Festival Internacional de Poesía de Medellín

Poetas invitados al 25 Festival
Internacional de Poesía de Medellín

Julio 11 al 18 de 2015

Poetas de Europa


Kate Newmann (Irlanda del Norte). © #25FIPM. Photo: Sara Marín


Kate Newmann   nació en el Condado de Down, Irlanda del Norte, en 1965, donde es una de las poetas más reconocidas de su generación. También es tallerista de escritura creativa y editora. Ha publicado, entre otros, los libros de poemas: Yo soy (Con Joan Newmann, 1999); La ciega en la casa azul, 2001, Pertenencias (Con Joan Newmann, 2007) y Yo soy un caballo, 2011.

Igualmente publicó los libros: Diccionario biográfico de Ulster, 1993; Seguir adelante, Antología de poesía y prosa, 1998; y Recuerdos de la Piedra, Estudios irlandeses en el Evergreen State Collage, 2004.

Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio de Poesía Allingham y el Premio de Poesía Listowel.

*

Los que queman carbón en Melidoni, Creta

 

Sus días porosos y borrosos,
los que queman carbón nunca dejan
las pilas de madera antigua de olivo
amontonadas en montículos de rituales.

Escultores de lo que no se ha tocado,
de lo no visto, sus ojos miran
como si el lento arder ocurriera
dentro de sus cráneos. Leen el dulce hedor

del humo, abren huecos de aire en la ceniza,
cuidadosos como cantantes que controlan su respiración.
Y no puedes permanecer mucho tiempo
cerca de su piel negra del humo

en ese silencio carbonizado,
y no estarás ahí
cuando terminen esta liturgia de tizar
cuando solemnemente destapan

el carbón – todo con la forma de secuela,
como todo lo que no te es permitido decir
vuelto a la luz
para una segunda oportunidad de arder. 

 

 

La sala del caballo

 

El gigantesco caballo pintado de su niñez,
salvado del almacén de sillas en Temuco,
recogido a través de cuarenta y cinco años.

Le recuerda el maíz salado, como botaba vapor en la mano,
sus articulaciones de yeso, sus ojos de muñeca
listos para cualquier viaje de vuelta a si mismo

-- Ricardo Eliecer Neftali Reyes Basalto –
su padre entraba, negro de aceite de motores
y de cansancio.

El alguna vez inasequible caballo rodeado de heno de verdad
en la casa bullosa de su falta de niños
que sólo lo conoció viejo,

sus costados lisos y marrones, sus espolones cremosos
silenciosamente guardado en su establo, el pasado de Neruda más lejano
amarrado a lo que nunca fue.

 

Maria Antonieta Hagenaar

 

¿Cómo fue que inventamos
ese vocabulario mutando
de cromosomas y culpa?
Ella con sus genes de la sabana
toda esa agua al nivel del ojo,
todo ese pecado de viejo mundo.

Extranjería y miedo
llenaba la cavidad del cerebro de su hija,
distendiendo su cráneo perfecto y tierno.

Hidrocéfalo – su antiguo lenguaje de culpa,
huele a nacimiento y misericordia, a muerte y misericordia.
Ella fue el fin de su linaje bello,

su único poema derrotista de paternidad
envuelto en tinta muda y negra. Lucía su
perfil en sus ojos, un figurante de amor estéril.

Perdidos uno al otro y para siempre atados.
Un cordón en nudos, un matrimonio de espermatozoo con
   ovulo,
marcaba sus aniversarios

en un nuevo calendario de periodos de ocho años.
Sus miradas gachas.
Sus frentes se reventaban con la pena.

 

En el cementerio Pere-Lachaise, Paris

 

¿Por qué elegimos venir aquí –
a este abarrotado distrito de muertos
que respiran con la tierra?

Tomábamos oscuro vino de Cahors de la botella,
nuestras voces gruesas con la acústica musgosa,
nuestra carne pesada desplazaba la luz.

Los muertos se hacían campo unos a otros como viejos
  vecinos.
Nosotros éramos extraños, oscureciendo el aire
como acacias invernales añorando el amarillo perdido.

Caminamos por sus calladas calles,
liquen pelándose como moquillo,
los muertos esperando a que nos fuéramos,

indiferentes frente a nuestra revelación silenciosa
que nos habíamos perdido uno al otro
antes de habernos conocido siquiera.

 

 

El perro muerto

 

Ese es el perro de Cristóbal Colón.
Un ataúd desenterrado por arqueólogos
abandonado en un corredor,
un óvalo de barro duro,
un murmullo de huesos, de putrefacción,
y ese es el perro de Cristóbal Colón.
¿Le tocarían sus raciones en el buque?
¿Se escondería en la cocina del barco durante lo peor
    de la tormenta?
Sí, Cristóbal Colón encontró un lugar –
su casa – su perro – su corazón colonial
abriendo al calor y a la luz –
qué desastre.

 

 

El hermano de Van Gogh, Vincent

 

El tejedor en el atardecer pastoso
Encorvando su espalda que labora
Para inclinarse hacia su telar de madera
Como si fuera un piano vertical
Bajo la laca del rayo melancólico de la ventana;
La lanzadera gastada un latido fuerte de corazón
A través de la urdimbre fresca, silencio de alcanfor:
El pulso hambriento del artista no puede competir
Por su canción desligada y firme.

Tener un hermano que muere antes de ti
Con tu nombre debe ser como
Sentarse en ese telar en la luz escasa
De tu propia imagen ignorada
Mientras tus dedos palpan el patrón
Que siempre estará presionando desde el otro lado.

 

Santa Theresa de los Andes

 

Antes del milagro con los pescadores,
los leviatanes y las visiones;
antes que la fiebre la consumiera
cuando tenía diez y nueve,
ella es un ícono pálido,
el mentón en busca de la inclinación perfecta
entre dominio de sí misma y abnegación.
Porque ¿no es el cielo
en la tierra vivir con Dios?

Cae en el sepia ahumado de la novicia
se niega a mirar a la cámara.
Su Diario de Conciencia crucificado a diario
en veinte y cuatro cuadros obstinados,
hora por hora sin perdón,
simétricos como su pueblo colonial
atrapado bajo la hipotenusa del calor.

Al entrar en el Convento
mochó su cabello magnifico,
enterró su cuerpo largo en marrón.
Porque cuando no tengo nada
es cuando tengo el menor deseo.

En el retrato de familia
bulloso con relojes y alcanfor,
un toldo pesado de damasco y brocado.
Ella se inclina hacia su madre,
huele las expectativas mohosas que rezuman de su piel.

A los seis años, serena sobre las escalas
en un abrigo de invierno de doble solapa,
sabe que es una santa.

A los dos años la tienen
fea en un vestido de satín, ya
haciéndose difícil de amar.

 

Traducciones de G. Leogena

 

*


Él era lo verdadero en definitiva


Por Kate Newmann
De “Caedmon” para Seamus Heaney

Es con profundo pesar que lamentamos la pérdida de Seamus Heaney, poeta irlandés ganador del Premio Nobel, quien murió en agosto de 2013. Él había sido aceptado como un ancla moral tanto en Irlanda como internacionalmente. Había hecho amistad con escritores como Joseph Brodsky, Czeslaw Milosz y Robert Lowell, por mencionar sólo algunos.

En lo concerniente a Irlanda, Seamus Heaney, hasta su enfermedad en 2011, fue incansable en dar lecturas públicas y visitar festivales y eventos literarios, y en fomentar la obra de escritores más jóvenes. Esto aseguró que una multitud de personas estuviera siempre dispuesta a escucharlo.

Su poesía estaba haciendo lo que la poesía debe hacer - alcanzar y elevar a la gente desde su cotidiano, hacia lo realizable, lo visionario.

Su poesía tuvo inicio muy temprano en su vida cuando vivía en una granja en Derry. Lo que observó y vivió, alimentó su obra una y otra vez: los rituales, las restricciones, las cadencias, entraron en el idioma de su poesía en una forma completamente orgánica.

Los poemas tratan acerca de lo que importa mientras estás vivo en la Tierra - no es una cosa ecléctica e inalcanzable, sino las preocupaciones de muchas personas, personas reales, y Heaney expresó la verdad para ellos. Esta verdad no era trunca ni parroquial, era universal.

Debemos cuidarnos del oportunista, el charlatán, el practicante de maniobras fraudulentas, llenando el vacío dejado por la muerte de Seamus Heaney. Debemos, siento, leer y disfrutar y reflexionar sobre lo que ya se ha escrito y no permitir que algo que es inferior, no ético, cínico, imitativo y en última instancia una fuerza para la destrucción – entre en escena como si fuera mejor que todo lo que vino antes.

One poem Salmonpoetry.com

Publicado el 25 de marzo de 2015

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