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De la política utópica y la poesía mítica

Por: Óscar Jairo González Hernández

(Reflexiones eclécticas)

Deseo comenzar diciendo entonces aquí, que lo que denomino política es de aquello que ella contiene de utopía  tiene que ver con que la política de la que hablaré, será de la política de lo verdadero, no de la verdad, sino de aquella postura política de quien busca lo verdadero. Y es en y hacia lo verdadero de la realidad, de la realidad de la comunidad, hacia que la que avanza y en la que se desarrolla; sin hacer concesiones y sin hacer maniobras que no sean aquellas que propicien al ser humano incrustarse e instalarse en la realidad. Es el deseo de lo verdadero lo que le da sentido y le imprime el carácter necesario a la política desde la utopía, como realidad, realización de lo utópico.  

De la misma manera, esta política es una política del ser, que está conectada y de manera inescindible sobre la experiencia de la vida, entendida y comprendida como una experiencia política, del arte de la política, hacia lo verdadero, que es la realidad. Porque cuando es hacia y desde lo verdadero desde donde se dice la palabra política, es evidente que este camino hacia lo verdadero, sea incorruptible, porque es creador y transformador; es una proposición en la perspectiva de lo que quebranta y fisura.  Y que bien muestra con claridad afirmativa Raoul Vaneigem: La libertad de expresión tiene la facultad de restituir a las palabras su valor poético. No hay que confundirla con ese nihilismo inducido por el fetichismo del dinero y cuyo principio “todo está permitido mientras sea lucrativo” acentúa la vanidad de las palabras, las despoja de su impotencia, les niega el poder de convencer de lo que fuere, al margen del sistema de rentabilidad que las hace trabajar (…) (1)

Y podemos decir que lo que aquí llamó poética, es la poética de la vida que se extiende por medio de vasos comunicantes  de manera irrenunciable al mito; la poesía como esencia en movimiento del mito que se transforma, que sacude súbitamente el sentido de la vida misma y la lleva al mito y la trae de nuevo, llena de nuevas fuerzas y totales decisiones de transformación lucida y racional. Poesía y mito  están concebidos de esa manera insoslayable como lo mismo  de una  forma en que lo sensible penetra y domina al ser humano, para llevarlo a la realidad de lo sensible y por medio de ese contacto constante con lo sensible se hace en él, la experiencia de la vida poética. Es claro entonces que lo que en el camino hacia lo verdadero que es y corresponde a la esencia misma de la poesía, es de su misma forma, incorruptible, porque es la palabra poética.

En ese sentido la palabra poética y la palabra política son pues, desde cualquier sentido que se las mire, creación y aplicación a la realidad práctica; son aplicables a la vida sensible y práctica, sin que existan y hayan entre ellas las diferencias que para muchos existen y hacen existir con tal de mantener censuradas a una y otra, en la actividad poética y política del hombre.  Constituyen así, el resultado de lo que domina y resuelve la contradicción entre poesía y política.  

La vida poética no está pues, en contra de la realidad, sino que la proyecta y la hace evolucionar en la misma dimensión que la política de lo verdadero. Política y poética en el trayecto hacia lo verdadero, es el hilo que las une y las fortalece, porque la política es una poética y la poética una política del hacer del ser en el mundo; del estado de su sensibilidad racional y de su estado político de lo verdadero. Está actividad poética y política, pertenecen y participan de una nueva comunidad, la cual ha de construir su nuevo espacio y su nueva tierra, para que aquella fusión perturbadora en su principio sea realizable y consumada.

Lo ecléctico aquí quiere decir, que la poesía y el mito, como la política y la utopía, se desarrollan en una misma tentativa y tienen la misma intención: Fundar el pueblo desde la palabra que imanta e irradia su verdad y su realidad.  Goethe dice sobre el ecléctico:   Pero ecléctico es todo aquel que de aquello que lo rodea, de aquello que en torno suyo sucede, asimilase lo que a su naturaleza conviene; y en este sentido puede apellidarse ecléctico cuánto llamamos educación y progreso, ya en teoría, ya en la práctica” (2).

Este es un tema, que se ha abordado en toda la historia de la humanidad occidental, del humanismo occidental, como reflexión parte de la creación y la reflexión de la vida, sobre la vida y la condición humana. No es nada nuevo. Y por ello mismo para nosotros existe una unión indisoluble e irrenunciable entre el ethos y el pathos poético y el político, que llevan hacia la creación poética y política del mundo, de la realidad y de la necesidad radical de su transformación.

Concibo entonces, para proveer de fundamento lo que abordo, el hecho de que tanto lo poético como lo político, no tienen porque estar en lo que denominan burdamente el poder, ya que el poder es de los de los poetas y los políticos, que han fundado una sola palabra, la palabra poética y la palabra política; que la han involucrado a su sociedad, la han construido con la comunitas de los hombres nuevos.  La vida es poética y es política. Por lo mismo, entonces la necesidad del poeta y del político son las mismas, en la creación de la comunitas, en la creación de la realidad. Tienen el mismo fin y tienden hacia los mismos propósitos. Por lo que para tener conciencia de ello, tanto el poeta como el político, han de mantenerse en una relación crítica con la realidad, por medio del carácter ecléctico, que les permita y les propicie tener en consideración todo aquello que ocurre en la realidad para crear las condiciones y las estructuras de la nueva realidad. Y puedan hacer la combinación, la mixtura necesaria. Dada por intereses hacia la comunidad de hombres, que son ellos mismos. Y sí habla en ellos la comunidad de hombres que también son, entonces, todo será más real.

Quizá entonces, lo que vendría a problematizar esa realidad de las relaciones entre los poetas y los políticos sea, entonces el poder, pero en el camino de lo verdadero, del que hemos hablado, el poder como tal, no existe. Es un poder inasible, es un poder que no miente, es un poder que no somete, sino que indica, dice. Por ello mismo es hilo propiciador de nuevas sensaciones. Nuevas sensaciones provocadas por el poder, y tanto los poetas como los políticos son los provocadores de esas nuevas y tumultuosas sensaciones. No hay pues, sino un poder, el poder de la palabra, el falo del espíritu, como la llama Gotffried Benn: Usted pude aprender equilibrismo, funambulismo, actos malabares o a caminar sobre clavos, pero utilizar la palabra de manera fascinante es algo que o bien puede usted hacer, o bien no puede. La palabra es el falo del espíritu, arraigada en el centro. Arraigada asimismo en cierta forma nacional. Cuadros, estatuas, sonatas, sinfonías son internacionales –nunca la poesía. Se puede definir la poesía como lo intraducible. La conciencia se forma en las palabras, la conciencia trasciende por las palabras.” (3).

La actividad poética y la política, son lo mismo. Cuando la actividad poética y la política se separan, es porque se han corrompido ambas, dado que es sobre y desde la palabra misma que ellas se dan como actividad del espíritu. Y ya no se encontrarán nunca en contra, en medio del desarrollo de la actividad práctica, porque la palabra es el acto que las funde entre sí, como el hilo al hierro. Ya no habrá obstáculo entre una y otra. La poesía y la política serán entonces, de manera libre y libertaria, lo uno y lo otro, lo uno en lo otro, porque es un ser humano, quién las hace y esas actividades son las que lo humanizan. El verdadero humanismo,  tiene que ver  con el sentido provocador de la creación; porque quién crea se humaniza, quien hace se humaniza. De allí que la poesía y la política, humanizan a la humanidad del hombre, porque lo hacen vivir entre lo real y lo irreal, lo visible y lo invisible y  como dice Aimé Cesaire, para al hacer el hombre su reconquista, está sea desde ese su taller de fundición y fundación, dice Cesaire: “Siempre he tenido la impresión de que partía a la reconquista. A la reconquista de mi nombre. A la reconquista de mi país. A la reconquista de mi mismo. Por esa razón mi enfoque ha sido esencialmente un enfoque poético. Porque me parece que la poesía es en cierto modo todo eso. Es la reconquista de sí por sí mismo.” (4)

Es entonces, cierta condición y cierto carácter ecléctico, movido e hilado por el temperamento del ser humano, el que hace que poética y política, no se enfrenten, sino que se correspondan unas y otras en el devenir del hombre, de nosotros los hombres, a la más esencial actividad  del hombre, en la tierra. La utopía será poética y política y el mito de la misma manera, para construir y levantar las tormentas que sean necesarias para que la profecía se transforme en realidad y vuelva a la profecía de nuevo, y ella a la realidad en un constante movimiento entre una y otra, como habría querido el poeta Heráclito. Y como lo deseamos nosotros, en la dimensión absoluta de la libertad.

Notas:

  1. VANEIGEM, Raoul. Nada es sagrado, todo se puede decir. Barcelona. Editorial Melusina. Pág. 16.
  2. GOETHE. J. W. Miscelánea. Máximas y reflexiones. Obras completas. Tomo I. Madrid. Aguilar. 1950. Pág. 398.
  3. BENN. Gottfried. Breviario. Barcelona. Ediciones Península. 1991. Pág. 29.
  4. THEBIA, Annick. Aimé Cesaire: Un arma milagrosa contra un mundo amordazado”. París. Correo de la Unesco. 1997. Pág. 11.
Última actualización: 29/06/2021