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El poeta de los seres invisibles

El poeta de los seres invisibles





Por Norberto Codina
Poeta cubano invitado al 25 Festival Internacional de Poesía de Medellín

              
                            A la memoria de Benito Pereira, hijo.

“Existe una montaña en Margarita de cuya cima, cual si fuera vientre prodigioso de las alturas, emergen todas las nubes. Parece una montaña mágica. Se le ve desde el mar y es una; desde el valle de Paraguachí, y es otra. De cerca parece depositar en nosotros copos de bienaventuranza. Tiene, por lo demás, un nombre indio de invulnerable sonoridad que nadie sabe qué significa. Guayamurí”.

Así comienza, Gustavo Pereira, su breve y medular libro El legado indígena, evocando los manes tutelares de su isla, su vínculo con la Margarita que siempre le ha acompañado, y evocaría años después:

Yo nací en una isla a la que el océano dio ternura
            El limo de las orillas arrojado a la arena y el invisible
                        vagón de las mareas
            fueron mi primera visión del mundo […]
                        [“Señas de identidad”, de Sentimentario]

En sus tradiciones espirituales, en la acción cotidiana del hogar y las luchas sindicales, en la conciencia de padres a hijos de soñar un país, asociando las angustias del individuo con la realización del ser social, allí se forma la familia, tan presente en la génesis de la obra de Pereira, cuando se manifiesta la nostalgia por la casa paterna y la soledad del aprendiz de escritor, como en “Memorial de la casa vacía”, de Oficio de partir:

      Hay una escritura cuya grafía es el secreto
            Hay una piel hecha para que el mar la borre
            Y hay quien sueña con un bosque solitario junto a una pradera solitaria

Su vocación de escritor consecuente es una constante en su trayectoria profesional, ciudadana, y esa angustia compartida es la matriz de su creación.

Y todo indisolublemente mezclado desde la individualidad del poeta, con la condición social implícita en todo creador, otra de las claves sobre las que el autor quiere dialogar con nosotros.

Compartir el errante espacio de las interrogantes del escritor, en el discurso dialógico de ficción y realidad, es compartir y recuperar el paradigma emancipatorio de la literatura.

De imprevistos de azares de dudas diezmadas y repuestas De las pocas
              certezas rescatadas de las vacilaciones sin enmienda
            De amantes y de amigos De quienes me iluminan o me libran
              de unas cuantas palabras calladas para siempre
            De taras de defectos de algunas cualidades adquiridas o innatas
                                [“Mampostería”, de Sentimentario]

En su texto “Función del poeta”, vuelve sobre las claves del peor de los oficios: La poesía tiene “su facultad de iluminar, es decir, de hacer visible lo oculto, develar otra realidad –o la verdadera realidad–, acaso la más sagrada pretensión que los poetas contemporáneos, desde Rimbaud, confieren a su arte”. Porque como él mismo se reconoce es un contemporáneo de Rimbaud, Ramos Sucre, Mayakovski, Vallejo, o Ramón Palomares, para no hablar de sus reencarnaciones de los poetas chinos, árabes o los naturales del delta del Orinoco.

Otro de sus exegetas de privilegio, el maestro Juan Liscano, define puntualmente esa génesis y trayectoria en el prólogo a su Antología poética, editada por Monte Ávila en 1994:

La obra toda [...] oscilará entre dos polos: el de su toma de conciencia social, marxista, vinculada a la imagen paterna, a ese trabajador que le “enseñaba la Internacional entre los ruidos de las máquinas” y “devoraba hasta el amanecer los libros rojos”, a la consiguiente aproximación afectiva hacia los pobres: “tienen el vientre vacío / la cabeza de cerveza”, y su sentir íntimo, personal, introspectivo, suyo, como decía Vallejo de sí mismo, conmovido sin cesar por impulsos contradictorios de alma, por alas y llamas, “por el pánico de caer en mi propia trampa”.

Su poema “Doble infierno”, texto introductorio para el conocimiento de su obra, es un reflejo de su época de estudiante en Caracas, en los seis años transcurridos entre el liceo y la universidad, donde sufre todas las vicisitudes de un joven pobre de provincia. Esta es la época en que, junto a sus estudios, penurias y vagabundeo, vinculado a la juventud comunista hace labor proselitista vendiendo el tan recordado Tribuna Popular.

En julio de 1964 publica en Trópico Uno un adelanto de “Doble infierno”, perteneciente a Preparativos de viaje, que reúne poemas escritos entre 1962 y 1963, durante su estancia estudiantil en Caracas. Poemario celebrado por la crítica como las credenciales de un nuevo poeta. Ramón Ordaz escribe sobre ese libro de iniciación: “[...] instala definitivamente a Pereira en el universo de la poesía contemporánea en Venezuela. Aquí están definidas las dos vertientes de su poesía: por una parte el poema que pulsa la realidad social de su compromiso de hombre ante la historia [...] y otra, el poema reposado [...] cerebralmente amoroso y mordaz”:

             Estoy contento de volver a patear las piedras
            Esos verdes árboles
                                   y esos pájaros
me han dado en segundos el júbilo de un siglo
El escape de los autos ha llenado mis pulmones
de aire puro de gloria
Los gritos me han hecho querer la miseria
[“Doble infierno”, de Preparativos de viaje]

La promoción de Pereira sucede y se encabalga con la llamada “generación de 1958”, y le es común su época y circunstancias. La estancia en Caracas del poeta se asocia con la caída de la dictadura perejimenista, las fuerzas populares que alcanzan protagonismo a raíz del 23 de enero, el triunfo con repercusiones continentales de la Revolución Cubana. Ese parteaguas que es 1958 justamente coincide con su entrada a la universidad, y cruciales acontecimientos políticos culturales, sociales. La Venezuela que pugna entre “la democracia representativa” del puntofijismo (pacto realizado por los partidos tradicionales del statu quo),  la radicalización de parte de su izquierda y el inicio del descreimiento de la gran mayoría. En una dimensión histórica y a la vez renovadora, el poeta más representativo de la generación del 18, José Antonio Ramos Sucre, como señalamos antes, fue un significativo redescubrimiento para los lectores venezolanos de mediados de los años cincuenta. El volumen Obras se publicó por primera vez completo en un solo tomo, en 1956, prologado y compilado por Félix Armando Núñez. Tal vez no se haya dado otro caso así, de coincidencias para críticos y escritores, en la historia de esa literatura, al aceptar una influencia. Este autor, “el más admirado por las promociones poéticas del país”, se convierte en mi opinión en un símbolo recurrente de la naciente cuarta república.

Es la entrada a la “modernidad literaria”, con el boom ingenieril y arquitectónico, ya iniciado por Pérez Jiménez, y el consumismo potenciado a su máxima expresión, como caldo de cultivo de las sucesivas crisis económicas.

Posteriormente, ya en la radicalización de mediados de la década vinculada a la lucha guerrillera y a la pérdida creciente de credibilidad de las instituciones burguesas, se dan episodios como la protesta de escritores y artistas contra el Salón Pegaso   –auspiciado por la Mobil Oil Company de Venezuela–, protesta que tiene entre los protagonistas, junto al joven y casi desconocido Gustavo Pereira, a Palomares, Salvador Garmendia, Adriano González León, Román Chalbaud, Rafael Cadenas, Juan Calzadilla, Jacobo Borges, Régulo Pérez y Pedro León Zapata, entre otros intelectuales.

Los sesenta, década violenta, convulsa en el siglo xx venezolano, fue definitiva en la formación y proyección del poeta: las aulas universitarias, las revistas y grupos literarios, la lucha guerrillera, la cárcel y las fracturas de la izquierda y la “democracia representativa”, en los años de auge del ideario de la Revolución Cubana, Los Beatles, la guerra de Viet Nam y la muerte del Che: En el año de 1969 cuando el hombre puso el pie en la luna/ yo estaba con mis anzuelos tratando de capturar la cena.

Desde su casa en la pujante y petrolera Puerto la Cruz, atalaya de “una provincia llamada Venezuela”, el poeta es partícipe de todo lo humano que acontece. En esos años funda junto a otros escritores y artistas del oriente venezolano la revista Trópico Uno, que implica la gestión de algunos libros, eventos, alrededor de los que se nuclea el grupo que se identificaba con la publicación, algo muy en sintonía con la explosión de revistas y grupos de esos tiempos. Trópico Uno se politiza aún más en el lapso 1962-1964, en que la poesía joven “adquirió cierto aire de familia, un parentesco de léxico, y una momentánea unidad intencional”. A partir de 1964 comienza la dispersión del grupo. Cada cual toma su rumbo, y se particularizan las tendencias que los singularizarían después.

De esos presupuestos iniciales se nutre, cambiante y enriquecida, su trayectoria posterior, que nos llega como “una corriente de “subversión” lingüística y política”, de la que forma parte con autores que le son muy afines por lo mucho compartido, sobre todo en el desarrollo temático del lirismo urbano y político, como el recordado Víctor Valera Mora, Caupolicán Ovalles y Juan Calzadilla.

Una muestra de esa síntesis se encuentra en “Canción del otro con ceniza”, uno de mis poemas favoritos:
           
      Como animal óseo y con lágrimas
            que lame con su hocico húmedo y largo los basurales de la gran ciudad […]Como un poeta tonto entre miles de técnicos geniales
en las suntuosas oficinas donde se deciden los destinos, las fornicaciones
  y el hastío […]
Así tal vez seré algún día
cuando de mi cabeza no salgan pájaros sino pardas o locas cenizas.

En 1965 se produce un reagrupamiento de las fuerzas revolucionarias, catalizado por lo que se bautizó como “Operación Simón Bolívar”, al iniciarse una nueva etapa de la lucha guerrillera. Justo “a los tres meses de trabajar [en la recién creada Dirección de Cultura de la Universidad de Oriente] es acusado por los adecos (como se identifica a los militantes del partido Acción Democrática, entonces en el poder),  de ser enlace con la guerrilla de Alfredo Maneiro”. Eso lo obliga a regresar a Puerto la Cruz, a la casa familiar, y se inicia como profesor universitario. Hasta hoy se puede sentir su evocación permanente al amigo admirado y querido, combatiente ejemplar del movimiento insurreccional.

Yo tenía un amigo llamado suprema inteligencia
                                       o más bien destello del pensamiento
                                       o acaso aguacero sobre los techos de zinc de mi ciudad
                        Pero debo decir que su nombre verdadero era sabiduría.
[“Elegía por Alfredo Maneiro”, de La fiesta sigue]

Es en esa etapa decisiva de su vida cuando, entre los avatares de la literatura y la militancia política, conoce a una joven, Maureen Pacheco, que marcaría los nuevos tiempos, como su compañera de más de cuarenta años, presencia palpable o subterránea en toda su poesía, incluso antes de conocerla.

Ella entre en el reino del agua
                        Molusco invisible se hace su cuerpo
                        Lengua de plancton desnuda

                        Compañera desposada con la vida
                        Iluminada por el sol
                                                    como una máscara de vidrio.

Junto a la vocación civil, está presente desde un inicio y se va acentuando con la madurez de su poética el tema amoroso, otra de sus constantes cardinales, que fue sedimentándose, después de los desbordamientos de la primera juventud, y trasformándose cada vez más en un leimotiv. “En ejercicio del amor” es un ejemplo claro de una poesía amatoria asociada a los temas universales:

En ejercicio del amor
              los dioses conocen de torpezas
                y apuran su vino eternamente
                y son humanas sus carencias
                y es de zozobra su equilibrio
                y es humareda su perfección
                y es como un espejo la transparencia

En ejercicio del amor
              nada concluye todo recomienza.

Su cosmovisión existencial, más allá de lo trágico, del fatalismo histórico, de la subordinación del individuo al fin de las identidades, está dado por las diferentes fuentes donde explora la alquimia de sus versos, que toman de Occidente y Oriente, de la lengua colonizadora y las tradiciones aborígenes, de las comunidades primigenias y las vanguardias de hoy, del planeta globalizado y el mosaico de las diásporas, el discernir de todo lo que nos atañe. Su “Canción mestiza para domesticar la hierba” dialoga con esos presupuestos sincréticos, desde el recurso enumerativo, una constante que domina a su gusto:

Hierba buena, hierba cana, hierba carmín, hierba de ballesteros, hierba del ala, hierba perra, hierba de las coyunturas, hierba de las golondrinas [...] hierba flecha, hierba de la puta madre, hierba plana, hierba pamatacual, hierba del once ahau, hierba maldita,

No nos sepultes.

Más allá de sus posturas conservadoras o del signo ideológico tan diferente a Pereira, Juan Liscano sabe sintetizar ese paradigma existencial del poeta venezolano cuando afirma lo siguiente en su citado texto “Lo ideológico sentido como autenticidad se armoniza con lo introspectivo propio y lírico”.

En el prólogo que escribiera a Costado indio, Maritza Jiménez trae a colación el antecedente del mayor aporte de la lírica del margariteño, cuya naturaleza corresponde con aquella sombra más intuitiva que tangencial del Guayamurí de su nacimiento, y sus estudios en París, o entre los waraos del Delta Amacuro: “Pero fue En plena estación (1966), merecedor del Premio Joven de Poesía de la Universidad Central en 1965, el que lo descubrió como el autor no sólo de una voz personalísima, sino de la búsqueda de una forma poética inédita [...] el somari. [...] que también rebela su inclinación por la sensibilidad y el ritmo del poema indígena”.

El libro de los somaris marca la primera madurez poética de Pereira, pues como él escribiera en otra ocasión:

Pasados los treinta no era el mismo
                                   pero tampoco fui otro
[“Historia íntima”, de La fiesta sigue]

Sobre los somaris, el sello distintivo de su poesía, que a no dudarlo nos quedará en su lección de calidez, ironía y brevedad como legado y materia de estudio para los lectores y especialistas del futuro, se ha escrito, especulado y a veces minimizado por el propio autor, que los considera “nimias y pasajeras escaramuzas”, aunque al enunciar sus ambiciosas intenciones se contradiga, pues más allá de la intencional fugacidad son portadores del humor, la herejía, la irreverencia, la bohemia, la soledad, el amor y el desamor, como en un buen bolero, y por tanto siempre, no a veces, la voluntad de “un asomo de estremecimiento compartido”. Por eso nadie mejor que el poeta para desentrañar eso que pretende, aunque paladinamente no lo confiese, ser algo más que una colección de noticias diversas:

[...] desde hace mucho he venido escribiendo o intentando pequeños artefactos que por recato, luego de haberlos llamados “poemas breves”, nombré con un neologismo devenido al azar: somaris. No tienen ellos forma específica como los haikús y tankas japoneses o los sonetos itálicos, ni intención precisa como los epigramas griegos y romanos, sino que los caracteriza, amén de la concisión, su libertad formal, su poliantea y casi siempre su laconismo.

En los somaris, al igual que en gran parte de su poesía de la madurez, más allá de los textos citadinos de los primeros libros, está presente la deuda con Historias del paraíso, su apasionante trilogía, visión de los vencidos que nos recuerda otros clásicos como Biografía del Caribe, de Germán Arciniegas, o De Cristóbal Colón a Fidel Castro, de Juan Bosch.  O las crónicas de Indias, o toda la tradición y acervo de las culturas aborígenes que integran ese gran mosaico donde se deposita el origen de nuestros pueblos; o los cantares en lengua pemón que nos traen el paisaje inconmensurable de la Gran Sabana, divino incluso para los que presumimos de ateos convencidos; y los waraos del delta o los wayús  con la oralidad que trasmite la riqueza de la península guajira. La gran capacidad de sugerencia minimalista de la poesía heredada de nuestros primeros padres, es el río mestizo que se empoza y discurre en cada uno de los somaris, tan iguales y diferentes. También se suman  en sus valores sincréticos los clásicos de las tradiciones helénicas o del Asia profunda, en reescrituras, proverbios y máximas, referentes desde la ironía o el guiño, hasta lo intertextual o de intencional mimetismo.

No es gratuito el homenaje al Caliban de Roberto Fernández Retamar, y a otros tantos autores que han reivindicado con sus estudios y obras nuestras culturas originarias, y entre los cuales Pereira es ya una figura emblemática, cuando escogimos el nombre de esta compilación. Preferí el título de ese poema antológico, “Sobre salvajes”, para bautizar la presente selección, que devela el humanismo, la sensibilidad, la ejecutoria civil de las páginas aquí reunidas:

Los muy tontos no saben lo que dicen
                                               Para decir tierra dicen madre
                                               Para decir madre dicen ternura
                                               Para decir ternura dicen entrega

                                               Tienen tal confusión de sentimientos
                                               que con toda razón
                                               las buenas gentes que somos
                                                           les llamamos salvajes.

Tuve la experiencia de acompañar a Gustavo desde Cumaná, la tierra de su admirado Ramos Sucre y mi muy recordado Andrés Eloy Blanco, hasta Maturín, haciendo el camino de Alejandro de Humboldt, pero al revés. Y allí hablamos de la huella imperecedera del sabio alemán en nuestras tierras, y la visita que Pereira compartió con el entrañable Ramón Palomares, y la clara presencia de las relaciones del tiempo y el espacio en la poesía del trujillano que hallamos en el cuaderno Alegres provincias (que lo subtitula Un homenaje a Humboldt). Este libro de Palomares, de honda madurez, dedicado a nuestro segundo descubridor –tanto de Venezuela como de Cuba–, es un itinerario de viajes, relecturas sobre Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente de Humboldt; tributo merecidísimo al viajero alemán. Como evocación de esas lecturas y de ese encuentro memorable de dos buenos amigos por las rutas de la Historia, escribió el autor de Sentimentario su “Con Ramón Palomares en el camino de Humboldt cerca de una aldea en una colina”.

Cuando estallaban las margaritas y el sol se abandonaba y apenas
                          desembozábase alrededor la oscuridad
                                                           te escribí estas palabras
                                                            para recordar aquel poema tuyo
                                                                       olvidado
                           que siempre nos perseguirá.

Leí por primera vez a Gustavo Pereira a principios de 1983, cuando Jorge Alejandro Boccanera nos incluyó en el capítulo dedicado a Venezuela en su panorama La novísima poesía latinoamericana, aparecida en México en diciembre del año anterior. Allí comenta el antologador argentino: “Es cierto que el movimiento [cultural venezolano] no escapó al descalabro sufrido por la izquierda hacia 1967; pero no es menos cierto que aquel espíritu solidario, sostenido con un alto poder de exigencia estética, siguió latente, como lo comprueba el renacimiento poético de estos últimos años”. En ese proceso de retomar la voz de la sociedad civil Pereira sería de los más destacados y consecuentes. Sobre esa evolución de la poética de Gustavo, basada en sus orgánicos presupuestos sociales y existenciales, escribió el reconocido teórico Ludovico Silva: “Se trata de estilizar y macerar el opulento cuerpo de la poesía hasta dejarla en los puros huesos”.
En el otoño de 1988, justo después de coincidir con el entierro de Ludovico en Caracas, viajé al oriente venezolano y entablé amistad con Gustavo en su casa de Lecherías. De ahí nació, junto a proyectos compartidos, viajes, libros, libaciones, considerarnos “compañeros del alma”, al decir velado y bronco del singular español.

Reconocido entre los poetas más importantes de su generación, que ha dado nombres, entre otros, como  el  Chino Valera Mora, Eugenio Montejo y Luis Alberto Crespo,  constituye una figura representativa en la historia literaria venezolana por su indiscutible autenticidad y singularidad. Suscribo convencidamente estas valoraciones, aunque como suele suceder, ellas deben tener su disenso. Nada, ni críticos, ni panoramas literarios, ni lectores de una época, ni siquiera la Historia, definen la trascendencia real de un escritor, sólo el paso del implacable, las lecturas y desencuentros sucesivos, el reposo de los prejuicios y las pasiones, más allá del desconocimiento, las preferencias, y el tan vapuleado canon. Porque la historia de la literatura es una constante de modas y antimodas, dogmas y antidogmas, donde la heterodoxia de hoy es la ortodoxia de mañana. No hay nada más parecido al movimiento del péndulo que el espectro de su vacío. Pero la vida supera el episodio, el detritus y los buenos sentimientos, y perdura lo que conquistamos en esta larga tarea de aprender a morir.

Para Gustavo Pereira “la injusticia social es, ante todo, el peor de los males humanos, puesto que permite reinar a la muerte. La poesía es, como se sabe, el reino de la vida”. “[...] toda cosa o criatura que habite o viva en el universo sobrepuesta a su propia consumación, henchida de germinaciones, todo estallido o iluminación en un cuerpo consciente [...] forman también parte o esencia de esa rara melancolía y esa pródiga alegría íntima que muchos llaman poesía, pero que acaso no sea más que la desconocida e inalcanzable región de un sueño que los hombres hemos inventado para reinar sobre la muerte”.

Gustavo no ha querido cargos o responsabilidades de carácter público que desbordan su carácter introspectivo o la paz turbulenta de su mesa de poeta (“Pudo ser ministro pero prefirió/ regentar sus papeles/ que se le escapaban”). Pero tal vez el reconocimiento que con más orgullo mencionamos sus amigos es que en 1999 fue elegido miembro de la Asamblea Constituyente, en donde presidió la Subcomisión de Cultura y redactó el preámbulo de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, y donde pudo tener un protagonismo consecuente con sus luchas y pasiones de siempre: la cultura, el legado de los pueblos aborígenes, su patria toda, para refrendar aquellos primeros versos: “aquí escribo tu nombre pueblo mío”.

Compartimos con el antologado esta interrogante: “¿Cómo ha podido sobrevivir la poesía a través de los siglos cuando con tanto denuedo se viene proclamando en todo tiempo su extinción?”. Desde que los poetas fueron expulsados de la República de Platón, y en un famoso capítulo son excluidos del Estado ideal, hasta la globalización y los mercados de hoy en día, son visibles esas “derrotas”:

Muchos poetas de hoy siguen transitando estas derrotas (y empleo el sustantivo en toda su vastedad polisémica) para poder seguir tañendo aquellas campanas, aunque sabemos que estas derrotas no tienen fin, como tampoco tendrá fin el torrente de la vida interior que es capaz de volver visible lo oculto con el solo fulgor de la palabra.

Pereira nos da la respuesta, al recordarnos su larga capacidad de sobrevivencia al atesorarla el hombre más allá de instituciones o normas, por la violenta compenetración entre la poesía y la razón de la especie. “La poesía ha sido un largo camino hacia la otra conciencia, allí donde la existencia humana se descubre, redescubre y arriesga a plenitud. Hacia el ser y no hacia el parecer”. La ideología, la religión, la filosofía, han tratado de “formular sus verdades”, o “afirmar los hechos”, pero como bien advierte Claudio Magris citando a Manzoni, “solo la literatura –el arte en general – dice cómo y por qué los hombres viven aquellas verdades y aquellos hechos”. Más allá de cualquier dogma (como ya dijimos, filosófico, político, religioso), de lo que se trata es de tantear la inmortalidad (parafraseando a otro de los preferidos del venezolano, Mayakovski, “el poeta es el más terrenal de todos los hombres”), palpar sus bordes materiales y perecederos, desde la herejía que por naturaleza es el poema. Y en su caso, en estos tiempos en que hablar de identidad o utopía puede sonar tonto o trasnochado, en el mejor de los casos, el poeta reivindica en toda su obra a “los seres invisibles”, tanto más luminosos cuanto más prolongada la pandemia de su larga noche de explotación y desconocimiento. Porque de sus poemas pudiera decirse lo que escribió sobre algunos de sus textos en prosa, “hijos de circunstancias no siempre explícitas ni apacibles de la conciencia sensible y del oficio de vivir”.

Se dice con razón que Gustavo Pereira pertenece a esa larga y entrañable familia de poetas que han hecho de su condición de intelectuales su vocación de patria y humanidad, de reivindicar para la esperanza a esos hasta ayer “seres invisibles y salvajes”, que son los protagonistas junto a temas eternos como el amor y la muerte, de lo más legítimo de su escritura, yuxtapuesta en una auténtica voz, orgánica en todos sus postulados como escritor, ser desgarrado y generoso, comprometido en su agonía de “oficiante de la poesía”.

Publicado el 13 de enero de 2015

Última actualización: 04/07/2018