English

Defensa de la Tierra

Por: Sigbjørn Skåden, Nación Sami

Especial para Prometeo
Encuentro de poetas indígenas

En la primavera de 1983 me incorporé a un equipo de fútbol por primera vez en mi vida. Siempre me había gustado el fútbol y había jugado con entusiasmo desde una edad temprana, por primera vez con mi padre en nuestra sala de estar y más tarde con otros niños de mi pueblo. Este fue un año emocionante para mí, iba a empezar la escuela aquel otoño, pero ahora era mayo, la nieve había más o menos desaparecido, al menos en las tierras bajas, y el club deportivo local había hecho una convocatoria para que los aldeanos de siete años se unieran al equipo de fútbol. Un equipo de fútbol real, que jugó partidos reales con camisetas reales.

En las primeras prácticas lo hice bastante bien, había jugado fútbol bastante más y también había tenido la ventaja de nacer muy temprano en el año, por tanto ser más grande y más fuerte que muchos de mis compañeros de equipo. Me nombraron capitán. La sensación de caminar en la cancha por primera vez con la camiseta adecuada, portando la banda del capitán fue tremendo.

Debido a que vivimos muy lejos de la aldea central, mi padre solía acompañarme a los entrenamientos y partidos. Muy pronto tuve el gusto de ser un capitán, y creció la sensación de estar al mando. El capitán es el hombre que gobierna el buque, pensé, y por lo tanto debo también ser el hombre que dirija nuestro equipo, al mando de mis compañeros, instándolos a hacerlo mejor, obligándolos de ser necesario. Al ver fútbol, ​​tanto en la televisión como los partidos de los equipos más viejos de mi pueblo, había aprendido que los gritos y el mando eran una parte de lo que un capitán debe hacer, y después de un partido o dos me sentí que me estaba acostumbrando.

Fue durante uno de estos primeros partidos que grité "idiota" para que todo el terreno pudiera oír que uno de mis compañeros de equipo tenía menor capacidad, un niño que sólo permitían entrar a la cancha cuando llevábamos cuatro goles o más de ventaja, por haber perdido la pelota 5 o 6 veces seguidas. Eso se sintió como lo que había que hacer, él era un jugador de mierda y el capitán debe hacer que lo escuche si él arruinó las cosas para el equipo. El corto período de tiempo de jugar para un equipo adecuado y de ser el capitán me había llenado de una enorme ambición, ganar era lo más importante, preferiblemente con tantos goles como fuera posible.

Después del partido yo estaba feliz y caminando contento hacia el coche con mi padre, después de haber ganado por diez o doce goles. Mi padre no dijo nada. Cuando llegamos al coche, inicialmente no giró la llave para arrancar el motor. Me volví a mirarlo. Estaba sentado allí con cara siniestra. "¿Cómo crees que se sintió ese niño cuando le gritaste a él eso de idiota?", Dijo. Luego giró la llave y nos fuimos a casa.

Al principio estaba enojado con mi padre porque él había hecho tal observación. ¿Qué sabía él de fútbol? ¿Qué sabía él de ser un capitán? No hablé con él en el entero camino a casa, y cuando se detuvo el coche en nuestra casa, yo aún estaba enojado porque él no podía ver que mi grito era una necesidad nuestra de ganar. Me fui directamente a mi habitación sin decir una palabra. Pero cuando el enojo se disipó, empecé a sentir vergüenza. Vergüenza porque había gritado así a ese muchacho, vergüenza por todas las otras cosas duras que había gritado, y al rato me empecé a sentir avergonzado porque mi padre me había visto así, porque todos los demás me habían visto así, consumido en la incontrolable e indiferente ambición.

Después de esto, dejé de gritar. O bien, eso no es cierto, en los juegos todavía les grito a mis compañeros de equipo, pero todo el tiempo escucho la voz de mi padre en mi cabeza, se había vuelto imposible gritar cosas abusivas. En lugar de gritar "idiota" cuando alguien hacía algo mal, gritaba: "bien hecho", cuando alguien lo hacía bien. Y si alguien hacía algo sin inspiración como perder la pelota, a veces gritaba "buen intento". Nunca volví a gritar cosas abusivas en un campo de fútbol. Lo que mi padre me había enseñado era lo que era decente y lo que no lo era.

Veinte años más tarde, otro meteorito hizo temblar el suelo. Yo estaba en el congreso nacional de uno de los partidos políticos sami, celebrado en Alta, ciudad en un fiordo por el Mar de Barents. El gobierno noruego había comenzado a hacer planes para abrir el Mar de Barents para la perforación de petróleo y gas. Este fue uno de los grandes puntos de discusión de este congreso, la mayoría de los delegados se negaron a la idea de iniciar la extracción de petróleo en el norte. A pesar de que aquello traería puestos de trabajo a algunas comunidades locales, los riesgos eran muy grandes. ¿Qué hay con la contaminación que trae consigo este tipo de perforación? ¿Y si hubiera una fuga enorme de petróleo? ¿Cómo podemos arriesgar la pesca, el recurso natural del que nuestros antepasados ​​habían vivido durante generaciones y generaciones, el recurso natural que siempre nos mantuvo con vida, el recurso natural que fue la base de la cultura sami junto al Mar de Barents. Para la gran mayoría de nosotros era imposible apoyar el plan de perforación.

Pero había también la sombra de la duda. La costa necesita el trabajo. El desempleo era un problema, y ​​la industria del petróleo significaría nuevos y numerosos lugares de trabajo, que significarían una reactivación económica de las comunidades locales, por lo menos a corto plazo. A pesar de que nadie lo dijo, muchos parecían tener esta duda con ellos ante la silla del orador. ¿Quiénes éramos nosotros para rechazar puestos de trabajo de las personas, negarnos a apoyar una iniciativa de la gran industria en la costa, sólo porque temíamos por la base de la vida tradicional? ¿Sólo porque temíamos por el pescado?

Hacia el final del debate, uno de los delegados veteranos pidió la palabra y se acercó a la silla del orador. Este hombre era un pintor, un artista que había seguido el movimiento saami desde los días de la revitalización saami en los años setenta y se había esforzado por mejorar la situación de los saami tanto a través del arte como de la política. Al presidir, el orador no comentó el debate sobre el petróleo en absoluto. Todo lo que dijo fue simplemente: "Mis amigos. Nunca debemos olvidar que se trata de una justa causa por la que estamos luchando. No debemos olvidar nunca que nuestra lucha es la lucha por la verdadera justicia. Se la debemos a nosotros mismos y al mundo. "

El lenguaje es el poder. Las ideas expresadas y defendidas por el lenguaje, sesiembran ellas mismas en las mentes, a veces echan raíces, a veces no. Esto se aplica a las ideas buenas y malas. Como poetas tenemos la responsabilidad de buscar a través de la selva del discurso global, regional y local y buscar una ética de las lenguas, para encontrar las palabras que expresan ideas justas y verdaderas. En muchos sentidos, nuestro propósito y nuestra responsabilidad es encontrar un lenguaje verdadero, yevidenciar el lenguaje falso.

Tal vez los poetas indígenas tenemos una responsabilidad extra de hablar, seguir una poética del sub-lenguaje, romper lo establecido, romper todo hasta llegar al núcleo. La Resurrección a través del lenguaje, defendiendo la ideología, transmitiendo la ideología, simplemente para compartir nuestra posición con el mundo.

Históricamente la posición de los pueblos indígenas del mundo no ha sido fácil. Que yo sea capaz de hablar el idioma sami y utilizarlo en la escritura de hoy es una combinación de trabajo duro y un golpe de buena suerte. Esta es la historia de mi familia. Cuando mis abuelos ingresaron a la escuela en algún momento entre la primera y la segunda guerra mundial, ellos casi no hablaban ni una palabra de noruego, el idioma del Estado. Todo lo que habían aprendido en casa era sami. Eso era todo lo que conocían. Pero en las escuelas noruegas en esos días no se les permitió hablar otra lengua que la de Noruega. Los niños sami como mis abuelos iniciaron la escuela sin comprender nada. Y si trataban de decir algo en su propia lengua, si trataban de pedirle explicación al profesor en sami eran golpeados con frecuencia. Si trataban de hablar sami durante el recreo a sus hermanos y hermanas o sus amigos, eran golpeados a menudo.

Mis abuelos trataron de quitarle la lengua a sus propios hijos. Les hablaban de Noruega a sus hijos. Estaban seguros de que esta era la única opción correcta. ¿Cómo iban sus niños a sobrevivir en un mundo donde eran golpeados por hablar sami? En el caso de mi familia, los niños desobedecieron a sus padres. Mi madre y sus hermanos no dejaron de usar el saami, aún si sus padres lo quisieran. Por lo tanto yo puedo usar la lengua hoy. Un resultado de la suerte y el trabajo duro.

Sin embargo, muchos no han tenido tanta suerte. Hoy en día la gran mayoría de la población sami no habla su propia lengua. Hay una palabra quelos samis y otros pueblos indígenas han tenido que padecer: indecencia. A lo largo de la historia, cuando otras personas no han tenido la decencia, son los pueblos indígenas los que más han sufrido. Lo hemos visto en Europa, lo hemos visto en Asia, lo hemos visto en África, Oceanía y América del Norte, y lo hemos visto aquí en América del Sur. Y lo vemos todavía. No se detiene. La indecencia nunca se detiene.

Directo al norte nuestro, en Canadá, me da vergüenza decir que mi propio gobierno, no el auto-gobierno sami, sino el gobierno de Noruega, está involucrado en un proyecto a gran escala tratando de extraer petróleo de la arena, por las llamadas arenas petrolíferas. Esto significa destrozar grandes áreas de tierras y la extracción de petróleo de la misma. Con el fin de que sea rentable, deben utilizar enormes extensiones de tierras, áreas que después de la extracción de arena de petróleo se convertirán en un desierto del norte, inútil por generaciones, tal vez para siempre. Los que más sufren son los pueblos indígenas de Canadá.

Aquí, en América del Sur, otro proyecto se destaca. La represa de Belo Monte en Brasil. Estoy seguro de que no es necesario explicar a nadie aquí el efecto devastador que tendrá si se inundan enormes superficies de la selva amazónica, en caso de que destruyan aún más el bosque tropical de lo que ya lo han destruido. Y es casi innecesario decir quiénes sufrirán más: Por supuesto que los pueblos indígenas de la Amazonía.

Estos son sólo dos ejemplos de eventos actuales. Eventos que no son la única prueba de la indecencia, de lo que es la barbarie. En nuestro tiempo, miramos hacia atrás las quemas históricas de las brujas y sacudimos la cabeza sin creer cuán bárbara era la gente unos pocos cientos de años antes. En unos pocos cientos - o quizás tan sólo cien años - a partir de ahora, vamos a sacudir la cabeza con incredulidad ante proyectos como el proyecto de arenas petrolíferas en Canadá y la represa de Belo Monte en Brasil. Proyectos como estos son la quema de brujas de nuestro tiempo, proyectos que son indecentes en la medida en que son bárbaros. Se trata de cosas como estas que mi padre me enseñó a nunca aceptar - ni en mí mismo, ni en otros.

Mis abuelos nunca supieron que tenían derechos. Ellos nunca supieron que la verdadera justicia para ellos fue ser capaz de hablar su propio idioma sin ser golpeados y vivir a la manera en que querían vivir sin ser perseguidos. Hoy lo sabemos. Los pueblos indígenas del mundo no han tenido - o al menos muy rara vez - tuvieron el privilegio de grandes cifras, eficaces armas de guerra o de la gran riqueza que la jerarquía trae a algunos. Es posible - o quizás incluso probable - que mis abuelos y quienes los precedieron si supieran que las cosas que los hacían padecer eran injustas de alguna manera. Nunca tuvieronla más mínima posibilidad.

Nosotros los sami tenemos la desgracia de que ni siquiera tenemos la palabra "guerra" en nuestro vocabulario. La palabra guerra nunca ha existido en la lengua sami. Pero tenemos otras palabras. Y en un mundo que – pese a todo - es más decente de lo que era cuando mis abuelos empezaron la escuela hace ochenta años, nuestras palabras significan algo para alguien más que nosotros mismos. Esta es una oportunidad para nosotros como personas y como poetas, una gran oportunidad con la cual podemos hacer algo con un poco de suerte y trabajo duro.

Tal vez el más grande poeta saami de todos los tiempos, el Sr. Nils-AslakValkepää escribió un poema corto en los años 80 - uno de sus más famosos y altamente amados - que hace eco de esto. Dejaré que el señor Valkeapäätenga última palabra:

no era el viento
ni un pájaro que hayas oído
era yo
y mis pensamientos

Bogotá, 23 junio, 2012.

Última actualización: 26/04/2020