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Poetas invitados al 25 Festival Internacional de Poesía de Medellín: Nouri Al-Jarrah (Siria, 1956)

Poetas invitados al 25 Festival
Internacional de Poesía de Medellín

Julio 11 al 18 de 2015


Poetas de Asia

Nouri Al Jarra (Siria). © #25FIPM. Photo: Sara Marín
Nouri Al Jarra (Siria). © #25FIPM. Photo: Sara Marín


Nouri Al-Jarrah nació en Damasco, Siria, en 1956. Poeta y editor fundador de muchas revistas literarias en Beirut, Chipre, Londres y los Emiratos Árabes Unidos. Co-fundador de la reciente Asociación Alternativa de Escritores Sirios.

Vive entre Londres y los Emiratos Árabes Unidos. Con su primer libro de versos publicado a comienzos de los años 80, se convirtió en parte de la nueva ola de la poesía en prosa, en la que ha sido una figura importante junto con Abbas Beydoun, Bassam Hajjar y Salim Barakat.

Por todos los cambios por los que ha pasado su poesía, sobre todo en los cambios de ubicación, una cosa ha permanecido constante - la perspectiva infantil de una mirada directa, removiendo apariencias, dando un acceso muy personal a las preguntas de la poesía, el mundo, el amor y el tiempo.

Ha publicado, entre otros, los libros de poemas: El Niño, 1982; Niñez de una muerte, 1992; Un cristal oscuro, 1993; Jardines de Hamlet, 2003 y Obras Completas, 2 Volúmenes, 2008.

Los siete días del tiempo


Por Nouri Al Jarrah
Traducción del árabe de Ahmad Yamani
Revisión de Mónica Rebollar

I
¡Oh, poeta! Esta sangre que corre en tu poema ¿de quién es?
Ciego es tu poema
y ciega es tu voz.
El aire mece el llano y la hierba susurra al caído.
El trigo se alza
para ver el temblor de la colina.
El cuello del cosechador es la herida del arado.
Desde la cintura del Éufrates hasta la cueva de la sangre en el hombro del monte Qassioun.
Los vehículos silban y pasan.
Los vehículos aúllan.
El peso de las cadenas deja sus huellas sobre el asfalto de los pueblos.
Los vehículos ciegos arrojan ríos de lava sobre las fotos de familia.
Las madres corren, enloquecidas, con los niños, de una pared a otra
y esconden a la Virgen tras los jirones de las cortinas.
Las paredes de adobe caen y las espigas del verano se corrompen.
Un verano pasó. El siguiente se prepara.
El viento insolente se llevó consigo otro verano elegante que sangra por el cuello.
El cable en la mano del adolescente no se alargó.
El abuelo en medio de la calle se levanta.
No hay más jóvenes aquí.
La muela de la muerte los masticó y los escupió detrás de la colina.
Yo no escribo un poema: rompo mi mano contra el papel.

II
¡Oh, poeta! Esta sangre que corre en tu poema ¿de quién es?
¿Quién se ha quedado aquí para desangrarse?
¿Quién se ha quedado aquí para leer lo que el horizonte escribió sobre las hojas
y lo que dejó un poeta en el poema?
Las nubes de los niños viajan
y aparece la colina.
Las imágenes se agitan, el crepúsculo en el ojo.
El chico al que surcaron de largo las profundidades está tumbado, ensangrentado;
espera la mano de su padre.
Como el ocaso, las imágenes se ciernen sobre otras imágenes.
La sonrisa de quien salió a recoger moras el verano pasado.
El aturdimiento abraza al chico y lo devuelve, sonriente, a la mano de su padre.
El horizonte está roto.
Y la lluvia juega con los platos de los niños.
El actor dijo: “Hasta hoy, carecía de voz,
mi teatro se había enredado en el telón,
robaron mi ropa los ladrones
y mi voz estaba ausente, en un pozo.”
Una muchacha dijo: “No tenía ojos
y me convertí en una mariposa”.
El deportista bramó: “Mi sangre es mi voz”,
y arrolló al vehículo del grito en el paseo de la muerte.
Entonces, el muchacho cambió el día por su sonrisa.
En el huerto se cayó un planeta
y la tierra de las delicias se quebró bajo pasos sangrientos.
Al chico que se rompió la cabeza contra una roca, un campesino le dijo:
“Ahora escucho el temblor del invierno en la rodilla”.
Y ahora
su cuerpo reposa en la bala del soldado.
Llegó un camión que ayer transportaba sandías y hoy lleva
a familias dormidas en mortajas rojas y a campesinos que se convirtieron en enterradores, y tumbas, tumbas, tumbas…
En los rostros de los aldeanos de provincias se revelaban las sonrisas de los hombres.
Hoy,
los niños posan en las fotos
enmascarados.
Y la muerte pasa a buscarlos con su saco.

III
¡Oh, poeta! Esta sangre que corre en tu poema ¿de quién es?
En lo que queda del tiempo, el ocaso partió la cabeza de mi hermano;
su sangre chorrea por mi ropa.
Esta sangre ¿de quién es?
Esta sangre ¿de quién es?
Pide calma a las balas
hasta que el poeta escriba su poema, abra las ventanas
y lleguen los arrayanes a su cuerpo, que yace en el suelo.
Hasta que una mujer recoja su ropa tendida,
hasta que regrese un pájaro de la selva
y el ojo pose su mirada en el cuerpo vivo de la mañana.

IV
¡Oh, poeta! Esta sangre que corre en tu poema ¿de quién es?
Esta sangre que brota del cadáver del día
¿de quién es? ¿Sangre de quién?
La rodilla del tiempo está partida por la mitad.
Y el aire se agita, es un temblor de hierba tras otro.
Las imágenes son cuchillas que tragan quienes en ellas están detenidos.
Los soldados se inclinan sobre los fusiles mientras vigila la muerte centinela.
Un mártir que entregó a la tierra a otro mártir dijo:
“Sé mi guía en el camino,
no tardes mucho.
Sé mi apoyo en el cuento cuando mientan los historiadores,
Sé el dueño de la casa
y detalla toda la historia:
los ladrones encendieron el fuego en casa de mi padre,
los ladrones robaron la mejilla de mi hermana y la mano de mi hermano,
los ladrones mataron mis vacas y llevaron mis burros hasta el lago de la sangre,
los ladrones saquearon la luna de verano
y el corazón del viajero,
los ladrones ataron a las hermanas pequeñas con las cuerdas del campo
y rompieron sobre la piedra del pozo el cráneo del adolescente.
Los ladrones mancillaron las cortinas del sueño
y untaron con la sangre del alba los camisones de las jóvenes.
Cuando cayeron los biombos, vi lo que vi, tu cara asesina llenaba mi cara.
¿Este soy yo
o es mi enemigo?
En el campo te grité y vimos cómo los días se cambiaban de ropa
y el tiempo se escapaba de las manos.
En el campo te grité y en la montaña grité
y, en la ciudad, cuando bajamos,
vi tus ojos extraviados.
He aquí tu mano, que creció y se hizo áspera;
se mancha con mi sangre.
Salgo por una puerta y tú sales por otra,
No soy tu imagen y tú no eres la mía.
Te llamo:
Ven y toma lo que has cogido
y, con la mano tonta, dejo el hacha en la espalda y la oscuridad, en el abismo del corazón.
Ven tú, que persististe en ser el hijo de mi madre
y de mi padre,
en ser mi hermana,
y mi hija,
en ser…
mi funeral.
Tú, que eres el dueño de la mano
que jugó con los colores
cerca de mi mano
y juntos levantamos la piedra de la infancia sobre las agujas del tiempo.”

V
¡Oh, ciego! Esta sangre que corre en tu poema ¿de quién es?
¿Por qué salgo de un cuento y entro en otro?
Un poeta que vio a su madre en el lecho,
desnuda
y con la cara destrozada, dijo:
“¿Esta es mi madre mañana o es un árbol seco?
¿Quiénes son estos dolientes que salen por la puerta de un minarete,
y no de una taberna ni de una biblioteca?”
Un poeta vio la estrella de la mañana sangrienta
y dijo: “No recuerdo si es mi estrella”.

Un poeta estuvo treinta años arrastrando una Cruz en un libro,
transmitiendo a sus hermanos la idea de que el Cristo sufriente habita en su cabeza sufriente.
Los ladrones que salieron de una fisura de la pared de la nada rompieron la página del aire
y hundieron las ventanas en la muerte.
Un poeta dijo: “¿A quién llegó mi poema?”
¿Las balas no han dejado a nadie vivo, salvo el silencio?
Se alborota la ciudad chillona y el mártir lee su profesión de fe
a un hermano que ya completó la suya,
a una madre que a sus siete hijos dobló en un libro, y luego lo escondió temiendo el mal de ojo.
Nadie más que tú.
Nadie más que tú,
este viernes y cada viernes, hasta que los siete días del tiempo se conviertan
en escalas en la tierra, en escalas en el aire
y en cada fracción de martirio que corresponde a cada mártir.
Nadie más que tú.

VI
¡Oh, poeta! Esta sangre que corre en tu poema ¿de quién es?
Será sangre hasta que el ciego escriba su testamento y abra sus ventanas a la lluvia,
hasta que entren los mártires y fumen sus últimos deseos,
hasta que salga una mujer de un callejón
­-entre sus manos, un muchacho se rompe como una espiga-.
Sangre en la ciudad, en las pequeñas aldeas de provincias de los pobres,
sangre sobre los surcos del campesino, sobre el camino del tractor que atraviesa
el cráneo de lo oculto y lee el futuro del día.
Sangre que grita en una garganta dividida; el cuervo con sus alas gigantes golpea al hermano con la sangre del hermano,
sangre sobre el deseo del transeúnte, sobre el fracaso del fugitivo, sobre la infamia del espectador,
sobre el silencio del pensador que remueve sus ideas, moja sus frases con la sangre de los muchachos
y después lee los cadáveres a la luz de la filosofía.
Sangre sobre el ayer, el hoy y el mañana del asesino,
sangre sobre el lecho de quien copula con su mujer a la fuerza, desoyendo su corazón herido,
sangre en la cita de amor, en la agitación del paso apresurado,
sangre en los platos de comida,
sangre en la elocuencia de la voz,
sangre en el estado de alerta del extranjero, en el aire del día,
sangre en la palabra de amor,
en la tristeza del viajero,
en la huida a las aldeas que están detrás de las colinas,
en las ventanas abandonadas y en el rayo roto.
La sangre del hermano en el hacha del hermano.

VII
¡Oh, poeta! Esta sangre ¿de quién es?
Es sangre en la distancia. Se ve de cerca y de lejos.
Sangre en la mirada y en la pena de quien mira.

La madre graba su beso matutino sobre su frente fría:
salió a alquilar una bicicleta y volvió sin cara,

sangre en los radio de la bici y en la leche de la mañana,
en el agua del mediodía y en los caballos del carro,
sangre todo el día en las noticias del tiempo y en el cielo hambriento de la televisión.

VIII
¡Oh, poeta! Esta sangre que corre en tu poema ¿de quién es?
Las cuerdas de la ropa gotean y el ocaso extiende su tono rojizo sobre las casas.
Los hermanos nacidos en este tiempo llenan el cielo con su grito.

Nadie más que tú.
Nadie más que tú.

Sobre sus manos levantaron al más pequeño,
y su mortaja es su voz.
Su cuerpo convulso despertó la ira en la garganta del cantante.
De ti y a ti.
De ti y a ti.
Sangre en la distracción del cruce, en las pecas del chico, en su sonrisa escolar, en el libro del profesor, en la pregunta de la mañana,
sangre en la ronquera del adolescente, en el susurro del agua,
sangre en los árboles que olvidan qué pasó, quién se cayó y quién gritó de dolor.
Sangre en el manto del sol y en los hilos del día rotos como si fueran un cuerpo celeste desgarrado.
Picadura de sangre, picadura de balas, picadura de voces hirientes
y palabras atadas a cadenas de palabras.
El ojo hundido
en una imagen
llora sangre.
Coge esta imagen de mi ojo, coge la herida del ojo.
El minarete se rompe y se cae en la primera sura del Corán.
Y todo el día, todo el día,
mis manos mojadas,
mi pan mojado en sangre
y mis palabras me miran.
¡Oh, ciego! Esta sangre que mancha tus manos y tus palabras ¿de quién es?
Yo no escribo un poema: huelo la camisa para poder ver de nuevo*.

*N. del T.: referencia al pasaje del Corán que narra cómo José ordenó enviar a su padre Jacob su camisa para que supiera que estaba vivo y pudiera recobrar, así, la vista.

 

Sobre la reflexión


Por Nouri Al-Jarrah

A un poeta griego

Los invasores, que esperas fuera del poema,
están detrás de ti, en la ciudad:

el molinero hurtando cargas de grano,
el que robó la rueda del templo,
el comerciante con su resma de escrituras,
el juez de manos grasientas,
el abogado rabioso,
el oficial de pulidas medallas,
el soldado con una sombra en su labio
delgado y desnudo en la cama de una extraña,
el informante, el más vil,
el que presenta informes en la tinta de la bandera.

Los esperas en la ciudad alta,
con tus himnos,
con elevadas expectativas,
con espuma en la boca de los portavoces,
con balanzas de equilibrio seductor,
con banderas de batalla,
los invasores están detrás de ti
en el bazar, en el castillo.

Al-Hamidiya, ¿cómo hablarás
a la medialuna del Ramadán este año?

Los invasores, madres los esperan
en campos con jarras de leche
y padres llevan platos de comida
y abuelas traen bordados.
Los invasores, que despiertan los pensamientos de las mujeres
y tornan el agua un ardiente goteo,
atraviesan tus horas de vigilia
y tu sueño.

Así triunfa la imaginación sobre la ciudad,
las nubes de humo sobre las montañas,
los durmientes en la miel de las ideas triunfan
sobre aquellos que golpean la sal
y sobre vagabundos en la sangre de la noche;
Cómo triunfa el soldado durmiente
sobre el que se desvela,
Cómo el cobarde que corre triunfa
sobre el que no se rinde y se queda a sostener el muro.

El orador vehemente, el político flexible,
el cónsul escandaloso, todos cantan juntos
a la danza del vientre esta noche,
¡Viva la patria!
¡Viva la patria!

Nadie pide fotos de las víctimas,
ni los nombres de los heridos y los desaparecidos.
Lanzan muertos y heridos sobre carruajes
Volcando sobre ellos ramilletes de laurel y bolsas de cebada.

Los invasores, que esperas dentro del poema,
en la sombra, están contigo en la médula de la ciudad.

Traducción de León Blanco con la colaboración de G. Leogena

*

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Voix Vives Montpellier Youtube Nouri al-Jarrah (Syrie).Traduction: Saleh Diab. Lu par Ghislain de Fonclare, Présentation: M Thion.
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Publicado el 23 de febrero de 2015
Actualizado en agosto 23

Última actualización: 04/07/2018