Festival Internacional de Poesía de Medellín

Algunas reflexiones sobre la Poética de la Relación de Édouard Glissant


Por Patricia Mazeau de Fonseca
(Universidad de Pamplona)

Hoy por hoy se habla mucho de multiculturalismo y de plurilingüismo, sin embargo, la realidad nos confirma que existen pocas repercusiones en el ámbito de la paz. Según E. Glissant, sólo la Poética de la Relación puede llevar a los pueblos a renunciar a la espiritualidad, a la mentalidad y al imaginario, estimulados por una concepción identitaria de la raíz única. En toda su obra (ensayos, novelas, poemas, entrevistas y discursos pronunciados como miembro de la UNESCO), se percibe la intención de hacernos reflexionar sobre los males de nuestro mundo a partir de la experiencia inédita del Caribe. Incansable, Glissant canta todas las categorías de La Relación: El mundo como Relación, en lugar del mundo como imposición y soledad, la identidad rizoma destruyendo el principio de filiación sobre el cual se apoya la legitimación del poder, y una praxis, es decir, la relativización promulgada por el pensamiento de la traza punto fundamental de su pensamiento para darnos como ofrenda la creolización del mundo.

“Hay que ser absolutamente errante, múltiple, afuera y adentro. Nómada…
Si se es demasiado familiar con un sitio, si se está demasiado enraizado

en un lugar, no se puede escribir con la verdad sobre ese sitio. Se mistifica.
 Maryse Condé

Édouard Glissant ha dedicado vida y obra a plasmar una obsesión: La resistencia a todo tipo de dogmatismo. Frente a las manifestaciones actuales de las culturas atávicas, como la imposición de la globalización, el auge del neoliberalismo económico, facilitado por el mito del Uno, y, peor aún, el terrorismo ligado a una especie de inmersión peli-grosa dentro de la religiosidad, Glissant reflexiona sobre los males de nuestro mundo a partir de la experiencia inédita del Caribe y despliega toda una “maquinaria de guerra”, es decir, repeticiones, en el sentido Deleuziano, para hacer renunciar a los pueblos a la mentalidad y al imaginario estimulados por una concepción identitaria de la raíz única. Frente al hormigón del pensamiento del Uno, el escritor martiniqueño impone incansablemente la visión de un mundo que sobrepasa lo barroco, yendo más allá de la polifonía (con el multilingüísmo) y resultando más imprevisible que esas iglesias de América del Sur donde los ángeles son indios, la virgen negra, las catedrales... vegetaciones de piedra (1997: 116).

La Pretensión del Uno

La idea del Uno, según el poeta, es un engaño. El Uno se esfuerza por esconder lo múltiple del ser o peor aún es una exaltación mística que aniquila los siendo. Desgraciadamente, los fundamentalismos están a la orden del día: mientras que Oriente excluye por la fuerza al Otro; de manera más perniciosa, Occidente, a través del estímulo de la ciencia, difunde el deseo de mismidad. Además, de ser una variante de la concepción hegeliana del mundo, que omite al otro, situándolo a las puertas de la historia universal, lo integra a un sistema de producción. La intolerancia tiene el mismo rostro que la avidez de beneficios. Los descubridores no vienen a descubrir nuevas culturas, sino a apropiarse, invertir y explotar las tierras ajenas. Los conquistadores son descubridores mercantes. Todo un dispositivo fue establecido: bancos, navegación de ultramar, trata de esclavos, minas, monocultivos, mercadeo internacional. En el “descubrimiento”, entonces, sólo el mundo europeo descubre los otros mundos. El choque de los mundos entrados en relaciónestablece el mundo como “Uno”. En L’intention poétique Glissant precisa: si examino a Occidente, veo que decididamente no ha cesado de concebir al mundo inicialmente como soledad y, enseguida, como imposición (1969: 328).

mercado transnacional y mundial que provoca una reestructuración de las ciencias sociales, buscando así nuevas estrategias para legitimizar su hegemonía económica, política y lingüística. Walter Mignolo en Pensar en los Instersticios (1999) resalta que la misión civilizadora ha sido la justificación ideológica de la expansión económica. Así, Europa ha marginado el resto del mundo, haciendo que ella sea el único lugar de la enunciación, mientras que las otras civilizaciones sean el lugar enunciado; la globalización ha restituido el espacio y el lugar. Asistimos a la multiplicación de las historias locales, pero, se interroga Walter Mignolo, si se considera la posición ambigua de la antropología frente al imperialismo económico, es totalmente legítimo dudar de las buenas intenciones post-coloniales. ¿No estarán ellas presentes dentro del contexto académico con el fin de poder modernizar y una vez más optimizar los beneficios? El problema es complejo.

En lugar de cimentar su pensamiento a partir de la localización del lugar de enunciación, Glissant va a buscar el lugar común, es decir, el de la Relación. Constata que la erradicación, la de posesión, el sistema jerárquico de la plantación, no impidieron a los pueblos antillanos crear otra realidad imprevisible y múltiple, es por eso que, según él, se debe cantar el punto de “intersección”. Lo que pasó en el Caribe no fue solamente un encuentro, un choque, un mestizaje cultural, sino también una dimensión inédita que permite estar allí y en otra parte, enraizado y abierto, perdido en la montaña y libre sobre el mar, en acuerdo y en exilio.

Identidad Rizoma

Según Glissant, existen dos formas de cultura: las culturas atávicas y las culturas compuestas. Las primeras sintieron la necesidad de apoyarse en el Mito de la Creación del Mundo, pero, explica él: hay en el mito una violencia escondida que se adhiere a la túnica de la filiación y que recusa en absoluto la existencia del Otro como elemento de la Relación (1990: 62). La “filiación”, tiempo notariado, genealógico, que hace del más humilde de los mortales descendiente la primera criatura divina, es realmente un modo que permite asegurar su hegemonía.

Las culturas compuestas no han tenido la oportunidad de crear una Génesis, puesto que son culturas nacidas de la historia (historia que ha sido obliterada). Glissant usa una palabra de su invención, digénesis, para hacer referencia a la gestación de esas culturas que tuvieron por vientre el barco negrero y que han descubierto el mundo en la sangre y el terror.

Pero el mundo es complejo y, si miramos el mapa político, notaremos cuánto difiere del mapa de las identidades culturales. Esta asimetría es evidente en el origen de numerosos conflictos. Si los países como los de Europa del este y del África han roto ciertos dogmatismos y han tenido éxito saliendo de la colonización, no podemos decir lo mismo de su proceso de descolonización; al contrario, podemos constatar un re-surgimiento de la identidad de raíz única. ¿Por qué? Porque el miedo reina: excolonizadores, excolonizados, opresores actuales, oprimidos actuales, todos tenemos miedo del hecho de que intercambiando con el otro y cambiando nosotros mismos, nos veamos amenazados de diluir-nos, de desaparecer. Para asegurar su expansión, las culturas atávicas se han aprovechado de una especie de estupor de sacralidad, del concepto de una identidad basada sobre la exclusividad y la exclusión. Basta ver el caso palestino para comprender la amplitud del problema. Según Glissant:

Los libros fundadores enseñan que la dimensión de lo sagrado no es otra cosa que la profundización del misterio de la raíz. El judaísmo, la cristiandad, el Islam, parten de la misma creencia en una verdad revelada. Tres religiones monoteístas aparecidas alrededor del Mediterráneo y que han engendrado todas ellas absolutos de espiritualidad y colmos de exclusión, elevaciones de suprema intensidad y, asimismo, fundamentalismos, paso a paso exacerbados (1997: 157).

Frente a esta armazón del pensamiento único, de la raíz única, los pensamientos de sistema quedan impotentes, porque terminan dentro de otras formas de absoluto. Sólo un cambio dentro de nuestras poéticas, es decir, nuestros imaginarios, nos llevará, según Glissant, a pensar el mundo dentro del respeto a la diferencia y a la diversidad. Ante imaginario que desde antaño ha consistido en desear y conquistar, teniendo como consecuencia el aumento del territorio —lo que Glissant llama “el nomadismo de la flecha” — el poeta propone un imaginario de la puesta en relación de los unos con los otros, donde toda jerarquía ha sido abolida, imaginario que él describe como “un pensamiento archipiélago”, a la imagen del Caribe, destinado a la puesta en contacto de todas las formas de cultura, del encuentro, de la interferencia, del choque, de armonías y desarmonías entre culturas dentro del Tod –mundo (1997: 194).

A partir del concepto de Relación, Édouard Glissant va a crear toda una red al servicio de un vasto proyecto de descolonización, empezando por sustituir el concepto de identidad – raíz – única por el de identidad Rizoma.Aquí podemos apreciar la enorme influencia que ha ejercido la filosofía de Deleuze y Guattari en la obra de Édouard Glissant. En un complejo estudio titulado Mille Plateaux (1976), Deleuze y Guattari se oponen a la fórmula de Lacan “buscar la raíz”; si el psicoanalista concibe el Ser dentro del lenguaje dominado por la existencia de un amo significante, ellos piensan que lo que permanece en la profundidad de los cuerpos y del inconsciente son disposiciones del deseo que no cesan de provocar líneas de escape. Imaginemos por ejemplo una fuga de Bach. A partir de la partitura, existe una multitud de trasformaciones posibles, la melodía de base puede así des-aparecer y nuevos acordes nos inundan y proliferan ‘como la mala hierba” (las improvisaciones de Jimmy Hendrix son otro ejemplo). No se trata de competencias, más bien de resultados animados por el deseo. Cuando Deleuze y Guatarri escribieron el Anti-Edipo a dúo, dispusieron “las mesetas”, toda una multiplicidad conectable, que se comunican unas con otras a causa de micro fisuras (de Lézarde, diríaE. Glissant). Estas micro fisuras toman la imagen de un rizoma que ellos simbolizan con la fórmula a n-1 (imaginemos, por ejemplo, mi mano activando una marioneta, mi voluntad no es suficiente para manipularla, es el sistema nervioso y músculo esquelético los que se po-nen en marcha).

El pensamiento occidental sigue la lógica del árbol, del calco y de la reproducción. Este hecho lleva a las culturas compuestas a una gran contradicción. Tomemos el caso de los antillanos, quienes buscan, según Glissant, en un allá, es decir, en la metrópoli o en África, su raíz. En el primer caso, los antillanos optan por la asimilación; en el segundo caso practican no un retorno sino, más bien, un desvío. El nombre de Fanon, que aún resuena en las antiguas colonias francesas del norte de África, en Martinica, su tierra natal, no genera ninguna conmemoración, esto se debe a que él trasportó su lucha contra la colonización a un allá que no es el suyo. Resultó lo mismo con el jamaiquino Marcus Garvey, pero, en este caso, el movimiento no resistió a la tentación de hacerse atávico. Calibán busca entonces destruir a Próspero: la reivindicación identitaria reposa dentro de peligrosas derivas. Desafortunadamente, la historia contemporánea nos ofrece numerosos ejemplos.

Si estudiamos de cerca su novela poética La Lézarde nos damos cuenta que si la novela se construye a partir del dúo montaña–mar, a partir de la relación entre dos hombres, uno solitario pero solidario, el otro popular, vemos que esto es justamente porque el narrador busca extirpar la raíz, (el centro, la metrópoli). El lugar, escribe él, la cuba, la caldera y la ebullición! Si el mar que es una sola risa, un solo día dentro de nuestros días, un nacimiento, un grito inicialmente anudado, oscuro, y que pronto se aclara y siembra. He oído esta palabra y ella se clavó en mí: Era una raíz. Conocí a Mathieu y a Thaël y a todos sus amigos: ellos fueron mis hermanos, ellos fueron mis tutores en el ascenso al mundo y la verdad. Conocí a Valérie, y he aquí, hay en mí esta raíz, que intento arrancar, pero su sujeción es más fuerte, y mis fuerzas me traicionan. Cuando yo tome mis manos sobre el cuerpo rugoso, cuando yo haya tirado con el peso irresistible, cuando el recuerdo sea tranquilo y fuerte, vago en palabras y rico de sabores, entonces el lugar para mí habrá aparecido.(1958: 216)

El lugar es las Antillas, una realidad múltiple y compleja. Es concibiendo entonces la antillanidad, hasta ahora descuidada, que E. Glissant va a redescubrir y hacer compartir el verdadero valor de este inédito laboratorio. Utópico, tal vez, él enriquece su visión en la Poétique de la Relation (1990): No abdicamos a nuestras identidades cuando nos debemos al Otro, cuando realizamos nuestro ser como participante de un rizoma centelleante, frágil y amenazado más vivaz y obstinado, que no es una concentración totalitaria donde todo se confunde en el todo, sino un sistema no sis-temático de relación donde adivinamos lo imprevisible del mundo.

El Lugar Relacional

En el “andar” glissantiano la necesidad del yo identitario se inscribe dentro de un contexto revolucionario que integra relaciones particulares con el espacio. En efecto, éste deja de ser percibido como territorio, es decir, como un espacio conquistado y defendido, como espacio de exclusión. En la obra Texaco de su paisano Patrick Chamoiseau aparece un lugar donde el suelo es libre debajo de las construcciones, donde el territorio da lugar a la tierra. Inspirados por los mitos amerindios, estos autores substituyen el sentimiento de pertenencia por la noción de Relación. Édouard Glissant en la Poétique de la Relation justifica esta posición: Se debate por ejemplo, a propósito de las Antillas la legitimidad de la « posesión» de la tierra. Según las leyes misteriosas de la raíz, los únicos poseedores del archipiélago serían los Caribes o sus antecesores, que fueron exterminados. La fuerza constringente de lo sagrado lleva siempre a buscar quiénes eran los primeros ocupantes de un territorio (los más cercanos a la creación original). Esta búsqueda vana fue anulada ya con la masacre de los indígenas, la cual desenraizó lo sagrado. A partir de lo cual la tierra antillana no podía hacerse territorio... Sí, la tierra martiniquesa no pertenece, en absoluto enraizada, ni a los hindúes, ni a los mulatos. Pero lo que es una consecuencia de la expansión Europea (el exterminio de los indígenas precolombinos, la importación de nuevas poblaciones), es el hecho mismo que funda una nueva relación con la tierra: no el absoluto sacralizado de una posesión ontológica, sino la complicidad relacional. Aquellos que sufrieron la coacción de la tierra, que quizás desconfiaron, o que quizás intentaron huir de ella para olvidad su esclavitud, comenzaron también a crear nuevos lazos con ella, donde la intolerancia sagrada de la raíz con su exclusión sectaria no tenía más lugar. (1990: 48)

La búsqueda del lugar, lo vemos de golpe, se inscribe en Édouard Glissant dentro de un vasto proyecto de escritura que excede largamente el registro de las reivindicaciones de países dominados. Él propone tejer entre el hombre y la tierra relaciones privilegiadas e imprescriptibles, sobre un esquema que no funcione con la legítima posesión del territorio sino sobre una puesta en Relación del hombre y de la tierra. Contrariamente a lo que pasa en los mitos fundadores, esos mitos de la creación del mundo donde el territorio ha sido dado a un pueblo elegido por sus dioses y es transmitido en posesión legítima a los descendientes, hallen en la historia de las Antillas una ruptura de la filiación. En consecuencia, de acuerdo a estos mitos, el pueblo antillano es ilegítimo, su génesis es el barco negrero. No se trata de una génesis sino de una digénesis, es decir, de un nacimiento a partir del cual uno puede divergir. Por lo tanto Glissant ve una urgencia en la invención de su propio modelo de lugar. Evidentemente, éste no es occidental, no corresponde al territorio del estado–nación. Según él, el modelo es el del lugar digénico, el del lugar relacional, el del lugar en expansión espiritual y no en expansión de conquista y de territorio. Glissant lo ilustra en Le Tout Monde (1993)demostrando que es el pensamiento de la errancia el que introduce a lo diverso: entonces, el lugar es como el rizoma, está compuesto de entra-das y sentidos múltiples: Mathieu planeaba en un vértigo que mezclaba los espacios de los dos sitios, Gênes Venazza y la bruma de dos épocas, el fin de esa que ellos habían llamado la edad media y de esa que llamaron los tiempos modernos, pero eso era por-que él portaba en sí mismo otro tiempo, que él erraba los tiempos... dilataba en sí otros espacios, y perdido en el espacio del momento presente. (1993: 32) Así, el pensamiento de la errancia desbloquea nuestros imaginarios… ¿Cuál es este viaje que encierra su fin en sí mismo? …Ni el ser, ni la errancia tienen término y el cambio es su estado permanente.

Relación y el derecho a la Opacidad

Édouard Glissant reclama para todos “el derecho a la opacidad”. No se trata de sembrar el hermetismo o el oscurantismo, sino encontrarla vía a tomar para lograr un verdadero respeto de la alteridad. En este sentido, la Poética de la Relación se une con la cautivante obra de Octavio Paz La llama doble cuando escribe: No somos trasparentes ni para nuestros semejantes ni para nosotros mismos y encadena el amor es una quiniela extravagante sobre la libertad. No la mía, la del otro (Glissant, 2002: 58).

El objetivo de Glissant es el de llevarnos a pensar y a vivir de otra forma esos contactos que desafortunadamente no son siempre armoniosos, que pueden recaer en la violencia, el miedo hacia el Otro. Los antillanos han conocido o son los descendientes de aquellos que conocieron esta violencia y ellos saben que a través de estos choques pueden surgir nuevos discursos. En efecto, ellos descienden a la vez de África, de Europa, de la India y de Asia. Su identidad y su cultura debe pensarse bajo modalidades dialógicas y paradójicas que desembocan en un mestizaje, el cual se comprende no como una síntesis sino como una especie de diferenciación abierta. Es por esto que los escritores antillanos como Glissant nos invitan a abordar la realidad compleja de las sociedades humanas de hoy a partir de la experiencia del Caribe, porque en esta área se ha intentado superar el racismo, la asimilación y todas las otras figuras de la negación de la alteridad.

A propósito de la manera como puede darse la Relación con la alteridad Glissant escribe lo siguiente: Si examinamos el proceso de la «comprensión» de los se-res y de las ideas en la perspectiva del pensamiento occidental, encontramos a su principio la exigencia de la transparencia. Para poder «comprenderte» y, por lo tanto, aceptarte, debo llevar tu espesor a ese barómetro ideal que da motivo para comparar y quizás juzgar. Debo reducir. Aceptar las diferencias es desde luego trastocar la jerarquía del barómetro. “Entiendo” tu diferencia es decir que la relaciono, sin jerarquía con mi norma. Admito tu existencia, dentro de mi sistema. Te creo una nueva vez pero quizás ten-gamos que terminar con la idea misma del barómetro. Con-mutar toda reducción, no solamente consentir el derecho a la diferencia, sino mas allá, al derecho a la opacidad, que no es el encierro dentro de una singularidad irreducible. Las opacidades pueden coexistir, confluir, tramando tejidos de forma tal que la verdadera comprensión portará sobre la textura de esta trama y no sobre la naturaleza de los componentes. (1990: 204)

Así, pues, Édouard Glissant intenta incitar a través de los imaginarios, una cultura de la “Relación”. Incansable, despliega todos los argumentos posibles para hacernos comprender que no se trata de tolerar al Otro a condición de que se nos parezca o que acepte vivir y pensar como nosotros, sino que de hecho podamos vivir con el Otro y respetar“ su opacidad”.

La Creolización

La palabra creolización viene por supuesto de eso que llamamos el creol, esa realidad compuesta de elementos lingüísticos heterogéneos que nació en el universo cerrado de la plantación. Cuando Glissant escribe en la Poética de la Relación: Je vous présente la créolisation comme une offrande, no se trata simplemente de crear una lengua ple-na de sutilezas para engañar al opresor, sino, más bien, de proclamar un modo de enmarañamiento, la desmedida de la medida del barroco. En el Traité du tout Monde, explica: Yo llamo creolización al encuentro, la interferencia, el choque, las armonías y las desarmonías entre las culturas, en la totalidad realizada del mundo –tierra.

Sus características serían:

· La velocidad fulminante de las interacciones
· La “conciencia de la conciencia” que nosotros tenemos.
. La íntervaloración que proviene y que hace necesario que cada uno reevalúe para sí mismo los componentes puestos en contacto (la creolización no supone una jerarquía de los valores).
·La impredectibilidad de las resultantes (la creolización no se limita a un mestizaje donde las síntesis podrían preverse).

Finalmente, debemos decir que en vez de incitarnos a cultivar nuestro jardín a la manera de un Voltaire, Glissant nos invita a desbrozar y descifrar el mundo en tanto que multiRelación. De la división pasamos al tejido, pero también a la difracción, a una apertura a la imagen del Caribe.

Cúcuta, 2004.

REFERENCIAS

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