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Jesús David Curbelo (Cuba, 1965)

Algunas variaciones sobre el amor carnal

II

 

Primero descubrimos el ardor de la boca. Vamos tomando al mundo su inocencia y su maldad con ese parloteo inoperante de los prístinos signos. El mundo sabe tierno, lenguaraz, pródigo en virtudes. El segundo escalón está en las manos: cada toque devuelve los olores, el peso de lo inerte, el subterfugio virgen de las pieles que habrán de santiguarnos. En el tercer peldaño el cuerpo todo investiga en los odres de Dios, cuece su indumentaria. A esa edad intuimos la textura de la carne y la fiebre, padecemos el miedo a las luciérnagas, a las sombras del sueño. Ya estamos listos para emprender la cábala que suele ser la infancia: el porqué de los monstruos. No resistimos que nadie se distraiga, el centro de la Tierra es ese donde estamos. Aparece lo cruel: privamos a los padres de la savia que no podrán negarnos. Se inicia el juego a ser nosotros mismos, la peripecia turbia donde impera el fulgor, esa necesidad de acometer el comercio con El Diablo. Ya no somos corderos, sino pastores ebrios de soberbia. Zarpamos hacia el fondo de lo inútil con la seguridad de que el honor será nuestra divisa. ¡Qué lejos anda, en ese vendaval, la costa! Cualquier cosecha nos parece el éxodo, la libertad para elegir iglesias, verdugos, tiranías. La carne se nos muestra inalcanzable, feroz, paradisíaca, con esa sorna propia de lo desconocido. “¿Cuándo será el arribo?”, preguntamos a nuestros similares, también a los mayores, sin saber que en lo múltiple del viaje consiste su elegancia. No hay bahías ni puertos, sólo enigmas desde la boca al alma. No hay sirenas ni batallas heroicas, ni pueblos conquistados, a lo sumo habrá unos cuantos crímenes al amparo de Dios. Nunca hemos de sentir nuevamente el centro de la Tierra. La carne se ha podrido sin llegar a probarla. Al otear divisamos un pasado que podemos variar por simple antojo, un futuro tal vez irreversible, un Yo rodeado de otros Yo por todas partes. Lo último que sentimos es la boca que ardió. El cuerpo que debieron censurarnos.


(De El mendigo de Dios, Editorial Oriente, 2004)

Analectas del exilio

 

Miro al mar. Cuento monedas.
Siempre aquí se mira al mar.
Entre mirarlo y contar
monedas pasan las vedas.
Y las vidas: naces, quedas
preso entre leyes y reyes
que amputan, dictan las leyes,
tuercen cuellos y eslabones,
acuñan las ilusiones
y nos tornan perros, bueyes,
buitres del oro y la sal,
títeres, cerdos, vampiros
que se nutren de suspiros
en pos del bien, y hallan mal.
Miramos. La vista es cal
contra el muro del vacío.
Nuestro muro. El tuyo. El mío.
Ese que, airoso, se erige
en cerco. Y vigila. Y rige
la mansedumbre, el hastío,
la piedra en la boca, el humo
entre las manos, el paso
circular, el campo raso,
el acíbar para el zumo,
la sangre, el látigo, el grumo
que somos ante la ley:
putas, mendigos: la grey
que mira al mar sin auxilio,
monedas cuenta, y exilio
suplica, burlando al rey.

Pero la burla es un juego
de espejos: en el exilio
no hay salvación ni concilio.
Es otro yugo: el del fuego
de la nostalgia, y el ruego
por regresar a la tierra
donde comenzó la guerra
por elevarse, por ser
viajeros, por poseer
otra cárcel —la que encierra
en su red tiempo y memoria—
donde nada se vislumbra.

En el exilio no alumbra
más luz que la misma historia
infinita de la gloria
buscar del parto a la cruz,
errar, bajar la testuz,
seguir siendo un extranjero,
ver el mar, contar dinero,
y soñar con otra luz.

¿Qué es la luz? ¿Dónde está? ¿Dónde
encontrarla puede el siervo
de sí mismo? ¿Dónde el cuervo
que grazna y se marcha? ¿Adónde
va, maltrecho? ¿Dónde esconde
la luz su rostro divino?
¿En el mar? ¿En el cansino
repicar de las monedas?
¿En las carnes? ¿En las sedas?
¿En el oropel del vino
que nos coloca el destino
siempre lejos de la boca?
¿En la cárcel? ¿En la roca
que es, a la par, fe y camino?
¿En el silencio? ¿En el trino
oscuro que nos alienta?
¿En el muro? ¿En la violenta
liturgia que nos obliga
a ser caballo y auriga,
guerra y paz, perdón y afrenta,
hambre y mesa suculenta
que es, no es, está y no está?
¿Dónde queda? ¿Cómo va
hacia esa luz que lo tienta
el hombre? ¿Cuándo la enfrenta?
¿Y cómo? ¿Y por qué? ¿Quién gana
en tal combate? ¿La vana
confianza de ser hostil?
¿El hombre? ¿La luz? ¿O el vil
simulacro de un mañana?

Porque habrá un mañana. Diana
hará en él el hombre adulto
al prescindir de ese culto
al dinero, a la sotana,
al rey y a su ley. Qué sana
sensación de hallarse libre
lo inundará cuando vibre
todo su ser bajo el nombre
de Dios, que le diga: “Hombre,
búscate en mí, tu calibre
es ser tú mismo y ser Yo
que a tu existencia me afilio:
soy tu luz, tu mar, tu exilio,
tu hartazgo, tu ley, tu voz”.

Habrá un mañana. Es en Dios:
cúspide y sima del pozo
de existir: ese alborozo
donde duermo mi acrobacia,
despierto, pulso la gracia,
miro el mar y aguardo el gozo.

 (De Libro de cruel fervor, Editorial Capiro, 1997)

Cuarta elegía del lobo

 

A Rafael Almanza

Cuando yo digo agua creo que lo he dicho todo.
Digo aire, fuego, piedra, polvo, sangre.
Todo cabe en el agua,
nace de ella,
en ella se fecunda, o la fecunda.
La lengua saborea sus sílabas sedosas:
agua, digo,
y me recorre un río la garganta y las vísceras;
pienso, agua,
y me hundo, transparente,
en su alivio tan húmedo;
agua, suspiro,
y reaparece el fuego, el derrotado;
la piedra, la pulida;
el aire, macho rápido del agua;
el polvo, novio ardiente que la espera.
¿Y la sangre?
¿Y la usura más cálida que nos lleva a morder,
como si el diente no naufragara en la virtud del agua?
Agua y sangre se beben.
Bajo a beber al cuello y la laguna.
En el cuello descubro el polvo antiguo
del orgullo y la estirpe,
la piedra de la gloria,
el aire que macera la ignorancia,
el fuego donde arden la pulcritud y el grito.
Me aguarda en la laguna el fango torvo
donde mis patas se hunden, fallan, tiemblan
con la fragilidad del cazador que yerra el blanco
y se queda a merced de mis colmillos.
Agua y sangre pernoctan en mi boca.
Cuando yo digo sangre el mundo me penetra y lo penetro.
Digo músculo, hembras, huesos del vendaval que me calcina.
Todo canto es mi sangre y flota en ella
porque la sangre acata los clarines, los címbalos, la euforia,
y también la miseria del mendigo,
el llanto de la puta que soñó con ser reina,
las llagas del enfermo, sus humores,
la carne palpitante que habrá de ser carroña sin remedio.
Agua y sangre confluyen.
Por mi sangre navegan las historias del hombre y la manada,
del tigre y del rebaño,
de los bueyes que pastan su desidia y los premian con hierro,
de los caballos prestos a cocear en la frente al suplicio,
de los perros procaces que lamen siempre el sexo de sus dueñas,
de las castas, los clanes,
la espuma en que se asfixian la angustia y el recuerdo.
Agua y sangre se mezclan.
Son como un gran torrente donde nacen la perfección y el odio,
el perdón y los crímenes,
las guerras y las nupcias,
la paz y la leyenda de las patrias.
Agua y sangre en mi sueño.
Agua.
Sangre.
Cuando yo digo agua creo que lo he dicho todo.
Digo aire, fuego, piedra, polvo, sangre.
Las palabras que faltan son inútiles:
pues trocan agua en sangre y sangre en agua.
Yo sólo sé el secreto de mi idioma
y en él bebo el enigma de la muerte,
de la naturaleza y el vacío.
Mi sed es tan intensa como el fuego,
tan dúctil como el aire,
como la piedra, altiva,
como el polvo, recóndita,
infinita, inasible, tortuosa como el agua y la sangre.
Cuando yo digo agua firmo un pacto
y la sangre de un lobo nunca engaña
porque, ¿qué he de perder si ya no tengo
la pericia del aire,
la voluntad del fuego y de la piedra,
la sapiencia del polvo,
el candor y las náuseas de la sangre y del agua?
Cuando yo digo agua digo vida
y cuando digo sangre
entro en la eternidad, me instauro, gozo.


El pan

Músculo, sangre, envidia, paz, amor,
son las insignias de fundir la masa
lujuriosa del pan, la que se tasa
en un chorro de semen y sudor.

La mano mezcla, gira, amasa, engulle
el sinsabor tribal de la doctrina.
Soy el horno, la mano, el don, la harina.
El hambre muere en mí, y de mí fluye.

Listo a ser devorado siempre yazgo.
Devoro. Me renuevo en el hallazgo
de bautizar la luz y el orificio.

Músculo, envidia, sangre, amor y paz
nutren mi semen, mi sudor: el haz
de masa tumultuosa donde oficio.


La sal


Grano a grano cayendo la sal nutre.
Con la pizca inicial el cuerpo tiembla,
después asume el salmo de la siembra,
asimila el escándalo, lo sufre.

“Del dolor sí, mas no de la inmundicia,
se puede hacer materia de poesía”,
dice el honrado. Yo le contradigo,
pues de dolor y de inmundicia vibro
y de ambos alimento mi argamasa
como quien seca al sol la única manta.

La inmundicia es el cántaro y el nervio
donde la sal instaura su reinado,
es la llave de Dios, es el amparo
contra la ambigüedad del universo.

 

 (De El lobo y el centauro, Editorial Capiro, 2001)

Cirios

(ceniza)

Todos los hombres que te amaron antes
amasaron tus ansias,
maceraron tu espíritu,
tras el ingenuo afán de poseerte.
Sin saberlo, te estaban educando
para llegar a mí. Yo te recibo
con la serenidad del último maestro:
te dejo ser tú misma,
que te aprehendas
en el duro ejercicio
de celebrar tu libertad total.
Si luego decidieras elegirme
como heredero de tus testimonios,
sería el dócil alumno que precisas
para enseñarle dónde empieza el mundo
y cuál es el destino de la especie.

(fuego)

El fuego y la luz son
tan contrapuestamente similares
que no alcanzo a vencer el extravío
de hermanarlos en uno.
Nunca sé distinguir
entre la quemadura y el fulgor,
porque ardo igual en falta que en aliento
en la hoguera sin fin donde se escuece
mi claridad de fénix.
Arde conmigo. Deja que ilumine
nuestra múltiple fe el abrupto paso
hacia esa calidez donde la culpa
se transfigura totalmente en soplo
que acrisola la luz y el fuego aviva.

 

 (luz)

De ciudad en ciudad
vamos trazando
el mapa de este amor.
Cartas, citas, mensajes,
enlazan tu hemisferio con el mío
en la cartografía del espíritu;
sangre, saliva, semen y sudor
conforman los océanos
donde la carne baña
su continua inquietud de continente.
Acude a ambos bautismos:
unge tu cuerpo con mi aceite amargo,
el que destila el alma entre el tormento
de perseguir a su mitad gemela
hasta ese umbral en que la muerte funda
la ciudad infinita del amor.


Parques

 (Plaza de San Juan de Dios. Camagüey)

Mientras caía el muro de Berlín, mis amigos y yo soñábamos con alcanzar el éxito.
Rafael quería obtener el Premio Nobel, Gustavo hacer un filme con la esencia abisal
      de La Poesía,
Daniel tener un auto y publicar en Plaza, Néstor actuar en Viena,
Jesús poseer lo eterno, Oneyda aprisionar lo que escapaba;
yo adquirir un reposo donde el alma y el cuerpo se hermanasen.
Nos íbamos de noche hasta la plaza a reemprender el juego de querernos.
Había ateos, santeros, comunistas, católicos, y las conversaciones discurrían acerca
     del poder y de la gloria,
de la necesidad y de la libertad, de la importancia de la conversión para salvar al mundo.
Amanecíamos siempre, al amparo de un mal alcohol casero,
creyéndonos los amos de La Historia y los reformadores del destino del hombre.
Las reyertas de entonces parecían no pasar de torvos simulacros.
Después, mientras crecían el hambre y la inconstancia,
mis amigos y yo trocamos las palabras y confundimos éxito y exilio.
Daniel se marchó a Miami, Jesús se fue a La Habana,
Néstor se escapó a Suecia, Rafael a su escéptico ostracismo,
Gustavo a sus películas, Oneyda a sus temores,
yo, al fondo de mis propias inmundicias.
Hoy, mientras se alza el muro de Internet y crecen el cinismo y la ausencia de diálogo,
mis amigos y yo apenas nos cruzamos un saludo consabido y prudente:
es demasiado el peso del fracaso, supongo, y no nos toleramos las excusas los unos a los otros.
La plaza es sólo el símbolo de la ausencia de arraigo
y no la visitamos salvo para embaucar a los turistas con la paz del terruño.
Mañana, mientras Don Rafael reciba el Nobel, Gustavo filme en yámbicos,
Daniel publique su novela en Plaza, Néstor estrene en Viena un drama de Ionesco,
Jesús se agencie al fin su salvación y Oneyda sus poemas inmutables,
yo seguiré buscando el equilibrio, y volveré del viaje hacia mí mismo para fundirme
     al prójimo.
Otra plaza me espera. En ella mis amigos sabrán lo que yo sé:
el éxito es el éxodo: salir, unirse al todo, que es el Uno.

 

Jesús David Curbelo     nació en Camagüey, Cuba, en 1965. Es poeta, novelista, cuentista, ensayista, conferencista, editor, crítico literario, traductor y profesor universitario. Licenciado en Literatura y miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

Ha publicado los libros de poesía: Insomnios, 1994; Extraplagiario, 1995; Salvado por la danza, 1995; Libro de cruel fervor, 1997; Libro de Lilia Amel, 1998; El lobo y el centauro, 2001; Cirios, 2002; Apología del silencio, 2003; El mendigo de Dios, 2004; Parques, 2004; Éxodo, 2004; Aprendiendo a callar, 2005; Sonetos imperdonables, 2006; Cárcel, memoria y abrigo, 2008; Las quebradas oscuras, 2008; Lilia Amel, 2010; Dialéctica del silencio, 2012; Anatomía del fracaso, 2012 y Quemadura y fulgor, antología, 2013.

Ha obtenido premios por su narrativa y ensayo y más aún por su obra poética, destacando entre ellos los premios de poesía: “David”, 1991; “Emilio Ballagas”, 1993; “Adelaida del Mármol”, 1994; Fundación de la Ciudad de Santa Clara, 1996; y “Bustarviejo”, 1998. Ha impartido conferencias en Europa y América, sobre literatura cubana contemporánea, tendencias, movimientos y autores.

Presentación y recursos EcuRed
Entrevista cubaliteraria.com
Poemas Circulodepoesia.com/
Entrevista Racso Morejón. Isliada.org
Poemas Circulodepoesia.com/
El ser y la nada Por Jesús David Curbelo Isliada.org


Publicado el 22 de agosto de 2015

Última actualización: 04/07/2018