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El poeta, el poema y la poesía: tres bosques inaudibles en una era globalizada

Por: Leymen Pérez

Especial para Prometeo

El poeta escribe, en gran medida, sobre sus experiencias personales y sobre lo que interpreta de los clásicos. Cuando un autor no es sincero se percibe en cada uno de sus trazos. Escoge la cima o la profundidad de la palabra. En la cima, la palabra reflexiona sobre sí misma y sobre su capacidad de comunicación. En el fondo, la palabra es el mismo ser. El impulso de trasmitir el dolor del otro sin sentirlo como propio es uno de los actos más indecorosos que se puede asumir. Sin embargo, edificar una obra honesta y profunda, dejando la vida en el fondo de cada poema es uno de los caminos, una de las metas de todo artista. Para “mantener una subjetividad permanente” –como dijo el notable intelectual cubano José Martí, sería necesario estar poeta y no creer que lo somos todo el tiempo. Estar poeta significa tocar ese espacio imaginario entre el significante y el significado, el todo y la nada, lo grotesco y lo hermoso. El poeta es el ser que más resurrecciones alcanza mientras lucha por trasladar la conciencia del mundo sensible al mundo de la fantasía y se le exige ser preciso en su expresión de lo impreciso, porque está atrapado en sí mismo y solo su alma deja unas cuantas luces en toda una vida dedicada al arte.

“Un poema es un bosque inaudible, una casa que rueda sus arenas, un reloj que diseca el tiempo”, señaló José Lezama Lima; pero un poema es también esa imagen que se ausenta y después vuelve al fondo de los ojos. Comprender un poema quiere decir, en primer término, imaginar un cuerpo, una sustancia que permita desplazarnos entre uno y otro símbolo, cuidándonos siempre de aquellos vacíos ocultos en algunos discursos poéticos. El poema es el testimonio de ese ser resucitado que busca en los límites del lenguaje otro lenguaje para deconstruirlo. ¿Qué verdadero poeta no ha fundado un mundo con palabras? El poema no entretiene a las corrientes de vida que constantemente se matan en la conquista de una pobre diversidad cultural. El poema necesita para sí otra era, otra globalización y otros caminos multiculturales para no cerrarse frente a los cansados ojos de los lectores. Mientras más cerca estemos del poema más próximos estaremos de un elemento esencial para la supervivencia humana: la poesía.

La dificultad de la poesía actual no proviene de su hermetismo. Siempre ha existido poesía difícil ya sea por la sintaxis inusitada, los recursos lingüísticos o gramaticales. Recordemos, por ejemplo a Góngora, Mallarmé o el propio Lezama Lima; pero también ha existido una poesía mediocre o compleja por defecto del poeta. La poesía más genuina es aquella que provoca emoción y demanda, como la mística y el amor, una entrega total. Si luchamos por globalizar la poesía, entonces, deber ser aquella que muestre las huellas de nuestros pueblos. Todo el trabajo de las escuelas poéticas no es otra cosa que la revelación de nuevas formas para disponer las imágenes verbales, y estas imágenes son más recordadas que utilizadas para (re)pensar el sitio que ocupa el hombre en el mundo. Lo que ya está “perpetuado” no interesa para el arte, y por ese motivo, el poeta debe descubrir y eternizar lo eternizable. Nos preocupamos por la elaboración artística de nuestra obra, pero no indagamos si nos leen y cómo. ¿Acaso podremos globalizar una poética que solo dialoga consigo misma o con un campo limitado?

El hombre actual sabe que darle sentido a la existencia consiste en subjetivizarla a su máxima expresión y que solo su propia actividad de muchos planos, conformadora de iniciativas, puede concretar el ethos humanista que se enfrenta al status quo. En pocas palabras, la poesía ha de ser la antitoxina contra el mundo actual que agoniza entre la manipulación informacional y todos los tipos de dictaduras. Mientras el hombre no se encuentre reflejado a sí mismo en las obras de arte y, en el caso que nos ocupa, en una estructura (contenido-forma) condensada con intensidad, no podrá crea “otro mundo”. Los poetas que son capaces de agrupar de modo conciso los universos interiores de su comunidad y los sucesos del individuo sobre la tierra, son los más altos. Aun cuando las demandas sociales son heterogéneas y de disimiles niveles espirituales, las plenitudes expresivas más ilustres pueden moverse entre varias naturalezas y decodificar el centro o el borde del imaginario colectivo.

Cuando pensamos en la globalización sentimos que algo nos amenaza, pero globalizar (traducir) otras lenguas, nos ha permitido leer a autores que no escribieron en español como Homero, Whitman, Rimbaud, T. S Eliot, Kavafis y Milton, entre otros. Esto ha contribuido a que América esté situada, poética y culturalmente, más allá de nuestro mestizaje, en una dimensión universal.

Publicado en junio 15 de 2012. 

Última actualización: 26/04/2020