Festival Internacional de Poesía de Medellín

La poesía en la prosa



Por José Libardo Porras Vallejo
Especial para Prometeo

Es poético lo que está dotado de poesía, o sea de belleza y exquisitez; por el contrario, es prosaico si la poesía falta, si faltan elevación, emoción y refinamiento.

Cabría catalogar como prosaico mucho de lo que difunden los periódicos y las revistas en las inagotables formas del poema. Paradójicamente, en un mundo que destila poesía, en los anaqueles de las bibliotecas, bajo el rótulo “poesía” cunde el prosaísmo. Y ni se diga bajo el rótulo “prosa”: montones de ensayos, novelas y cuentos sin substancia, toneladas de bagazo, miles de páginas cuyo valor consiste en que entretienen al lector, lo adormecen, lo emboban y lo van precipitando en el pudridero sin que advierta el paso del tiempo, como si no le incumbieran ni lo humano ni lo divino, como si la vida no fuera con él.

Arrumes de libros para consumir en el bus o en el tren: uno puede hacer aviones de papel en cuanto vaya pasando las hojas y arrojarlos por la ventanilla. ¡Adiós, avioncito!, ¡Adiós, libro! Si te vi, no me acuerdo. Al final, nada se habrá perdido. Y nada se habrá ganado: el lector queda igualito a como estaba al comenzar la lectura, sólo más viejo.

Cientos de volúmenes que no dejan nada, ni una palabra nueva o un nuevo significado, ni una frase con gracia para alardear ante los amigos y a la vez alegrarlos, ni un punto de vista novedoso, ni una idea que ayude a iluminar el camino, ni una línea digna de ser subrayada. Nada de nada.

Una ventaja es que muchos se consiguen en las esquinas del centro de la ciudad, en ediciones piratas y a precio de huevo, junto con el cardamomo y la tiza matacucarachas.

La condescendencia es una de sus características.

El diablo tiene hambre de realidad y esa prosa lo sacia: de ahí el brillo del reporterismo; al diablo le gusta la acción y el vértigo, de modo  que no se pueda detener a reflexionar, y ella le da el gusto: por eso el planeta da tumbos alrededor de Hollywood; el diablo quiere para mirarse un espejo que no le restregue en la cara sus horrores y ella se lo pone en las narices: la prosperidad de las industrias del simulacro se debe a la preponderancia que da el diablo al cuidado de la imagen; el diablo rinde culto a lo light y ella le prepara el altar.

Dice el diablo al autor: “Si eres condescendiente conmigo, tendrás mi reconocimiento y te colmaré de oro y prestigio.”

Si el autor es de los que anhelan ser escritores por encima de todo, no escucha y se para en su balcón a arrojar la fama y el dinero que el diablo le va poniendo en bandeja. ¡Que los recojan los necesitados! ¡Lo que a él le urge es avanzar en su escritura! A él no le taparán la boca con billetes ni lo acallarán con aplausos, como a Fulano, que quién sabe qué maravillas habría escrito si el éxito de su obrita, que hasta dio para una película de cine, no lo  hubiera condenado a vivir atendiendo entrevistas, opinando sobre esto y aquello y exhibiéndose en las ferias y los circos; si a él no lo han sacado del camino con los rigores del fracaso y la miseria menos lo lo sacarán con los de la fama y el dinero.

Sigamos.

Realidad visible, acción, vértigo, ensimismamiento y liviandad son marcas de los públicos de hoy y definen las que podríamos considerar sus estéticas, casi tantas como tribus habitan las ciudades, cuando apenas ayer a las estéticas las definían conjunciones mágicas de movimiento y reposo, de equilibrio, ritmo y armonía, de luz y misterio, de realidad y ensueño.

Las estéticas cambian mientras uno parpadea.

.En contraposición a esa prosa prosaica que se ajusta a la estética del momento fugaz, tenemos la otra prosa, en la que no sobra ni falta nada, ni una coma, en la que no hay ruidos sino músicas y silencios, y que aquí denominaremos ”prosa”, a secas, pese a que en términos del diccionario merecería el calificativo “poética”: cuentos cuyas atmósferas de refinamiento, así nos hablen desde el estercolero, suscitan todas las emociones que pueda albergar el espíritu: un lector atento de la prosa de Julio Cortázar distingue el prodigio entre la hojarasca de lo cotidiano sin dejar de asombrarse; exquisitos ensayos rebosantes de sentidos que sugieren otros sentidos y nos ayudan a ver las caras invisibles de nuestra realidad, aparte de otras realidades: un lector atento de la prosa de Carl Sagan terminará amando y respetando todo lo que va desde un grano de arena hasta una estrella y, por ese camino, amando y respetando al prójimo como a sí mismo; emocionantes novelas que nutren al lector de conocimientos paseándolo por otras regiones y otras épocas tan del futuro como del pasado: un lector atento de la prosa de León Tolstoi sabe cómo era la Rusia del siglo XIX y cómo vivía su gente, qué comía, cómo se divertía, cómo se relacionaban entre sí hombres y mujeres, ricos y pobres, grandes y chicos.

Decía Friedrich Nietzsche que un poema sin ideas era como una manzana madura pero podrida por dentro.

La prosa, rica en ideas, le confronta al lector los prejuicios que lo constriñen y así lo ayuda a liberarse de ellos: un lector atento de la elevada prosa de Platón, contraviniendo lo que se ha vuelto costumbre y casi un rasgo de nuestro ser nacional, teme y rehuye la deshonra aunque ella sea promesa de lujo y derroche, y emula el honor aunque por hacerlo no gane ni cinco centavos. La prosa le escancia al lector, quintaesenciados, los placeres más selectos: un lector atento de la prosa de José Lezama Lima o de Reynaldo Arenas percibe la música de las palabras desplegándose en el aire al compás de su corazón y constata que el idioma fluye con la misma naturalidad con que él respira.

Emociones, sensaciones, sentimientos, conocimientos e ideas no son sino raciones de poesía que la prosa guarda entre líneas para retribuir al lector su esfuerzo; pero el lector  atento no es contentadizo y extrae mucho más: como el montañista que anhela llegar a la cima para divisar su ciudad y sin embargo remolonea y se demora en cada vuelta del camino, para el lector atento es esencial la manera como esas emociones, sensaciones, sentimientos, conocimientos e ideas van tomando forma y se van consolidando palabra a plabra y frase a frase hasta constituir una revelación: el montañista ama los parques y los edificios en el entramado de sus calles, no obstante, en lugar de echarse en el sofá a ver en la pantalla del televisor el paisaje amado, prefiere coronar la montaña bañado en sudor y verlo en vivo, sin intermediaciones. Asímismo, el lector atento desdeña las sinopsis, los recetarios y los manuales y disfruta el acto físico de la lectura, que siempre será distinta aunque se trate del mismo texto: hoy leo rápido, mañana leeré capítulos saltones, pasado mañana abriré el libro al azar.

Después del amor, los amantes se amarán más si se leen a media voz unas páginas de la prosa de Ovidio.

Lector atento. Eh ahí un caramelo escaso.

El lector atento no lee prosa a la caza de respuestas sino de preguntas nuevas y de versiones mejoradas, más complejas, de las preguntas suyas, entonces se va haciendo cada vez más ignorante: línea a línea se le va ampliando más la brecha entre lo que sabe y lo que ignora y necesita conocer, y en la medida que se va llenando de dudas y de problemas sin solución, más tiene para dar y convidar: es una delicia el intercambio con un lector de prosa atento, como lo es con un viajero.

Un ensayo, un cuento o una novela, la obra de prosa, en fin, es un viaje en el que ideas, historias, personajes y lugares empiezan siendo una cosa y terminan siendo otra. Una imagen puede ser el germen de un planteamiento erudito: “Hondo es el pozo del pasado”, escribe THomas Mann al comienzo de José y sus hermanos, cuando establece su concepción de la Historia, primero comparándola con un pozo donde se van acumulando los hechos, cada uno hundiendo sus raíces en los que le precedieron, y más adelante con un desierto que se extiende a espaldas del peregrino, un paisaje de arena en el que unas dunas originan a otras y éstas a otras, sucesivamente, hacia el infinito. “Para hacer una tarta de manzana necesitamos harina, manzanas, una pizca de esto y de aquello, y el calor del horno…” Así empieza a explicar Carl Sagan el Big Ban y el origen del universo, pues lo que la prosa presenta como una anécdota de la vida diaria puede derivar en un tratado científico o en un drama humano tremendo, como sucede en El Proceso, de Franz Kafka, que, a la manera de una conversación de amigos, arranca diciendo: “Alguien debió haber calumniado a Josef K.” Bajo la apariencia de un mendigo puede haber un rey. Un pedregal se puede transformar en floresta. Y el lector, al ser testigo de tantas y tan inauditas transmutaciones, se transmuta él también: un lector de prosa puede pasar de ser escoria a ser oro, o viceversa. Se sabe de sapos que tras la lectura de una obra maestra de la prosa se convirtieron en príncipes. Conviene hacer el ensayo a ver si ocurre esa metamorfosis feliz.

 Un lector atento no será el mismo al final de Don Quijote de la Mancha o de Cien años de soledad. ¿Cómo podría seguir igual después de haber reído a carcajadas y haberse conmovido profundamente, quizás hasta el llanto?

A una persona suelen producirle más risa y conmoción, sin demandarle ni el menor esfuerzo, muchas otras manifestaciones humanas: los chistes, por ejemplo, y, de naturaleza análoga pero de sentido opuesto y con más empaque, las telenovelas, a las cuales los desinformados llaman “novelas” aunque nada está más lejos de una novela que una telenovela: el prefijo tele significa lejos. Pero ni los chistes ni las telenovelas, por más risas y lágrimas que le arranquen, transformarán a una persona porque, de tanto machacarlos en fórmulas de eficacia comercial comprobada, lo que hacen es banalizar los motivos de risa y de llanto.

En cambio en la prosa, en esas obras cuyos autores no escucharon al diablo y que son en sí mismas, cada una, un universo, los acontecimientos, incluso los que se asientan en los estratos más profundos del pozo, siempre ocurren por primera vez: en Cien años de soledad, José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán, como Adán y Eva, vuelven a fundar y a poblar la Tierra; en José y sus hermanos, el José bíblico vuelve a ser vendido a un mercader del desierto. Y sucede gracias a la palabra. Como se sabe, basta pronunciar la palabra con claridad en el instante y el lugar oportunos, y lo que ella nombra se revelará: “Hágase la luz, y la luz se hizo”. La prosa es, por excelencia, el lugar donde la palabra vuelve a ser instrumento de creación.

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