Festival Internacional de Poesía de Medellín

Poetas invitados al 25 Festival
Internacional de Poesía de Medellín


Poetas de América

Filosofemas del alma de los poetas
-Su ética, creación y soledad-




Por Juan Mares
Especial para Prometeo

1.
“La poesía tiene que ser humana. Si no es humana, no es poesía.” Lo que indica Vicente Aleixandre es que el poeta debe ser sensible a los infortunios ajenos, según el RAE. Pero y dónde quedan nuestros propios desesperos, la propia rasgadura de mi piel, hecha girones en la zarza agreste para levantar cosecha de maíz y ver crecer la espiga y regado su oro sobre el verde. Y cómo no cantar igualmente, a la extensa planicie de su abdomen donde me perdí en su edén celeste. La poesía es humana toda, sí,  pero sin la exclusión  del canto cósmico en la laguna entre croares, con la lengua de tu ancestro o el idioma que quisieres y dónde la brisa mece igual a la ortiga, el cordoncillo de anís y a la azucena. Poesía es nombrar lo que te duele y también lo que te encanta. Es contemplar la piedra que se arrastra tras los siglos y sentirla en la uña de tu dedo. Y es sacar la piedra de la cueva para agilizar el encuentro con la caza, o sacar la que Adán le sacó a Eva cuando esta le dio el fruto mejor del paraíso. El poema es un pretexto para buscar las perlas, que le son del alma  al poeta, en las palabras. Y con estas: blindaje, espada, mortaja o gasa.

2.
“Un poeta es un mundo encerrado en un hombre.” Esto decía Víctor Hugo. Y puede ser Atlas con el mundo a cuestas.  Él es el asombro ante el mundo, su soledad y su silencio y el eco y la onda hertziana regada en decibelios atmosféricos.  Es la patada de mula en el desfiladero del comercio y la política y del Caín multiplicado por el mundo. Es la ropa sucia que no se lava en casa y el poeta la orea en las terrazas. Pero el poeta puede ser un árbol que en un desierto anuncia el agua y en el trópico de América, la sombra que dio sus folios a Henry Miller y sigue dándole a las vacas. Entre el follaje de un árbol hacen el sexo los turpiales.

3.
“La poesía debe ser un poco seca para que arda bien, y de este modo iluminarnos y calentarnos.” Esto decía Octavio Paz. Y sí, debe tener el poder de ese otro estado de la naturaleza que es el condensado de Bose-Einstein y así rasgar las distancias entre vuestros mundos y el mío. Que sea tan liviana como para quemar la leche al rojo vivo, para curarnos de la anemia. Anemia que va quedando luego de librar las mil y una noches de  batallas donde los Genios quedan desolados. Sí, que arda como la sal en la herida a pesar del aceite de canime para que cicatrice y quede el tatuaje donde se amelló la piel. Árida y punzante como en el desierto la espina del cactus.

4.
Antes fue el hombre primitivo, escondido en las combas del misterio, y bajo ese árbol de cuerpo de abarcaduras siderales, miraba entre hendiduras del ramaje la luz infinita y el azul insondable donde se pierden, igualmente, infinitas las estrellas. Cada sol en las noches abre la pregunta que nos mira, más allá de donde el milano bebe el humo buscando la sierpe chamuscada. Luego llegó el rito, escudado en la piedra de Ara como un símbolo de contacto con el cielo. Y fue descubierta la piedralumbre para purificar el agua, la que quiebra de impurezas. El agua que ha de lavar tus camisas transpiradas, tus pantalones corroídos por el orín, donde se tienden los harapos expuestos al aire viciado de los vientos, tus faldas y blusas temblorosas, desde el rigor de los prejuicios y ante el llamado a los apareamientos, como aire, como asombro y como sombra.  Igual lo fue el chamán, el nele, el tótem los motivos de la piedra donde el mago, el sacerdote, el brujo de la tribu, el hombre sin fronteras desde que se hizo soberano: confiaba en su palabra y así en el poeta. Flamígera está la espada cantando claridades. Fonemas que se alargan en llantos de alegría y queja inútil. Ya lo decía Saint-John Perse: “El poeta moderno dispone de un poder soberano de conjuro poético”. Numen sonoro: fonemas como aleluyas, cascada de sílabas, palabras en aquelarre y el texto como un sombrero de mago sacando flores, mariposas, un sapo al pie de las margaritas, y conejos como quien los vomita en un cuento de Cortázar.

5
Cómo no evocar a García Lorca en sus palabras de diamante azul cuando perfora la distancia, allá, hasta el punto equinoccial de la galaxia y aquí, hasta la ionósfera terráquea para que llegue al corazón del ser pensante, en esta frase : “La poesía no quiere adeptos, quiere amantes.” Y es que ser colirio para el ojo, como agüita de matarratón temprano, en plena florescencia, como esencia del amante, limoncillo entre la lengua, como bálsamo en la sien. La poesía es un cántaro de ensueños bajo el brebaje de los días  y de los hechos, ni adaptados ni adoptados es mecido en los pechos succionando el néctar de Infinito para una láctea mirada como copia de galaxia. Ser queridos a la fragancia nocturna de la flor de calaguala. Ser amantes de la noche y del misterio y develarlo en las palabras del niño que se esconde entre los crótalos, tulipanes y caladios; y la niña que juega atrapando mariposas, atrapando hojas  y pétalos de rosas en el aire como burbujas de jabón simulando universos en el cosmos. Y decir amantes es decir diamantes penetrando la conciencia de la eternidad que racionalizamos como espera. Y por ello, ante el amor como delirio, si el amor como martirio, el amor como colirio.

6
Todo lo que se encuentre en mi parcela es indispensable: el tomillo sembrado por mi madre, el cilantro cultivado por mi padre, las margaritas regadas por mi hermana mayor, los tulipanes que riegan mis otras hermanas y el guayabero donde cada mañana se disputan la guayabas mis hermanos y los pájaros. El llantén, el prontoalivio, los retoños del yarumo, la cañafístula, el algarrobo, la enredadera, la contragavilana. Cada planta con su nombre da sabores como el limoncillo, el cordoncillo de anís, la  yerba buena, el toronjil, el anamú, el azahar del naranjero y la flor del caballero de la noche. Nombremos las palabras que dicen del dolor como el bejuco de agua con su espina traicionera, las del güerre cruzando sus espadas, las de la rosa manchando la muñeca de la mano igual que las de la zarza junto al alambrado que separa del ganado y para que, el poema que te nombra, a son de dar sentido al pensamiento mientras cantas las palabras, ellas te llenen de poder y sabor en las encías cuando la menta, cuando el pandero se deshace en tu boca, cuando muerdes la toronja. El gran significado dimensiona la denotación que recrean los fonemas. “Sé que la poesía es indispensable, pero no sabría decir para qué”  decía Jean Cocteau, y para qué puede servir la brisa, para qué el golpe del hacha junto al tronco leñador, para qué la piedra donde afilo los cuchillos con que tasajeo el bocachico pescado en el rio si U lleno de úes en cada meandro con su chorro de espumas, para qué la flor en el florero donde la mosca avisa su cambio, o en la cinta del sombrero cuando ella sale oronda a recoger los pepinillos. Sería decir, para qué los diccionarios si solo son jaulas donde se retienen las palabras, las que nos aman y amamos venciendo a las del odio. Y podemos decir a boca llena: es un tesoro de herramientas para para usar y dar brillo de oro o luz del carbón desde su savia almacenada y condensada. En algún momento de la vida, la poesía es imprescindible para todos: sin saber para qué, para quién, ni por qué o sabiéndolo todo a la vez.

7.
Siendo así, digamos con León Daudí: “El hombre sordo a la voz de la poesía es un bárbaro.”, pues ha perdido todo sentido de justicia, de verdad y de belleza. Ha caído en el ostracismo del pensamiento, la acción equilibrada y la contemplación. Huérfano de ideales no concreta ningún camino que lleve a la armonía, a la reciedumbre ante las impertinencias de la desconsideración, de la ingratitud y del olvido; carga con toda la orfandad de una mirada polisémica, que resignifique cada momento y sus circunstancias para dar presencia a la dignidad del diálogo y luego de este el icono que mitifique, más allá de la inocencia, el deseo y la esperanza de un pan, un cobijo, un techo y algo con que cubrirse y ver el poema en la madre que amamanta, en el padre aporcando en el surco la mata de maíz, y a los hijos gozando de los frutos silvestres, del fluir oxigenante  de las aguas, de la brisa de las tardes arreboladas y jugar a la estética ante la pizarra del firmamento mientras cruzan las cambiantes nubes: ya en crisálida o en espejo donde las mariposas se reflejan. Salta el pez y desaparecen las ninfas.

8
La poesía escruta el misterio aunque el poeta vaya a tientas. Cada brillo de verdad es luz para el poeta. Cuánta sapiencia en Aristóteles cundo dijo que: “La poesía es más profunda y filosófica que la historia.”. La ciencia es hija de la filosofía y sin embargo ésta, es un entramado lleno de hilos objetivos que la poesía, dentro de su hurgar en el universo, va decantando con la alegría  de la energía  cósmica (que no se ve), para dar sentido a la vida de cada humano en presencia de las demás especies y las cosas, sin enajenarse del entorno ecológico donde se encuentre inmerso el poeta. El poeta no ve los objetos en su utilidad extrínseca, busca la esencia invisible de la hermosura de sentirlo entre el plumaje de su piel, olfatea los rastros del alma de las cosas para nombrarlas, e igual nombra el dolor y la alegría en cada gesto humano, en cada rictus de la doncella mancillada o la que sale estrenando ramo desde el altar de los sacrificios. La historia habla de la materia, la poesía de la energía que emana de esta.

9
Pablo sexto decía, en una de sus encíclicas, que en el mundo hacían falta más poetas, es decir, faltaba más percepción de ese intangible, no por ello menos presente en la realidad de cada individuo, sin tener en cuenta el instinto de procreación, que es  por sí un imán que coyunda  y determina apegos, pero no es eso a lo que se refería Platón para ser vibrante: “Con el roce del amor cada quien se hace poeta”. Pero la energía que se busca desde la conciencia del poeta es la de la hermandad con todas las especies. El poeta debe enajenarse y por ello el amor, lo que equivale a subir o saltar al pódium de los amantes inmortales. Trascender hasta alcanzar el nirvana o estado espiritual donde el todo es parte de su esencia, vitalidad inmanente, conciencia plena de los otros, de lo otro y de sí mismo en el todo.

10.
El poeta parte de la insatisfacción de algo que le mueve a reflexionar como si fuese un guangaro de preguntas  líquidas.  Un poeta nunca va a estar tranquilo mientras los deseos y los hechos no se atrapen en palabras que consignen en pedazo de pasado, otro tanto de presente y la construcción de futuros ideales. Según Papini, “El poeta que estuviera satisfecho del mundo en que vive, no sería poeta.” Es la afrenta del eterno Sísifo: Sueño destruido, volver a reinventarlo. El plato de glorias culinarias devorado es empezar a vislumbrar el que ha de venir en el próximo ágape. Y otra vez la loza sucia. Las manos mojadas y el delantal percudido y la décima musa americana en su laboratorio de palabras. Se ha molido la experiencia como una masa para armar la torta de donde se alimenta el pensamiento, y esto parte de la ética del plato: poco o mucho grano molido en concordancia con la habilidad del cosechero. ¿Qué nos nutre? Aquello de lo que fue nuestro cultivo, aquello de lo que fuimos alimentados: amor u odio. Y de su episteme creativo cuando es encaminado a la sostenibilidad del planeta para la supervivencia de las especies desde la conciencia humana. Esta es la mayor responsabilidad del poeta en nuestros tiempos: conservar las especies cuidando a GEA o dejar que el cósmos desde sus energías determinen nuestro destino.

11.
Para Voltaire todo poeta es un amante. Sin este elemento, el quinto, no hay asunto que de brillo, que alumbre, que de luz. (Y estas tres letras se parecen más a la palabra paz que a la palabra y cuerpo de paloma, aunque el palomo exhiba el brillo de su plumaje cuando, coqueto, corteja a la paloma. La paloma guerrea a picotazos y da aletazos como muñecazos al adversario). Téngase en cuenta que el brillo de la manzana no es solo en la corteza, su mayor brillantez se da en la pulpa cuando la percibe el paladar y se refleja en los ojos y estos absorben luz, luz proyectando. ¡Ah! La luz de los enamorados, de lo efímero y de lo eterno. A uno como árbol se le suelta el chamizo, para que luego arda y de calor a los enteleridos. En su texto “Poesía y sociedad” Georges Mounin nos habla de la famosa sustancia poética, esta no es otra que el caudal de luz que emana de las palabras sentidas que expresen la alegría y el dolor de cada generación de querientes. La palabra en apariencia oscura se llena de un verdor brillante y la letra que hace que la palabra cambie, que hace que se modifique la frase, la oración, el párrafo como un arte poética involuntario, según lo solicitaba Immanuel Kant, ahora se hace pitón o piedra de cascajo, saltando y soltando chispas. Pero esto sucede porque existe una luz instintiva que emana del mundo existente, desde todas las coordenadas del universo. El cocuyo y la luciérnaga nos propician su luz fría.

12.
Si definimos la poesía se define el sentido del poema y el compromiso del poeta  frente a las realidades objetivas y los sentimientos subjetivos. La objetividad instintiva del venado es comer pasto y huir del peligro, la de la pantera es otra: cazar el venado y vivir el peligro. Girar siempre a la velocidad de la tierra frente al sol no te hace más joven, porque la parte oscura del cuerpo te hace dormir y pierdes la rutina en tránsito. Esta relatividad desajusta el tiempo, sin ser este un aparato mecánico sino un concepto para explicar la vida en correspondencia con el movimiento.  Todo compromiso comporta una rutina y esta crea amaneramientos y se olvida de una verdad: que el mundo gira y fluye como el río de Heráclito. Entonces, la verdad del poeta es ser el pararrayos de la tempestad del momento, dar un poco de luz desde la ionósfera del alma. Llamémosle así. Y desde el ígneo fuego del corazón se irrigue a todo el cuerpo terráqueo: somos tierra, ese es nuestro principal compromiso, cuidar la tierra. Cuánta razón tenía Tagore cuando dijo que “La poesía es el eco de la melodía del universo en el corazón de los humanos.”. Alguien dijo que la principal responsabilidad del poeta es cantar, sí, pero cantar la vida toda: en el triunfo y en el desastre, ser testimonio de su tiempo con un clamor que irradie  luz. Cualquiera sea su tamaño, su envergadura intelectual y espiritual, todo ser humano es poeta si sabe ver y sentir el ideal, más allá de sus actos, nos decía, palabra más, palabra menos el gran Henryk Ibsen. Sin embargo, todo poeta e intelectual debe ser consecuente entre lo que hace, lo que dice y así se manifieste en lo que es.

13.
Sobre la ética del intelectual en nuestro tiempo dice Guido Gatti (en su Ética de las profesiones formativas), Repitiendo palabras  de Sertillanges (autor de La vida del intelectual) “La verdad y el bien florecen en la misma tierra… alimentando lo verdadero se ilumina la conciencia; fomentando el bien se dirige el saber. Practicando la verdad que se conoce, se merece la que se ignora”. En este sentido el poeta como ser intuitivo debe ver por entre las cortinas mediáticas, todo lo intencionalmente oculto, el cálculo soterrado y engañabobos. En mis años de pubertad, en el Alto Sinú, Mi padre, campesino-poeta, ante mi pregunta sobre la maldad de unos vecinos que nos habían macheteado una vaca, de dos que nos habíamos  conseguido por medio de la Caja Agraria de aquellos días, para irla pagando en cuotas, y nosotros queríamos devolver el mal haciendo lo mismo con una marranera suelta que no dejaba yucal sin sapotearlo a hociqueazos a pesar del argollamiento de la trompa de estos, decía: “Todo lo bueno y malo existe en esta vida sobre la tierra, pero lo malo es malo así lo haga todo el mundo, y lo bueno es bueno así no lo haga mas que una persona en el mundo.”. Y yo insistía: “¿Y qué es lo que hace todo el mundo padre, en este caso? “Odiar, hijo, odiar y buscar venganza.”- .“¿Entonces qué debemos hacer? – “Curar la vaca  hijo, e ir donde el inspector, y luego confiar en la divina providencia.”. La palabra santo le quedaba bien a mi padre, pero insisto en que era poeta. La fuente de la poesía está en la vida según lo pregonaban los surrealistas y nos lo recuerda Edgar Morín. Digamos: no hay que cambiar el mundo ni cambiar la vida, cambiemos nuestra percepción de lo uno y de lo otro y diversifiquemos nuestro pensamiento. La pluralidad no es sinónimo de caos, es evidencia de la biodiversidad, de la pluriétnicidad, de la pluriculturalidad. ¿Y esto a qué viene? Morín decía, en el advenimiento del milenio en que estamos que: “El poeta tiene una competencia total, multidimensional, que concierne entonces a la humanidad y a la política, pero no puede dejarse avasallar por las organizaciones políticas. El mensaje político del poeta debe sobrepasar la política.”. Entonces, si estamos ante la hiper-prosa cohesionemos la fundamentación de la hiper-poesía, según la recomendación del autor de Amor, poesía y sabiduría. Es primordial fortalecer el acto de pensar sin dejarnos envolver por ninguna totalidad. Ya lo decía en uno de sus poemas ese otro poeta que fue  Karol Wojtyla: “…todas las rutas del hombre conducen al pensamiento.”. Por supuesto, esto es válido para toda la humanidad. Pero qué tipo de pensamiento dirán otros, pues el que universaliza el sentido ya no  solo de hermandad entre los hombres (y entre las mujeres, como alargan hoy) sino de solidaridad para con el planeta, el asteroide del que nos habla el Principito  de Exupéry. No en balde nos advierte William Ospina en su texto “Es tarde para el hombre”, en el ensayo correspondiente a Los deberes de América Latina cuando enfatiza: “…nos corresponderá cambiar la Declaración de los Derechos del Hombre  por una Declaración Universal de los Derechos del Mundo.” A este asunto debe apuntar el reclamo del poeta de hoy, por una ética intelectual tras el bien común, salvando el mundo para salvar la humanidad. ¿Cómo salvar el mundo de la explosión demográfica para salvar las especies, incluyéndonos, y así liberarnos de las múltiples miserias? ¿Cómo acabar con la industria armamentista sin que se acabe la ciencia y la tecnología? ¿Cómo construir el poema lleno de poesía que nos impacte a todos para irradiar esa música de la hoja danzando sobre las olas del viento. ¿Cómo gritar, sin desespero, el júbilo de la vida?

                                                                                                                                               

Juan Mares (Seudónimo de Juan Carmelo Martínez Restrepo). Guatapé, Antioquia, 1951. Licenciado en Español y Literatura por la Universidad de Antioquia. Poeta, ensayista  y ponente en Cátedra abierta: Universidad, cultura y sociedad (2007). Desde 1968 vive en Apartadó, Docente municipal y director de La Casa de la Cultura de Apartadó. Miembro fundador del Taller de Escritores Urabá Escribe y de la revista Kalu. Actualmente es profesor de cátedra en la Universidad de Antioquía (Sede Urabá). Publicaciones: Poteas y Pirontes (1987): El árbol de la centuria (1996). Es coautor de Entre la savia y la sangre, recopilación poética de Apartadó (1996), Kalugrafías del instante (2009), Ritmos del equilibrista (2011); Hojas de caladio (2013). Ha participado en cuatro compilaciones literarias de la región de Urabá: Entre la savia y la sangre (1996), Ambrosía y cicuta (2006), El ejercicio de la escritura (2010); y,  Policromías literarias (2013).   Incluido en la Antología de talleres creativos de RELATA 2011. Incluido en cuatro antologías Iberoamericanas: Antología Salvador Díaz Mirón (México 2013); Genealogía de los susurros (Medellín 2014); Un extenso continente (Salamanca- España, 2014); Palabras del Inocente (Salamanca – España, 2014). Ha participado en diversos encuentros literarios, en el marco de la Feria Internacional del Libro (Bogotá), Fiesta del libro en Medellín, el III Festival de Poesía Salvador Díaz Mirón (México, 2013) y en el XVII Encuentro de Poetas Iberoamericanos (Salamanca – España, 2014).

Publicado el 14 de mayo de 2015

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