English

Animales desagradables

“Animales desagradables"
(El Quehacer Poético Chileno Post-Dictadura)


Por Verónica Zondek
1997- 2010

                                                   
"...Lo desagradable del poeta no está en que lleve el corazón peinado de otra manera que los demás, sino en que es   siempre un testigo, y ya se sabe lo desagradables que son los testigos ... Pero el poeta es peor, es ese testigo que no dice nada contra Ud., ... simplemente se ocupa de materias de sus-tancias confusas, inventa nomenclaturas ... Su mera presencia es asalto y bofetada"
                                                                                              Cortazar: "Imagen de John Keats"

Intentaré hablar en este escrito sobre el proceso y desarrollo que ha tenido la escritura poética y su difusión en Chile tras el desalojo de la dictadura y la instalación definitiva del sistema neo-liberal en todos los ámbitos.  Tomaré en cuenta tanto lo ocurrido con los poetas como con la creación;  la relación que existe hoy entre la producción y la recepción de las obras;  las políticas editoriales,  las revistas y periódicos,  la crítica poética y literaria,  las políticas culturales de gobierno, etc… con el fin de que una vez finalizada esta conferencia, podamos intercambiar opiniones y ver si lo expuesto aquí es un proceso común a todos nuestros países o si responde a uno particularmente chileno.

Terminada la dictadura en Chile, la crítica y los comentarios sobre poesía se hicieron cada vez más escuálidos en los periódicos y revistas político-culturales que lograron sobrevivir, tal como lo detallo más adelante en esta conferencia. Se instaló en el Chile de la Concertación, una sensación de hechos cumplidos, de auto-complacencia y una percepción de que existen ciertos seres e instituciones intocables. Y esto irradió a los ámbitos del arte y la cultura.  Los gobiernos de la Concertación, con una mirada  definitivamente ‘corto-placista’, no tuvieron la voluntad ni se preocuparon de mantener los periódicos, semanarios y revistas de voz independiente.  A eso se debe el que la crítica y los comentarios se establezcan hoy entre dos o tres personas en medio de pasillos, cafés y asados como en tertulias o bares y encuentros fortuitos.  Es así como se consolida en el área de las letras, un importante deporte nacional llamado ‘pelambre’. Este término popular, hace alusión a la falta de pelos en la lengua, situación que da paso a un habla sin contención ni fundamento  alguno y que por lo demás se puede ejercer tras las espaldas de otros u otras y sus respectivos trabajos.  Esta modalidad, de gran desarrollo en nuestro país, se debe a que el decir directo es percibido como un acto confrontacional y conflictivo.  Esta costumbre lingüística se ejerce literalmente ‘en y al aire’, y nunca se encara a su objeto, pero se difunde con la velocidad del rayo, perdiéndose muchas veces la fuente y también el grano de realidad a partir del cual nació. El uso de este ‘deporte’, responde en gran medida a la incapacidad que tuvimos para  mantener en el período post-dictadura la urdimbre orgánica que se tejió antes con esfuerzo y finos e invisibles puntos y que tuvo el mérito de mantener la dignidad de la poesía durante la dictadura. Era buena esa tela, nos enriquecía y protegía, nos daba una autonomía de mirada y decires.  Esta red casi intangible, entre otras compuesta por revistas político-culturales como Apsi, Cauce, Análisis y Fortín Mapocho y por revistas literarias como Araucaria y LAR en el exilio, La Castaña, La Bicicleta, Tantalia, El Organillo, Caballo de Proa, Espíritu del Valle, etc… desarrolladas dentro del país y durante la dictadura, o el diario La Epoca y la revista Rocinante, nacidas y muertas durante los gobiernos de la Concertación, fue aniquilada.  Esto se debió en gran parte y como ya lo mencioné, a la falta de interés demostrado por los sucesivos gobiernos ‘democráticos’ por mantener a estos medios, por ejemplo  insertando avisaje pagado exclusivamente en los medios manejados por los poderosos grupos económicos.  Otro fenómeno de esta época responde a la a voracidad animal que se despertó entre los poetas y escritores por acceder a las instancias concursables abiertas por los sucesivos gobiernos de la Concertación que hizo que cada uno comenzase a mirarse como posible candidato a algo o premiado y laureado de otro algo o simplemente como el único y mejor de todos.  Hambre por tener objetos, posiciones, coronas…. Un individualismo irracional se apoderó de los cuerpos y los corazones.  Es como si de un repente hubiese caído una densa neblina y ya nadie viese al escritor  con el cual solía divagar ociosa pero productivamente sobre  literatura, sueños y realidad.  Se instaló la competencia a rajatabla.  Es por eso que hoy se hace urgente y necesaria la apertura de medios que escenifiquen estas habladurías de "vía pública" sobre una página en circulación que le dé un sentido responsable y relevante y que aleje la práctica viciosa del ya mencionado ‘pelambre’. Crear estos medios, permitiría espacios enriquecedores donde el saber y el cuestionamiento harían parte del desarrollo del pensamiento, la identidad y las artes, a la vez que incentivaría la creación de un lenguaje enraizado en nuestra propia realidad.  Ahora, que nuevamente hay cambios políticos y la prensa, revistas y medios de comunicación masivos están más concentrados aún en las manos de los que gobiernan y que además son dueños del capital, es que la urgencia por crear estos espacios se vuelve imperiosa.

No sé si Uds., los ciudadanos de otros pueblos latinoamericanos, comparten  los fenómenos de los que hablo. Mucho me temo que aunque Latinoamérica tiene honrosas excepciones, en la mayoría de nuestros países la globalización ha traído consigo la diseminación e instalación del germen neoliberal, aniquilando oficialmente la existencia de las expresiones locales y minoritarias, entre comillas, cargándolas de un sentido molesto e inestable;  o, en el mejor de los casos, en un producto típico o folklórico y a veces, turístico.   En Chile, también se disolvieron como por arte de magia los sentimientos solidarios entre los poetas. La sensación de que conformábamos una comunidad diversa pero que compartíamos un enemigo común además de intereses, planes, espacios de publicación y encuentro, lecturas, etc. también desapareció,  y cada poeta quedó liberado a su personal y empresarial esfuerzo que muy bien calzó con los proyectos financiados por el gobierno y el individualismo que promueve la libre competencia en todos los ámbitos.  Debo agregar, que los muy jóvenes parecieran hoy estar creando espacios y encuentros donde existe la posibilidad de revocar el fenómeno hasta aquí descrito.  Pero será necesario ver qué forma toma este ímpetu una vez que hayan voces que se destaquen entre ellos.

Escribir poesía, sabemos, es un acto solitario que obliga al poeta a transformarse en una suerte de mirón de su propio habitat, con el costo real que esa necesaria actitud conlleva:  léase el existir y funcionar fuera de los círculos del poder.  Este acto libertario, aire y agua para una escritura que ve y dice, que provoca y remece, se convierte por naturaleza en un acto sospechoso e incontrolable para quienes pretenden mantener todo dentro de un tono adecuado, consensual, complaciente y entretenido.  Así, por muy cómodo que parezca en un comienzo, el poeta que se somete de piel y alma al sistema cultural que ha predominado durante los últimos 20 años, está virtualmente obligado a hacer todo tipo de concesiones para lograr acceder por intermedio de complejos formularios, a las diferentes becas o soportes económicos.  Esto, como si la escritura de un poemario se adecuara a una investigación científica o/y racional, donde se supone queda claro de antemano a qué se quiere llegar, cuál es el impacto social de la obra, cuánto tiempo se tardará en plasmarla sobre el papel, etc...  Estos años han visto la instalación de editoriales varias e internacionales, la creación de premios y becas estatales, municipales y privadas, la sanción de leyes en favor de "la creación" y la inclusión del empresariado como agentes proveedores de la cultura.  Los fondos estatales están abiertos a cualquiera y efectivamente han sido aprovechados por muchos.  Hablo del Fondo del Libro y el Fondo Nacional de Desarrollo Cultural y las Artes – FONDART (para el caso de la literatura), fondos que han incentivado el desarrollo de muchos proyectos de variada calidad, entre los cuales incluyo algunos propios.  Sin embargo para tener acceso a estos "adelantos", se nos exige el aprendizaje de un lenguaje que traduzca el proceso poético-creativo en un proceso sociológico y económico, claro, calculable y además, predecible.  Esto ha resultado para algunos de nosotros en un aprendizaje  fallido o fallido a medias, y para otros, en uno imposible de asimilar. Sin embargo, son muchos los que lo han logrado, e incluso han hecho de las distintas modalidades de postulación un modus vivendi. Quiero decir, que cuando se  pide por una parte una justificación social, un impacto masivo y un cálculo monetario y por otra, una claridad respecto a cuál es el producto que de aquello resultará, estamos hablando de una preconcepción de un acto que por naturaleza es búsqueda profunda y a veces ciega, donde no siempre arribamos a algo que conocemos con antelación.  El sistema no muestra gran interés en subsidiar estos proyectos ciegos porque podrían resultar en fracaso o ser contraproducentes. Queda claro entonces, que el sistema no entiende a cabalidad en qué consiste el acto de crear y que además y por lo mismo, traiciona o adormece justamente lo sensible y crítico de una poética que mantiene una ética y una estética surgida de un impulso doloroso, feliz e inevitable.  La democratización está marcada también por una proliferación de escrituras y escritores que entran a este juego de mercado produciendo así  una gran confusión entre lo que es entretención y lo que es arte y sus distintos públicos y escenarios.  También se ha desarrollado una escritura inocua que no hace parte de la entretención, pero que ahoga bajo el torrente de las palabras a un habla neutra y esteticista, que no dice nada ni alerta sobre los peligros que nos circundan, que no permite la introducción de una mirada crítica o la presencia del silencio, de los sentidos o de cualquiera de aquellas ‘nimiedades’ que nos permiten seguir siendo creadores. Y no se piense que digo ésto desde un lugar soberano, sino más bien desde un agujero profundo donde no alcanzo a entender por qué todo se ha achatado hasta el punto en que emitir una opinión disidente frente al mar consensual puede convertirse en un acto temerario.  Lo mismo sucede cuando se escribe distinto a lo definido como contemporáneo o post-moderno. Es decir, cuando no se acata ‘al pie de la letra’ la moda imperante.  Se han desarrollado también camarillas de enjuiciadores que aplican su criterio sobre principiantes, aficionados y escritores de trayectoria reconocida sin hacer distinción alguna entre ellos, desvirtuando así intencionalmente el trabajo serio y continuado de quienes vienen desarrollando durante años su poética.  El tráfico de influencias se ha convertido en un arte y los poetas no quedamos fuera de ésto si tenemos la intención de acceder a estos fondos, aunque generalmente uno se agote en el intento, por inepta, ignorante e ineficiente en el rubro de la sumisión o adaptación a lo políticamente correcto.  Todo lo anterior, resulta entonces un contrasentido profundo a lo que yo, al menos, entiendo por poesía o acto creativo.  Hablo por supuesto de generalidades y no, de las dignas excepciones.

Escribir es un acto de libertad y resistencia.  Para algunos se convierte en un acto subversivo, porque ver o disentir son en sí mismos actos peligrosos.  Publicar es ya otra cosa. En Chile, las grandes editoriales, es decir las transnacionales, no suelen interesarse por aquellos textos que no signifiquen ventas contundentes.  La mayoría, aunque no todas, las pequeñas editoriales o editoriales independientes, publican en forma bastante irregular y no mantienen líneas definidas.  El problema principal de éstas últimas, salvo destacadas excepciones, es la distribución, debido a la dificultad que conlleva el entregar libros en concesión a librerías que no siempre pagan o pagan en  plazos extremadamente diferidos. Entonces, ¿qué pasa con ese número de libros que se publica?: o vegetan en editoriales o son comprados de a poco por los mismos autores que luego los regalan a quienes tienen interés en ellos.  Este es un modo libre y silencioso de circular, lento pero quizás más efectivo.  Y, por qué no, para algunos este puede ser el modo más interesante de sobrevivencia y quizás sea la razón por la cual cierta poesía mantiene su independencia. Esta extrañeza del sistema comercial-publicitario, es a la vez un pozo fértil para la creación.

Constato, entonces, que en Chile la poesía sigue viva y en buen estado físico.  Los libros son leídos no sólo por aquel que los compra en la librería o lo obtiene directamente del autor o lo arrienda en las incipientes y nuevas bibliotecas estatales, sino por el que además lo consigue entre sus amigos y cercanos.  Las lecturas poéticas y las performáticas muchas veces están llenas de público.  La figura de el o la poeta sigue siendo de importancia incluso para los políticos, aunque estos últimos sólo los y las usen como adorno de buen gusto tanto en los discursos como en los comités y en las reuniones.   Por lo demás, en Chile se sigue diciendo que somos país de poetas, aunque éstas y éstos no se adapten a las reglas del libre mercado. Por suerte sabemos que los y las poetas no necesitan de grandes cosas materiales para escribir. Basta con que posean lecturas a su haber, un lenguaje propio, una mirada aguda, una obsesión, y una inclaudicable curiosidad y deseo de decir algo.  Y, por supuesto, un computador o un lápiz y papel.  Y palabras, muchas y precisas.  Para ésto, no se necesita la ayuda formal de nadie aunque sea necesario financiar la vida, cosa que en Chile al menos, la mayoría de los poetas realizan por intermedio de actividades normalmente ajenas a la poesía.  Lo que sí me parece indispensable, es que el sistema pueda, a pesar del riesgo económico implícito, instalar políticas editoriales claras y constantes que reconozcan la importancia de imprimir y difundir la complejidad del sentido, el espacio de las posibilidades latentes, la capacidad de la palabra para modificar el entorno, para resquebrajar las certezas y para ampliar la mirada;  es necesario también, reconocer la potencia visionaria de la palabra y abrir espacios para el diálogo poético y su circulación (revistas, foros, encuentros, lugares de conversación, lectura, etc…); reconocer la importancia de la poesía como un instrumento de búsqueda, conciencia y cuestionamiento enriquecedor que logra modificar políticas concretas en el sistema educativo induciendo al estudiante a ver en el lenguaje una herramienta que le permite pensar más amplia, profunda y libremente, y en la poesía a un mundo de conocimientos y percepciones; de viajes y sueños.  En fin, todas cosas concretas, en el supuesto caso de que a la poesía se le otorgase lugar y dignidad en el desarrollo de un país que busca reconocerse, crecer y crear.  Porque  a simple vista, como ya lo hemos dicho,  parece ser que la sociedad chilena actual, asigna a la poesía el lugar de un objeto de lujo, de adorno para ciertos eventos, como si fuese ésta un traje bello y elegante que de vez en cuando se debe lucir.  Y sin embargo, pienso que lo poético, es, ni más ni menos, el ojo vivo de un pueblo, un termómetro al cual se le debiera prestar la debida atención para así detectar la fiebre que acosa al enfermo.  Hay en cierta forma una complacencia nacional que impide que miremos de frente y con humildad nuestra real y material precariedad, nuestras necesidades, nuestras pequeñas maravillas y grandes cataclismos (que como Uds. saben, quedó no hace mucho, en desnuda evidencia).  Se cree, hoy más que nunca, que todo se puede solucionar a través de números claros y exactos.  En otras palabras, el sistema imperante en Chile no se lleva bien con la poesía libertaria y mantiene con ella una lucha solapada, apartando de sí la capacidad de asombro por peligrosa, soñadora y dañina.  ¿Cuál de las dos fuerzas es entonces más fuerte?  Pareciera ser que el sistema gana la batalla, silenciando el grito, convirtiéndolo cuando es necesario en show, en vitrina, en moda.  Pero pienso que a la larga, la poesía despierta el ojo interior y exterior y resquebraja el conformismo adormecedor.  Su marca penetra por intersticios apenas perceptibles, pero se abre camino.  Permanece.  Tarde o temprano, emerge con toda su fuerza.  Se cuela por las fisuras del sistema, se apodera de los enfermos y los obliga a detenerse, como si fuese un monstruo marino aplastado por el peso de las oscuras aguas.  Su visión se hace real y la palabra nos devuelve el sentido y la belleza.  La capacidad de soñar y saber.

En resumen, en tiempos de dictadura le exigíamos a la poesía y al poeta dar cuenta de una realidad.  El cómo no siempre importaba, por lo que mucho de lo escrito entonces bajo ese espíritu, no pasó de ser un buen y necesario testimonio. La poesía existió como una especie de "caballo de Troya", que se pensaba lo abarcaba todo.  En el período post-dictadura , cuando las fauces del caballo abrieron su enorme vientre, su existencia fue percibida nuevamente como algo inquietante y peligroso, aunque esto no se vocee ni publique.  Pasado el primer momento de la euforia, y sin un enemigo común palpable y un creciente predominio de la ley del más fuerte, del individualismo y el éxito, la poesía pasó a hablar en voz baja. Los ‘arreglines’ y los compromisos pasaron a ser pan de cada día, así como también el deseo de instalarse como figura estelar.  Los y las poetas, se confunden con los caballos de carrera y compiten por llegar a metas imaginarias.  Así, se alejan cada vez más del espinoso y solitario camino de la búsqueda y de su rol de espectador activo.  Así también, desaparece ese espacio desde donde era posible mirar en medio del mare magnum del estrellato ficticio y de turno.  El autismo se impone, el diálogo tiende a cero y los discursos se fragmentan.  No hay, salvo excepciones,  complicidad maravillosa, sólo conspiraciones suicidas. Esto, agregado al pueril concepto de desarrollo ilimitado, rey y señor de los conceptos actuales en nuestra sociedad,  han logrado vestir a cierta poesía con un vestido de futilidad transparente que se mueve al ritmo del baile en los salones, siguiendo el vientecillo del general contentamiento.  Es el dominio de la confusión.

Me pregunto entonces, ¿cómo es que la poesía se casó con el concepto de desarrollo salvaje? Creo, como algunos otros, que la poesía guarda una relación férrea entre lo ético y lo estético porque sólo así podremos hablar de ella como algo significativo, bello y  vivo.   Esto, sin lugar a dudas, deja en claro por qué la poesía ha quedado excluida del prisma actual de la historia humana que hoy por hoy determina el valor de las cosas, al menos parcialmente, por su grado de novedad, tal y como quieren hacernos creer los poderosos medios de comunicación y las políticas culturales.  Esto es un contrasentido. Si el arte avanzase hacia algún lado, este se volvería tan prescindible como aquellas infinitas teorías económicas, políticas, científicas y guerreras que se han sucedido una tras otra en el tiempo. Lo poético dialoga de igual a igual no sólo con otras culturas sino también con otras épocas.  No hay mejor o más hermoso o más estremecedor o interesante o visionario que aquello que fue escrito hace 100, 500, 1000 o 5000 años.   Lo que hoy se escribe revela en sí mismo todo el caudal de lo que vino antes, sea esto resultado de un acto de continuación o de ruptura.  La poesía y los poetas, pienso, deben mantenerse fuera de la idea del ‘progreso’, entendido como la bandera izada del ya manido concepto de ‘modernidad’ que aún nos mantiene atrapados, y de esa idea que consolida y valida un sentimiento de urgencia permanente por lo actual.  El buen verso adquiere su valía por derecho propio, y es eso justamente lo que lo hace urticante al no dejarse opacar, ni moldear, ni tragar a menos que se lo mastique una y otra vez hasta que nos conmueva y remeza de raíz.  La buena poesía, la de siempre y la actual, está en perpetua transformación gracias a su lector, el cual necesariamente trae consigo una carga y un ojo propio y encuentra en ella su viaje exploratorio y de conocimientos.  Y es en esta dupla, lector-poeta, donde radica el monstruo que despierta en cualquier minuto e irrumpe con su fuerza.  Este es el nudo explosivo que interrumpe el contentamiento del mundo dado una y otra vez y que hace temblar a los amantes de la claridad y el consenso.  La inquietud, la pregunta huacha, la sensibilidad y el pensamiento que puede despertar un buen poema en un buen lector, es necesariamente amenazante para un status quo instalado.

Durante estos últimos años, han habido textos ineludibles y, créanme, estos han pasado desapercibidos para la mayoría de los posibles lectores y también para los medios de difusión periodística.  Esto no es completamente cierto para revistas universitarias o de la Biblioteca Nacional.  Pero estas son revistas de circulación limitada, generalmente restringidas a su propio ámbito.  Se han reeditado textos importantes, se han publicado antologías personales de casi todas y todos nuestros buenos poetas. Y, ¿quién ha dicho algo?  La crítica periodística se ha abocado en su mayoría a ponerle nota a algunos poemarios o hacer clasificaciones irrisorias.  No han conformado urdimbres que den cuenta de una textualidad nacional o latinoamericana, no se  las han jugado por aventura alguna.  Entronizando a algunos y hundiendo a otros, han construido una pirámide precaria que no se sostiene sobre ninguna coordenada analítica.  Han dividido en categorías todo lo categorizable (poesía lárica, femenina, joven, mapuche, marginal, gay, etc…) siguiendo los facilismos de una gran parte de la crítica norteamericana, a la vez que evitan leer los unos con los otros para descubrir los hilos del entramado que nos dicen e iluminan crítica y sensiblemente. Los libros nuevos brillan el día de su lanzamiento y luego caen sin paracaídas al abismo.  La selva poética es cada vez más abundante y no hay luz para penetrarla salvo para aquellos ávidos de aventura y llenos de insaciables deseos.  Búsqueda frenética, excepto en algunas contadas librerías, los libros de poesía brillan por su ausencia.

La poesía resiste y hace un camino silencioso, repta como las serpientes, sisea como las serpientes y escucha quien quiere o puede escuchar.  Ese, a fin de cuentas, parece ser el camino verdadero y único de la poesía, y de ahí su fuerza y poder de encantamiento, por lo que a pesar de todo lo que podamos decir de la crítica, de las editoriales o las publicaciones y del sistema de becas y financiamientos estatales hasta ahora, la poesía late su vida  animal a pesar de todo.  Su camino sigiloso es imposible de aplastar y va adquiriendo adeptos borrachos a lo largo de sus huellas marcadas en el desierto, los hace cruzar ciudades y mirar, conocer, observar, sentirse otros, poderosos, vivos. Testigos fieles de sí mismos y del entorno. Libres.
Ahora que la infante democracia nuestra ha votado por una supuesta derecha renovada, resta esperar y ver.  Me huelo que el camino descrito anteriormente se agudizará. Como durante todas las crisis o profundización de las contradicciones, es posible, sólo posible, que encontremos como sociedad, el camino de vuelta hacia lo realmente significante e indeleble en la palabra poética y su temblor tenga una oportunidad de restablecerse e incrustar su peso en los ojos de los ciudadanos.

Lamentable pero cierto.

Última actualización: 04/07/2018