Festival Internacional de Poesía de Medellín

Presentación del libro Novena Noche de Luo Ying





Por Tallulah Flores
Medellín, septiembre de 2014

Buenos días. Saludo la presencia de cada uno de ustedes, con mi agradecimiento a la Corporación de Arte y Poesía Prometeo por haberme confiado la tarea de presentar el libro de poesía Novena Noche de Luo Ying, traducido por el poeta Guillermo Martínez,  y editado, publicado y lanzado hoy en el marco de la Feria del Libro de Medellín por el Taller de Edición Roca.

Hace algunos meses, tuve la fortuna de traducir 7 más 2, Diario de un escalador - libro aún inédito - en el cual el poeta chino narra poéticamente las experiencias de sus travesías hacia las más altas cumbres mientras se  confronta a sí mismo, desde el más literal de los vacíos y el temor a la muerte.  La fortuna siguió acompañándome cuando Fernando Rendón me pidió que entrevistara al poeta durante el pasado Festival Internacional de Poesía de Medellín.  Entonces nuestras miradas se encontraron, y lo escuché lo suficiente para saber que el enigma que encerraba este personaje continuaría intacto, aún después de haberme acercado a su Novena Noche.

Luo Ying (seudónimo de Huang Nubo) nació en 1956, en la provincia de Ningxia, China, y a sus 58 años pareciera escribir con la misma fluidez y tesón con que dirige, apoya y promueve importantes fundaciones ambientalistas y culturales en el mundo.  Con  Novena Noche reúne hoy doce publicaciones  que comprenden obras ensayísticas, poéticas y de   ficción.   

Novena Noche es una composición literaria dividida en dos extensos poemas en prosa que constituyen El Libro del Caballo y El Libro del Gato en los que mediante una muy particular intertextualidad - tan autárquica como  restringida -,  el poeta nos  permite relacionarnos con el universo intrínseco de cada uno de los libros mencionados, pero también con una obra unitaria que no pretende  aislar los territorios que cohabitan  épocas pasadas y por venir  con la voz cómplice de algún poeta muerto o con aseveraciones  que provienen de otros poemarios de su autoría,  y que se manifiestan en la reimpresión de los versos que emigran de un libro a otro hasta encontrar un espacio nuevo en su Novena Noche.  Por lo que la anterior referencia lingüística – imposible ser indiferentes a las ideas de  Batjin y  sus legatarios – nos permite imaginar esta obra como un ejercicio sinfónico en el que en la voz de Luo Ying se reactualiza y transforma en polifonía,  convirtiéndolo en la víctima y  en el victimario que la voz lírica demanda porque no tiene más opción que doblarse, desplegarse y replegarse  para volverse a extender a lo largo del poema mientras esos extraños seres que no son Caballo sino “tan sólo la aberración mutante de un caballo” ni Gato sino “un gato fantasmal” conforman los elementos pretextados con los que protagoniza y construye el universo simbólico de una Novena Noche que sus lectores desciframos mientras observamos la miseria del mundo con la mirada de los jueces y verdugos que Luo Ying dice que somos.

La sinfonía Novena Noche se expresa con un lirismo casi irritante y delirante, en cuanto agrava paulatinamente nuestra enfermedad terminal contemporánea y la imposibilidad de rescatarnos de nosotros mismos,  poseídos como estamos – según el autor -por la lascivia, ese deseo sexual irreprimible que anula, abrupta e inevitablemente, y con la escritura del verso cualquier tratado filosófico, político, religioso o cultural civilizado del que nos aferremos para sobrevivir.  Lascivia expresada en buena medida con un lenguaje escatológico que llega a asquear y producir la misma nausea que el poeta siente,  y  asume con sarcasmo e ironía pero también con dolor para no caer, para tolerarse mientras está vivo.  Así, verso a verso, y con una particular parsimonia nos muestra  el horrendo camino que habremos de recorrer con él a lo largo de los nueve actos o nueve movimientos que conforman el libro  Novena Noche

En medio del horror, mientras sufre la cruel metamorfosis que lo convierte paulatinamente en el ser deleznable que necesita ser, renuncia del todo a la virtud y a la nobleza, y, como hacen los buenos hombres de la montaña, empieza por ofrecernos una taza de café mientras nos señala que en ese largo camino que andaremos no habrá un yo sino un nosotros, porque todos somos Él mismo.  

Cada uno de los nueve movimientos del primer libro es una escalada hacia la muerte en la que la gran Voz (en singular o en plural) se deconstruye para dirigirnos hacia la muerte  mediante desplazamientos lentos pero certeros marcados inicialmente por la tristeza de saberse él, y sabernos nosotros cómplices de los horrores y engaños con los que sometemos al Otro.  De allí que nos advierta:   “No puedo vencer mi codicia y sordidez por la riqueza; sé que en una era de globalizada riqueza, no puedo ser tan pobre como un ratón de iglesia.  Entonces, ¿qué ocurrirá? Solamente esta noche puedo decir a usted y a todos ustedes, lo que estoy a punto de decir con tanta franqueza:   Una vez que usted ha sido tratado como la más baja clase de entidad, usted es básicamente despreciable en un sentido espiritual o incluso olvidado”. 

Es entonces que nos asalta la idea de haber sido convocados por un juez que, aunque derrotado, anuncia su dictamen mediante una especie de oratoria  forense a través de la cual nos persuade sobre lo que somos y lo que seremos una vez alcancemos la Novena Noche.  En otras palabras, esa voz dolorosa que nos devela, y que hila los elementos del discurso va estructurándose con la clásica disposición tripartita griega en cuanto se ocupa en primera instancia de captar nuestra atención, expone el asunto y la tesis del poeta-orador, argumenta una posición y, finalmente, nos dona una coda en la que se nos explica la muerte interior del Caballo, su necesidad de morir aún antes de su propia época, produciendo mediante móviles éticos o pragmáticos nuestra compasión.  Y es en ese instante cuando la voz recurre a otras voces o ámbitos para explicar que “Fue una muerte vil, una muerte dirigida al tiempo anterior de mutar y transformarse, dirigida al tiempo anterior a un siglo, dirigida a un tiempo anterior a la globalización, dirigida a un tiempo anterior a la Oficina  de Negocios de Doha, dirigida a un tiempo anterior a Zhuangzi, dirigida a un tiempo anterior a Keynes; dirigida a un tiempo anterior a Erase un vez en América, dirigida a un tiempo anterior a la Asamble, dirigida a un tiempo anterior a Hemingway… al exceso de fluidos líquidos… a toda la totalidad del todo.  Un pensamiento enamorado de la muerte pero de la muerte buena que es capaz de crear un tiempo trascendente”.

En el prólogo del libro,  Denis Mair expone que en China la oscilación del péndulo hacia la autoindulgencia fue vertiginosa. Que en los años ochenta, el  país tenía todavía un sistema social puritano.  Y que en los noventa, el descontrol de los instintos con la apertura de los bares y el incremento de la prostitución creció de tal forma que dio rienda suelta a los deseos hasta el extremo, dejando en el Caballo una sensación de vacío.  Y seguramente fue así.  Sin embargo, resulta obvio que la herida de las carencias espirituales o los excesos, señalada  con insistencia en esta obra, no obedece a un ámbito ni tiempo en particular.  Bien lo expresa Luo Ying en el desenlace de su primer libro: “Parece como si yo y nosotros, tú y ustedes todos, todos, uno y todos, hubieran traicionado a Dios colectivamente, y luego procedieran colectivamente a traicionarme y traicionarnos, tú y ustedes, uno y todos”.     Pero ¿quién es la voz que mediante sutiles interrogaciones retóricas nos coloca en el estrado?  Quién cuando depreca o suplica, transformado en gato fantasmal, que le permitan vivir sus emociones y auto-tormentos, masacrar y ser masacrado, dañar y ser dañado, robar afecto y tener su afecto robado?

Novena Noche es la noche del erotismo, la noche en la que Luo Ying imprime su cuerpo sobre el papel que es el poema erótico.  Por lo que este libro, a pesar de ser ante todo una  denuncia de nuestra incapacidad espiritual y física para abordarnos como seres humanos trascendentes,  inmersos como estamos en el mundo económico transnacional, también merecería un análisis desde la estética de la sensualidad, asunto que nos permitiría – desde nuestros juicios occidentales, al menos – asumirnos, por ejemplo,  desde  el concepto de hombre inmediato definido por Kierkegard, como individuos no abiertos a las profundidades del ser, poseídos por la angustia y la desesperación, y, en consecuencia, entregados al vértigo existencial que hace del placer sensual una obsesión compulsiva, a los estadios estéticos que para el filósofo danés están representados en el Don Juan de Mozart, el Fausto de Goethe y en el Judío Errante.

En el libro de ensayos La Llama Doble, Octavio Paz expresa que se extiende sobre el tema del lenguaje porque el falo y el coño, además de objetos (órganos simbólicos), son emisores de símbolos. Son el lenguaje pasional  del cuerpo.  Un lenguaje que sólo la enfermedad y la muerte acallan. El cuerpo es imaginario no por carecer de realidad sino por ser la realidad más real: imagen al fin palpable y no obstante cambiante y condenada a la desaparición.  Dominar el cuerpo - dice Paz - es suprimir las  imágenes que emite como ocurre en las prácticas del asceta, asunto que habría que profundizar en la poética de NovenaNoche, donde se vinculan signos y frases poéticas de Oriente y Occidente quizás con esta finalidad.  Interesante, por ejemplo, las referencias al poema Espeje ado de Tiang Xiaoudu en el que se examina la imagen interior y exterior de un espejo con el fin de promover el debate  sobre el concepto de individualidad, atravesado por las imágenes de la tierra baldía de T. S. Eliot que parecieran condensar la idea fundamental de la obra, en cuanto denuncian “la tierra baldía de lo molestado, de lo traicionado, de lo mutado y lo transformado, de lo acaballado, de lo desflorado, de lo genitalizado, de lo bombardeado, de lo elogiado y lo acusado”. 

En el tercer movimiento o tercera noche del gato fantasmal,  una de las más bellas propuestas poéticas de Novena Noche,  el personaje se confiesa diciendo que sólo es un  viejo gato no mejor ni peor que cualquier otro, por lo que todos deberíamos estar de acuerdo en que merece ser besado suavemente, profundamente, salvajemente.  El gato depreca casi con ternura e indaga qué hay para besar: un par de labios, un íntimo corazón, un siglo, un hombre, un viejo gato, un libertino.  Y con estas palabras pareciera persuadirnos: no tenemos otro camino que el de la compasión y la indulgencia por el asesino que es el Caballo y el Gato y que somos todos en este entramado de signos que es el mundo y que no terminaremos nunca de descifrar.

Publicado el 13 de enero de 2015

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