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Las miradas conversas

Fotografía de Fredy Amariles

Por: Tallulah Flores Prieto

Mi padre fue un novelista y crítico de jazz; mi madre, publicista y periodista. De tal manera que el paisaje de mi infancia siempre estuvo intervenido por la imagen de la máquina de escribir, el sonido del teclado, el ruido de la palanca que anunciaba el cambio de renglón, y por esos silencios tan abruptos como personales que yo empecé a asociar tempranamente a la duda, y que me fueron regalando el asombro ante la página en blanco, la palabra impresa, el libro.  Por lo que no fue casual, pero sí motivo de regocijo, el haber recibido la primera máquina de escribir a los diez años para iniciar una aventura que me significaría reconocerme en otros ritmos, nuevas maneras de respirar, y alientos que me llevaron a encontrar motivos impensables para jugar con las imágenes y las palabras. Así que pertenezco a la generación de escritores y poetas que si bien sentimos - ayer u hoy - la necesidad de continuar extendiendo nuestra mano para ver correr la tinta o borronear sobre cualquier pedazo de papel, también asumimos con mayor o menor destreza el ingenio que fue la máquina de escritura mecánica, que ya para comienzos de los 90 fuimos reemplazando por los ordenadores que también nos propusieron nuevas formas de navegar el mundo.  

Si la noción de lo cercano o lo lejano puede estar ya mediatizada por nuevas carreteras y rutas virtuales que nos llevan hacia otras representaciones de lo real. Si el término chat fue aceptado como neologismo, y ya no sólo lo asociamos a las tradicionales conversaciones físicas, amistosas y ligeras, o a la imagen de ese pájaro de pecho amarillo conocido como el que sólo en primavera entrega sus chorros de silbatos, y gorjea, y ríe, como una esplendorosa improvisación de jazz. Si un salón de clases bien dispuesto nos espera con un lápiz óptico que abordamos como mano y dedos y lápiz a la vez para señalar gráficos, fragmentos, fotografías. Si preferimos recurrir a un plano virtual antes que al gesto de generosidad humana, al sentirnos perdidos en una ciudad ajena. Entones si y solo si y a modo grosso podríamos decir que actuamos como lo que somos, ordinarios habitantes del territorio de la Era de los Medios.

Sin embargo, aunque nos resultaría fácil unirnos a ese coro global que hoy expresa satisfacción por haber sido incluido en la llamada Cuarta Revolución, que algunos denominan con más cuidado Era de la Informática o de los Medios, porque se resisten a considerarla como revolución, no podríamos hacerlo porque los interrogantes, dubitativos al fin y al cabo, se han abierto para quedarse. La interrogación sabe que algo se esconde detrás de las palabras.    

No apreciar la facilidad con la que nos comunicamos sin importar las distancias geográficas, los textos, las bibliotecas, las galerías virtuales, y ese universo audiovisual y musical que nos provee la Red sería una torpeza. Pero el asunto va mucho más allá para quienes han puesto la mirada pero también la imaginación sobre un fenómeno global que ha impactado de manera vertiginosa y negativa las relaciones del hombre con el mundo. Así que tomo prestadas algunas ideas de uno de los estudiosos del tema, Joseph Esquirol, quien nos plantea en su libro El respeto o la mirada atenta que si bien la técnica es tan antigua como el hombre, lo que se ha perdido es el referente de la Naturaleza como el elemento más importante para la vida. Las certezas y las creencias, los hábitos y las costumbres tenían en la Naturaleza su paradigma. Hoy esto ya no es así, nos dice con énfasis.  La Naturaleza ha sido sustituida por la técnica, por el universo técnico que por su poder, o debido a él ha traído otras fascinaciones, otros miedos, así como la exigencia de un modelo de comportamiento social homogéneo que viene de un poder innombrable.

Pero todavía no hemos llegado, con innumerables fortunas, al Apocalipsis, y el aliento nos regresa con imágenes como la del filósofo e historiador de arte francés Georges Didi-Huberman quien en una visita al campo de concentración de Auschwitz recogió trozos de corteza de los abedules para llevarlas a su casa donde, según relata, los vio como cartas, inundaciones, caminos, el tiempo, la carne. Como bellamente expresa una de sus reseñistas, la corteza le sirvió como trampolín hacia las meditaciones que se tradujeron en un libro que basado en la historia y la memoria se observa como un acto poético que trasciende la erudición.

Hace unos días nada más, transitando uno de los túneles del metro de Beijing, la vida me regaló la bella imagen de una joven madre que iba señalando con su dedo cada palabra impresa sobre un enorme cartel para que su niño las leyera en voz alta; repasaban lectura, y como las maestras que no pueden contener su orgullo, ella lo animaba a completar las frases con su mirada, con sus sonrisas. De pronto, y sin que mediaran las palabras, milagrosamente hice parte de esa escena que ya ocupa mi memoria. Mis dedos casi tocaron los dedos de la madre para reemplazarlos, para señalar los signos que cobraron nueva vida con la voz del niño que leyó para mí. El territorio y el diálogo de nuestros cuerpos se impusieron sobre las nuevas técnicas.

Nuestra relación con las imágenes naturales o creadas, por consiguiente, dependerá de lo insistente que sea nuestra memoria, de las percepciones acumuladas en nuestra relación con los paisajes humanos y culturales que nos emocionan o nos producen angustia, pero también del eco de las voces del futuro que estamos obligados a anticipar.  La mirada del escritor australiano y erudito en los temas de los medios McKenzie Wark, nos lo clarifica haciéndole un guiño a Bradbury: la  predicción que emiten las grandes empresas tecnológicas, que profesan dominar nuestro futuro, consiste en que la civilización venidera sólo cambiará en lo que respecta a la sustitución de los conductores ─taxistas y camioneros, que perderán su trabajo─ por robots… mutación que se dará porque serán las máquinas las que nos arrollarán en la carretera.

Como testigos o víctimas de la banalización nos sabemos expuestos a la manipulación de las imágenes.  Lo sabemos, aún sin tener conciencia absoluta del desastre. De eso se ocupan con vigor los especialistas que nos alertan todo el tiempo. Pero la banalidad, nos dice Didi-Huberman, no está en la técnica sino en la mirada. De hecho, celebra el diálogo entre las artes visuales y el cine como prolongación de la sublevación. La cuestión radica entonces en cómo ver, cómo rescatar lo que hay detrás de lo que muestran los planos físicos y las imágenes creadas.

La cultura contemporánea y la cibercultura posmoderna de algún modo “ingresan” en nuestros esquemas de pensamiento. La representaciones mentales de la realidad externa (un libro abierto y vivo, o cerrado hace mucho tiempo y polvoriento; un cuerpo plácido bajo un árbol o agónico sobre el asfalto); y de lo abstracto (el concepto de la paz o de la guerra, del odio o del amor, del buen o del mal gusto) que  pueden ser evocadas solamente por la mente de cada individuo, parecieran estar intervenidas por los preceptos de ese orden mundial  que nos deshumaniza en pro de los beneficios de una economía global neoliberal que nos provee una mirada cooperante cuando no le resta, en su defecto, transparencia y claridad  para que ignoremos esos planos físicos donde transcurren nuestras más genuinas victorias y alegrías, las guerras, y sus gestos del dolor, del grito y del silencio que expresan hoy a nuestros pueblos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía y trato de dejar en cada palabra mi testimonio de devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte, expresó García Márquez en su discurso de aceptación del Premio Nobel.  Años atrás, en 1928, en la Residencia de Estudiantes en Madrid, el lugar también amado por Buñuel y Dalí, Federico García Lorca lo expuso de otra manera: la misión del poeta es animar, en su exacto sentido: dar alma. La imaginación es una aptitud para el descubrimiento que lleva nuestro poco de luz a la penumbra viva donde existen todas las infinitas posibilidades, formas y números. La poesía fija y da vida clara a fragmentos de la realidad visible donde se mueve el hombre.

De tal manera que el artista y el poeta, y el escritor tocado con fortuna por la poesía deberán seguir luchando, sublevando su mirada, manteniendo el espíritu combativo que los ha caracterizado siempre. Pero ¿para qué la poesía en tiempos de penuria? En el trasfondo de la pregunta de Holderlin, por dubitativa que sea (como le corresponde a la poesía) hallamos las respuestas.

Los poetas latinoamericanos nos debatimos con mayor o menor fortuna por consolidar o reencontrar nuestra voz en un lenguaje poético y estético que nos ubique en nuestro tiempo poético-histórico, recreando un mundo plural desde multiplicidad de estilos y estructuras mientras reconstruimos nuestra Historia colectiva. Los encuentros y los debates privados y públicos se dan muchas veces alrededor de la postura de la poesía actual como la frágil o fuerte heredera de los movimientos de la Modernidad y su ojo que nos donó la Razón critica. Del Romanticismo y su concepto revolucionario de la imaginación que no solo consiguió matar a Dios, sino que nos enseñó nuevas formas de amar y de pensar, de morir, y de retornar a nuestros propios mitos. De las vanguardias que no sólo alteraron la estructura y la disposición tipográfica de los versos, dándole un nuevo sentido a la página como imagen virtual, sino que se adhirieron a las ideologías políticas e ideológicas, para fortuna o desgracia de la poesía, en tres periodos de la historia.

Celebramos lo que está ocurriendo hoy como una suerte de preocupación en mucha de la poesía latinoamericana por esa necesidad que se convierte en un genuino ejercicio para ajustarse a su propio devenir, en el tiempo de una globalización que aniquila nuestras miradas, y nos expone a todo tipo de violencias y de guerras.  Por eso, como hijos de nuestra tierra, de nuestros antepasados indígenas, africanos e inmigrantes europeos, y como los jóvenes de la década de los sesenta y setenta que aun somos, todavía tenemos las manos dispuestas para llevar a casa las ramas de los almendros o de los sauces que nos volverán a hablar de lo ocurrido desde entonces.  

Y seguiremos andando hacia las comunidades desoladas por la violencia y la muerte para abrazarnos con ellas en la realidad que se nos impone, y dar un poco de luz a la penumbra viva como nos dijo García Lorca. Nuestra misión es navegar las aguas cercanas a la vida para combatir las trampas que transcurren en el territorio de los medios.

Última actualización: 09/11/2018