Festival Internacional de Poesía de Medellín

Del pronunciamiento, la decisión y la responsabilidad
comprometida del poeta en el mundo de hoy



Por Oscar Jairo González Hernández
Profesor Departamento de Humanidades de EAFIT
Especial para Prometeo

Para efectos de llevar a cabo mi intervención esta tarde, sobre el tema que nos ha propuesto la Escuela de Poesía del XX Festival Internacional de Poesía de Medellín: Arte, cultura y paz, quisiera indicar con mucha claridad, que he decidido llevar más bien el carácter y el contenido de esta reflexión hacia, es evidente, mi propósito, que es hablar sobre el pronunciamiento, la decisión y la responsabilidad comprometida del poeta frente al mundo de hoy. Esto, ha de entenderse siempre como una tentativa, puesto que nada está ni estará dicho de manera absoluta sobre el tema, pero que sin duda, queremos provoque una reflexión nueva sobre un tema que quizá haya sido ya muy tratado, y que sin duda, subyace para mí, en la preocupación de todo poeta contemporáneo, y a la que y sobre la cuál no puede eximirse o excluirse de esa reflexión, que está, de una u otra manera, conectada y es parte esencial de su poética. En cada poeta hay una poética, y esa poética es la que se encuentra también en sus poemas, y en ella expresa sus posturas para con la vida de poeta y con sus actos poéticos. De esto será de lo que vamos a tratar.

Cuanto se ha dicho hasta hoy, sobre el poeta y su compromiso y responsabilidad para con él mundo, no hay que separarlo de la intención del poeta, cuando se decide a escribir poesía. La poesía para el poeta es su medio para expresar lo que él, inicialmente es o busca ser. Y después, al saberlo y ser consciente de lo que es y busca ser, comienza a distribuir  entre los otros, aquello que es su poesía. Y quizá, para el poeta el principal compromiso y responsabilidad, existe y se da para él mismo y en esa perspectiva la proyecta a los otros. Y no cualquier posición, sino que el poeta ha de tener una postura para expresarla poéticamente.

Cuando el poeta no tiene una postura poética, que podríamos aquí llamar, poética política o política poética, Paul Válery hablaba de una Política del espíritu,  y Brecht hablo del compromiso político del escritor a través de todas sus obras dramáticas y literarias, con una radicalidad y una insobornabilidad extraordinaria hacia lo establecido como poder totalitario, que ocluía toda libertad para el arte; y Peter Sloterdijk, sobre ello dice: “La política es el arte de lo posible: en este conocido dictum de Bismarck hay disimulada una prevención frente a la intromisión de niños mayores en los asuntos del Estado. Seguirían siendo niños, a los ojos del estadista, aquellos adultos que nunca han aprendido a distinguir con certeza entre lo políticamente posible y lo imposible. El arte de lo posible es sinónimo de la aptitud para salvaguardar el ámbito de la política frente a los excesos de lo imposible.”. Es desde aquí como somos instalados  desde y hacia una postura estética, o sea de una poética, de una reflexión construida y coherente en sus principios y bases, que he llamado intencionales. Y es esa postura de su poética política, la que se hace visible en su poesía, y en la reflexión filosófica.  

Y es así como en el momento en que el poeta no tiene esta postura que proviene de la forma y el estilo de su poética, él mismo no sabe lo que se propone, no sabe cuál es el carácter y el sentido de su intención, entonces el lector,  no sabe nunca de que se trata, cuál es la intencionalidad del poeta. Y su poesía, entonces queda vaciada de lo que hemos llamado su carácter y su contenido. Y su poesía pues estará haciendo relación a palabras que no dicen nada, que no llevan a nada y que no hablan de nada. O sea, aquellas palabras que transforman el mundo (Marx) y que cambian la realidad (Goethe). 

Yo considero que todos los poetas, buscan poseer en su poesía, la dimensión y la proyección de este carácter y destino de su poética, que en consecuencia hace relación inescindible con sus principios poéticos y en ellos basan su percepción del mundo y de la realidad. El poeta mismo, es quién construye y hace real su mundo y su realidad, y desde allí, hace la construcción de su estética.  Por ello  mismo, el poeta ha de pronunciarse, mucho más que otro ser humano cualquiera, sobre y en relación con sus principios poéticos y decirlos, para también conocer aquella idea y propósitos que tiene al escribir  poesía y que ha de tener como hilo poderoso su decisión reflexiva para hacerse y ser poeta.

Como bien lo dice el poeta y escritor alemán Wolfgang Borchert: “El escritor tiene que dar nombre a la casa en cuya construcción trabajan todos. También a los diferentes recintos. Tiene que llamar a la habitación de los enfermos “la habitación triste”; al desván, “el ventoso”; y al sótano, “el sombrío”. No puede llamar al sótano “la habitación bella.” (1). Aquí hay una verdad real, de la realidad de la cuál ha de pronunciarse y a decirse el contenido de su pronunciamiento el poeta.

Rainer María Rilke, decía que el yo del poeta debe desaparecer del poema, y de que entonces su vida, sus relaciones con los otros, el mundo y la realidad, no deberían ser parte del o los poemas. Así fundo y escribió su poesía, y así la leemos, y esa fue su manera de comprometerse con la humanidad misma y con “su” humanidad. Exceso estético, se podría decir, pero también el ser humano, necesita y requiere del exceso estético como es turbador y provocador en sus Sonetos a Orfeo.  Nelly Sachs, habla en sus poemas de su vida y su experiencia de la vida y del mundo, de los tormentos y las torturas de su vida, que son las que lleva de manera contundente a su poesía, desnudamente, porque habla desde el cuerpo mismo del espíritu. De ello queda constancia y testimonia dramático en su libro En las moradas de la muerte.  Podríamos decir que su poesía no tendría ese alcance de la expresión poética, de no haberla escrito desde su dolor mismo. Y también Elsa Lasker-Schüler, cuando lo que busca por medio de su poesía es expresar su dolor y su miedo, su temor y su temblor ante sí misma y ante la realidad oscura que la rodeaba desde un desencarnarse a sí misma ante la tiniebla y la luminosidad de toda la cantidad inasible de la contradicción de la experiencia de la vida con la experiencia de la realidad, como lo dice en uno de sus libros, El piano azul.

 Con esto quiero decir, que cada poeta, a su manera, decide cuál y cómo es la manera y el método de su tratado poético, desde sí mismo y hacia los otros; es lo que denomino el pronunciarse del poeta.  Es allí donde la poesía adquiere y alcanza parte de su sentido, donde se ve y se lee una función de la poesía, que es allí donde el poeta funda su palabra y por eso la hace fundadora de nuevo territorio sensible y de una nueva dimensión de la conciencia  por medio de la poesía. Es esto, esta materia real, de la que distribuye al lector.

Pronunciarse pues,  es y ocurre desde uno mismo, deviene de uno mismo, y en este caso, de cada poeta. No hay una manera única y absoluta de hacerlo, que pueda imponerse a un poeta. Él la decide, la busca y la desea, hasta su muerte, porque es e involucra su muerte, tanto como su vida. La voz poética se halla en todo momento, en esta intensa e incesante tensión dialéctica.

Cada poeta, escribe su poesía dentro y fuera de unas circunstancias que lo impulsan o lo llevan a escribir de cierta manera. Aunque, para muchos poetas, la circunstancia, no implica ni impone elementos decisivos y principales a su poética, ni su propósito ha de ser para instalarse o circunscribirse a lo que dice su circunstancia, puesto que ha de trascenderla y transformarla, o transformarse desde allí mismo. Pero de otra parte, es necesario considerar, que para otros poetas, esa fuerza derribadora y esa oscuridad tenebrosa de las circunstancias mismas, hacen que su poesía, hable de su mundo y del mundo desde allí.  Y entonces, lo que importa en este caso, no es la catharsis o liberación del poeta por medio de su poesía, sino hacer revelante y preponderante lo que de opresivo y depresivo tiene esa circunstancia. Apollinaire, escribió que la poesía obedecía a la circunstancia misma de la vida del poeta, y él mismo escribió poesía de circunstancia;  pero a la que, para quitarle y suprimirle un poco la densidad del peso mismo de las circunstancias en las que vivió, incluye un elemento extraordinario, desde lo que él creo como un concepto propio y que denominaba Las palabras en libertad, ese medio o vehículo poético fue la sorpresa, como bien  lo expresa en su ensayo El espíritu nuevo:No obstante lo nuevo existe, sin que represente un progreso. Todo está en la sorpresa. El nuevo espíritu se encuentra igualmente en la sorpresa. Es lo que en él está más vivo, más nuevo. La sorpresa es el gran recurso nuevo. Es la sorpresa, el importante lugar que le concede a la sorpresa, lo que distingue el nuevo espíritu de todos los movimientos artísticos y literarios que lo han precedido” (2)

Concibiendo aquí, que la poesía ha de ser escrita para otros, es necesario introducir también, el elemento perturbador, si se quiere, de que la poesía la escribe el poeta para sí mismo, no por una intención de inclinación del yo narcisista, sino que él mismo, ha de crear los medios necesarios para comunicarla, si en él se trata de una decisión de hacerla comunicable, de que su poesía comunique y participe de una realidad, de los movimientos y de la construcción de una nueva realidad. Ello lo decide, el poeta mismo, pero la vez comprendiéndose que el poeta que se pronuncia desde su poesía, para causar una nueva conciencia en sí mismo y en los otros, que lo compromete y lo involucra, y a la cual no puede sustraerse después. Es, como toda decisión, la decisión poética, una condenación y una liberación, en la que el poeta se habla a sí mismo y habla al pueblo que habrá de hará devenir. El poeta crea el pueblo de su poesía, la poesía de todos y la de él. La tarea del poeta no está en convencer a los otros, sino en llevarlos al extremo máximo en que esos otros, puedan hacer eclosionar su vida poética y hallarla y ser conscientes de ella, vivir la vida de poeta, como escribió Robert Walser: “A propósito de esta mezquina y, casi diríamos, proletaria vida de poeta se podría hablar principalmente de empleos en todo tipo de oficinas y escribanías, de reiterados cambios de puesto de trabajo, vale decir, de cosas perfectamente cotidianas y habituales, o sea de una auténtica duplicidad: de trabajos de oficina y de paisajes; de puestos aceptados y puestos dejados; de un deambular por la cálida y libre naturaleza  y un estarse sentado escribiendo en esos muebles de las casas comerciales llamados pupitres; de libertad tanto como de cautiverio; de ataduras y de ausencia total de ataduras; de miseria, necesidad y parsimonia tanto como de un despilfarro alegre, descarado y opulento, acompañado de goces deliciosos; de un trabajo ímprobo y duro tanto como de un esparcimiento de gandul y botarate que vive a la buena de Dios y como mejor puede; de rígido cumplimiento del deber tanto como de placenteras caminatas, excursiones y vagabundeos entre tonos rojizos, azulinos o verdosos” (3)

Los poetas y su poesía, son los fundadores de su propio pueblo, de su propio arte, de su propia paz  y de su propia cultura; y esto como lo he dicho, es lo que ellos proyectan hacia nosotros, en medio de la provocación que suscitan súbitamente su sueño indestructible y su realidad inconmensurable y extensa, haciendo ver y vernos adelante y atrás, de la historia de la humanidad y de su historia, en el horizonte,  la Ensenada de Utria.

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Notas:

1. SLOTERDIJK; Peter. En el mismo barco. Ensayo sobre hiperpolítica. Madrid. Ediciones Siruela. 1994. Pág. 13.
2. BORCHERT, Wolfgang. Obras completas. Pamplona. Editorial Laetoli. 2007. Pág. 183.
3.APOLLINAIRE, Guillaume. Gradiva Revista Literaria. Bogotá. Año III. Nros 7-8. Septiembre 1989. Págs. 7-13.
4. WALSER, Robert. Vida de poeta. Madrid. Alfaguara. 1990, Págs. 291-292.

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