Festival Internacional de Poesía de Medellín

Poetas invitados al 25 Festival
Internacional de Poesía de Medellín

Julio 11 al 18 de 2015

Poetas de América



La palabra manumisora


 

Por Isabel Dunas
Especial para Prometeo


“Difícilmente abandona su lugar lo que mora cerca del origen
Hölderlin


Vivimos en una época vertiginosa, voraginante, una época en la que el diario vivir nos impele a la acción inmediata, a la consecución sin tregua, al adiestramiento de todos los sentidos. Una época que no perdona al distraído, al incauto, que nos usa como un recipiente en donde depositar toda su injuria, para luego olvidarnos fácilmente. Y todo para qué, para que podamos gozar de los frutos perniciosos de nuestra entrega, porque en una época determinada por la inmediatez y el consumismo, al parecer lo único que nos queda es dejarnos engañar con ilusorias y artificiales fascinaciones. Accedemos a la perfidia, pues ante un mundo tan prefabricado, pretender correr todos los velos para llegar a ver qué hay tras bambalinas, nos podría dejar navegando en el sinsentido. Entonces preferimos dejarnos manejar como marionetas por manos lisonjeras, antes que enfrentar una verdad aplastante; aunque en el fondo todos sabemos muy bien que con nuestra indiferencia, sólo seguimos ahondando una herida abierta que no para de desangrarse.

Sin embargo llenarnos de culpa y remordimientos tampoco sirve ni ha servido nunca de nada, de hecho eso hace parte del juego y de esos hilos que manipulan tan vilmente nuestras emociones. Los hilos que nos venden los ideales de abundancia, confort, riqueza, fama, belleza física, placeres mundanos ilimitados, son los mismos que nos venden la idea de que es nuestra responsabilidad salvar al planeta, comer sanamente, cuidar la salud, ser moderados, o sea, nos venden una contradicción; les compramos pura ansiedad y angustia existencial.  

Entonces qué debemos hacer, ¿hay que hacer algo acaso? ¿De qué somos responsables realmente? Aquí es donde penetran en nuestra mente todas estas preguntas y lo más frustrante pienso, es que no hay una gran verdad a la que podamos adherirnos y que nos pueda redimir. He visto a la personas cambiar de religión y de gurú como cambiando de ropa, o pasando por la mano de todos los especialistas en la salud física y mental, o siendo adoctrinados con cualquier seudociencia; en fin, adoptando el discurso que venga del consenso que les parezca. Yo misma he sido víctima de esa agitación social y me he dado cuenta de que poco puedo hacer para cambiar ciertas cosas: Que no debo permitir por ejemplo que quienes realmente están acabando con el planeta, nos metan la mentira de que si no reciclamos en la casa destruiremos el medio ambiente; cuando ellos, no están dispuestos a dejar de producir su basura contaminante, verdadera raíz del problema. En lo que a mí respecta cuando yo nací, llegué a un planeta que ya estaba absolutamente industrializado, con una economía basada en la  obsolescencia programada, cosa que ha sido concluyente para entender el por qué de nuestra situación actual. ¿Y tengo que sentirme mal yo, porque no me baño una vez a la semana como en el viejo continente lo hacen algunos “ambientalistas”?, no quiero ni pensar en las toneladas de agua que cada año quedan contaminadas con los derrames de petróleo, o con el mercurio que usan para la extracción del oro que realmente beneficia a unos pocos, los mismos que nos piden mesura y que nos dan pan y circo.

Ahora bien, en ningún momento pienso que estemos exonerados y que podemos hacer lo que nos plazca; pero ¿cuál sería la motivación hacia unas intenciones más sanas y constructivas? Realmente es difícil encontrar una respuesta satisfactoria en una sociedad con tan poco sentido ético como la nuestra. Aún así, caer en un sentimiento nihilista es tan inútil como aspirar a una vida en la que podamos encontrar soluciones determinantes; como diría Estanislao Zuleta, “no podemos someter la realidad al ideal”. La cuestión es que aquí estamos, sea por la razón que sea y mientras sigamos aquí, es preciso recorrer este camino de la vida con una conciencia más profunda de quiénes somos y de dónde estamos parados. Sólo basta detenerse a pensar en el universo tan inmensurable y maravilloso que nos rodea, para apreciar el milagro que supone estar vivos. Por eso sí es importante cuidar lo que somos y el planeta que tenemos, pero sin culpa, sin esperar grandes resultados; hacerlo sólo porque es bueno, por una armonía del ser.

¿Por qué no tomar entonces una posición más relajada y conectada con nuestros orígenes, en vez de pasarnos la vida quejándonos o buscando encarnar un ideal de perfección que no existe? ¿Por qué además de eso no aprovechamos más el tiempo para disfrutar de las personas que amamos y poner nuestras ideas al servicio de unos intereses más nobles? Eso definitivamente sería mejor que esforzarnos tanto por conseguir un estatus social y dejarnos absorber por una vida virtual, que es lo que ahora reina en nuestros actuales sistemas de comunicación. Si bien las redes sociales pueden ser útiles y servir como medio de expresión y aprendizaje; también son una manera de esconderse y de no enfrentar lo que realmente somos ante el otro, o incluso, de sofocarnos en una falsa seguridad. Pues a pesar de la hostilidad del mundo, es mejor aprovechar la oportunidad de ser y de estar con toda intensidad, que perdernos de la vida frente a un computador; el cual finalmente no nos salvará de nuestra fragilidad y de nuestros miedos, sólo nos anestesia. Cómo nos dice Estanislao Zuleta en su elogio de la dificultad “En vez de desear una sociedad en la que sea realizable y necesario trabajar arduamente para hacer efectivas nuestras posibilidades, deseamos un mundo de satisfacción, una monstruosa sala-cuna de abundancia pasivamente recibida”

En este punto considero pertinente cuestionarnos acerca de la manera en la que nos representamos el mundo y también acerca de cómo usamos el lenguaje. ¿Cómo comunicarnos mejor? ¿Y para qué intentarlo, cuál es el sentido de todo esto?

El sentido de esto, y estoy convencida de ello, es precisamente el misterio que nos circunda, ese misterio tan inabordable que abate, que nos deja sin armas pero que también nos intriga y nos seduce. ¿Por qué intentarlo?, porque no tenemos nada que perder y sí todo para ganar. Ya que ante una crisis social tan devastadora y nuestra inminente mortalidad, lo único que nos queda es reinventarnos a cada paso, redescubrir el mundo con cada amanecer, enfrentarse a ese sinsentido y tomarlo como esa hoja en blanco; la cual, no sólo nos sirve para abocarnos a la creación, sino también como una ruta de acceso a una realidad oculta, tras un lenguaje que se ha vuelto conciso. El sentido del sinsentido, es dar apertura a la palabra más allá de esas etiquetas que les hemos puesto a las cosas; etiquetas que nos sirven para nombrarlas, clasificarlas y por ende, controlarlas. Pero viviendo así,  en una estructura simbólica tan definida, ésta termina convirtiéndose en nuestra cárcel y muy posiblemente, oculta el verdadero ser de las cosas. Creo que es indispensable y es un asunto ético, el de devolverles a las cosas su esencia a través de la experiencia poética; usar el lenguaje como instrumento de reconexión, revivir la sensibilidad adormecida.

Estar inmerso en la experiencia poética es volver a una mirada limpia, libre de prejuicios. Es tener la intuición despierta, intuición que nos da un conocimiento distinto de las cosas, pero que no tiene nada que ver con creer encontrar las respuestas del universo a través de ese conocimiento, sino más bien con el hecho de saber ver, de saber cuándo detenerse o cuando continuar; es una intuición, que al ser escuchada nos enseña a ser respetuosos, nos enseña a ser armoniosos y a vivir en compañía, ¿y en compañía de qué? del otro, de lo otro. Recordemos a Alberto Caeiro:

“La asombrosa realidad de las cosas
es mi descubrimiento de todos los días.
Cada cosa es lo que es,
y me cuesta explicar lo mucho que eso me alegra
y lo mucho que me basta.

Sólo hace falta existir para ser completo.”

La experiencia poética es extraer la poesía del mundo, hacer visible el ser que se oculta en el ente como diría Heidegger: “El poeta nombra a los dioses y nombra a todas las cosas en lo que son. Este nombrar no consiste simplemente en proveer de un nombre a una cosa ya conocida de antemano, sino que cuando el poeta dice la palabra esencial, en virtud de esta nominación, el ente es nombrado por primera vez a lo que es. De este modo es conocido como ente. La poesía es fundación del Ser por la palabra”

En el caso del poeta  Alberto Ceiro es un aprender a ver, Heidegger propondría un aprender a nombrar para poder ser. Yo propongo que nos volvamos todos poetas aunque no todos escribamos poemas. Que veamos y nombremos mejor. Que no caigamos en una ceguera insalvable, que volvamos al origen identificando los verdaderos símbolos, dejándolos brotar recorriendo rutas verbales que puedan emparentar a las razas y a las naciones. Es preciso darle forma a la belleza y esto es posible cuando preguntamos por lo sublime, como dice Octavio Paz,  “lo poético es poesía en estado amorfo”. Entonces cuando escudriñamos en las cosas, ya sea por la pintura, la escultura, el teatro, la danza, la literatura, la música; ya sea por ejercer con amor un oficio o profesión, le  devolvemos a las cosas su sentido; volviendo a Heidegger, “El hombre, al hacer con las cosas su proyecto libre de ser, regala a estas su sentido, su ser.”

Octavio paz también nos dice en su libro el Arco y la Lira: “La poesía es metamorfosis, cambio, operación alquímica, y por eso colinda con la magia, la religión y otras tentativas para transformar al hombre y hacer de «éste» y de «aquél» ese «otro» que es él mismo. El universo deja de ser un vasto almacén de cosas heterogéneas. Astros, zapatos, lágrimas, locomotoras, sauces, mujeres, diccionarios, todo es una inmensa familia, todo se comunica y se transforma sin cesar, una misma sangre corre por todas las formas y el hombre puede ser al fin su deseo: él mismo. La poesía pone al hombre fuera de sí y, simultáneamente, lo hace regresar a su ser original: lo vuelve a sí. El hombre es su imagen: él mismo y aquel otro. A través de la frase que es ritmo, que es imagen, el hombre —ese perpetuo llegar a ser— es. La poesía es entrar en el ser.”

Bueno, entremos en el ser entonces, estemos aquí y ahora. No limitemos la expresión del movimiento cósmico a palabras que se vuelven utensilios. La experiencia poética es una constante recreación y descubrimiento, está más allá de los intereses del poder o de la vanidad. La palabra tampoco puede caer simplemente en un requerir o nombrar lo que necesitamos para sobrevivir. La palabra puede ser manumisora, entregarnos las llaves que abren las puertas a la conciencia del ser. El lenguaje poético no sólo le da su lugar a la belleza, también a la bestia, nos la muestra, la conocemos y la volvemos poema, deja de ser tan hostil; nos reconocemos en nuestra alteridad y aprendemos a amarnos. Debemos ser herreros de las palabras, convertir el lenguaje en la poesía errante, ondeante, pacífica, es una labor alquimista. La poesía es el oro del lenguaje.

“La palabra, al fin en libertad, muestra todas sus entrañas, todos sus sentidos y alusiones, como un fruto maduro o como un cohete en el momento de estallar en el cielo. El poeta pone en libertad su materia.” Octavio Paz

Febrero de 2015

LECTURAS DE APOYO
Octavio Paz, El Arco y La Lira
Estanislao Zuleta, Elogio de la dificultad
Eustaquio Barjao, Heidegger: Hölderlin y la esencia de la poesía


Acento

Empiezo a escribir
De nuevo me invento
Habito la tinta
Me habito en el instante en que escribo
Mis dedos trazan la línea del tiempo
Esa línea en la que me habito y me pierdo
Mis dedos conducen palabras de arena
Rompen la materia y la transforman
Sinuosamente
Como el viento a las dunas
Como el agua a las piedras

Empiezo a leerme
Habito el fantasma de mi anterior huida
Habito los restos lunares de la ya consumada noche
Escurridiza noche de mi primera juventud
Colmada de gozosas inarmonías
Hoy no logro embriagarme con sus azuladas canciones            
No quiero extraviarme en sus imantados desiertos
Ya no comulgo con el veneno de su ambrosía

Empiezo a extrañarme
No me habito
No me alcanzo
Voy reptando por los grafemas
Me aferro a la proximidad del último aliento
De la última sílaba
Busco lo que es más real en cualquier gesto
Tal vez me encuentre en los intervalos
Voy tan etérea
No me alcanzo
Apuro la caligrafía
“Lascia ch’io pianga” en mi oído
Y toda la densidad universal contra mi pecho

Empiezo a sentirme
Me permito devenir con cada acento
Me encuentro allí
En el lugar en donde le devuelvo a la palabra
Su ruta sonora
En la cornisa de cada renglón
Justo antes de la caída 
Me encuentro tejiendo mi cadencioso entramado
A mis viejas melancolías les canto con furia
Les arrojo temerosa mi torpe filigrana
Me despido de ellas perdonando al tiempo                                         


Enero de 2015

El último blues



Hubiera preferido cantar blues en cualquier pequeño sitio lleno de humo
en vez de pasarme las noches de mi vida escarbando en el lenguaje como una loca.
Alejandra Pizarnik, París 1960-1961

 

¿Por qué no dejaste de escarbar?
Yo no dejo de hacerlo
¿En dónde suena tu blues incongruente?

¡Alejandra!
¿Encontraste las arenas de tu orilla?

¡Alejandra!

Mi hermosa náufraga
Yo también siento el horror de habitarme

Igual que vos
Soy una idiota enamorada del aire

¿Te llevo a donde estás
La humareda como consuelo?
¿Pero dónde estás hermana?

En estos libros sos mi personaje preferido
En las muecas de mi espejo
sos la literatura del silencio

Tengo miedo  Alejandra
De no saber cantar el último blues

Quiero hallar tu voz en la noche

                                                                       
                                                                                                                2008

 

La palabra pronunciada

Yo recuerdo, la palabra pronunciada
Recuerdo…
Supimos entonces del deseo,
Nos empapó la tempestad que trajo la noche.

Fuimos iniciados, hermano mío,
Esa tempestad se hizo llanto en nosotros
Por ser torpes en el rito.

Sólo nos quedó la sal cuando fuimos destilados,
Sólo fuimos arrojados al exilio.

 Ahora,
Cuando el río en nosotros se convierte en desierto,
Ahora que en nuestra barca aérea
Encausamos los vientos a una nueva orilla,
Recuerda, hermano mío, la palabra pronunciada,

Recuerda…

Hemos atravesado las dunas con nuestros remos,
Hemos tenido que reinventarnos en estos laberintos.
La sal nos baña, pues, son duras hermano,
Estas jornadas polvorientas.

Mas en la noche la hora más grata
Es la que aún no es conocida.
Y cómo, si no conocemos la noche misma
Ni el beso que le da al día,
Ni como es bendecida y preñada
Con un rumor húmedo y cálido.

Ya hemos mirado pero no hemos visto
Ya hemos oído pero no hemos escuchado.

Por eso sólo en sueños,  recuerdo,
La palabra pronunciada.

Fue murmurada en el agua cuando aún yo dormía
Me abrigó con su aliento una antigua melodía
Me arrulla un tarareo nocturno,
Es una canción sin sonido que inunda el silencio.

Cuando atravieses con tu espada, hermano,
La corteza ruda que me cubre,
Canta una canción al fuego
Y cántala bien quedo en la sombra.

Que el filo de tus palabras alivie mi sordera
Porque el filo de la gran noche enfriará mis latidos.

Cuando la hora más grata arribe
Dejémosla ser raíz amarga en la boca.
Bebamos la palabra, pues ya ha sido  pronunciada.

                                                                                         

 2012

 

Ojos paganos

Y mi mirada se fue hacia lo alto y lo hondo
Dos grandes esferas de oscuridad se alzaron a la luz

Con estos ojos anduve la voluptuosidad del poniente
Arrullando luciérnagas que no eran mías
Despejando rústicos bailes en ondulaciones perennes y elocuentes

¿Qué será de mí apoderada y abrumada siempre por un dios distinto?
La carne se hiere, la saliva se calienta y el refugio de los astros
No es el mismo

¿Qué será de mí con esta pesada melancolía?
Un sentimiento barroco ha embriagado a mis musas
Una confusión de espectros y ropas
Ha vestido los huesos de alaridos descompuestos

¡Me viene de nuevo la fiebre!
Ese estremecimiento de los demás sentidos
Ese despertar que sólo me indica otro sueño
El más indescifrable, inefable, insondable
Ese abrir los ojos para no ver nada y sentirlo todo
Amar sin saber lo que es eso, desear sin medida lo que nunca he sido

Y canto, lloro y bailo porque los dioses me lo han pedido
En sueños me dictan las palabras que pronunciaré en el abismo
Me hacen danzar sin piernas, al son de la locura, con música muerta
Esa multitud grita y goza más humanos y más expuestos
Como mis señores y mis verdugos

Que me llenen de claridad, de poesía
De balcones agrietados si quieren
Para caer de nuevo, para seguir cayendo
Poseída sin fin, más allá,
Yo
Siempre
Toda la que fui y la que seré
Con mis ojos paganos
Porque soy poeta
Porque muero por serlo
Porque no me importa morir

 Enero 2007

Espejismo del alba

1

He subido a la colina de la memoria sin firmeza en el alba.
He subido con ensoñaciones amargas y me hundí en el pecho
la consciencia de lo incierto.
Como una daga me hundí las ganas de nada
Y lloré sangre en la colina de la memoria,
donde el día no llega, y son estrellas sordas
las que iluminan el firmamento de escarcha.

2

Un medio sol, helado en el reflejo,
ha hecho de las montañas rosadas su morada.
Y mis ojos de sangre empapados se adivinan a sí mismos,
pupilas de nieve sin asombro.
Sobre las primeras arrugas se adivinan a sí mismos;
cortos en las visiones, largos en las distancias,
de una niñez perdida atrás de esas montañas.

3

Se presenta ante mí un falso ser con retinas dentadas,
desgarrándome en imágenes de dolor,
atravesándome como un eco sin dueño,
por un canal de ira al no pertenecerse.
Siendo quien no es transita aletargando mis delirios.
En esta colina el frío es como el desierto.
Un laberinto en soledad.

4

Si eres mi semejante ¡Oh espejismo del alba!
Seamos una mentira armoniosa y fulgurante.
Seamos en la eternidad como en el océano,
la profunda tempestad de lo presente.
Maticemos el tiempo con nuestra existencia improvisada
y en las colinas del olvido,
inventémonos serenos y cercanos.            

 
 Febrero 2006


Vacío estridente

¡Crujir, crujir de los huesos!
Errando en la noche mediana,
llevo el satélite en mi cuello atrofiado y sin astros cercanos.
Maquinaria oxidada, sedentarismo en los engranajes.
Mis huesos crujen como madera vieja.
En el silencio de la noche
soy una marioneta crepitando.

¡Rechinar, rechinar de dientes!
Volante, espiral y áncora desencajados.
Mi reloj interno está fallando.
Minimizada en mi perplejidad,
me escurro grasosa entre los piñones.
En el remolino del tiempo
soy un círculo cerrado.

Allá afuera las cosas me sobreviven.
La lluvia siempre moja las casas, me moja por dentro.
En el hogar de mi íntima sensibilidad,
que es el centro del universo como cosa cualquiera,
soy un punto aparte.
Después no hay unos, no hay ceros y yo nunca he sido.

¿Por qué se me presenta la noche tan hermética?
¿A qué juegan Venus y Marte con migo en el medio?

Afrodita divina, es de mares de lava
que has venido a cubrirme de espuma.
Es en tu lecho de magma,
donde juegas con Ares y Hefesto a la guerra del amor.

Soy una mitad sin simetrías,
una pisada sin movimiento,
una huella de Aquiles.

Desde mercurio me pasa un silbido atronador atravesándome el hígado.
Ahora soy marioneta hecha ceniza.
Mi bilis quedó disgregada y negra,
por siempre girando en los anillos de Saturno.

El silbido retumba en el Tártaro.
Se me devuelve desde Plutón con furia visceral.
Mas yo nunca he sido, tengo por órganos un vacío estridente.
El silbido se pierde sin mí, la lluvia sigue mojándolo todo
y me encuentro melancólica por lo que no conocí.


    Abril 2005

Publicado el 29 de mayo de 2015
Actualizado en agosot 21

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