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Cristina Toro (Colombia)

Días de sangre

Esto no lo entiendes. Nunca te pasará.
Es cuestión de cuerpo, de ciclos que no imaginas.
Son cosas de mujeres, tal vez por eso forman parte de los secretos.
De estas cosas no se habla. Son asuntos de resolver en el baño,
a solas, con sigilo, con discreción, para que no se note
ni por fuera ni por dentro, que no se sepa, que no se sienta,
que no se vea, que no se huela; que pase como si no pasara
aunque pase y nos asalte puntualmente cada vez que no somos madres
y nos imponga a veces su cuota de dolor,
acaso como precio por elegir la soledad.
Debemos ocultarlo con culpa, con pulcritud,
aunque nos marque con escándalo,
aunque nos haga sentir diferentes.
Estas son cosas que no entiendes,
tal vez porque nunca hablamos de eso,
porque es un asunto de sangre sin herida visible.
Es nuestra sangre inútil, la que el cuerpo desecha,
esa que nos recuerda nuestra esencia animal,
esa que nos distingue como hembras,
es el grito del cuerpo que nos conecta
con las demás animales, con las gatas en celo cuando gritan,
con las yeguas que esperan la luna, con los ritmos de los mares,
somos marea alta y marea baja, tenemos menguantes y crecientes,
somos luna llena. Nuestros senos lo saben, nuestra piel.
Somos hembras: sexo femenino, sexo interior gigante e invisible,
maquinaria atada al reloj planetario. Esto no lo entiendes. Nunca te pasará.
Son cosas de mujeres.

Siempre la guerra

La oscuridad se aposenta
sobre todos los tiempos.
Cada época a su manera
cuenta las minucias,
el cómo de cada muerte.

Siempre está ese velo
de riguroso luto
que cubre los rostros
de los deudos.

Arcabuces de Los Mil Días
riegan aún los campos
con sus balas nuevas.

Cabezas de todos los colores
yacen anónimas desde siempre,
bajo las greñas de los platanares,
en los socavones de las carboneras,
en las arenas de la orilla del oro,
al borde de la avaricia, de la codicia,
siempre la sangre abonará la tierra.

Dueños del miedo

El ojo de mi infancia
se asoma a la tarde
que ya conoce el pavor.
Veloces vientos helados
descienden a mi ventana
con su aroma de cerros.

El murmullo es una densa nube
que me hace imperceptible.
Entre las faldas de las señoras
busco a mi madre.
Todas las mujeres son ella misma,
un llanto crudo, desolado.
El humo del tabaco es mi lágrima.
No sé qué pasa pero lloro.

El final de una edad se ha hecho sangre.
El campo deslindado se ata
con su rastro de acero y púas
a la batalla sin fin
donde nada será de nadie,
solo el miedo,
nuestra gran pertenencia.

Geografía
El mapa de mis bordes lo sabes en tus dedos.
 No lo olvides. Podría perderme.

 

No me des tu soledad

Dame un poco más de ti. Dame tu duda,
tu incertidumbre, tu vocación insomne.
No me des tu soledad: no la merezco,
no la necesito, no la soporto.
Perturbaría la mía.

 

Abandono

Bastó mirarte para adivinar
el nuevo rumbo de tu espasmo.
No temas partir. No se ata el deseo.
Prefiero estar en tu olvido.
Como a la mesa donde quedan
mil huellas de una misma copa
me tatuaste. ¡Cuánto me amaste!
Pero nunca tanto.

 

Desconfía

El sueño del acantilado era una premonición.
Las rocas firmes son de veras más feroces que el mar revuelto.

 

Oración lujuriosa

Lava de Pompeya, báñame; ceniza del Vesubio, cúbreme;
tierra volcánica, sepúltame; fuerzas del centro de la tierra
regrésenme a las paredes donde fui alguna vez hetaira complaciente,
llévenme a las termas donde flotó mi lujuria en tiempos de temblores,
devuélvanme a la celda del lupanar
donde un mancebo se jugó la vida por besarme,
hagan de mí un silencio que no grite este deseo de habitar en ti.

 

Prohibida

Soy prohibida por estar disponible
para aquello que no se puede, que no se debe, que no se hace.
Por estar siempre ahí cuando el mundo se dispone a funcionar o a dormir.
Por no tener censura ni cordura ni hora.
Por esta vocación de tiniebla, de búho, de tragedia.

Certidumbre

El hilo de la costumbre teje el pasado personal, intransferible;
que llega despacio a la frente, justo a donde la infancia no regresa.
La vejez —ese espejo que nos espera con nuestro propio rostro
calcado de la foto de algún antepasado—
nos concede a cambio de todo aquello que arrebata,
el escepticismo: instancia máxima de la experiencia.

 

El funeral de este tiempo

A mí, a quien nadie espera en estas noches;
a quien nadie sabe así, fiera merodeante en su propia jaula,
a mí, llegan noticias repetidas, sirenas ululantes de oscuros orígenes,
campanas que no percuten por que solo yo las aliento
como melodía posible del funeral de este tiempo.
Estalactitas, columnas de sólidas lágrimas detenidas sobre el campo sórdido,
pétreas aguas de mármol para llorar a los anónimos.

 

Sutileza

En la tierra conviven el grano y el lodo.
¡La gallina no los confunde!

 

Ciudad

Ciudad, ciudad eterna, sin edad,
ciudad que tiembla en las esquinas;
ciudad, grito sin eco, rumbo extraviado,
lejano abrazo que perdí.
Ciudad, camino antiguo, levedad;
oigo tu voz en mis rutinas,
ciudad, muda mentira de las miradas,
esquivas lunas que perdí.
No me puedo ausentar, siempre estás
habitando mi tiempo, ciudad;
no me puedo engañar, eres tú
una señal en mi cuerpo, ciudad.

Ortografía

La vida se escribe
como una carta,
como un texto cualquiera;
se va diciendo
sin libreto, sin apuntador.
Cuan anémona
que repta en el espacio,
cubre los cerros de la infancia.
La vida pende
como de un hilo la araña.
Enmaraña el camino de piedras
que pueblan las hormigas
en las sombras cómplices
de la madrugada.
Según las reglas de cada especie,
la vida se va narrando
con su sintaxis,
con su prosodia,
con su ortografía,
su estructura
de nube mutante
que se sabe
regida por los vientos.
Eso, en su anarquía,
ya es una ley,
una constante perceptible.
Cuando la nube está cargada,
sobre la tierra llueve,
tan pronto como los mares
requieran perder un poco
su gusto a sal.
Así se van haciendo las cosas,
y los lagartos se asoman
por las hendijas del asfalto
para saber si el piso
se ha vuelto más frío,
como quien aguarda un tren.
Cada uno
va habitando el planeta
con la gente de al lado,
con quienes después
merodeará en los recuerdos
de los primeros aromas,
de las burbujas efímeras
que brotaron de un soplo.
Esos altos peldaños de la infancia,
sobre los cuales el pie
se hizo cada vez más grande
hasta no caber ya
en los zapatos del miedo,
son la huella indeleble,
la pisada de la memoria
que se ha vuelto página,
tesoro guardado con dolor,
como el frágil pergamino
que reúne a los pariente muertos.
Te ausentas de la infancia,
ya otro es el pavor
que se escurre
como sangre entre las piernas
a la espera de esa danza
que inaugura con ritos el amor.
Aquello que comienza
con delicado ímpetu,
agasaja, seduce,
ríe como quien lo hace mejor.
Así suelen ser los inicios,
cuando aún hay sorpresa
y el tiempo
no se ha sentado a la mesa
a instaurar su rigor.
El comienzo se escribe
mejor que el final,
con arabescos,
caligrafía de estilo,
vitrales de catedral
en sombras sobre el mármol.
Los finales suelen ser sordos,
brutales como el silencio
del día siguiente.
Quien se va
sale de prisa,
no oye
el chasquido de la hoja
tostada al sol.
¡Quién pudiera irse
con el amor
que merece el final,
irse como quien llega!

 

Cristina Toro     nació en Medellín en 1960. Es actriz y poeta. Publicaciones: Cosas de mujeres, 1995; Telón de fondo, 1999; Apuntes de errancia, 2000; La humedad del fuego, 2001, Obsesiones nocturnas, 2005; Los pasos del olvido, 2012. Fue incluida en las antologías De Panidas y poetas, 1995; La mujer y el amor. Antología poética, 1996; Boca que busca la boca. Antología de la poesía erótica colombiana del siglo XX, 2006; Ellas escriben en Medellín, 2007; La mujer rota, 2008; Poesía colombiana del Siglo XX escrita por Mujeres. Poetas nacidas a partir de 1950, 2014.

Con el Águila Descalza ha participado en numerosos montajes.

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Publicado el 21 de agosot de 2015

Última actualización: 04/07/2018