Festival Internacional de Poesía de Medellín

Leo Castillo (Colombia, 1961)




Escribo


Escribo sin remordimientos y sin escrúpulos escribo
contra toda previsión estupefacto y plantado escribo
a obscuras mientras camino la hora infernal en contravía yo escribo
mientras converso y me distraigo
ausente escribo
con el semáforo descompuesto freno en seco y escribo
desde la otra acera ya escribo
sin subsidio ni distinciones honoríficas ante mi tumba escribo
sonámbulo y condenado sin redención
bajo el garrote y mientras llueve yo escribo
agachado bajo la luna
el autobús en marcha mientras te beso en la mejilla muchacha yo escribo
escribiendo incluso escribo porque escribo
hago silencio me muerdo la lengua cierro los ojos y escribo
me cojo de las pelotas silbo un motivo popular y escribo
mientras enseño los dientes al espejo
a cambio de algún humilde dolor escribo
a mi ombligo a mi meñique sobre mi cóccix en blanco y negro escribo
con la garganta reseca apurando un duro trago de saliva
sin un peso con el alma arrendada yo escribo
bailando un vals con el diablo y los fantasmas en duermevela
sin despertador
con el corazón desempleado y contra todo pronóstico yo escribo
si se agua la fiesta me atropella un auto
sin punto sin coma sin punto y coma en cama y en coma aliterado
objeto de desconfianza ante la caja registradora escribo
aunque me aprieta un zapato el día de mi muerte
sin remedio no escriba yo por fama
por dinero yo no escriba
en pobreza
sin el miedo anejo a la esperanza
escriba yo porque escribo.

 

 

Desnuda


En el azul terciopelo nocturno
joya de luz, flota
luna.

Pulse prodigiosa, lenta
la delicada caricia imposible
de cada célula la entraña extasiada, tu fuerza
luna.

Algo dirá
que más allá de las  noches en la  Noche
nos volvemos a encontrar.

De reojo el ojo indigno
no se atreve
luna
a intentar la contemplación cabal
de la inagotable belleza:
la experiencia con la muerte cuando
tal vez -dices-, a ver no nos volveremos
luna.
 

 

Empalado en un rayo


Tus dedos tocan tus dedos
tus ojos tus ojos ven
escuchando te escuchas
tu piel siente para ti.

El tajo de luz del medio día
hiende la  creación:
la noche de anoche
la noche que vendrá.

Nada tan inmenso como un cocuyo
nada tan leve como el cosmos
a sí mismo sostenido entre tus manos titilando.

Desde el panorámico de los autos la luna
a través del ventanal
se pega al techo a frotarse el vientre.

Boca arriba en la soledad
ella
hacia ti
boca abajo baja.

Te vas
luego
con tres azotes de luz.
 

 

Ajenamente azul


Tocar a una puerta impone cómos y cuándos
impone astucia para amordazar tácticamente la dignidad
una puerta es una cosa rotunda y maciza
que casi no cede a las mondaduras en las roídas rodillas.

Tocar una puerta como salir de caza
con la pólvora mojada de nuestra fe
baba canina resbalada nuestra mirada.

Toco a tu puerta que mezquina entreabre
climatizada la delgadísima brecha de tu desconfianza
accedo
soy engullido y sin digerir
me vomitas ya fermentado.

Toco en ti la certeza de estar con nadie
doy en la mitad de mi orfandad de la especie
retomo la acera mía
pateo una lata que resonante rueda
hasta la trampa de la alcantarilla
zampado el puño
en el bolsillo sin fondo
silbo una canción que quiere decir:
“la tarde ajenamente azul.”
 

 

Un paso adelante


Sin los dioses y sin los hombres
allí pasa negra tu sombra, Aram
con esos ojos tuyos entornados
que brillan singularmente heridos
por los reflejos del día espejeante.

Pero tu risa, Aram
no luce ya tu risa que al roce
de las horas volaba
con la fresca mañana.

Tu legítima muerte pasa contigo
presidiendo todo gesto que intentas
con su sello de póstuma perfección.

Siempre venías, Aram
siempre ibas (ya no recordamos bien)
volviendo amigablemente la cabeza.

Aquí se te quería
se  te cuidaba
y hasta se te habría podido advertir:
“no des un paso más,  Aram
que se te acaba el mundo.”

Pero de nada hubiera valido
igualmente.

Y así cruza ante todos tu sombra
que pasa y esparce, Aram
un aura de limbo
un paso adelante siempre.

Un paso siempre adelante.

 

Johnny


Desquiciadas ya
de sus cremalleras las horas
debidamente amortajado el rostro impuro del día
famélico y atormentado entre la sucia
tristeza de la calle
Johnny el demente
catapulta su prestigiosa ira hasta el encandilamiento
tuerce maniáticamente
el mismo callejón
en pos de ese centro perfecto y esquivo
que lo retiene y lo rechaza
y al que nunca acaba de llegar.

Parte


Mal que bien
Abelardo prosigue
claro que dando tumbos
entre una espesa nube
de insectos a contra luz.

Ocasionalmente
intenta desentumecer algo en el tiempo
organiza sus ruidos y
cuando es posible
enciende un fósforo para no extraviarse.

Uno hasta se conmueve al verlo
enalteciendo su orfandad en la esquina
o intentando el excepcional ministerio
de deshojar pétalo
a pétalo
la intrincada flor de la claridad.

Abelardo el pobre
con su fiebre alta
embota entre la seda metales
se atreve decidido
a diestra y a siniestra
de su alternativa de callejones sin salida.

Debieras verle entrechocar
la suspendida copa
regalar al que se aleja
con la fragancia de aguacero recordado
de la flor del adiós.

Cuando cierras la puerta
Abelardo entreabre un postigo
intenta confundir al vecino
escamoteándole su sombra
sin lograr por cierto aligerar
el ingrato fardo de toda incomprensión.

Abelardo va y viene
de la plaza a su escondrijo
en la obscuridad de la transparencia
sin lograr arrojar por ningún medio
del ojal de su esperanza raída
la flor violeta de ese adiós
que le florece cuando calla.
 

 

Réquiem por un insecto


Cuando por fin murió Gregorio
la asistenta voceó la nueva de esta manera:
—¡Ha reventado
ahí lo tienen
lo que se dice reventado!

Gregorio yacía en el piso
entre hilazas, polvo y desperdicio.

Todavía la noche anterior Grete su hermana
hablaba de la  apremiante necesidad
de deshacerse de esta carga
de este insecto cuanto antes.

Entre tanto sin fuerzas
y malherido por la manzana
que se pudre clavada en su espalda
el agonizante Gregorio escuchaba sus palabras.

Al alba
Gregorio entrega el alma
no menos adolorida que su cuerpo inútil
y de tan numerosas patitas
que no logran sin embargo
mantenerlo en pie.

Ha muerto Gregorio
—¡Ha reventado
lo que se dice reventado! —vocea la asistenta
mientras yo cierro mi libro, corro
y aseguro mi puerta
para amordazar a solas un sollozo inminente.

¿Cómo no haber amado
a este inocente monstruo arrinconado?

 

*

Leo Castillo   nación Soplaviento, Bolívar, Colombia, en 1961. Es poeta, novelista, narrador breve, traductor del francés y ensayista. Cursó estudios de Idiomas en la Universidad del Atlántico. Castillo ha venido componiendo una obra literaria como un niño llena con juguetes el vacío de una casa que le queda grande a su ensimismamiento. Alguna vez declaró haberse visto abocado a la escritura porque no tenía a nadie a quien decir que estaba alegre o triste, de manera que sus emociones se las contaba a él mismo en la invención literaria. De esta manera ha escrito unos diez libros cuya única importancia consiste en haberle permitido intimar con un universo más bien extraño, lleno de señales y sonoridades que le han raptado hasta la dimensión de la fantasía, haciendo de él alguien más bien torpe a la hora de crecer entre personas funcionales. Alumbrapalabras ha sido escrito para niños y hombres que comparten esta singularidad.

Agunos de sus libros son: Convite (Cuentos), 1992; El otro huésped (Poesía), 1995; Al alimón Caribe (Cuentos), 1998; De la acera y sus aceros (Poesía), 2007; Labor de taracea (Novela), 2015, entre otros.

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Publicado el 1 de junio de 2016

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