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Pedro Ortiz (Nación Inga - Colombia)

Por: Pedro Ortiz

Tiempos Modernos

 

Para conquistar la montaña,
habría que ser amigo del agua.
Para posar las manos sobre la hierba,
antes hay que caminar sobre las primeras huellas.
Para escuchar la quena,
se debe compartir el silencio de la floresta.
Para descubrir el amor,
hacía falta respirar en Vichoy.

Húmeda la tierra, tiene olor a granadilla este poema.
Las manos de mi abuela aún me peinan,
y las manos de mi bisabuela aún siembran.

Nuestras semillas son eternas,
cada uno viaja con ellas.
Así lo enseñaron los ancestros,
y aquí nunca la comida faltó.
Por eso a Monsanto dijimos No.

Nos enfrentamos a nosotros mismos con el remedio,
lloramos y reímos al perder el miedo.
Luego vino el arte y la paz,
el taita Domingo pinta la vida y alivia con su aliento,
al amanecer el inga le canta al universo.

No hay conflicto con la muerte,
preparados estamos,
la chagra está sembrada
y la chicha fermentada.

Los sueños crecieron con el maíz,
se aliaron con los animales
y echaron raíces con los árboles,
un ave gigante los arrastró hacia el centro del valle,
fueron arcoíris y serpiente,
truenos en septiembre,
lluvia y río que crece,
bosque que florece.
Beso que envuelve,
magia y misterio,
viento en el tiempo.

No hay conflicto con la muerte,
preparados estamos,
la vida está sembrada
y la chicha fermentada.

De nuestro pecho, lo nuevo.
De nuestra sangre, la savia,
de nuestros huesos, las flautas.
De nuestras palabras el recuerdo,
y de nuestra lucha, el ejemplo.

 

Pensar bonito

 

Compartir las frutas de diciembre,
hallarles contigo un sabor diferente.
Caminar hasta perderse, a propósito, en el verde.
Tenderse en la hierba, sin dejarle lugar a la tristeza.
Escuchar el río, que pasa por la vereda,
y sentir que nos lleva, a donde canta la tierra.
Contemplar la luna, confiar mis semillas a tus sueños;
y pensar bonito, como enseñaron los antiguos,
para ver al amanecer, cómo la vida
entre tus dedos, tiende a florecer.

 

 

Laguna del Colibrí

 

No traje el canto de estas aves.
No surqué tu cielo en raudo vuelo.
Únicamente soy quien te contempla:
el aspirante a lo eterno, a bosque, a fuego.
A verde complemento.

 

Sobre las huellas del jaguar
anduvo mi infancia.
Arroyos cristalinos besaron mi alma.
Y así descubrí el amor,
mientras jugaba a ser mejor.

Pudo más tu canción que mi silencio,
y desde entonces voy con mi estrépito de sueños
contagiando cada universo.
Tu cuerpo que es remedio,
es también alimento.

Agradezco la fuerza de tu ternura,
el primer instante en tu llanura.
Tus mañanas de sol y de tormenta.
El arcoíris en la puerta,
la sonrisa de mi abuela.

Es en mí tu armonía natural,
salir por tus senderos,
es dirigirme a mis adentros.
Y aunque me aleje,
de ti no me desprendo.

A tu vientre acuden mis versos,
por mí pasa cuanto eres,
tierra húmeda, tierra fértil,
laguna del colibrí,
viento sin fin.

No te sorprendas si me quedo quieto,
si me convierto en bosque,
si soy de fuego.
Es que solo quiero,
ser tu complemento.

 

Hija del viento

 

Una nube, casi nada, casi ángel,
despertó esta mañana en mi ventana.
Yo silbé para saludarla una canción,
y ella voló por toda la habitación.

 

Al verme sorprendido en el suelo,
me invitó también a emprender el vuelo.
No sé si en realidad me moví,
pero si sé lo que vi.

Y la nube, casi nada, casi ángel,
volaba adelante convertida ahora en ave gigante.
Me dejé guiar por el brillo de sus alas,
hasta el secreto de un valle más allá de las montañas.

Aquí el hombre de la espada descubrió la paz,
y caminó en silencio
dejando sus fantasmas en libertad.
¡Éste era el dorado que tanto había buscado!

Yo quisiera entregarte,
la magia de la planta que comen los jaguares.
Una piedra, una pluma, una gota,
el verso que guardé en el barro de una olla.

Las alas, ya lejanas,
se fueron convirtiendo en largas pestañas,
en respiración lenta,
en alegría serena.

Pero esta historia no termina en tus ojos,
continúa en tus sueños.
Duerme, hija del viento,
en el valle más allá de las montañas,
un colibrí te esperará atento.

 

El guerrero y el viento

 

Que tu camino está trazado por el Sol,
es lo que al viento le escuché decir hoy.
Que en donde cayeron tus lágrimas,
han crecido hierbas mágicas.

Que tejes en las noches, casi siempre,
los signos de tu pueblo.
Que ya no juegas con fuego,
y que llevas una luciérnaga encendida en el cabello.

Que es fácil advertir tu presencia,
porque caminas llenando de música la tierra.
Que te gustan los poemas,
y que te olvidaste del poeta.

Que todo el bosque te cuida,
que todo el bosque te sueña.
Que tu sonrisa se ha iluminado
que la armonía natural has encontrado.

Por aquí corren los días fríos de mayo.
Leímos El Libro Rojo del Putumayo,
todavía no nos hemos recuperado.
Sin embargo, he disfrutado el viento lejano.

Alguien me dijo, a propósito del tiempo,
que una mañana de neblina y trueno
nació un gran guerrero.
Me he tendido a pensar en ese momento,
y en el viento, y en el viento…

 

Desde el lugar del trueno

 

Y me sentía solo sin las montañas,
solo sin el agua y las piedras sagradas.
Solo sin el viento y sus lenguajes,
solo sin canciones y rituales.

Solo,
caminando lejos del campo
o en la cima de un árbol de cemento
mirando hacia el pueblo que atardece en mi recuerdo.

Solo,
sin la luz de aquellas pupilas incrédulas;
la noche en que vimos a los colibríes plateados
perseguir las estrellas.

Solo,
antes de que ella
—que en su mochila guarda semillas de esperanza—
apareciera, desde un rinconcito del Putumayo,
para tejer su historia con la mía,
antes de sentirla y de creer en la poesía,
solo, así me sentía.

 

Suma rimai

 

 

 

“La poesía es un arma cargada de futuro”
Gabriel Celaya

 

 

Especial para Prometeo

 

Se dice que la poesía es una forma de narrar e interpretar la realidad, pero también es una fuerza creadora capaz de transformar el mundo. En el Valle de Sibundoy, al sur de Colombia, el pueblo originario Inga nos enseña que se debe cultivar y practicar el “suma rimai” –hablar bonito– como un principio de vida. Y como complemento de lo anterior señalan que es necesario pensar bonito y vivir bonito.

Una de las regiones más afectadas por el conflicto social y armado ha sido el Putumayo, donde también se ha ensañado la violencia histórica de la ambición desmedida. Como ocurrió a principios del siglo pasado cuando, debido a la falta de soberanía del Estado, la Casa Arana cometió uno de los peores genocidios contra comunidades indígenas registrado en el país. En aquella ocasión, gracias al informe de la situación –que luego se convertiría en el “Libro rojo del Putumayo”– presentado en Londres por Roger Casement, se logró detener esta barbarie.

Pensando en conjurar la violencia y la injusticia desde el “suma rimai” fundamos hace nueve años el Festival de Literatura del Putumayo, evento que enarbola la esperanza y promueve el amor por la lectura y la escritura, por la música y la poesía, como una forma de trasformación social que pretende contribuir al desarrollo humano generando iniciativas de paz y educación, con actividades que incluyen lectura de poemas, narración oral, teatro, música, conferencias, ciclos de cine y exposiciones de arte.

Con la convicción de  seguir aportando a la construcción de otros mundos posibles, iniciamos un proceso de promoción de lectura y escritura con niños y niñas de  las zonas rurales donde se había presentado una mayor incidencia de la guerra, observando que el imaginario de los menores a la hora de resolver problemas presentaba rasgos tendientes a la violencia.  Con el apoyo de profesores y padres de familia se comenzó a escribir una nueva historia, inculcando métodos alternativos de solución de conflictos en los que la imaginación inspirada en el respeto primaria sobre los finales proclives al odio.

Producto de este trabajo se publicó una cartilla titulada “Vientos de Paz” que fue distribuida en  las bibliotecas públicas del departamento, con lo que podemos afirmar que la función de la poesía en la construcción de la paz y la reconciliación es de resistencia, esperanza, contribución y transformación. Por eso desde el sur de Colombia echamos a volar nuestra palabra, con el propósito de sumarla a todas voces que luchan por alcanzar el digno buen vivir que como pueblos hermanos nos merecemos.  

 

La palabra que cura,
la palabra que ayuda,
la del abrazo, la del corazón,
la de la emoción, la de la canción.
La que guía, la que ilumina,
la que aguarda, la de la esperanza.
La palabra semilla,
la que crece y se hace fuerte,
se hace bosque y florece.
La que acompaña, la que envuelve,
la que viaja.
La que arrulla, la de la confianza,
la de la magia, la de la balanza,
la de la alegría, la de todos, la de todas.
La que respira y es aliento,
la que es alma de un beso.
La que no olvida,
y estará en el viento para quien la quiera escuchar.
Esa es nuestra palabra,
la que lanzamos al mundo
desde el valle de Sibundoy,
nuestro terruño.

 


 Pedro Hernán Ortiz Narváez es un poeta originario del Valle de Sibundoy, Putumayo, Colombia, el 28 de septiembre de 1988. Cursó estudios en la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Nariño. Es fundador del Festival de Literatura del Putumayo y autor del libro Samai.

En el 2016 fue reconocido por la Revista Correo del Sur como el poeta más destacado del Sur-occidente colombiano. En el 2017 el Municipio de Sibundoy le otorgó la Medalla al Mérito “José de las Casas” en el grado de ciudadano distinguido por su aporte a la cultura. En el 2019 obtuvo la beca de Colciencias y de la Gobernación del Putumayo para estudiar una Maestría en Desarrollo Rural en la Universidad Javeriana de Bogotá.

Como promotor de lectura y escritura ha trabajado con niños y niñas de la zona rural de su departamento, produciendo una cartilla de cuentos titulada Vientos de Paz, y un audiolibro en la voz de sus autores ambientado con música de la región.

-Poemas La raíz invertida
-Poemas farodesnudo

Publicado el 16 de marzo de 2017

 

Última actualización: 28/07/2021