Festival Internacional de Poesía de Medellín


Julio 8-15, 2017

Graciela Maturo (Argentina, 1928)



La misión del poeta en el fin de la modernidad

Por Graciela Maturo

           1- El poeta como persona ética y constructiva.

Hasta el momento he tratado de desplegar el aspecto espiritual profundo del poetizar, deteniéndome en una revisión de la historia poética y cultural de Occidente con el apoyo de ejemplos no occidentales que permiten hablar de una actitud  humana universal.  He hablado de contemplación, ensoñación, meditación y aproximación a lo sagrado.  El poeta, a veces con pleno conocimiento de la zona que aborda – el caso de poetas doctos, que estudian  la poesía y  la tradición poética, o se abren a estudios antropológicos, psicológicos, históricos-    y otras veces guiado   por su sola intuición, transita   un camino de autoformación que tiende a realizar aquel objetivo de que hablaba Novalis: La meta del poeta es alcanzar la conciencia trascendental.

Esto no significa ignorar que el poeta, como todo hombre, es un ser encarnado en el tiempo y en la historia, y cultiva también un pensamiento crítico. Desarrolla una ética, un pensamiento político, una tensión hacia la construcción de una sociedad mejor, más armónica y justa.   Por mi parte no niego este aspecto, que se hace visible en toda acción del hombre, y en sus testimonios  a través del lenguaje. La diferencia que señalo es que este accionar ético-político,  si bien se manifiesta a veces  en y por el ejercicio poético, no es lo sustancial y diferencial del mismo, aquello que lo convierte en  un pensamiento y un lenguaje singular.  En cambio la experiencia metafísica, la búsqueda del sí mismo, la entrega al rapto o el morar en la proximidad de lo sagrado son  elementos que  condicionan  los rasgos esenciales del poetizar.

Nunca me he inclinado a  predicar sobre un deber ser de los poetas, ni a proponer un   perfil unificador, pero dada la gravedad del tiempo en que vivimos, y la responsabilidad que adquiere,  aún sin buscarla,  todo aquel que maneja la palabra  oral o escrita, debo cerrar este breve curso hablando de la misión del poeta en los  tiempos finales de la Historia occidental. Esa misión la veo proyectarse  en los poetas mismos, en aquellos que nos merecen mayor respeto por su integridad, independencia y vocación poética.

Me parece necesario, ante todo,  detenernos en conceptos como Occidente, Oriente, Modernidad,  que son conceptos históricos y culturales, para  esbozar  una idea de la misión que adjudicamos al poeta  en el  fin de  la Modernidad occidental, que no tiene porqué ser el final de toda historia.


           2-  La  Modernidad y su crítica, dentro de la órbita occidental.

Es innegable que al  visualizar  - someramente- el tema, lo estamos haciendo  dentro de un pensar, unas mediciones del tiempo y un estilo intelectual que nos han sido inculcados por el Occidente.   De lo contrario no podríamos hablar  de que el  proceso de la Modernidad  avanza con fuerza a partir del siglo XVI, abarca grandes descubrimientos y avances para la humanidad, acompañados de experiencias de dominación, desigualdad, retroceso y barbarie. Nos hace falta acceder a un “pensamiento de la complejidad”,  a la manera de Edgar Morin, para no incurrir en torpes simplificaciones.

La Modernidad ha sido  protagonizada por un grupo de pueblos a los que se ha abarcado con la denominación simbólica de Occidente,  designación que de hecho convoca a su opuesto y  generador,  nombrado como Oriente, ambos en una imagen metafórica que remite al “recorrido” del Sol, de Este a Oeste,  o al menos a lo que visualizamos  por la giración de la Tierra.  La cultura antigua  se desplazó, tal como percibimos el movimiento del Sol,  desde el Oriente: nacimiento, hasta el Occidente: ocaso, muerte. La metáfora ha sido acertada y perdurable, aunque no tomaba en cuenta, para antiguos y medievales,  que un nuevo continente sería incorporado a esa ecúmene. Me parece preciso recordar que las profundas transformaciones  que produjo la Modernidad en el conocimiento, la modificación de la naturaleza y  los cambios en la  vida humana no son  comparables a las de períodos anteriores de la historia, al menos la Historia que conocemos.  Su exacerbación de un modo del conocimiento al que se dio en llamar con exclusividad científico, condujo a la secularización de la cultura mítico-religiosa de los pueblos,  a  la autonomía de la razón, el acelerado desarrollo técnico y  el protagonismo del hombre, cada vez más desprendido del marco axiológico humanista.    La Modernidad, etapa culminante del desarrollo occidental, abarca los últimos cinco siglos, coincidiendo su inicio,   para historiadores y filósofos,  con el  debatido “descubrimiento” de América. 

 Para Hanna Arendt, tres son los sucesos determinantes del período: América, incorporada a la Historia universal,  la Reforma,   y la invención del telescopio.   En efecto estos tres sucesos – y otros conexos a ellos- crearon nuevos puntos de vista históricos y científicos para la moderna  sociedad  de Europa,  y desde allí se expandieron por el mundo en compleja actitud de dominio y transmisión. . Es imposible despegar la Modernidad  de un proyecto de dominación que se entrecruza con el ímpetu civilizador extendido hacia todos los confines del planeta.  . El llamado Nuevo Mundo se ofreció como el continente destinado por excelencia a  tal expansión,  a través de dos orientaciones  bien diferenciadas: por un lado la colonización ejercida por pueblos latinos en el Centro, parte del  Norte , y Sur del continente e islas  pertenecientes al mismo, con una cuota importante de mestización,  por otro,  la colonización anglo-sajona y holandesa   en el Norte del continente, apoderándose de lugares ya colonizados por España, y avanzando mediante el exterminio de la población primigenia y la total implantación de la nueva cultura cristiana signada por la Reforma.

 La Conquista española fue el detonante de la mala conciencia europea. La expansión de Europa hacia el Asia y el África no fue fundante y duradera como lo fueron en América las de España y Portugal. Tal avance, destructivo durante medio siglo, dio lugar a la autocrítica y la modificación de las leyes de la Conquista. Los reclamos de Fray Antón de Montesinos, Bartolomé de las Casas y Antonio de Córdoba, la batalla jurídica de Francisco de Vitoria y el accionar de la Escuela de Salamanca deben ser tenidos en cuenta como motores  de una progresiva rectificación  de los errores y excesos  iniciales de la Conquista, en sus primeros cincuenta años;  con posterioridad, se crearon nuevas leyes y métodos de predicación,  y surgió una corriente de pensamiento  que condujo a   un nuevo derecho de gentes  para  su aplicación en las colonias y en el mundo. El Occidente ilustrado – no solo España sino y especialmente sus rivales- miró  con ojos nuevos a  las comunidades del Nuevo Mundo, si bien no alcanzó -hasta mucho tiempo después-  a medir de igual modo al africano, traído como mano de obra esclava.  Europa descubría un Mundo Nuevo, y este des-cubrimiento iniciaba de hecho la revolución de la propia Europa, en sus ideas, su política, su ciencia misma. Se iniciaba en el siglo XVI, con utopistas y predicadores, la crítica de Occidente. Movilizado por el contacto del hombre blanco con  hombres incontaminados por la civilización occidental, fue surgiendo el espíritu barroco, de contrastes mundonovistas, al que Alejo Carpentier ha visualizado con agudeza como eje permanente de la cultura latinoamericana.

Es el  humanismo europeo,  con su fondo de conciliación de los opuestos,  el  que ha moderado  la crítica abrupta a la modernidad occidental. Por eso hablamos, para América, de una transmodernidad, que sin ser absolutamente moderna evita el extremo antimoderno propio del Islam.

La Modernidad generó perspectivas optimistas y críticas profundas, en cada uno de los momentos importantes de su avance: la navegación de ultramar juntamente con el surgimiento de las ciencias empírico-naturales;  el estudio de la Tierra y sus frutos;   el maquinismo y  la revolución industrial;  la conquista del espacio aéreo;  la cibernética. No es posible ignorar los  avances y beneficios alcanzados por cada uno de esos tramos,  de los cuales hacemos uso los hombres y mujeres de todo el planeta,  si bien esos beneficios no han llegado a todos. Pero tampoco es posible negar sus efectos no deseables.   La crítica del Occidente científico-técnico, insinuada por algunos  pensadores románticos, fue llevada a su extremo límite, en el final  del siglo XIX,  por Friedrich Nietzsche. Su gesto acusador del racionalismo occidental  fue germen de distintas oleadas de pensamiento y modificación cultural a lo largo del siglo XX, hasta alcanzar en sus últimas décadas, la versión atenuada de la filosofía post-moderna. Era una versión light, para el consumo de una sociedad desvitalizada de postrimerías de la Historia, y en verdad no ha pasado de ser una moda intelectual, sin capacidad para moderar los excesos de la modernidad técnica, parcialmente expandida desde un grupo de países del hiper- desarrollo al resto del mundo. Los filósofos europeos de la llamada posmodernidad, hicieron el diagnóstico de la sociedad de fin de siglo. Describieron el mundo de la fragmentación, la desconstrucción, el cruce de mensajes, la pérdida de los patrones identificatorios, la muerte de los grandes relatos orientadores -es decir, los mitos religiosos, históricos, morales, que han conducido a la humanidad. También se han referido  a otros aspectos concomitantes o secundarios: el resurgimiento del arte, ligado a los medios técnicos, el pensamiento débil, el retorno a lo pequeño y cotidiano. El fracaso de los ideales que validaron el saber y el hacer, habría impulsado a la sociedad posmoderna a nuevas maneras de validación: la performatividad o eficiencia, y el consenso de la comunidad científica, social, etc., en muchos casos creado artificialmente por los medios de comunicación masiva. François Lyotard señalaba que el lenguaje ya no posee una verdad ni aspira a ella; el discurso de la verdad vino a ser sustituido por prácticas locales, así como el arte-verdad se habría visto reemplazado por el cultivo de formas gratas y las estrategias destinadas a obtener el consenso del gusto.

Entiendo que este panorama, parcialmente trasladado a los pueblos periféricos, y exaltado por algunos de sus intelectuales y políticos, no expresa totalmente – ni en lo esencial - la constitución cultural de  esos pueblos, en muchos casos portadores de milenarias culturas, o de procesos de mestización y transculturación.   Es legítimo reflexionar sobre el alto precio de la Modernidad,  que produjo el paso de una parte de la sociedad a una vida hedonista desentendida de valores, y la sumisión  de otra porción muy numerosa de la población del planeta, que quedó sumergida en la pobreza, cuando no en la  indigencia y la pérdida de la dignidad.
La realización de la utopía técnica, justo es reconocerlo,  no ha traído la felicidad ni la equidad al género humano. La perspectiva adquirida permite visualizar que se ha llegado al anverso del optimismo alentado en los comienzos de la revolución científica. Sucesivas crisis planetarias, los estragos de dos guerras mundiales y los aspectos encubiertos  de una tercera, los etnocidios, los estallidos atómicos, la creciente diferencia social, la mortandad, la enfermedad y la miseria en vastas regiones de la tierra, e incluso el vaciamiento de la cultura en medio del desarrollo, hacen dudar del triunfo del proyecto científico-técnico, que ha creado  la dependencia de las conciencias, a diferencia de la etapa anterior en la cual se  pretendió  dominar los recursos naturales y bienes de producción.


          3.-  Una historia compleja: Oriente y Occidente en América Latina.

Los latinoamericanos debemos hacernos cargo de una historia compleja, que nos relaciona con Oriente y Occidente, tal es nuestra convicción.  La América mestiza  ha albergado y alberga aún, pueblos originarios, no-occidentales, de diverso grado de evolución, que provenían del Asia y de la Polinesia: esos pueblos, luego de miles de años de asentamiento, sufrieron  la invasión y colonización de españoles y portugueses. Al decir que esto ocurrió desde fines del 1400, nos vemos en la situación de  reconocer que tanto nuestra medición del tiempo, como el idioma en que damos cuenta de ella – al menos en sus rasgos generales-  pertenecen a la tradición de Occidente.  Es necesario aceptar un proceso complejo, que como todo proceso histórico incluye a todos, ya provengan de la inicial y fundante mestización o de  inmigraciones más recientes.  La historia, de difícil simplificación, hizo de Europa el partenaire obligado de América, y de ésta, como dice Carlos Fuentes, su “espejo enterrado”. La identidad hispanoamericana se fue construyendo en un permanente diálogo con la Modernidad euro-occidental, y en una parcial y reelaborada aceptación de su desarrollo. Las nuevas naciones emancipadas hace doscientos años formaban parte de un conjunto, y dentro del mismo, de regiones bien reconocibles, que incluyen parcialidades nacionales. Por ello es necesario y legítimo ampliar el concepto de identidad nacional al más abarcador de identidad latinoamericana, reconociendo que estamos frente a una familia de pueblos con una historia y un acervo cultural comunes, y diferencias regionales o nacionales que matizan aquella unidad, hoy planteada como el horizonte ineludible de una reintegración económica, social y política.

Podríamos intentar el siguiente esquema de las oleadas sucesivas de modernización, con fechas y conceptos aproximativos.*Primera modernización: 1492-1810. El continente, nombrado como América  o tierras de Américo por el cartógrafo Waldessemüller, era habitado por pueblos de disímil grado de evolución. Algunos de ellos eran nómades y recolectores, mientras otros habían producido civilizaciones de cierto grado de avance, con la construcción de ciudades más grandes que otras europeas contemporáneas,  adelantos en su conocimiento del mundo, una concepción del tiempo y los ciclos cósmicos, una ética de vida basada en el respeto a la naturaleza. Muchos de esos pueblos eran ágrafos, otros tuvieron una escritura pictórica o ideográfica. A partir de la llegada del Almirante Colón, los colonizadores españoles y portugueses introducen la Modernidad europea, incipiente en la Península. Traían el hierro, las armas de fuego, el caballo para la guerra, los instrumentos de medición, la brújula, el vidrio, los objetos manufacturados, el alfabeto. Trasladaban a los pueblos aborígenes – y no es un dato menor-  la tradición judeocristiana, si bien la fe popular se encargaría de matizarla con creencias indígenas. Implantaron su idioma (español, portugués) de origen latino y con él cierta manera racional de mirar el mundo. Las lenguas del conquistador fueron incorporando el vocabulario indígena, y manteniendo algunos arcaísmos hasta conformar la lengua que hablamos, cuya sintaxis racional latina ha persistido. Los españoles instalaron muy prontamente imprentas e introdujeron el libro, instrumento de la colonización y la evangelización -  un objeto extraño para los indígenas, que pintaban sobre cortezas de árboles -; fundaron escuelas, universidades, conventos. Al incorporarse, en forma oprobiosa, al esclavo africano, se amplió  la base antropológica multiétnica de los pueblos del Nuevo Mundo. El Reino de Indias, que formaba parte del estado español con sus características propias,  fue destruido por el propio estado español con el advenimiento de los Borbones. *Segunda modernización: (1810- 1860) las colonias españolas (no así las portuguesas) se emancipan a partir de 1810, bajo la tutela ideológica de Francia y los Estados Unidos, y con el control comercial de Inglaterra, como ha sido suficientemente demostrado por el revisionismo histórico de varias generaciones. Las minorías libertarias esgrimían instrumentos ideológicos liberales, netamente europeos, aunque era reconocible en el territorio un americanismo ancestral, gestado en la población mestiza. Las consecuencias de esta distancia se verían en las décadas subsiguientes, a través de guerras internas – nunca totalmente resueltas – que expresaron la confrontación de las minorías europeizadas con grandes masas populares herederas de la cultura  indiana. *Tercera modernización: (1860- 1930) Con el triunfo de las minorías liberales se inicia la organización de las naciones, que tomaron como modelos a la joven nación norteamericana, emancipada en 1776, y a Francia, cuya revolución (1789) había abolido el régimen monárquico, y declarado los derechos universales del hombre. Se hizo evidente, a partir de la década del 80, la rápida europeización de las ciudades, y el contraste con las masas campesinas, “criollas” y en gran medida analfabetas, lo cual no significa carentes de cultura .Los caudillos  fueron mostrados como bárbaros.. La América hispánica había quedado como un subcontinente agrario dependiente del comercio con Gran Bretaña. La irrupción de la inmigración europea produjo una  renovación de la modernidad. Algunos intelectuales, especialmente la generación del 900, iniciaron una fuerte denuncia, desarrollando un nacionalismo latinoamericano que tuvo consecuencias sociales años después. Algunos países latinoamericanos, como México, vivieron procesos revolucionarios, luego de una historia  atípica.   *Cuarta modernización (1930- 1990). A partir de 1930, se inicia la parcial industrialización de los países latinoamericanos y la emergencia de movimientos nacionales de distinto signo: Argentina, Cuba, etc.     Pese al accionar de los movimientos nacionales, muchos países asimilaron, a  partir de los años 50, una parcial incorporación del  american way of life.*Quinta Modernización. (1990 - … ) .La historia occidental había de producir aún una última "revolución", de carácter implosivo, que arranca de los años 60, aunque   tomamos la década  del 90  como fecha aproximada en que la revolución cibernética se hace actuante en la cotidianidad del hombre latinoamericano. La invención del microchip abrió la era cibernética, puso en marcha la robotización e inauguró la revolución de las comunicaciones, generando como consecuencia la destrucción del estado socialista y la expansión del capitalismo a buena parte de la tierra, dentro del llamado "nuevo orden mundial".

Este imperfecto esquema apunta solamente a señalar la necesidad de una toma de conciencia de lo que ha significado el proceso de la Modernidad, que viene durando cinco siglos, tantos como la etapa propiamente histórica de América.

Publicado el 13 de marzo de 2017

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