Festival Internacional de Poesía de Medellín


Julio 8-15, 2017

POETAS INVITADOS

Kelly Jiménez (Colombia, 1994)


Foto del autor

I
Una danza asciende al encuentro de dos manos.
           La luz se agrieta.
Un pájaro muere en el intento
del movimiento que
se asemeja al amor.
Los cuerpos se vuelven tierra húmeda,
jardín
en el que un dios camina desnudo.


II
Adivinar la palabra que precede
a tu voz,
a la creación del fuego,
la que indica el rito del nacimiento.

Temer junto
a una tacita de azúcar a que no la digas nunca,
a que la guardes como la flor
que en la noche se cierra
para despedirse del sol.


III
Cuando la rama del árbol
    regrese al centro de la tierra
y se nombre raíz,
         rizoma,
tus manos reclamarán la saliva,
los lunares,
la piel,
el grito doloroso suspendido en el aire
mientras  tanto,
yo me convierto
en nenúfar,
en lirio de agua.


IV
Me detengo en la punta
de la montaña,
en la punta de
tus dedos.
Una luciérnaga baja al río,
al vacío,
al abrazo.
          Los árboles danzan en un gemido de amor o de muerte
                                    (o de amor a la muerte)
Hablas:
mi nombre cae en el aire,
       justo en el blanco,
en el lugar exacto donde alguien,
desde lejos,
lanza una piedra
 (partiéndome)


V
Ahora que te nombras, mujer,
caes de rodillas y besas  la tierra que has andado.
Ya no eres  la voz enredada al brazo del espino,
o el fruto ofrecido
al hambre y la sed.
Ahora escuchas el viento adormilado, 
eres tú quien se respira,
quien se dibuja en
en el murmullo de su propio ensueño.


VI
A mi abuela le han regalado un árbol
para sus manos,
pero ella se niega a abrirlas,
a destejer la historia,
a olvidar las oraciones dichas en secreto. 
Sabe que con el árbol vendrá la lluvia,
los hijos escucharán tras la puerta
y su cuerpo se entregará a los pájaros.

VII
No escribiré  esa historia.
No apagaré la niebla que se enreda
debajo de tus pies
y te  aleja
como el ave que no
volverá a soñarse.
Afuera,
una palabra encenderá tu vientre,
el frío se cansará
y aquel pino solitario
no se aferrará más
a la piedra
que lo sostiene.


VIII
Alguien deja caer su última aguja
sobre el cielo
convirtiéndolo
en un estallido de nubes
y flores rojas
que se dispersan en el íntimo deseo
de que la noche llegue.
Desde lejos,
el viento danza
trayendo consigo
el más cálido de los presagios.
En el aire hay un rumor a espera
y el eco de voces femeninas
se entremezcla
en un solitario canto.
Atardece.


IX
Tomarse en serio las cosas.
Ver la hoja de árbol que cae
                  junto al cuerpo
que danza en el aire
     y desaparece


X
Hay que ser otro,
callar
cuando el pájaro
lance el alarido 
ante su regreso al mar:
al origen.
Allí ellos ofrendarán sus alas como vestidos,
como adornos
para quien piensa en la muerte por primera vez.

*

Re-crearse a sí mismo y al otro: la poesía como posibilidad



Por Kelly Jiménez Pérez
Especial para Prometeo

Mirar es auscultar, detenerse, fijar, perseguir un rastro, inventarlo. Mirar es intuir, construir en silencio –bajo la sombra – aquellos rostros que se aparecen ante nosotros en las calles,  los bares, los teatros, los hospitales, las casas, las habitaciones. Rostros que constituyen una voz, un cuerpo que encierra enigmas, recuerdos, sueños. Rostros que, a través del gesto, de la cicatriz,  insinúan paisajes, sonrisas, lágrimas, porque cada uno de ellos cuenta una historia, un universo, un ser contenido. Sin embargo existen entre éstos algunos difíciles de descubrir, ya que están entreverados por hilos invisibles que ocultan secretos, cosas indecibles. A menudo, tales rostros parecen a punto de estallar, de gritar a través de los ojos y de la respiración, pero no pueden, no logran hacerlo. Ahí es cuando surge la necesidad de nombrarlos, narrarlos, asirlos poco a poco en un tejido de palabras, más aun cuando se trata del propio rostro, de la imagen que nos devuelve la vida acerca de quiénes somos.

Cada ser humano carga con sus historias en el rostro, en la piel, en lo que dice y en lo que calla, historias de amor y desavenencias (consigo mismo, con  los otros, con lo otro), que crecen y decrecen adentro, en lo más hondo, historias que se cuentan al amante, al amigo, a la hija, a la abuela  o no se dicen nunca, historias que quiebran el corazón y abren llagas, historias que se alimentan a diario –con odio, rencor, sufrimiento— hasta que no se soportan más a sí mismas y se convierten en grito. Pero no hablo del grito literal, del sonido vocal lanzado con fuerza, sino de aquel que toma forma y se lanza mediante el poema, el dibujo, la danza.

En efecto, cada persona libra consigo mismo constantes guerras, antiguas quizás, puesto que pudieron instalarse, incluso, desde el vientre materno, en esa soledad con lo femenino, con el origen; también, en la infancia más remota, cuando el lenguaje todavía era presagio de un suceso importante y  llegaba a visitarnos calladamente. Entonces, desde pequeños –y durante toda nuestra existencia— cargamos con largas batallas, con reconciliaciones inconcebibles, con angustias que crecen en forma de criaturas, de insectos enormes que beben nuestra sangre y crean una habitación para ellos en nuestro cuerpo, una tormenta de afecciones y sensaciones. Es en esos momentos vitales donde surge la escritura como reparación, como camino para reconstituirse, para reconciliarse con aquello que es fuente de dolor y decepción, para curar con la magia y la fuerza de la palabra las hendiduras que fragmentan nuestro ser.

De esta manera, la escritura, y específicamente, la escritura poética, se convierte en puente, en vehículo, en posibilidad de restaurar, reinventar y resignificar lo que somos y hemos sido, las historias que nos traspasan, las heridas que han quedado abiertas con el transcurso de los años. A ese acto solitario de escribir, se aúna el de leer, y no me refiero aquí únicamente a los libros, las novelas, los poemas, sino a la escritura y lectura del mundo, a esa mirada inquisitiva, curiosa, creativa, que además de ser sendero para la reparación y la reinvención de sí, es una forma de estar, de devenir, de acontecer, es una encrucijada para construir y develar el conocimiento, el alma de las cosas, el gesto de lo diminuto, la celebración de lo aparentemente ordinario e insignificante.

Es menester mencionar en este punto que la poesía es una tarea perecedera e infinitamente inútil, en el sentido de lo material, lo tangible y lo mercantil. La poesía es ante todo  un asunto –si es que podría llamarse de ese modo— espiritual y corporal, entendiendo el cuerpo no como entidad biológica, sino como significación, mediación y representación de nuestra existencia, territorio del ser consigo mismo, para sí y contra sí, como lugar en el que sucede el lenguaje. Tal corporalidad y espiritualidad de la poesía conlleva, desde su cualidad de reparar y reconstituir, a que quien la habita alcance la paz interior, la serenidad, un estado de tranquilidad manifiesto por periodos de tiempos duraderos o  por instantes huidizos.

En consecuencia, un individuo en paz consigo mismo será alguien con la facultad de crear relaciones pacíficas y amorosas con los demás seres humanos y con la tierra. A través de la poesía emerge tímidamente la conciencia o el reconocimiento de una interrelación entre sí mismo, los objetos, los animales, las plantas, el agua, el aire, el fuego, los astros, en definitiva, entre el sí mismo, la naturaleza y el cosmos. El descubrimiento de dicha interrelación provoca la necesidad de amar, contemplar, ofrendar-se, escudriñar  lo innombrado, la voz de cada hoja, flor, piedra, pájaro, alga marina…; a su vez, aparece la urgencia de sanar los encuentros o desencuentros con las otras personas, las relaciones agujereadas por la posesión y la destrucción. Por lo tanto, la poesía hace posible la coexistencia creativa con eso otro orgánico y fluctuante que en suma se constituye como la máxima expresión de la vida.

Por otro lado, todas las sociedades experimentamos la crueldad, el conflicto, el odio, el egoísmo, los cuales se proyectan en el individuo, en  el colectivo y en la relación que se establece con la naturaleza.  Por ello necesitamos la poesía, el arte como forma de habitar el mundo, como expresión y comunicación. El arte conduce a meditar, sentir y dejarse sentir, a afectar y dejarse afectar, a mirar con amor, con interés. El arte indica la reconciliación, la recuperación de lo femenino, lo ancestral: el cuidado de la vida. Cuidar la vida sólo puede provenir de un espíritu invadido por la paz y la tranquilidad, por la empatía y la pasión.

Si bien en párrafos anteriores mencioné la escritura poética como reparación de la herida que todos llevamos, quiero decir que la poesía no es sólo la palabra escrita o leída, no es sólo el poema, la poesía atraviesa la tierra, la humedad, el frio, la vida, el cuerpo. La poesía anida en todas las artes: literatura, música, danza, teatro, pintura, cine… La poesía es un ángel que vive en nosotros y nos rodea, cuando llega la noche, el sueño, el amor o la muerte.

Para finalizar, desde mi ser como educadora-artista considero que el arte, la poesía, más que transformar al mundo o las sociedades, transforma al individuo, moviliza subjetividades, estremece conciencias. Y aquí, el individuo es el fractal, el rizoma, el movimiento ondulante que empieza a impactar al que está cerca, luego, al que está lejos. En el individuo comienza a crecer sin límites el espíritu poético, el cual se expande en múltiples direcciones, en puntos de fuga y hace reverdecer lo que le circunda.  El espíritu poético es el que transmuta y metamorfosea a quien lo posee, el que estimula, libera, recrea, y hace del humano un ser capaz de sobrevolarse.  

*

Kelly Jiménez nació en Medellín en 1994. Es poeta, artista y Licenciada en Educación Artística. Trabaja como docente de literatura y desarrolla proyectos de ilustración y fotografía. También, enamorada del teatro ha emprendido distintos caminos de formación y creación. Participó en la publicación de Álgebra de estrellas, una antología de poetas jóvenes de la ciudad.

Publicado el 28 de abril de 2017

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