Festival Internacional de Poesía de Medellín

Sobre el modo de proceder del espíritu poético





Por Friedrich Hölderlin
Traducción Felipe Martínez Marzoa

Cuando el poeta se ha hecho dueño del espíritu, cuando ha sentido y se ha apropiado el alma comunitaria, que es común a todo y propia de cada uno, la ha mantenido firmemente y se ha asegurado de ella, cuando, además, está cierto del libre movimiento, del armónico cambio y esfuerzo continuado en el que el espíritu está inclinado a reproducirse en sí mismo y en otros; cuando lo está del bello progreso diseñado en el ideal del espíritu y de sus poéticos modos de inferencia; cuando ha entendido que un conflicto necesario surge entre la más originaria exigencia del espíritu, la cual se encamina a la comunidad y al unitario ser-a-la-vez de todas las partes, y la otra exigencia, la cual le ordena salir de sí y en un hermoso progreso y cambio reproducirse en sí mismo y en otros; cuando este conflicto en todo momento lo mantiene firmemente y lo arrastra más allá, sobre el camino del cumplimiento; cuando él ha entendido además que aquella comunidad y parentesco de todas las partes, aquel contenido espiritual, no sería en absoluto sentible si éstas no fuesen diversas según el contenido sensible, según el grado, incluso dejando aparte el cambio armónico, incluso junto a la igualdad de la forma espiritual (del ser-a-la-vez y ser-juntos); que, además, aquel cambio armónico, aquel esfuerzo continuado, a su vez no sería sentible, y sería un ligero juego de sombras vacío, si las partes cambiantes, incluso junto a la diversidad del contenido sensible, no permaneciesen, en medio del cambio y el continuado esfuerzo, iguales a sí en la forma sensible; cuando ha entendido que aquel conflicto entre contenido espiritual (el parentesco de todas las partes) y forma espiritual (el cambio de todas las partes), entre el persistir y el continuado esfuerzo del espíritu, se resuelve por el hecho de que en el mismo esfuerzo continuado del espíritu, en el cambio de la forma espiritual, la forma del material permanece idéntica en todas las partes, y que ella suple exactamente tanto como del originario parentesco y unidad de las partes tiene que ser perdido en el cambio armónico; que ella constituye el contenido objetivo en contraste con la forma espiritual, y da a ésta su plena significación; que, por el otro lado, el cambio material del material, que acompaña a lo eterno del contenido espiritual, la multiplicidad del material, satisface las exigencias que el espíritu hace en su progreso, las cuales mediante la exigencia de la unidad y eternidad son detenidas en cada momento; que precisamente este cambio material constituye la forma objetiva, la figura, en contraste con el contenido espiritual; cuando ha entendido que, por otra parte, el conflicto entre el cambio material y la identidad material es resuelto por el hecho de que la pérdida de identidad material, de apasionado progreso que huye de la interrupción, es suplida mediante el contenido espiritual, que continuamente suena e iguala todo, y la pérdida de multiplicidad material, que, por el avance más rápido hacia el punto principal y la impresión, en virtud de esta identidad material, tiene lugar, es suplida por la ideal forma espiritual siempre cambiante; cuando ha entendido cómo, de manera inversa, precisamente el conflicto entre tranquilo contenido espiritual y cambiante forma espiritual,en la medida en que son imposibles de unir, e igualmente el conflicto entre cambio material y progresión material idéntica hacia el momento principal, en la medida en que son imposibles de unir, hace sentible lo uno como lo otro; cuando, finalmente, ha entendido cómo el conflicto del contenido espiritual y la forma ideal, por una parte, y del cambio material y el esfuerzo de progresión idéntico, por otra parte, se unen en los puntos de calma y momentos principales, y, en la medida en que no pueden unirse en éstos, también precisamente en ellos y por ello se hacen sentibles y son sentidos; cuando ha entendido todo esto, entonces para él todo depende de la receptividad del material para el contenido ideal y para la forma ideal. Si él está cierto y es dueño de lo uno como de lo otro, de la receptividad del material como del espíritu, entonces no puede fracasar en el momento principal.

Ahora bien, el material que es preeminentemente receptivo para lo ideal, para su contenido, para la metáfora y su forma, el tránsito, ¿cómo tiene que estar constituido?
El material, o bien es una serie de acontecimientos o de intuiciones, realidades efectivas a describir, a pintar, subjetiva u objetivamente, o bien es una serie de afanes, representaciones, pensamientos o pasiones, necesidades a designar subjetiva u objetivamente, o bien una serie de fantasías, posibilidades a las que hay que dar forma subjetiva u objetivamente. En los tres casos, el material tiene que ser susceptible del tratamiento ideal, que es lo que ocurre cuando hay un fundamento auténtico para los acontecimientos, las intuiciones, que deben ser contados, descritos, o para los pensamientos y pasiones que deben ser designados, o para las fantasías a las que debe darse forma; cuando los acontecimientos o intuiciones proceden de justos afanes, los pensamientos y pasiones de una cosa justa, las fantasías de una sensación bella. Este fundamento del poema, su significación, debe constituir el tránsito entre la expresión, lo presentado, el material sensible, lo propiamente expresado en el poema, y el espíritu, el tratamiento ideal. La significación del poema puede decirse de dos maneras, del mismo modo que el espíritu, lo ideal, como también el material, la presentación, se dicen de dos maneras, a saber: en cuanto que ello se entiende aplicado o no aplicado.

Sin aplicación, estas palabras no dicen otra cosa que el modo de proceder poético, tal como, genialmente y guiado por el juicio, es señalable en todo negocio genuinamente poético; con aplicación, designan aquellas palabras la adecuación del círculo de efectos poético de cada caso a aquel modo de proceder, la posibilidad, que reside en el elemento, de realizar aquel modo de proceder, de modo que puede decirse que en el elemento de cada caso reside objetiva y realmente algo ideal frente a lo ideal, viviente frente a lo viviente, individual frente a lo individual, y sólo se pregunta qué hay que entender por tal círculo de efectos. Es aquello en lo cual y a propósito de lo cual el negocio y proceder poético de cada caso se realiza, el vehículo del espíritu, mediante el cual él se reproduce en sí mismo y en otros. En sí, el círculo de efectos es más amplio que el espíritu poético, pero no lo es para sí mismo. En tanto que es considerado en la conexión del mundo, es más amplio; en tanto que es tenido firmemente por el poeta y apropiado por él, está subordinado. Está,según la tendencia, según el contenido de su aspiración, enfrentado al negocio poético, y demasiado fácilmente el poeta es desviado del camino por su material, en cuanto que éste, tomado de la conexión del mundo viviente, se resiste a la limitación poética, en cuanto que no quiere servir meramente al espíritu como vehículo, en cuanto que, aun si ha sido elegido justamente, su primer y más próximo progreso es, con respecto al espíritu, contraposición y espuela con respecto al cumplimiento poético, de modo que su segundo progreso tiene que ser en parte incumplido, en parte cumplido.

Pero tiene que mostrarse cómo, no obstante este conflicto en el que el espíritu poético en su negocio está con el elemento y círculo de efectos de cada caso, este círculo de efectos es, sin embargo, favorable al espíritu poético, y cómo aquel conflicto se resuelve, cómo en el elemento que el poeta se elige como vehículo reside, con todo, una receptividad para el negocio poético, y cómo el espíritu poético realiza en sí todas las exigencias, todo el modo de proceder poético en lo que tiene de metafórico, de hiperbólico y en su carácter[24], no de otro modo que en acción recíproca con el elemento, el cual, ciertamente, en su inicial tendencia empuja en contra, y precisamente está puesto enfrente, pero en el punto medio se une con aquél.

Entre la expresión (la presentación) y el libre tratamiento ideal reside la fundamentación y significación del poema. Ella es lo que da al poema su seriedad, su firmeza, su verdad, ella asegura el poema frente a la posibilidad de que el libre tratamiento ideal se vuelva en vacía manera y la presentación en vanidad. Ella es lo sensible espiritual, lo material formal del poema; y, si el tratamiento ideal, en su metáfora, su tránsito, sus episodios, es más unificante y, al contrario, es más separadora la expresión, la presentación, en sus caracteres, su pasión, sus individualidades, entonces la significación se tiene entre ambos, se señala en ser por todas partes contrapuesta a sí misma: en que, en vez de que el espíritu compare todo lo que es contrapuesto según la forma, ella separa todo lo unitario, fija todo lo libre, universaliza todo particular, porque con arreglo a ella lo tratado no es meramente un todo individual, ni un todo ligado en un todo con su contrapuesto armónico, sino un todo en general, y la ligazón con el contrapuesto armónico es posible también mediante un contrapuesto según la tendencia individual, pero no según la forma; en que ella une por contraposición, por contacto de los extremos, en cuanto que éstos son comparables no por el contenido, pero sí en la dirección y el grado de la contraposición, de modo que ella compara también lo más contradictorio y es absolutamente hiperbólica, que ella no progresa por contraposición en la forma, donde lo primero está emparentado con lo segundo según el contenido, sino por contraposición en el contenido, donde lo primero es por la forma igual a lo segundo, de modo que la tendencia ingenua y la heroica y la ideal se contradicen en el objeto de su tendencia, pero son comparables en la forma del conflicto y del aspirar, y unitarias según la ley de la actividad, por lo tanto unitarias en lo más universal, en la vida.

Precisamente por esto, por este proceder hiperbólico, según el cual lo ideal, lo armónicamente contrapuesto y ligado, es considerado no meramente como esto, como vida bella, sino también como vida en general, por lo tanto también como capaz de otro estado, y precisamente no de otro armónicamente contrapuesto, sino directamente contrapuesto, extremo, de modo que este nuevo estado sólo es comparable con el anterior mediante la idea de la vida en general, —precisamente por esto el poeta da a lo ideal un comienzo, una dirección, una significación. Lo ideal en esta figura es el fundamento subjetivo del poema, fundamento del cual se parte y al cual se retorna, y, puesto que la interior vida ideal puede ser captada en diversos temperamentos , puede ser considerada como vida en general, como algo universalizable, como algo fijable, como algo separable, así hay también diversos modos de la fundamentación subjetiva; o bien el temperamento ideal es comprendido como sensación, y entonces es él el fundamento subjetivo del poema, el temperamento principal del poeta en todo el negocio, y, precisamente porque es firmemente mantenido como sensación, resulta mediante la fundamentación considerado como un universalizable, —o bien es fijado como aspiración, y entonces llega a ser él el temperamento principal del poeta en todo el negocio, y el hecho de que esté fijado como aspiración hace que mediante la fundamentación sea considerado como cumplible; o bien es firmemente mantenido como intuición intelectual, y entonces es ésta el temperamento fundamental del poeta en todo el negocio, y precisamente el hecho de que haya sido firmemente mantenido como intuición intelectual hace que sea considerado como realizable. Y así la fundamentación subjetiva exige y determina una fundamentación objetiva y la prepara. En el primer caso, pues, el material será comprendido primeramente como universal, en el segundo como cumpliente, en el tercero como aconteciente.

Una vez que la libre vida poética ideal ha sido así fijada y que, según fue fijada en cada caso, le ha sido dada su significatividad, como universalizable, como cumplible, como realizable; una vez que, de este modo, ella está ligada, mediante la idea de la vida en general, con su directamente contrapuesto y tomada hiperbólicamente, entonces falta todavía en el modo de proceder del espíritu poético un punto importante, mediante el cual ese espíritu da a su negocio no el temperamento, el tono, tampoco la significación y dirección, pero sí la realidad efectiva.

Considerada como vida poética pura, la vida poética, según su contenido, en cuanto que en virtud de lo armónico en general y del defecto temporal está ligada con algo armónicamente contrapuesto,permanece, en efecto, absolutamente unitaria consigo misma, y sólo en el cambio de las formas está contrapuesta, sólo en el modo, no en el fundamento, de su esfuerzo de progresión; es sólo más agitada o más tensa o más arrojada, sólo casualmente más o menos interrumpida. Considerada como vida determinada y fundamentada mediante la reflexión poética en virtud de la idea de la vida en general y del defecto en medio de la unitariedad, comienza con un temperamento característico ideal, ya no es algo ligado con algo armónicamente contrapuesto en general, está presente como tal en determinada forma y progresa en el cambio de los temperamentos, en el que en cada caso el temperamento que sigue está determinado por el que precede y a éste está contrapuesto según el contenido —esto es: según los órganos en los cuales ha sido concebido— y en tal medida es más individual, más universal, más pleno, de modo que los diversos temperamentos están ligados solamente en aquello en lo cual lo puro encuentra su contraposición, a saber, en el modo en que tiene lugar el esfuerzo de progresión, como vida en general, de modo que la vida puramente poética ya no ha de ser encontrada, puesto que en cada uno de los cambiantes temperamentos está en particular forma, ligada, pues, con su directamente contrapuesto y, por lo tanto, ya no pura, y en el todo está presente sólo como esfuerzo de progresión y, según la ley de este esfuerzo, sólo como vida en general, y desde este punto de vista reina absolutamente un conflicto entre individual (material), universal (formal) y puro.

Lo puro comprendido en cada particular temperamento está en pugna con el órgano en el cual ha sido comprendido, está en pugna con lo puro del otro órgano, está en pugna con el cambio.

Lo universal, como particular órgano (forma), como temperamento característico, está en pugna con lo puro que ello comprende en ese temperamento; como esfuerzo de progresión en conjunto, está en pugna con lo puro que en él está comprendido; como temperamento característico, está en pugna con el temperamento que hay a continuación.

Lo individual está en pugna con lo puro que ello comprende, está en pugna con la forma que hay a continuación, está en pugna, como individual, con lo universal del cambio.
Es, pues, imposible que el modo de proceder del espíritu poético en su negocio pueda acabar aquí. Si es el modo de proceder verdadero, entonces todavía tiene que haber algo distinto que encontrar en él, y tiene que mostrarse que el modo de proceder que da al poema su significación es sólo el tránsito de lo puro a esto que ha de ser encontrado, como, inversamente, de esto a lo puro.(Medio de enlace entre espíritu y signo).

Ahora bien, si lo directamente contrapuesto al espíritu, el órgano en el que el espíritu está contenido y mediante el cual es posible toda contraposición, pudiera ser considerado y comprendido no sólo como aquello mediante lo cual lo armónicamente ligado está formalmente contrapuesto, sino como aquello mediante lo cual está también formalmente ligado, si pudiera ser considerado y comprendido no sólo como aquello mediante lo cual los diversos temperamentos inarmónicos están materialmente contrapuestos y formalmente ligados, sino como aquello mediante lo cual están también materialmente ligados y formalmente contrapuestos, si pudiera ser considerado y comprendido no sólo como aquello que es, en cuanto ligante, vida meramente formal en general y, en cuanto particular y material, no ligante, sólo contraponiente y separante, si pudiera serlo como ligante en cuanto material, si el órgano del espíritu pudiera ser considerado como aquello que, para hacer posible lo armónicamente contrapuesto, tiene que ser receptivo tanto para el uno como para el otro armónicamente contrapuesto, de modo que, por lo tanto, en la medida en que para la vida puramente poética es contraposición formal, tenga que ser también ligazón formal; que, en la medida en que para la vida poética determinada y para sus temperamentos es materialmente contraponiente, tenga que ser también materialmente ligante; que lo limitante y determinante no sea meramente negativo, que sea también positivo, que, considerado por separado cabe lo armónicamente ligado, sea ciertamente contrapuesto al uno como al otro término, pero, pensados ambos juntamente, sea la unificación de ambos, — entonces aquel acto del espíritu que, con respecto a la significación, sólo tenía por consecuencia un general conflicto, será un acto tanto más unificante cuanto contraponiente era.

Pero ¿cómo es concebido en esta cualidad este acto del espíritu?, ¿como posible y como necesario? No meramente mediante la vida en general, pues así es concebido en la medida en que es considerado sólo como materialmente contraponiente y formalmente ligante, que determina directamente la vida. Tampoco sólo mediante la unitariedad en general, pues así lo es en la medida en que es considerado sólo como formalmente contraponiente; sí en el concepto de la unidad de lo unitario, de modo que, de lo armónicamente ligado, en el punto de la contraposición y unión está presente tanto el uno como el otro término, y que en este punto es sentible en su infinitud el espíritu, el cual mediante la contraposición aparecía como finito; que lo puro, que estaba en pugna con el órgano en sí, precisamente en este órgano es presente para sí mismo y sólo así es algo viviente; que,allí donde lo puro está presente en diversos temperamentos, el que sigue inmediatamente al temperamento fundamental es sólo el punto prolongado que conduce allí, a saber: al punto medio, en el que los temperamentos armónicamente contrapuestos se encuentran entre sí; que, por lo tanto, precisamente en el más fuerte contraste, en el contraste del primer temperamento ideal y el segundo artísticamente reflejado, en la más material contraposición (la que hay entre el espíritu y la vida armónicamente ligados y que en el punto medio se encuentran entre sí y son presentes), precisamente en esta contraposición, la más material, la cual está ella misma contrapuesta a sí misma (en relación al punto de unificación al que aspira), en los actos en que el espíritu lucha en su esfuerzo de progresión, cuando éstos sólo surgen del carácter recíproco de los temperamentos armónicamente contrapuestos, precisamente allí lo más infinito se presenta del modo más sentible, más positivo-negativo e hiperbólico; que, mediante este contraste entre la presentación de lo infinito en el conflictivo esfuerzo de progresión hacia el punto y su concordar en el punto, es reparada la simultánea intimidad y distinción de la sensación armónicamente contrapuesta, viviente, que yace en el fondo, y, a la vez, esa intimidad y distinción es presentada de modo más claro por la libre conciencia, y de modo más formado, más universal, como mundo propio según la forma, como mundo en el mundo y, así, como voz  de lo eterno a lo eterno.

Así, pues, el espíritu poético no puede, en el modo de proceder que observa en su negocio, contentarse con una vida armónicamente contrapuesta, ni tampoco con la captación y retención de la misma mediante contraposición hiperbólica; si ha llegado ahí, si su negocio no carece ni de unidad armónica ni de significación y energía, ni de espíritu armónico en general ni de cambio armónico, entonces es necesario, si lo unitario no debe o bien (en la medida en que puede ser considerado en sí mismo) suprimirse a sí mismo, como indistinguible, y volverse en la infinitud vacía, o bien perder su identidad en un cambio de contrastes, por armónicos que éstos sean, y, por lo tanto, no ser ya ningún todo ni nada unitario, sino deshacerse en una infinidad de momentos aislados (como una serie de átomos), entonces, digo, es necesario que el espíritu poético en su unidad y armónico progreso se dé también un punto de vista infinito, en su negocio adquiera una unidad en la que todo avance y retroceda en el progreso y cambio armónicos, y, por su general relación característica a esta unidad, obtenga, para el que considera, no meramente conexión objetiva, sino también sentida y sentible conexión e identidad en el cambio de los contrarios, y es su última tarea el tener, en el cambio armónico, un hilo, una memoria, para que el espíritu, nunca en un momento singular y otro momento singular, sino continuamente en un momento como en otro, y en los diversos temperamentos, permanezca presente para sí tal como para sí es totalmente presente, en la unidad infinita, la cual es en primer lugar punto de escisión de lo unitario como unitario, mas luego también punto de unión de lo unitario como contrapuesto, y finalmente también ambas cosas a la vez, de modo que en ella lo armónicamente contrapuesto no es ni, en cuanto unitario, contrapuesto ni, en cuanto contrapuesto, unificado, sino que, en cuanto ambas cosas en uno, es, como unitariamente contrapuesto, inseparablemente sentido y como cosa sentida es encontrado. Este sentido[28] es carácter propiamente poético, ni genio ni arte, individualidad poética, y sólo a ésta es dada la identidad del entusiasmo y el cumplimiento del genio y del arte, la actualización de lo infinito, el momento divino.

Así, pues, ella nunca es sólo contraposición de lo unitario, ni tampoco sólo relación unificación de lo contrapuesto y cambiante; contrapuesto y unitario son en ella inseparables. Si esto es así, entonces ella, en su pureza y subjetiva totalidad, como sentido originario, puede ciertamente ser pasiva en los actos de contraponer y unificar con los cuales es eficaz en la vida armónicamente contrapuesta, pero, en su último acto, en el que lo armónicamente contrapuesto, en cuanto armónico contrapuesto, lo unitario como acción recíproca, es comprendido en ella como uno, en este acto ella no puede, no le está permitido en absoluto, comprender mediante sí misma, volverse objeto para sí misma, a no ser que, en vez de una unidad infinitamente unitaria y viviente, deba ser una unidad muerta y dadora de muerte, un resultado infinitamente positivo; pues, si unitariedad y contraposición están en ella inseparablemente ligadas y son uno, entonces ella no puede aparecer a la reflexión ni como unitario contraponible ni como contrapuesto unificable, no puede, por lo tanto, aparecer en absoluto, o sólo en el carácter de una nada positiva, de una infinita detención; y, la hipérbola de todas las hipérbolas, lo es el más audaz y último ensayo del espíritu poético, si éste en su modo de proceder lo realiza en el caso: captar la individualidad poética originaria, el yo poético; ensayo mediante el cual el espíritu poético suprimiría esta individualidad y su objeto puro, lo unitario, y lo viviente, la vida armónica, recíprocamente eficaz; y, sin embargo, tiene que hacerlo, pues, dado que él debe —y tiene que— ser con libertad todo lo que en su negocio es, en cuanto que erige un mundo propio, y el instinto forma parte naturalmente del mundo verdadero en el que él es; puesto que él debe, pues, serlo todo con libertad, por eso tiene también que asegurarse de esta individualidad suya. Pero, dado que no puede conocerla mediante sí mismo y en sí mismo, es necesario un objeto externo y de tal índole que mediante él la individualidad pura, entre varios caracteres particulares no meramente contraponientes ni meramente relativos, sino poéticos, que ella puede adoptar, sea determinada a adoptar alguno, de modo que, consiguientemente, la individualidad ahora elegida y su carácter determinado por el material ahora elegido sean reconocibles tanto en la individualidad pura como en los demás caracteres y puedan ser retenidos con libertad.

(Dentro de la naturaleza subjetiva, el yo puede reconocerse sólo como contraponiente o como relativo, pero no puede, dentro de la naturaleza subjetiva, reconocerse como yo poético en su triple propiedad; pues, tal como aparece dentro de la naturaleza subjetiva y se hace distinto de sí mismo y distinto en y mediante sí mismo, así, lo conocido, sólo junto con el cognoscente y el conocimiento de ambos puede constituir aquella triple naturaleza del yo poético, y, ni captado como conocido por lo cognoscente, ni captado como cognoscente por lo cognoscente, ni como conocido y cognoscente por el conocimiento, ni como conocimiento por lo cognoscente, en ninguna de estas tres cualidades pensadas aisladamente es encontrado el yo como puro yo poético en su triple naturaleza, a saber: contraponiendo lo armónicamente contrapuesto, unificando —formalmente— lo armónicamente contrapuesto, comprendiendo en uno lo armónicamente contrapuesto, la contraposición y la unificación; al contrario, permanece en contradicción real consigo mismo y para sí mismo. Así, pues, sólo en la medida en que no es distinguido de sí mismo y en y mediante sí mismo, sólo si es hecho determinadamente distinguible mediante un tercero, y si ese tercero, en cuanto que ha sido elegido con libertad, en cuanto que no suprime por sus influjos y determinaciones la individualidad pura, sino que puede ser contemplado por ella, en lo cual se contempla al mismo tiempo ella a sí misma como algo determinado por una elección, empíricamente individualizado y caracterizado, sólo entonces es posible que el yo aparezca como unidad en la vida armónicamente contrapuesta e, inversamente, lo armónicamente contrapuesto aparezca como unidad en el yo, y en bella individualidad se haga objeto).
a) Pero ¿cómo es ello posible?, ¿en general?
b) Si de este modo se hace posible que el yo en individualidad poética se reconozca y comporte, ¿qué resulta de ahí para la presentación poética? (En los intentos, subjetivos y objetivos, de triple clase, reconoce el yo la aspiración a la unidad pura.)

a) Si el hombre ha vivido en esta soledad, en esta vida consigo mismo, en este contradictorio estado intermedio entre la conexión natural con un mundo naturalmente presente y una conexión más alta con un mundo también naturalmente presente, pero, con libre elección, elegido como esfera, previamente conocido y que, en todos sus influjos, lo determina no sin su voluntad; si ha vivido en aquel estado intermedio entre la niñez y la humanidad madura, entre vida mecánicamente bella y vida humanamente, libremente bella, y ha conocido y experimentado este estado intermedio tal como tiene que permanecer absolutamente en contradicción consigo mismo, en el necesario conflicto entre: 1) el aspirar a la pura mismidad e identidad, 2) el aspirar a la significidad y la distinción, 3) el aspirar a la armonía, y como en este conflicto cada una de estas aspiraciones tiene que suprimirse y mostrarse irrealizable, como él tiene, pues, que resignarse, recaer en la niñez, o consumirse en inútiles contradicciones consigo mismo; cuando persiste en este estado, entonces hay una sola cosa que lo arranca a esta dolorosa alternativa, y el problema de ser libre, como un joven, y vivir en el mundo, como un niño, el problema de la independencia de un hombre cultivado y de la acomodación de un hombre habitual, se resuelve siguiendo esta regla: Ponte por libre elección en contraposición armónica con una esfera externa, tal como, por naturaleza, pero de modo irreconocible en la medida en que permaneces en ti mismo, estás en armónica contraposición en ti mismo.

Porque aquí, en el seguimiento de esta regla, hay una grave diferencia respecto al comportamiento en el estado precedente. En el estado precedente, esto es: en el de la soledad, la naturaleza armónicamente contrapuesta no podía hacerse unidad reconocible, porque el yo, sin suprimirse, no podía ponerse y conocerse como unidad activa sin suprimir la realidad de la distinción y, por lo tanto, la realidad del reconocer, ni tampoco como unidad paciente sin suprimir la realidad de la unidad, su criterio de identidad, a saber: la actividad; y que el yo, en cuanto aspira a reconocer su unidad en lo armónicamente contrapuesto y lo armónicamente contrapuesto en su unidad, tenga que ponerse de modo tan absoluto y dogmático como unidad activa o como unidad paciente, esto se debe a que el yo, para conocerse a sí mismo mediante sí mismo, sólo mediante una distinción innatural (que se suprime a sí misma) puede remplazar la íntima ligazón natural en la que está consigo mismo y mediante la cual la distinción se le hace difícil, porque el yo es hasta tal punto por naturaleza uno consigo mismo en su diversidad que la diversidad necesaria para el conocimiento, diversidad que él se da por libertad, sólo en extremos es posible, por lo tanto sólo en aspiraciones, en ensayos de pensamiento, que, realizados de esta manera, se suprimirían a sí mismos; porque, para reconocer su unidad en lo (subjetivo)armónicamente contrapuesto y lo (subjetivo) armónicamente contrapuesto en su unidad,necesariamente el yo tiene que hacer abstracción de sí mismo, en cuanto que él está puesto en lo (subjetivo) armónicamente contrapuesto, y reflejar sobre sí mismo en cuanto que no está puesto en lo (subjetivo) armónicamente contrapuesto, y a la inversa; pero, dado que esa abstracción de su ser en lo (subjetivo) armónicamente contrapuesto y esa reflexión sobre el no-ser en ello no puede hacerla sin suprimirse y suprimir lo armónicamente contrapuesto, sin suprimir lo armónico y contrapuesto subjetivo y suprimir la unidad, resulta que también los intentos que, con todo, de esta manera hace serán intentos que, si de esta manera fuesen realizados, se suprimirían a sí mismos.

La diferencia entre el estado de soledad (el presentimiento de la propia esencia) y el nuevo estado, en el que el hombre se pone por libre elección en contraposición armónica con una esfera externa, es, pues, esto: que el hombre, precisamente porque con ésta no está tan íntimamente ligado, puede hacer abstracción de ella y de sí, en cuanto que está puesto en ella, y reflejar sobre sí en cuanto que no está puesto en ella; esta es la razón por la cual sale de sí, esta es la regla para su manera de proceder en el mundo exterior. De esta manera alcanza su determinación, la cual es — conocimiento de lo armónicamente contrapuesto en él mismo, en su unidad e individualidad, y, de nuevo, conocimiento de su identidad, de su unidad e individualidad en lo armónicamente contrapuesto. Esto es la verdadera libertad de su esencia, y, si no depende demasiado de esta esfera externa armónicamente contrapuesta, si no se hace idéntico con ella como consigo mismo hasta el punto de no poder nunca hacer abstracción de ella, ni tampoco se hace depender demasiado de sí mismo y puede demasiado poco hacer abstracción de sí como de algo independiente, si ni refleja demasiado sobre sí ni demasiado sobre su esfera y su tiempo, entonces está en el justo camino de su determinación. La niñez de la vida habitual, en la que él era idéntico con el mundo y no podía en absoluto hacer abstracción de él, en la que estaba sin libertad, por lo tanto sin conocimiento de sí mismo en lo armónicamente contrapuesto ni de lo armónicamente contrapuesto en él mismo, y, considerado en sí mismo, sin firmeza, sin autonomía, sin auténtica identidad en la vida pura, este tiempo será considerado por él como el tiempo de los deseos, en el que el hombre, mediante la total entrega a la vida objetiva, aspira a reconocerse en lo armónicamente contrapuesto y a reconocer aquello como unidad en él mismo; como el tiempo en el que, sin embargo, se muestra objetivamente la imposibilidad de una identidad reconocible en lo armónicamente contrapuesto, tal como esta imposibilidad ha sido mostrada ya subjetivamente. En efecto, puesto que, en este estado, él no se conoce en absoluto en su naturaleza subjetiva, puesto que es sólo vida objetiva en lo objetivo, puede aspirar a reconocer la unidad en lo armónicamente contrapuesto sólo por cuanto en su esfera, de la cual es tan poco capaz de hacer abstracción como el hombre subjetivo de la suya subjetiva, procede exactamente como éste en la suya. Está puesto en su esfera como en algo armónicamente contrapuesto. Tiene que aspirar a reconocerse, buscar distinguirse de sí mismo en ella, haciéndose él lo contraponiente en la medida en que ella es armónica y lo unificante en la medida en que es contrapuesta. Pero, si aspira a reconocerse en esta diversidad, entonces tiene que o bien negar ante sí mismo la realidad del conflicto en el que se encuentra consigo mismo, y tener este proceder conflictivo por engaño y arbitrariedad que se manifiesta sólo para que él reconozca su identidad en lo armónicamente contrapuesto —pero entonces también esta identidad suya, en cuanto reconocida, es engaño—, o bien tiene por real aquella distinción, a saber: que él se comporta como algo que une y como algo que distingue, según que en su esfera objetiva encuentre en el caso algo que distinguir o algo que unir, y entonces se pone como uniente y distinguiente dependientemente y, puesto que esto debe tener lugar en su esfera objetiva, de la cual no puede hacer abstracción sin suprimirse a sí mismo, se pone en absoluta dependencia, de modo que no reconoce su acto, el suyo propio, ni como uniente ni como contraponiente. En este caso no puede, de nuevo, reconocerse como idéntico, porque los diversos actos en los que se encuentra no son sus actos. No puede en absoluto reconocerse, no es nada distinguible; lo es su esfera, en la que él se comporta mecánicamente. Pero, aunque quisiera ponerse como idéntico con ella, resolver, en la más alta intimidad, el conflicto de la vida y la personalidad, conflicto que él aspira —y tiene que aspirar— siempre a unificar y a reconocer en uno, aun esto no sirve de nada, en la medida en que él se comporta en su esfera de modo que no puede hacer abstracción de ella, pues él puede reconocerse sólo en extremos de contrastes entre el distinguir y el unir precisamente porque vive demasiado íntimamente en su esfera.

En vano, pues, busca el hombre en un estado demasiado subjetivo como en uno demasiado objetivo alcanzar su determinación, la cual consiste en que él se reconozca contenido como unidad en lo divino armónicamente contrapuesto y, a la inversa, reconozca contenido como unidad en él lo divino, unitario, armónicamente contrapuesto. Pues esto es posible sólo en la bella sensación sagrada, divina, en una sensación que es bella porque no es ni meramente agradable y feliz, ni meramente elevada y fuerte, ni meramente unitaria y tranquila, sino que es todo a la vez; y sólo puede ser en una sensación que es sagrada porque ni es sólo entregada desinteresadamente a su objeto, ni sólo reposa desinteresadamente sobre su propio fundamento interno, ni sólo está suspendida desinteresadamente entre su interno fundamento y su objeto, sino que es todo a la vez; y sólo puede ser en una sensación que es divina porque no es ni mera conciencia, mera reflexión (subjetiva u objetiva), con pérdida de la vida interior y exterior, ni mero aspirar (determinado subjetiva u objetivamente) con pérdida de la armonía interior y exterior, ni mera armonía, como la intuición intelectual y su sujeto-objeto mítico, figurativo, con pérdida de la conciencia y de la unidad, sino que es todo eso a la vez; y sólo puede ser en una sensación que es —y no puede sino ser— trascendental por cuanto, en la unificación y acción recíproca de las mencionadas propiedades, no es ni demasiado agradable y sensible, ni demasiado enérgica y salvaje, ni demasiado íntima y exaltada; ni demasiado desinteresada, es decir, entregada al objeto con demasiado olvido de sí, ni demasiado desinteresada, es decir, que repose demasiado arbitrariamente en su propio fundamento interno, ni demasiado interesada, es decir, suspendida con demasiada indecisión, vacía e indeterminada, entre su interno fundamento y su objeto; ni demasiado reflejada, demasiado consciente de ella misma, demasiado cortante y, por ello, inconsciente de su fundamento interior y exterior, ni demasiado movida, demasiado comprendida en su fundamento interior y exterior y, por ello, inconsciente de la armonía de lo interior y lo exterior, ni demasiado armónica y, por ello, demasiado poco consciente de sí misma y del fundamento interior y exterior y, por ello, demasiado indeterminada y menos susceptible de lo propiamente infinito —lo cual es determinado mediante ella como una determinada infinitud efectivamente real, como algo que reside fuera— y capaz de una duración menor. En pocas palabras: por estar ella presente en su triple propiedad y no poder ser de otro modo, está menos expuesta a una unilateralidad en cualquiera de las tres propiedades. Por el contrario, de ella brotan originariamente todas las fuerzas que aquellas propiedades, de un modo ciertamente más determinado y más reconocible, pero también más aislado, poseen, del mismo modo que aquellas fuerzas y sus propiedades y manifestaciones, a su vez, se concentran de nuevo en ella, y en ella y por ella adquieren conexión recíproca y determinatez viviente, consistente por sí misma, en cuanto órganos de ella, y libertad, en cuanto pertenecientes a ella y no restringidas a sí mismas en su propia limitación, y plenitud, en cuanto comprendidas en la totalidad de ella; aquellas tres propiedades pueden manifestarse como esfuerzos por reconocer lo armónicamente contrapuesto en la unidad viviente o ésta en aquello, en un estado más subjetivo o más objetivo. Pero incluso estos diversos estados proceden de ella como de la unión de los mismos.

Publicado el 1 de junio de 2014

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