Festival Internacional de Poesía de Medellín

¿Es la poesía una enfermedad contagiosa?




Por Gabriel Chávez Casazola
Docente del Taller de Poesía del Programa de Escritura Creativa en UPSA

¿Es la poesía una enfermedad contagiosa? La pregunta no es menor, pues nos remite a la misma razón de ser de los talleres de poesía.  No se trata aquí de volver a la vieja cuestión de si se trata de un mal innato o adquirido, sino de interrogarnos sobre si es posible transmitir la poesía, si es posible ‘enseñar’ a escribirla y cómo.

Más cerca de otras artes que de otros géneros literarios (incluso me resisto a considerarla un género), la poesía –música y silencio, por eso tiempo; imagen de imágenes, por eso lienzo; sonido y sentido, voz no pocas veces oracular y arcana- no puede reducirse a un conjunto de técnicas, de formas de leer y de escribir, de construir un texto. Quede eso, con el perdón de mis amigos cuentistas y novelistas, para los talleres de narrativa (y aun ahí con dudas). 

¿Qué es, pues, lo posible en una escuela o un taller de poesía? Hay dos o tres verbos que prefiero a ‘transmitir’ o ‘enseñar’, que son ‘suscitar’, ‘provocar’, y ‘entusiasmar’.

Suscitar, suscitare, esto es, causar, incitar, promover curiosidad, duda, interés. Incluso algún diccionario afirma que suscitar es agitar.  Primero, pues, hay que suscitar interés, curiosidad, duda, agitación por la poesía, que sólo se produce leyendo la propia poesía.  Después, y poco a poco, ella misma se encarga.  Leer poesía es precisamente suscitar que ocurra. Con solo formar buenos lectores de poesía, lectores agitados, un taller habrá cumplido su tarea.

Pero además, para quienes quieran y puedan dar ese paso más que es el salto a la escritura, la lectura resulta ser, por lo general, una condición previa y un compromiso vital a sostener. Difícilmente hay poeta que no lea poesía, que no dialogue de manera habitual y cotidiana, o especial y profunda, con los otros agitados como él.

Toca también en un taller el provocar, provocare, ‘llamar para’ ese salto a la escritura a quienes dan muestras de llevar dentro el virus o de haberlo suscitado en sus lecturas  –y aquí el ojo del tallerista deberá ser una mirada de discernimiento.  El talento poético no suele irrumpir, salvo excepciones y además tempranas. No es una transfiguración sino un camino, lenta alquimia.   

Pero como la poesía, antes que un género o un puñado de técnicas, es una forma de mirar el mundo, de habitarlo, la provocación debería ser esa. No provocar tanto a escribir cuanto a mirar de otra manera. Y quien mira de otra manera no sólo nombra de otra manera sino que vive de otra manera. Hay, pues, una ética en la poesía, inextricablemente ligada a su estética. Un taller no puede (o no debería) hacer a un lado esta cuestión esencial.

Pero además, para recorrer el camino de la poesía, para transmutarse en su alquimia, es preciso estar entusiasmado, en el sentido griego del enthousiasmos,  llevar un dios dentro, estar poseído de la locura inspirada.  Este es otro salto.  No se trata, otra vez, de irrupciones, esta vez divinas.  Solo de llevar y regenerar siempre, dentro nuestro, la energía necesaria, único avío, muchas veces, para este recorrido. 

La que entusiasma es la propia poesía, sí, pero el momento del taller no es una clase que un profesor cumple en un liceo o una universidad por una obligación y un salario: es una cita con la profundidad de las cosas. El tallerista debe ser un entusiasmado para a su vez poder entusiasmar a otros, apasionarlos, ya que no se puede dar no lo que se posee.
Suscitar las lecturas que susciten, a su vez, la poesía; provocar otra manera de mirar y nombrar las cosas –de escribir una mesa, una memoria, una mirada, una mirabilia-; entusiasmar y estar entusiasmado.  Leer, en síntesis, y cuando toque, cantar y contar, decir y aludir.

Menudo programa y, sin embargo, posible.   Tal vez todos quienes participamos en este Encuentro de Directores de Talleres y Escuelas de Poesía en el Festival de Medellín hayamos vivido, estemos viviendo esta experiencia, en la que encontramos la respuesta a la pregunta de origen: ¿es la poesía una enfermedad contagiosa?

Afortunadamente, sí.  Y también puede contagiarse,  con ella,  otra forma de habitar el mundo.  Esa es la ética de la esperanza que la poesía lleva dentro de sí, caracola discreta en la que habitan toda la voz y la fuerza del mar.  

Publicado el 27 de julio de 2015

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