La negritud se ha visto sobrepasada por la creolización? Es evidente que, en un principio, existió por oposición al mundo de los blancos. Si éstos no hubieran sido negreros ni colonizadores, nadie habría tenido necesidad de manifestar su orgullo de ser negro, así como nadie, normalmente, debería avergonzarse de su nívea tez. Pero las cosas suelen no ser normales, y mientras en nuestro país, sin ir más lejos, se siga hablando de cabecita y de negrada, o en la Santa Cruz boliviana se siga rechazando al colla (me acuerdo bien de las chicas cruceñas que, en los años cincuenta, no se depilaban las piernas para mostrar su superioridad racial, porque la india es lampiña), mientras no se comprenda que nuestra fortuna es haber sido tierra de sangres mezcladas desde la llegada del primer barco español; nos quedarán motivos para ponernos colorados por nuestra "blanquitud".

Lo novedoso de la candidatura de Barack Obama a la presidencia de los Estados Unidos, inimaginable en tiempos de Césaire y de Senghor, reside precisamente en su carácter créole. Obama no es ni negro ni blanco, es las dos cosas. Su inteligencia está en mostrarse como un representante de un país multiétnico, capaz de comprender los fragmentos que lo componen y de sintetizarlos; mientras que la falta de inteligencia, o la insidia solapada, consiste en continuar considerándolo "el candidato negro", como si un padre africano borrara de un plumazo a una madre blanca.

El Ku Klux Klan y los SS han compartido ese criterio, de acuerdo con el cual basta con un octavo de negro o de judío para ser merecedor del fuego o del gas. No, Obama no reivindica la negritud. Reivindica, sin ponerle ese nombre, la creolización. Pero no es posible extender la primera a la segunda —para ampliarla, no para negarla—, sin comenzar por inclinarse con toda reverencia ante esos versos universales en los que el negro Aimé Césaire se volvía judío, hindú, pobre y oprimido de cualquier lugar.

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