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Nuestro tiempo recoge las derrotas

Por: Jacobo Rauskin

Especial para Prometeo

Se ha querido situar en una suerte de presente perpetuo el tiempo de buena parte de la poesía de nuestra época. La idea, cara a los pensadores del pasado, de que el presente puede ser aquello que efectivamente se puede perder en nombre de la muerte, hacía aún más atractiva esta hipótesis del presente como único tiempo de vida. Incluso los optimistas a ultranza de las poéticas del presente perpetuo están emparentados, curiosamente, con los fundamentos del pesimismo en Schopenhauer: La forma de aparición de la voluntad es sólo el presente, no el pasado ni el porvenir: estos no existen más que para el concepto y por el encadenamiento de la conciencia, sometida al principio de la razón.Nadie ha vivido en el pasado, nadie vivirá en el futuro; el presente es la forma de toda la vida.

No sé cómo será para un pensador, digamos, profesional, hacer tabla rasa con el principio de la razón suficiente y pensar, o percibir ( este verbo y sentir son aquí sinónimos )que el tiempo circular puede arrojar al hombre una luz que lo salve del presente entendido como única forma temporal de la voluntad. En la poesía, por supuesto, es más fácil encontrar este camino. La poesía de la nostalgia, que puede ser un viaje al pasado o un viaje del pasado al presente, ofrece al hombre adolorido los primeros grandes bálsamos que necesita su espíritu y lo reconcilia con la inexorable caducidad de todo lo viviente y también con la ilusión de las edades.

Si algo no deseo hacer es invitar al lector a un viaje por el mundo de la nostalgia sólo con el propósito de evadirnos del presente. Lo digo puesto que los viajes del pasado al presente son también nostalgia y porque la instalación del espíritu derrotista que vivimos en nuestro tiempo suele ser alterada por la nostalgia. Además, podemos encontrar que el terreno de la modernidad tardía es pantanoso: no resiste la instalación de una fuerza tan poderosa como el derrotismo. Es más, la creación, a partir de la nostalgia, de un presente artístico posmoderno, algo que se vio hasta el hartazgo en la mezcla de los estilos arquitectónicos, devalúa tanto a la nostalgia como al derrotismo. De hecho, la marca del posmodernismo es la devaluación de los estilos en nombre de la estética ad usum de los mecenas posmodernos, el clan de los devotos de Fukuyama.

El nuestro es un tiempo que recoge las derrotas. Sobre todo, la derrota de los sistemas económicos en los que se afirma la sociedad. La poesía en general y de manera notable la de los poetas latinoamericanos ve en la derrota un desafío mayor. Y ya no hablamos de la derrota del socialismo, sino de la derrota que hoy vive el sistema capitalista tradicionalmente asociado con la bonanza generalizada. La denuncia de los estragos a lo que se somete la humanidad en nombre del sistema en la fase actual – neoliberal- es denunciada por la poesía y por las otras artes. Por supuesto, no falta el nihilista puro que sostiene que no hay sistema confiable. Esa negación del nihilista está muy difundida incluso entre quienes lo son sólo en los términos del sistema económico. Vemos un número cada vez mayor de nihilistas selectivos que no creen en los sistemas económicos, pero que tienen una fe ciega en los sistemas que bajo el nombre de estéticas o de poéticas hacen circular. Esa fe es inútil. Se puede ser escéptico en esto y no en lo otro, pero no se puede ser nihilista en esto y tener fe en lo otro. El fideísmo tiende a menospreciar a la razón, el nihilismo a exaltarla, la toma como la última realidad y, a partir de ella, sólo da origen a la irracionalidad sistematizada en nombre de las poéticas o estéticas que en ella se depravan o degeneran. Hitler y Stalin concibieron sus propias dictaduras como ejercicios inhumanos de una estética del poder y no como la praxis ideológica de una filosofía. La idea de belleza aria es un concepto estético con fundamentos no menos irracionales que los de cualquier estética, pero detrás de esa irracionalidad no hay un camino de regreso, el camino se ha cerrado a la razón por haberla agotado: hay nihilismo. Para Stalin, el non plus ultra del arte eran los lienzos con los tractores pintados por los pintores del realismo socialista. Esos tractores no estaban en el campo, estaban en la nada disfrazada de campiña rusa. Nihilismo, adhesión a la nada, eso era el realismo socialista. Debemos admitir que el nihilismo posterior, y actual, incluye a la bolsa de valores de New York. Ella se mueve, financieramente, sobre un fantasma. Washington, técnicamente, ha quebrado, pero emite la única moneda de gran circulación internacional y todo el mundo actúa como si nada hubiera pasado: la razón crea su último monumento y luego lo destruye. 

Se puede correr detrás de un dólar por los motivos que sean, pero ese dólar no se emite en Washington en función de la doctrina financiera capitalista sino del nihilismo oculto en la aparente confianza mundial en el sistema. ¿ En qué sistema ? ¿ En la cotización virtual de las acciones en la bolsa ? La bolsa en New York contribuye notablemente a la creación de una nueva estética de la perversión en el páramo del pensamiento centrado en el poder.

Lo irracional abre una puerta al endeudamiento sin límites de los Estados Unidos. Aquí la razón ha fracasado ya. Podríamos decir que, sin ese endeudamiento el neoliberalismo se desplomaría en el mundo entero. No vayamos tan lejos, lo que se desmoronaría sin duda es la estética imperial que, abandonando la idea de servicio a la cultura que ya le resulta inútil, se refugia en lo bello del dinero que lo es sólo porque no es otra cosa y sólo porque lo dice quien lo impone en el mercado de las ideas. Así sostuvo a gobernantes como Menen en la Argentina. 

Su gobierno se asentaba sobre el principio de igualdad del tipo cambiario del peso y el dólar en el vacío de la economía negada en nombre de una alianza no precisamente infrecuente: el desprecio a la gente común y la estética de la perversión. Su fundamento real no era ni racional ni irracional, era esencialmente estético, era una versión caricaturesca y depravada de la estética del mal derivada de Baudelaire que le llevó a Wallace Stevens a decir en un momento que Un dólar era poesía. Volvamos al peso. Si un peso es igual a un dólar, entonces un peso es tan noble y bello como un dólar. Por supuesto, los circuitos delictivos ayudan al arte financiero de los directores de bancos y los ministros de economía a vaciar naciones enteras. ¿ Y qué sino esto sucede en Grecia hoy? Pero hay que entender que el escenario de la depravación estética imperial es el de los países tomados como cuadros en una galería de arte. Cuando la economía capitalista abandonó sus reglas (y las tenía y eran muy rigurosas) algo las sustituyó. Ese algo es ahora la configuración estética de las naciones sumidas en el menos auspicioso de los escenarios. Sólo el abandono de la lógica del capital, puede explicar el crecimiento de China. Un país que se cotiza como un gran cuadro en una galería de arte. Las seguridades del inversionista extranjero en dicho país están sólo garantizadas por lo innombrable: el temor a una guerra de exterminio desatada por Estados Unidos . Por otra parte, la capitalización de China es un nuevo triunfo de la Estética del Mal. La bella China capitalizándose sería la confirmación de las bondades del sistema. Hundir a Grecia, luego a Italia y a España, para demostrar que el marco, vestido de euro, sustituyó a la Wermacht. ¿Y qué futuro puede tener Alemania en tal escenario? En nuestro tiempo, corteja a la violencia esta nación que ha pasado todos los límites en términos de estricta depravación histórica, Curiosamente ella es incapaz ya de disparar un tiro y teme, con razón, ser el teatro de cualquier futura guerra. Sin embargo, no deja de ser prudente recordar que, en lo que atañe a Alemania, Casandra no es un mito griego, es una agencia de noticias que anticipa la noticia.

Publicado en junio 15 de 2012. 

Última actualización: 26/04/2020