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Un tiro al blanco en medio de la noche

Un tiro al blanco en medio de la noche




Por Gabriel Chávez Casazola
Poeta boliviano invitado al 25 Festival Internacional de Poesía de Medellín

 

Un tiro al blanco en medio de la noche. Así dice de la poesía Alvaro Mutis, acertando a un blanco tan difícil como es acuñar una definición satisfactoria para ella; una definición que no la constriña, pues es irreductible en palabras, aunque de ellas esté hecha, pero que la capture en su inasibilidad, en su rauda condición de inaprensible. Octavio Paz contrastó muy bien esta condición cuando dijo de la poesía que es “avidez que sólo en la sed se sacia”, “espíritu que no vive en ninguna forma / mas hace arder todas las formas”, y en cuya “húmeda tiniebla vida y muerte, / quietud y movimiento, son lo mismo”.

Este terrible y maravilloso regalo nos ha sido dado, gratuitamente, a algunos hombres y mujeres, que no somos pequeños dioses como quería Huidobro, pero sí suscitadores, mediadores reflexivos del don.  Lo apunta Juan Gelman en Velorio del solo: “Nunca fui el dueño de mis cenizas, mis versos / rostros oscuros los escriben como tirar contra la muerte”, pues contra el blanco de la muerte es que apunta ella siempre y hiende esa tiniebla, dejando tras de sí –lo descubre Carlos Pellicer– una luminosa estela de “imágenes / frescas aún en el espejo igual / de donde tan difícil es sacarlas”.

¿Para qué poetas en tiempos de penuria?, se preguntaba Hölderlin. Podríamos preguntarnos también nosotros: ¿Para qué poetas hoy o mañana? Acaso para sacar esas imágenes del espejo, atrapando el resplandor de las estrellas con las manos en el agua. Esas imágenes, esos resplandores que deja la vida en su recorrido hacia la muerte y que forman un rastro de belleza.

¿Y para qué la poesía?  Tal vez lo maravilloso de ella es que no tenga utilidad conocida, en el sentido en que puede tenerla una tekné, un saber, un oficio. Ella, como toda locura inspirada, es porque sí.  ‘Yo soy la que soy’, podría musitarnos o clamarnos desde su zarza ardiente.  ¿Por qué escribirla entonces si la poesía es, como temían de la vida los hoy desvaídos existencialistas, una pasión inútil? Primero, tal vez porque quienes la frecuentamos no somos amigos de dar razón de nuestros actos.  Porque queremos estar siempre contagiados de su ‘porque sí’. 

Pero también porque su inutilidad es solo aparente, ya que la poesía puede –y, en algunos momentos, debe– ser una luz, no importa si un cerillo o una hoguera, capaz de exorcizar las sombras y de restituir claridad a los caminos por los que transitamos los hombres. 

Para arribar a esta comprensión he recorrido un extenso camino interior  -a long and winding road- que se inició hace ya una década, cuando comencé a preguntarme por qué la poesía había dejado de ser canto y de ser cuento para ensimismarse, para replegarse sobre su propia caparazón de caracola hasta hacerse casi incomunicable, incomprensible, muda.

Ahora tengo la certeza de que hemos sido los poetas, en gran medida, quienes hemos alejado a la poesía de los lectores, quienes la hicimos demasiado inaccesible y críptica en nombre de la experimentación y la modernidad.  En definitiva, la convertimos en una poesía para poetas, para especialistas, incapaz de conmover, de emocionar.

Por eso, es preciso devolver esta maravillosa pasión  inútil a su legítimo origen y destino: el ser humano de carne y hueso, el lector nuestro, la lectora nuestra de todos los días (y de todas las noches).

Todo esto es para mí la poesía, al punto que a veces sospecho, con Enrique Lihn, que “porque escribí estoy vivo”. 

Publicado el 22 de enero de 2015

Última actualización: 04/07/2018