Festival Internacional de Poesía de Medellín

Poetas invitados al 25 Festival
Internacional de Poesía de Medellín

Julio 11 al 18 de 2015

Poetas de América


XX Festival Internacional de Poesía de Medellín, en el Concejo de Medellín, en julio de 2010


Gustavo Garcés   nació en Medellín en 1957. Es autor de los siguientes libros de poesía: Libro de poemas, 1987; Breves días, Premio Nacional de Poesía, 1992; Pequeño reino, 1998; Espacios en blanco, 2000; Libreta de apuntes; 2006; El taller de la llama, 2008; Breve días, antología, 2000; Hasta el fin de los números, 2012 y Una palabra cada día, 2015.

Su poesía, reconocida por su delicada precisión e intensa y expresiva brevedad, rebosa de humor, inteligencia y celebración, reflexión y memoria, de la naturaleza y el mundo.


El taller de la llama. Poesía, pedagogía y derechos humanos


Por Gustavo Adolfo Garcés
Imprenta Nacional de Colombia, Bogotá, 2008, 58 págs.

No son muchos ni muy buenos los libros que, echando mano de la poesía y de la literatura en general, se propongan objetivos políticos para educar y despertar la conciencia crítica y la sensibilidad de una sociedad determinada. Aparte de la fallida literatura y del pésimo arte producidos bajo el llamado realismo socialista, pocos intentos de buena calidad pueden contarse en tal sentido. Tal vez ni exista ese tipo de libros que ahora menciono, y el que a continuación voy a reseñar sea el primero en un género tan singular, al menos en nuestro país.

A lo largo de la historia, sin duda, en ocasiones la literatura y el arte han servido de vehículos en tratamientos terapéuticos psicológicos, por ejemplo, y en ello, creo, ha habido desde ensayos más o menos serios hasta torpes especulaciones y afanes mercantiles propios de géneros que pueden recibir el nombre de autoayuda, o cosas por el estilo. Ente otras razones porque dichos “inventos” son realizados en la mayoría de los casos por quienes utilizan la literatura como un objeto, una herramienta que, igual que un destornillador de estrella, les sirve para aflojar algún tornillo, bien en una compleja estructura mecánica, bien en la cabeza de algún necesitado paciente. 

El libro de Gustavo Adolfo Garcés (Medellín, 1957) cuenta en la portada con el logotipo de la Procuraduría General de la Nación y un texto al lado que reza: “Delegada para la Prevención en Materia de Derechos Humanos y Asuntos Étnicos”. Todo eso dice. 

El autor del libro, abogado, se desempeña como asesor de la Procuraduría en materia de Derechos Humanos y Asuntos Étnicos, pero, al igual, es poeta, y buen poeta. Garcés es Premio Nacional de Poesía de Colcultura en 1992 y autor de Libro de poemas (1987), Breves días (1992), Pequeño reino (1998), Espacios en blanco (2000)y Libreta de apuntes (2006). En los años ochenta, en la Universidad de Antioquia, fue coeditor de la revista de poesía La gaceta, clave en aquellos momentos y de gran importancia para descifrar después cómo se hacía el camino de varios de los mejores autores, hoy ya probados por el tiempo. Entonces, claro, para este autor la poesía no es un destornillador de estrella. Sus libros son bellos y simples como la risa que abunda en sus páginas. Esa es la mejor razón para que en los talleres que hizo con sus compañeros de trabajo, tendientes a entender mejor el valor de la vida y la necesidad de llegar al dolor de los demás por medio de pequeñas cosas y de las naturalezas elementales, echara mano de la poesía oriental, de la poesía indígena, y de una antología importante de poemas con el tema de la violencia que se han escrito en todas partes del mundo y en lo cual Colombia pone lo suyo, que no es poco. Una ojeada a los títulos de los capítulos del libro da una idea clara de las intenciones del autor: “Ejercicio 1: el poder integrador del haikú”, “Ejercicio 2: la riqueza de la poesía indígena y negra y los derechos de los grupos étnicos”, “Ejercicio 3: poesía, violencia y el desplazamiento forzado”, y “Ejercicio 4: la llama de una vela: metáfora de esperanza social”.

“Los talleres buscan despertar esa sensibilidad dormida. La lectura de los textos literarios es al mismo tiempo un acto público y de absoluta intimidad; ello posibilita una particular mirada crítica, sustentada no en las directrices de un profesor, sino en las reflexiones que el poema provoca”, dice Garcés en el prefacio, y, en consecuencia, hace que los grupos escriban después de las lecturas y de los comentarios de los textos que, además, efectúan como verdaderos rituales, ceremonias provistas de silencio y de respeto, porque lo que hay en juego es la eficacia de la palabra, de verdad, frente a las azarosas realidades que a diario tienen entre sus manos como objetos de trabajo: el dolor de los demás. 

De ciudad en ciudad el coordinador de este hermoso plan va tras el despertar de aquella sensibilidad que, si no somos víctimas directas, en casi todos nosotros está dormida, tal vez a fuerza de soportar a diario la andanada inclemente de noticias en las que la muerte, el destierro, la guerra rural y urbana, el desplome solapado de las instituciones, etc., producen la cobarde actitud de meter la cabeza bajo la tierra, señal inequívoca de impotencia. “No sé socialmente que tan eficaz sea, pero escribir un haikú es un acto espiritual de resistencia”, aporta alguien de ese público que Garcés ha llevado a reflexionar y a escribir tomando los modelos literarios. Un “nuevo poeta” escribe: “La sangre / de las noticias / es fría” (Diario), después de tener aprendida la lección del haikú.

Bellos cantos indígenas sobre la creación del mundo y las bondades de la tierra a manos de los dioses, y los versos de un Jaime Jaramillo Escobar que goza narrando las maravillas del alma de esa misma tierra: “[…] Mamá-negra era un trozo de cosa dura, untada de risa por fuera. / Mi taita dijo que cuando muriera / iba a hacer una canoa con ella”, cantados, contados y leídos por los talleristas en voz alta, como oraciones olvidadas o tal vez nunca imaginadas, formaron parte de las reuniones que, a su vez, llamaron la atención sobre la inmensa fuerza de la poesía en el entendimiento de los orígenes, de la primitiva y no contaminada concepción del mundo.

Wislawa Szymborska, María Mercedes Carranza, Fernando Charry Lara, Eduardo Cote Lamus, entre otros, los ilustran con largueza acerca de los papeles de la poesía en los asuntos de la vida de los hombres y, por supuesto, en asuntos de la violencia que, a veces más, a veces menos, forman parte de los itinerarios de la especie humana por el mundo. También de allí, de la indagación por ese vasto panorama, logran colegir cosas nuevas para su vida de empleados, pero también de ciudadanos, tal como apunta alguien: “Los poemas logran que asistamos a nuestra historia de violencia desde una perspectiva amorosa”. Y: “Estoy viviendo una experiencia insólita que me deja un sentimiento de inquietud”, es una de las expresiones al final de la practica en la que conjugaron voz, poesía y “puesta en escena” en torno de la llama y su “capacidad productora de imágenes” bajo la creativa obra de Gastón Bachelard: La llama de una vela.

El taller de la llama es, pues, un libro atípico. Es el producto de una actitud igualmente sui géneris en el complejo entramado de las burocráticas tareas que competen al Estado en busca del bienestar social, de la justicia, de la compensación moral y económica a las víctimas del despojo, del crimen y del destierro sin fin. Una actitud que, como la de Gustavo Adolfo Garcés, convoca a la creación y a la presencia de espíritus desprovistos de la común disposición a la soberbia y la indolencia, cuando no decididamente a la complicidad y el silencio. “Los participantes fueron servidores públicos de diversas entidades estatales y de muy distinto nivel. También veedores, defensores de derechos humanos, miembros de acciones comunales y de ONG, presos, estudiantes y profesores de colegios y universidades […] Nunca estuvimos al margen del contexto socio-político: desde la poesía —es decir, desde el conocimiento, la ética y la estética— leímos el país […]”, dice el poeta en un comentario final.

Qué interesante y qué útil sería propagar estas experiencias en tantas instancias del Estado que, al contrario de cumplir la misión para la cual fueron creadas, al menos teóricamente, han ganado un inmenso desprestigio y, por lo tanto, una gran animadversión por parte de buena parte de la ciudadanía. De ser sinceras, y no mero protocolo, las palabras de presentación del Procurador General en este libro, y de ir acompañadas por una real voluntad de cambios sustanciales en una entidad como esa, asistiríamos probablemente al milagro de encontrar funcionarios dispuestos, sensibles y comprensivos de las dificultades de la gente. Quizá suene a una grande tontería, pero me atrevo a pensar que, tras aquella utopía, podríamos acercarnos a verdaderos estados de justicia.

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Publicado en febrero 27 de 2015

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