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Oralidad y literatura

Por: Atala Uriana

Maracaibo, abril 2012

Hace muchísimas lunas o hace muchísimos inviernos cuando el ser hombre o ser mujer, descendientes del Sol, de Quetzalcoalt la serpiente emplumada, del águila, de la lluvia, de Piá primer hombre pensante, del árbol sangrante, de la dulce piña. Bañados por un halo divino que le permitía ver, escuchar o percibir de cualquier forma las tonalidades del azul en el cielo, el colorido multicolor de los papagayos, o el gris blanquecino de las gaviotas, las miles mariposas posadas en un jardín de pétalos florecidos, o escuchar la cascada cantarina y juguetona, que feliz se dejaba caer formando un manto de abrazadas gotas. Percibir el mágico susurro de los pequeños seres que habitan en el centro de la tierra, el espeluznante silbido de los ancianos sin rostro que no mueren, que andan siempre caminando en un espiral interminable buscando la muerte o el entrecortado sollozo de la bella que encaneció esperando a su guerrero que nunca volvió. 

Narraciones que el nativo de labios floridos como decían los Náhuatl a los poseedores del don de la palabra, trasmitía en las claras noches de fúlgidas lunas o en los amaneceres de tenues pinceladas rosas, tal vez junto al fogón de barro de danzarinas llamas calentando su cuerpo atacado por los agudos dardos de los espíritus moradores de los imponentes picos de nieve a los cuales cuidaban con celo.

Narraciones que se han ido engarzando como los quipus incas para llevar sus historias, cuentos pasados de generación en generación para recrear, para llorar o para soñar, según fuera tocado por la magia del momento, tanto el narrador como quienes escuchaban. Usaban la voz con diferentes tonalidades como la ejecución de un instrumento musical, comenzando con el canto y culminando con el cuento. 

Lo cierto es que los pueblos indígenas que no poseían una grafía, desarrollaron todo un arte dentro de la narración oral que aún se mantiene y que recientemente se denomina literatura indígena, al llevarla a la escritura tanto en castellano como en su propia grafía. Toda esa belleza narrativa oral, llevada al papel y donde un wayuu le dice a otro para que le lea: “pashajeeratamüinkaraloutaka” (hazme hablar al papel) es lo que se ha denominado en un principio literatura oral indígena, el cual se prestó a divergencias en cuanto a los términos por sus significados. Literatura que proviene de líttera, letra en latín; y si literatura es el arte que emplea como medio de expresión una lengua, entonces ¿dónde ubicar la delicada expresividad oral indígena?
El antropólogo lingüista Esteban Mosonyi expresa: ¿La oralidad cabe o no dentro de una concepción ampliada del hecho literario?

Se ignoraron los términos conceptuales y quedó Literatura Indígena para recopilar los géneros: cantos, cuentos, poemas, leyendas, mitos, adivinanzas, adagios, entre otros.

Recorriendo la historia tenemos que el producto de ese arte se empezó a escribir mucho antes de la reciente grafía de los aborígenes, se hizo en idiomas europeos, llámense español o portugués, donde los religiosos de las diferentes misiones que vinieron a tierra de autóctonos, iniciaron la escritura de las creaciones indianas, por supuesto con el apuntador de su óptica, de sus vivencias, del aprecio o desprecio que sintiesen por el ágrafo o por el sentimiento paternalista que pudiesen tener “ante niños o menores de edad incapaces de asumir las riendas de su destino” y ahora cercenado.

Donde la bondadosa paz y la dulce contemplación de su mundo había sido herida a muerte.

Publicado en junio 15 de 2012. 

Última actualización: 26/04/2020