Festival Internacional de Poesía de Medellín

Poemas de Héctor Cañón (Colombia, 1974)




Otoño de serpientes

 

era la sana mañana blanca cuando mi cuero aún pálido y pesado abrasó una mordida. la sentí y no la sentí. tan solo que antes yo también cultivé perennidad sobre el fango de la nostalgia. en mi desierto me cultivé enterrado sobre mi propio centro como en otoño de serpientes. y ahora emerjo: la cosecha de mis entrañas soy. mi cuero curtido ya de escamas canta al viejo cascabel canta ya. porque lo volvió el fruto prohibido, hoy voy la araña devorándose a sí misma en sus circulares telas: virgen reptil. como forastero de la noche reina animal llevaré en mi sangre los siglos que viví en el silencio de las tierras compactas: demasiado eterno para mis nervios. me haré el muerto y llevaré a la muerte en mi mirada izquierda. tan solo huiré al reino mi noche después de mucho sobrevolar los días

 

Hoja de vida


De niño tuve los ojos grises y espesos
como las viriles nubes que anuncian
tempestades
cosas perdidas rodando río abajo sin nostalgia
techos heroicos caídos en el fango
músicas en pueblos de victrolas excitadas
y después un silencio
sin homenajes
demasiado brillante
secando el rastro terco que ha dejado el agua
en las cabezas rapadas de las piedras
en los techos y en el fango
en las pupilas dilatadas de los reyes y los sabios.

Espiaba sin malicia a los adultos, al idiota y al mendigo
a una lujuria dócil peinándose al espejo.
De niño mi mirada era de agua
y en sus fugas verticales me miraba
me bañaba
a veces sorprendido
y a veces como anciano
sin saber mi nombre, los nombres de mañana
casi sin palabras
sin temer a las tareas que siembran el tiempo solapado
la muerte, la pereza y la arrogancia
entre las cejas, en los mapas de los labios
al margen de los versos tachonados y prohibidos
en los bolsillos reventados de los diarios.

De niño oía la lengua azul del humo, tan callada
la entendía, la leía y la hablaba
las volutas sin sentido, los colores, la distancia
como escarcha reventando en el vacío
inacabada
el idioma de las ondas en el agua, convencido
cuando cae un guijarro al fondo del gran charco
y te quedas a mirarlos.

De niño mi voz era de fuego y como era niño encandilaba
ahora de viejo, jugando con ese fuego, con lo que queda
entre las uñas
con la nada
con las palabras esquivas bordeándome los días
no recuerdo exactamente qué soy
o de quién soy

 

Karma


es bastante probable que todas las noches
de todos los días
cualquier hombre haya sentido como yo
en los campos sudorosos,
en las tenaces luces de la ciudad
asomándose al trayecto del avión,
en la húmeda fertilidad de lo imposible
y en ningún espacio que se pueda precisar,
esta potente tristeza,
esta vasta certeza
de que vamos caminando hacia ningún lugar,
         escúchame,
vengo de ver llorar a los padres
la muerte de sus hijos
con falible anticipación,
vengo de ver al hermano
esconderle un pedazo de pan a su hermano
en nombre del odio y del amor,
vengo muerto de la risa de la tumba
que guardaba tu nombre
con dos fechas estúpidas entre un guión,
                                escúchame, Señor Amor,
vengo de ti mismo
a revelarte
que hoy todo tiene aliento de tu voz

 

Cuatro cuartos


uno

Los días para mí solo son como gotas de rocío
madrugadores
Son un secreto entre el Universo y yo
Si los cruzas con una rama de su mismo árbol
por el ombligo del que cuelgan sus apacibles frutos
del otro lado del agua apareces tú

dos

Atraviesas sin vacilar un pasaje blanco en mi mente
Casi al final: el cielo y el desierto se quedan quietos
mientras nos veo en el horizonte sin esperar

tres

Primero un ratito de hierba
Luego más de una tarde en la arena voluptuosa de tu mirada
el mar siempre
y al fondo un cielo sin misterios

cuatro

La brisa de la tarde flota en su siesta verde
–antes de emprender el túnel de la noche­–
al vaivén de una creciente luna árabe y azul,
las chicharras cantan su plegaria roja
con flautas de bambú que rasgan serenas un agujero en el tiempo
y tú recuestas tu sueño humilde en mi hombro
mientras el cielo regresa
gota a gota
hasta nosotros
y las montañas mismas guardan silencio

 


39 con Caracas


El reino cabe en la palma de mi mano
mientras el sol picante del mediodía
parte a Bogotá en dos.
Las fotos de ayer
siguen sucediendo en los portarretratos,
en la piel brillante de los charcos
y en las nítidas pupilas de la tarde
camuflada entre las nubes que aún no llegan.
Algunas cosas que quise
están ahí, en la palma de la mano,
y ya no las quiero.
El hastío es como miel
se dispersa donde sea
escribo sin computador
bajo el semáforo en rojo de la 39 con Caracas
esperando mi turno a la vez.
Los puentes peatonales
se ven casi sublimes
cuando no están ahí.
Dime entonces –ciudad sin mar–
a qué huelen las calles de Teusaquillo
si en pleno día la luna arde también
y es la sombra quien nos cuenta
que la vida es exacta,
que el atardecer es otro nacimiento
y que los muertos no se van para ninguna parte:
se quedan respirando el vacío amable
irradiado siempre desde dentro de las cosas.


*

Héctor Cañón nació en Bogotá en 1974. Escritor y comunicador. Ha publicado en los principales periódicos y revistas de México y Colombia. Es profesional en estudios literarios de la Universidad Javeriana de Bogotá y diplomado en guión de la Universidad del Rosario. Finalista de los premios de periodismo ambiental Amway (2006) y Conservación Internacional (CI- 2007). También fue finalista del concurso de cuento “El Brasil de los sueños (2008)”. En 2009, ocupó el segundo puesto en el concurso de CI con un reportaje ambiental sobre especies en vías de extinción. Su texto “De primerísima mano” fue seleccionado en la antología de crónica bogotana (1986-2006), editada por el Instituto Distrital de Cultura y Turismo, en la colección de Libro al Viento. Es autor de los libros de crónica “En la intimidad de sus bibliotecas” y “Hazañas colombianas” de Editorial Norma, del poemario Los Viajes de la Luz de El Ángel Editor.

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Publicado el 29 de mayo de 2016

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