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Poemas de Krystyna Dabrowska (Polonia, 1979)

Poemas de Krystyna Dabrowska (Polonia, 1979)



Krystyna Dabrowska nació en Polonia, en 1979. Es poeta, traductora y autora de piezas de radio teatro. Estudió Arte Gráfico en la Academia de Bellas Artes de Varsovia. Ha traducido al polaco a William Carlos Williams, W. B. Yeats, Thomas Hardy y Thom Gunn. Ha publicado los libros de poesía: Agencia de viajes, 2006; Sillas blancas, 2012 y Tiempo y apertura, 2014. Obtuvo el Premio de Poesía Wisława Szymborska.

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*

Agencia de viajes

 

Soy una agencia de viajes para los muertos,
les organizo vuelos hasta los sueños de los vivos.
Acuden a mí famosas celebridades, como Heráclito,
para poder visitar a un escritor que lo adora,
pero también acuden muertos menos conocidos, como un granjero de la aldea de Wasiły,
que desea aconsejar a su esposa sobre la cría de conejos.
A veces varias generaciones de una familia fletan un avión
y aterrizan en la frente del último de los descendientes.
Tengo también relaciones con los asesinados,
que como cursan regularmente a los sueños de los supervivientes
acumulan millas del programa frequent flyer.
A nadie le niego mis servicios.
Encuentro las mejores conexiones posibles
y me reprocho que un joven amante,
para llegar al sueño de su novia,
tenga que hacer escala en el sueño de una arpía roncando.
O cuando las condiciones atmosféricas fuerzan un aterrizaje de emergencia
y el muerto me telefonea: ¡haz algo,
estoy atrapado en el sueño de un niño aterrorizado!
Incidentes así provocan estrés y son un reto
para mí, una agencia pequeña con grandes aspiraciones ,
porque aunque no tengo acceso ni al mundo de los muertos
ni a los sueños de los demás,
gracias a mí se encuentran.

*

 

De niña me ponía junto a una puerta abierta, uno de mis padres
colocaba una regla sobre mi cabeza,
y marcaba con lápiz una línea en el marco.

Después hubo otras puertas, a las que me llevaron mis aspiraciones.
Con una decidida raya, éstas comprobaban cuánto había crecido.

Ahora tú me mides a mí, y yo a ti.
Dos líneas horizontales temblorosas -
nuestros cuerpos

se arrebujan uno en otro, se ahondan en ellos
y no hay más alto o más bajo, no hay medidas.

 

*

 

Hermanos

 

Una anciana baila flamenco.
En el esfuerzo late su antigua levedad.
Es alta, esbelta como una garza encorvada,
tiene una falda de faralaes, las mejillas hundidas.
La anciana baila a la joven
que murió en tiempos de la guerra.
Tras el espectáculo se limpia el maquillaje, se quita la peluca
y el vestido, se pone unos pantalones, una chaqueta
y se convierte en la persona que es fuera del escenario:
un hombre, el hermano de la asesinada.
El anciano vuelve a casa.
Se la hizo con jirones del pasado,
de fotos, de afiches y de recortes de periódico.
Entre ellos cuelgan vestidos, que él mismo borda a mano:
multicolores pájaros exóticos.
Y el retrato de su hermana: le pone flores.
Antes de la guerra viajaron por toda Europa,
famoso dúo de bailarines adolescentes.
Luego vino el gueto, la huida, la separación.
Se dijo a sí mismo que si había sobrevivido,
era sólo para ser la reencarnación de ella en la danza.
El anciano bailarín prepara un té.
Silencio. Es la hora de las luces apagadas.
Muy pronto se irá a la cama, pero antes, tal como está,
sin disfraz ni maquillaje, zapatea en el umbral de la cocina
al ritmo del huesudo repiquetear de las castañuelas.

 

*

 

No soy capaz de decir nosotros, a menos que nosotros
sea un guión entre yo y ,
que conduce una chispa, y a veces
semeje el tira y afloja de una cuerda.
No puedo escribir nosotros, a menos que nosotros
sea un paréntesis para nosotros dos, en el que dormimos
y del que intentamos arrojar un avispón.
A menos que nosotros sean nuestros cuatro ojos:
observan cómo el avispón retumba en el globo de la lámpara,
color café con rayas doradas, míralo – qué belleza.
No me puedo inscribir en un nosotros más grande
que los círculos que zumban y que dibujan las alas
alrededor de ti y de mí, que se entrelazan
y crecen desde nosotros, y viajan cada vez más lejos.

 

El rostro de mi vecino


1

El rostro de mi vecino, el profesor,
cuya esposa murió,
de repente quedó desnudo, sin protección alguna.
Cuando me lo encontré en el patio
y él empezó a decir de forma inesperadamente franca
cuántas cosas le recordaban a su mujer,
tuve la impresión de que veía su rostro por primera vez.

Al igual que la casa de enfrente –
hasta hace poco un gran castaño la ocultaba,
pero una tormenta lo quebró y hubo que talarlo.
Y hasta que la costumbre recubra ese vacío,
veo las ventanas de la casa, la vida que transcurre en ellas.

 

2

Una camisa clara. La cabeza de un patricio romano.
Un intocable espacio de parqueo
junto a un muro, donde tras la lluvia
también aparcan los caracoles.
Pasé largo tiempo pensando: un impecable caballero
pasaba a través de su ordenada vida
de la misma forma que pasaba por el patio cada mañana.
Yo le habría echado, como mucho, unos setenta años.
Tiene ochenta y dos, me dijo hace poco,
y de niño estuvo en el gueto de Varsovia.
Su padre y su hermano perecieron. Sobrevivieron él y su madre.

Alina Szapocznikow escribió sobre el bautismo de la desesperación.
¿Cuántos callan el hecho de haberlo vivido?

 

En la encrucijada

 

En la encrucijada de angostas y transitadas calles
–una de ellas, empinada como una cascada,
se abre camino enérgicamente en la corriente de la otra–
cansados, hambrientos, hacemos una pausa.

En la ventana iluminada de un bar, un empleado
sacude un salero como un hisopo
sobre un cucurucho de papel con rodajas de berenjena
y flores de calabacín rebozadas y calientes.

¡Crujiente cuerno de la abundancia! Nos sentamos en la calle,
sobre zancudos taburetes, entre la basura,
y observamos a la gente. Mujeres en moto,
entre una multitud de peatones, con niños que cuelgan como monos,

una manada de adolescentes que salen de caza al atardecer,
sus ombligos expuestos, un punto de mira preciso.                                   
Inmigrantes: africanos, esbeltos como árboles
(junto a ellos las gentes locales son pequeños arbustos rechonchos)

y mujeres pakistaníes, con la languidez en sus ojos,
y transportando el silencio entre el tumulto. En la encrucijada,
la alegría de que se encuentren nuestras miradas,
de que se ramifiquen, se unan, entrelazadas y por separado.

Tú ves capas, estados, tribus,
yo pesco rostros individuales,
como si estuviéramos pintando juntos un cuadro.
Y tenemos un hogar común en esos cuadros.

 

Una iglesia en Georgia

 

Cinco cantantes encontrados por casualidad en el camino
nos llevan con ellos a una iglesia ortodoxa medieval.
No hace mucho era una encantadora ruina,
pero se decidió que había que restaurarla
Llegamos directamente hasta el rugido de los bulldozers.
Sobre ellos unos muros como de icopor
y una cúpula recién pintada,
como un gigante exprimidor de limones.
Echamos un vistazo en el interior. También está en obras.
¿Qué nos queda? Dar una vuelta alrededor
de la construcción, triste como una anciana
tras una operación de cirugía plástica, sin huella de arrugas.
De repente, uno de los cantantes, con rostro de azor
y un cabello como alas blancas, empieza a cantar.
Los otros se suman. Esa es su oración.
Rodean la iglesia, desaparece el traqueteo de las máquinas,
cinco voces poderosas reconstruyen el silencio
y todo lo que hubo aquí antes de la restauración.
En la tosca y lisa fachada, aparecen claridades, 
Están en nosotros, mientras volvemos al polvo y al bullicio.

Traducción de Nelson Ríos y Abel Murcia

Actualizado mayo 29
Publicado el 18 de mayo de 2016

Última actualización: 04/07/2018