Festival Internacional de Poesía de Medellín

Adivinación y poesía



Por Walther Espinal
Especial para Prometeo


1. Furor poético: las musas del Helicón

La mántica griega es un saber que permite a la naturaleza humana que pueda acercarse muchísimo al poder de los dioses, conexión que es amistosa según Sócrates, y que implica un aprendizaje entre dioses y hombres. Una de esas disciplinas, regalo de los dioses, donde interviene la mántica, desde el furor o entusiasmo, es la poesía. Los poetas, junto con los pintores, se caracterizan por trabajar con una tekhné imitativa, cuyo origen,  se remonta también a las artesanías míticas recibidas de Atenea y Hefesto. El estado inspirado del poeta se compara al del adivino : y este estado hace que el furor arrastre a los hombres como si lo hicieran las bacantes. Los poetas agitan sus composiciones gracias a la inspiración, la cual, alejada del raciocinio, y en virtud del movimiento libre, sumerge al individuo en un trance o posesión. La inspiración calienta la sangre de los poetas y los desborda, semejantes a los coribantes que no danzan sino cuando están fuera de sí mismos.

La poesía, igual que la piedra Heráclea, se transmite a través del anillo del entusiasmo de cada uno, hasta lograr una cadena de inspirados. Ejerce magnetismo.

El canto que Hesíodo ofrece en su Teogonía a las musas de la montaña divina del Helicón, arroja luces sobre las actividades que aquellas ninfas realizan, es decir, las danzas en torno a las fuentes, los baños en las aguas del Parnaso y la interpretación de bellos coros. Estas musas que arropadas por la niebla avanzan hacia la noche, tienen por costumbre además lanzar al viento su voz maravillosa.

En el canto de Hesíodo se ilustra también una especie de catálogo de dioses, con sus respectivas virtudes, las cuales constituyen los materiales que el artista requiere para su obra. Se invocan entonces varios dioses que determinan la creación poética, entre ellos, Zeus, Apolo, Ártemis, la negra noche y muchos otros.
Algo especial de las hijas de Zeus, las musas, es que transmiten inspiración o mensajes que, no obstante, con apariencia de verdad pueden ser muchas veces mentiras. Hesíodo, el pastor, es informado de este truco mientras apacentaba sus ovejas.

Ya dijimos que Zeus, el de sumo poder, ocupa un sitio privilegiado en la plegaria del poeta. Hesíodo lo corrobora así después de observar atentamente la forma de intervención de las musas; a Zeus se le debe mencionar al comienzo y al final de las celebraciones.

La importancia de Zeus radica pues en que él participó de la concepción de las musas al compartir el lecho sagrado con Mnemósine durante nueve noches. De ahí que esta unión entre Zeus y Mnemósine traiga como resultado que las musas tengan su corazón exento de dolores y que ellas concedan a la vez remedio a las preocupaciones y olvido a los males.

Las musas se expresan a través de himnos que predicen el futuro y el pasado, cuyo eje central narra, casi siempre, la feliz estirpe de los inmortales sempiternos. Las nueve musas cuando hablan al unísono, destacan su preocupación por el origen de las cosas, es decir, la manera en que los dioses establecieron su jerarquía y dividieron los honores. Una virtud más del canto de las musas es que refieren las normas y las sabias costumbres de los inmortales.

Quizá lo más enigmático de la voz de las musas sea que a pesar de que ellas emiten un sonido armonioso, éste tiene grandes consecuencias, por ejemplo, retumbar en toda la oscura tierra. Quien atienda entonces a las musas será premiado con la dulce gota de miel derramada sobre su lengua y experimentará luego la fluidez de las palabras. Una vez que este prodigio se manifieste, compete al asistido interpretar las leyes divinas con firmeza y rectitud de buen juicio. Los aedos y los citaristas son hijos de las musas del Helicón, y también confieren el Yo lírico.

2. Empédocles

Diana Carrizosa en su libro El pensamiento de Empédocles a partir de sus versos sugiere que el presocrático en la filosofía se expresaba usando dos rostros: una suerte de simbiosis de orgullo y humildad en relación al conocimiento. Ya que Empédocles aparte de investigar con rigor la naturaleza es otro suplicante que implora a la musa lleno de veneración, con cuanto es lícito oír a los seres efímeros. Los dos caminos por los que trasiega la filosofía de Empédocles son la fisiología y la profecía. El filósofo habla tanto de cuestiones divinas como de cuestiones del conocimiento. Sobre las primeras, en el terreno teológico, dice Diana Carrizosa que Empédocles “...posee la suficiencia de quien es inspirado por la divinidad, y al mismo tiempo, sabe de la escasez y falibilidad de las facultades humanas...”. Asimismo, en el estudio de la naturaleza, Empédocles comprueba que parte del conocimiento deriva de la percepción en la experiencia cotidiana.

Empédocles fue un maestro de verdad. A Pausanias lo instruyó en los secretos de la física e incluso le dedicó las composiciones de su obra De la naturaleza. Para el filósofo la iniciación termina con la instrucción en el arte de realizar prodigios. El prodigio en Empédocles consiste en que a la manía poética se le exige como necesarios el estudio, la corrección y la paciencia. Aquí de nuevo los dos rostros del presocrático se funden: mántica y filosofía: el mago y el poeta.

El conocimiento en Empédocles tiene una valoración activa, es decir, la verdad adquiere toda su fuerza al ligarse con el plano de la vida. Dice Diana Carrizosa a propósito de Empédocles que en la disyuntiva entre el conocimiento y el obrar, vale el obrar, a cuyo servicio ha de entregarse el conocimiento. La mántica en Empédocles reside en acceder a las fuerzas de la naturaleza para ponerlas a funcionar, dirigiéndolas con suave dominio.  Para el filósofo el suave dominio es fundamentaly lo encarna el sabio, pues, según Empédocles, al sabio en su devenir activo se le confiere un poder similar al de la música. Afirma el presocrático que por medio de la música pueden ser calmadas nuestras pasiones. De ahí que el origen de la palabra melodía, melos, quiera decir precisamente sedante. La música y la magia tienen la potencia para actuar frente al mundo.

Empédocles cuando viajaba fuera de su patria era acogido hospitalariamente como un extranjero admirado. En su contemplación, el presocrático a cada acontecimiento o fenómeno de nuestro mundo le encontraba un doble deseo: comprenderlo y cantarlo. Vuelven aquí a presentarse los dos rostros de Empédocles: la filosofía y la música. Sin embargo, la mágica exaltación del sabio debe ser contrastada con el pesimismo declarado del filósofo hacia la existencia humana.

Otro pesimista, Arthur Schopenhauer, en su libro Historia de la filosofía (de los Presocráticos a Hegel), pinta a Empédocles del siguiente modo: “...él reconoció la miseria absoluta de nuestra vida, y el mundo es para él, un valle de lágrimas...”. Empédocles comulgaba con las doctrinas pitagóricas que veían en nuestra existencia un estado de deterioro y de miseria, debido quizá a que por nuestra propia culpa fuimos expulsados del lugar o estado de antaño infinitamente dichoso, Esfero, Edad Áurea, y caímos en la corrupción presente. Nuestra vida en el mundo, según Empédocles, es un peregrinaje que nos hace cada vez más débiles, generando que para todos sea un anhelo el estado primitivo. Presenciar entonces la realidad y luego soñar, apunta Schopenhauer, producirá metempsicosis, opinión de que el cuerpo es una cárcel, de que la existencia es un estado de padecimiento del cual nos libera la muerte con la trasmigración de las almas.

El esfuerzo de Empédocles estuvo siempre dirigido a recuperar el estado primigenio aún si el tiempo nos cercaba inexorablemente. Por eso practicó la abstención del alimento animal y se alejó de los goces y deseos terrenales. Empédocles, como lo atestigua Diana Carrizosa, fue dueño de los secretos del cielo y de la tierra, “...no solamente supo ofrecer sus vaticinios a los hombres desesperados, sino que desvió el curso de las aguas y de los vientos, devolvió la vista a los ciegos, el habla a los mudos y el vigor de la vida a quienes la fatalidad ya lo había arrebatado...”.

3. La sibila de Cumas

Las sedes de la actividad oracular de la sibila fueron las ciudades de Delfos, Samos, Eretria, Tibur, Marpeso y Cumas. Allí estas adivinas emitían sus profecías en estado de trance y alimentaban la creencia popular que hacía suponer que ellas podían alcanzar más de mil años de vida. Tal vez por eso para la mayoría de los romanos la sibila de Cumas era un personaje real, cuyo nombre sufriría distintas variaciones: Amaltea, Hemófila, Herófila.
Desde sus comienzos la sibila fue vista como una mujer joven o de mediana edad, reflejada brillantemente en la numismática romana: en las monedas emitidas por L. Manlio Torcuato en el 65 a.C la sibila aparece representada como una mujer de corta edad; la sibila aparece en las monedas acuñadas por L. Valerio Acísculo en el 45 a.C con la efigie de Apolo en el reverso.

Con el paso del tiempo la sibila fue pintada con muchos años más. Al respecto Ovidio suministra un testimonio que ilustra lo dicho. La sibila a cambio de entregar su virginidad a Apolo le pide al dios señalándole a la playa: que le concediera vivir tantos años cuantas arenas había allí. El dios acepta. Pero al cabo de los días la sibila descubriría que a su petición le hizo falta algo: “...para desdicha mía me olvide pedirle al mismo tiempo que aquellos años no se llevaran la hermosura de mi juventud...”. A partir de entonces es que la sibila empieza a envejecer y dice: “...mírame ahora, ni el mismo Apolo me reconocería...”.

Esta imagen de la sibila como mujer mortal pero con siglos de edad habría de convertirse también en un tópico de la literatura. Trimalción, celebre personaje del Satiricón de Petronio, por ejemplo, presume haber visto a la adivina colgada en una botella, y cuando los niños le preguntaban: sibila ¿qué quieres? Ella les contestaba: ¡quiero morir!.

La discusión sobre la condición mortal de la sibila quedaría clausurada con la aparición de una secta que localizaba en Sicilia su sepulcro.

En la antigüedad la característica más destacada de la sibila era su inspiración profética, algo así como un don sin necesidad de ser poseída por Apolo. Esta opinión acerca de que la sibila hablaba bajo la influencia de Apolo acabaría de consolidarse cuando Augusto hizo trasladar Los Libros Sibilinos del templo de Júpiter al de Apolo Palatino en el 28 a.C.

Los Libros Sibilinos fueron llamados así porque contenían las predicciones de la sibila. En Roma estos libros estaban confiados al colegio de los decenviros. Se dice que Los Libros sibilinos eran preciosos tanto a la religión como a la política. Eran tablillas cubiertas de una tela de lino. Y en su interior se encontraban los destinos del imperio, y los medios de apaciguar la cólera de los dioses cuando se manifestaban por medio de prodigios o calamidades.

El colegio de los decenviros no podía mirar sin una orden especial los libros. De ahí que sólo ellos tenían el privilegio de consultar cuando convenía este sagrado depósito.

Los Libros Sibilinos se dividieron en cuatro tomos: Fulgurales, Fatales, Rituales y Exercitualis.

4. Los oráculos

La historia narra que el oráculo más antiguo perteneció a Zeus, a partir del día en que dos palomas negras volaron desde Tebas y se instalaron encima de un roble, la una en Amón (Libia) y la otra en Dodona.

En Dodona es famoso el procedimiento que se utiliza para consultar la divinidad: las sacerdotisas de Zeus escuchan el arrullo de las palomas, o el susurro de las hojas del roble, o el tintineo de las vasijas de bronce, colgadas de las ramas. A este tipo de contemplación o vigilancia se llegue después de estar sentado sobre un trípode mientras se inhala una serie de vapores.

Otro oráculo célebre fue levantado por Hefesto, quien instaló toda clase de doradas aves canoras en el tejado. Pero Robert Graves asegura que esta obra del dios un día la tierra se la tragó. Luego está el oráculo de Apolo délfico, que quizá es el de mayor atracción. Pues allí la profetisa era Dafnis. Y los derechos de consulta oracular pasaron de la titánide Febe a las manos del dios solar. En Delfos el santuario estuvo construido con ramas de laurel traídas de Tempe. Y aparte de Dafnis otros sacerdotes famosos establecieron allí su culto, entre ellos los hiperbóreos Pagaso y Agineo.

Con el tiempo el oráculo de Delfos sufrió una transformación: pasó de ser un recinto hecho con cera de abeja y plumas para convertirse en una cueva con tallos de helecho entrelazados. Otros santuarios de Apolo eran el de Liceo y el de la Acrópolis de Argos.

En la antigüedad el método de adivinación a través del oráculo se utilizó en casi todas partes: en la Boecia Ismenia donde los sacerdotes dan los oráculos después de examinar las entrañas, en Claro, cerca de Colofón, donde el adivino bebe de un pozo secreto y pronuncia un oráculo en verso, en Telmesa donde se interpretan los sueños.

Otras divinidades que tuvieron oráculos, Démeter y Hera, con sus sacerdotisas llevaron a cabo ritos muy particulares de adivinación. Se destacan los ritos de las pitias de Démeter que dan oráculos a los enfermos en Patras mediante un espejo que introducen en su pozo con una cuerda. Y el rito de la sacerdotisa de la madre tierra en Egeira, Acaya, lugar que significa Álamos negros, que consiste en beber sangre de toro, un veneno mortal para cualquier otro ser viviente.

Se tiene noticia de que únicamente en Faras, a cambio de una moneda de cobre, los enfermos que consultaban a Hermes compraron la respuesta oracular, que consistía en las primeras palabras que se escuchen al salir del mercado.
Finalmente queda por repasar el oráculo de los héroes, especialmente el de Heracles en la Aquea Bura donde la respuesta se da lanzando cuatro dados. Y el oráculo de Asclepio, dios curandero y médico, donde los enfermos se apiñan pidiendo consulta y remedios a sus males, que se les revela en sueños después de un ayuno.

5. La teurgia

El fundador de la teurgia es Juliano. Dicen los Suidas que él era hijo de un filósofo caldeo, quien lo puso a cargo de los oráculos caldeos, de ahí que se le considere un hombre visionario. Juliano vivió en la época de Marco Aurelio. Sobre su filosofía se estima que su dicción era extravagante y ampulosa, y su pensamiento oscuro e incoherente. Que sus textos hacen pensar en las manifestaciones hechas durante el trance por los espíritus guías. Sin embargo se le recuerda también por la transposición a hexámetros del mensaje oracular que ofrecería una oportunidad de introducir alguna semejanza de sentido y sistema filosófico.

A Juliano se le admiten una serie de atributos: salvó al ejército romano durante la campaña de Marcos contra los Quadi en el año 173 de la Era Cristiana; hendió una piedra por arte de magia; fabricó una máscara humana de arcilla que disparaba contra el enemigo rayos insoportables.

El filósofo Proclo definirá la teurgia como “...un poder más alto que toda la humana sabiduría, que abraza las bendiciones de la adivinación, los poderes purificadores de la iniciación, y en una palabra, todas las operaciones de la posesión divina...”.

La teurgia en el mundo antiguo fue de gran utilidad gracias a que sus procedimientos eran semejantes a los de la magia corriente. De esta manera una figura como el demiurgo asciende hasta el peldaño del teúrgo. Aunque hay un movimiento, aquí sigue prevaleciendo el daimon creador que copia la realidad divina y la vierte a un molde. Por eso el demiurgo que trabaja para los dioses esculpe sus obras en metales, plasmando las ideas celestes en el mundo sensible de la imagen. El teúrgo, en cambio, a pesar de continuar tras la búsqueda de los inmortales, extrae de la cotidianidad nuevos elementos que robustecen la conexión entre dioses y hombres. El resultado es que en la teurgia la artesanía mítica se exacerba a tal punto que a la naturaleza ya es posible conferirle un ánima. La naturaleza se vuelve animista y reconoce en su haber una serie de dioses que a través de la simpatía cósmica reflejan su esencia divina. Animista desde el punto de vista que considera a los animales, las hierbas, las piedras y los olores, elementos preponderantes.

La materia prima de la manufactura de las estatuillas mágicas en la teurgia era la arcilla.

La teurgia se apoya en la primitiva creencia que reconoce un lazo entre la imagen y su original, una correspondencia entre el dios y su obra. Dos grandes ramas componen la teurgia: el delirio posesorio o mediúmnico y la técnica teléstica. Con la teurgia se recupera la categoría platónica de furor divino. Por ejemplo el éxtasis teúrgico constituye una prolongación de la mántica apolineo-dionisíaca, la cual recae en una serie de emisarios que cambian con el transcurso del tiempo: la pitia, la sibila, el augur, el teúrgo, el poeta. Sobre las dos ramas de la teurgia, la teléstica y la mediúmnica, la primera dio entrada en el mundo de la magia a toda clase de cosas ya que cada dios tiene su representante simpático en el mundo animal, el mundo vegetal y el mundo mineral, que es, o contiene, su causa divina. El resultado: una proliferación de herbarios y el nacimiento de una botánica y una mineralogía astrológicas. La teurgia teléstica hace uso de gemas grabadas y de plantas, anima estatuillas que dictan oráculos y produce fórmulas mágicas escritas al modo de la épica antigua. Un estudioso del tema, Simon Pieters, define así la técnica teléstica: “...persigue atraer la presencia de un dios o espíritu e introducirlo en un receptáculo inanimado, que habitualmente era el interior de una estatua. Una vez presente y excitado por medio de símbolos, oraciones y otras acciones rituales, el ser espiritual capturado estaba en condiciones de hablar, y el teúrgo recibía el oráculo. De otro lado, la teurgia posesoria se encargaba de que las almas de los hombres abandonaran el cuerpo y volvieran a entrar en él. De modo muy similar a lo que proponen Platón y Posidonio de Apamea en el estudio colérico del alma: el dios posee el alma humana, la inunda. Regresando a Simon Pieters, la teurgia mediúmnica busca la encarnación de un espíritu -ángel, demonio, alma de un difunto- en una persona, de manera provisional.

La teurgia pretendía hacer de la adivinación una práctica respetable para los círculos filosóficos de la antigüedad. Esta técnica sublimaba la magia, es decir, su prioridad eran los fines religiosos, no aquellas curaciones particulares motivadas por los reyes a beneficio personal. La teurgia retoma así toda la adivinación goética o mántica, aunque se distancia de la mántica cuando analiza el papel del portavoz en las profecías. Es en la teurgia que la personalidad religiosa deja de ser Melampo y pasa a ser Plotino.

También en la teurgia es donde mejor se ilustran los rituales de iniciación propuestos por Platón. Por ejemplo, la anábasis o viaje del alma al mundo celeste que ocurre cuando el teúrgo o médium abandona el cuerpo, sube al cielo, ve allí a la divinidad y regresa para describir la experiencia. Y la katábasis o descenso a la tierra donde la divinidad es vista por el teúrgo en un sueño o cuando está completamente despierto. Aquí el lazo o categoría entre dioses y hombres se le denomina trance y se define como una alteración espontánea de la personalidad donde el médium sufre la posesión del dios. Esta posesión de ser inteligible requiere para ser comunicada de la aplicación de símbolos y fórmulas mágicas: los símbolos son una hierba, una piedra, una raíz, un sello o una gema grabada, y las fórmulas cuentan con las siete letras del alfabeto griego que representan los siete dioses planetarios.

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