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¿Y si el ser humano desaparece?

Fotografía tomada de la webABC.es

Por: Leonardo Boff

¿Podría el ser humano desaparecer a causa de su poder destructivo y de su falta de sabiduría? Nombres notables de las ciencias no excluyen esa eventualidad. Stephen Hawking, en su reciente libro El universo en una cáscara de nuez, reconoce que en 2600 la población mundial estará hombro a hombro y el consumo de electricidad dejará a la Tierra incandescente. Ella se podrá destruir a sí misma. El premio Nobel Christian de Duve, en su conocido Poeira vital (1997) afirma que ‘nuestro tiempo recuerda una de aquellas importantes rupturas en la evolución, marcadas por extinciones de grandes dimensiones’. Y Théodore Monod, tal vez el último gran naturalista, dejó como testamento un texto de reflexión con este título: Y si la aventura humana viene a fallar (2000). Asegura: ‘somos capaces de una conducta insensata y demente; se puede a partir de ahora temer todo, todo mismo, inclusive la aniquilación de la raza humana’.

Si observamos la crisis social mundial y la creciente amenaza ecológica ese escenario de horror no es impensable. Edward Wilson señala en su último y alarmante libro El futuro de la vida: ‘El hombre hasta hoy ha desempeñando el papel de asesino planetario (...).

La ética de conservación, en la forma de tabú, totemismo o ciencia, casi siempre llegó demasiado tarde; tal vez aún haya tiempo para actuar”.

Lógico, requerimos tener paciencia con el ser humano. Él no está todavía listo. Tiene mucho que aprender. En relación al tiempo cósmico posee menos de un minuto de vida. Pero con él la evolución dio un salto, de inconsciente se hizo consciente. Y con la consciencia puede decidir qué destino quiere para sí. En esta perspectiva, la situación actual representa un desafío antes que un posible desastre, la travesía hacia un escalón más alto y no un zambullirse en la auto destrucción.

¿Pero habrá tiempo para tal aprendizaje? En la hipótesis de que el ser humano llegue a desaparecer como especie, incluso así, el principio de inteligibilidad y de amorización quedaría preservado. Él está primero en el universo y después en los seres humanos. Emergería, un día, en algún ser más completo. T. Monod tiene hasta un candidato ya presente en la evolución actual, los cefalópodos, esto es, los moluscos como los pulpos y los calamares. Poseen un perfeccionamiento anatómico notable, su cabeza está dotada de una cápsula cartilaginosa, funcionando como cráneo, y poseen ojos como los vertebrados. Poseen también un psiquismo altamente desarrollado, hasta con doble memoria, mientras nosotros poseemos solamente una. Evidentemente, ellos no saldrán mañana del mar y entrarán continente adentro. Requerirán de millones de años de evolución. Mas ya tienen una base biológica para un salto rumbo a la consciencia.

De todas formas, urge escoger: o el ser humano y su futuro o los pulpos y los calamares.

Somos optimistas: vamos a alimentar cordura y aprender a ser sabios. Pero importa desde ahora demostrar amor a la vida en su majestuosa diversidad, tener compasión con todos los que sufren, realizar rápidamente la justicia social necesaria y amar a la Gran Madre, la Tierra. Nos incentivan las Escrituras judaico-cristianas: ‘Escoge la vida y vivirás’. Caminemos de prisa, pues no tenemos mucho tiempo para perder”.

Publicado el 13.03.2018

Última actualización: 25/07/2019