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Alex Aillón, Bolivia

Por: Alex Aillón

UN POEMA DE AMOR
Te encontré la noche que te casabas con otro,
yo fui quien te vio lanzar el ramo al vacío.
Por tu espalda se derramaba una cascada 
que me hacía pensar en aquél rio oscuro
que conocimos en Irlanda.
Tú no lo recuerdas, pero yo sí.
Aunque jamás te vi el rostro bajo un cielo semejante, 
ya te imaginaba.
Andaba yo acribillando esta vida 
en cantinas que no son 
las que frecuentábamos en Chicago,
sin recordar nuestro viejo vicio
de ir husmeando nuestros cuerpos
por el universo.
Tuvieron que pasar varios años 
y ese buen hombre que te amó murió 
como mueren, supongo, 
los sueños al quebrar la madrugada.
Yo también he muerto y renacido cientos de vidas 
para llegar hasta ti, 
nuevamente.
He cruzado la eternidad 
y lo volvería a hacer
sin pereza, 
sólo para encontrarte 
y decirte adiós una vez más.
Siento mucho haberte hecho esperar,
sé que siempre llego tarde.
No es mi culpa el alto tráfico de almas.
Siento haber fallado de nuevo, 
aunque si recuerdas, suelo hacerlo peor.
Ya sabes, tantas vidas acumuladas
para volver a la vieja costumbre 
del extenuante oficio de la nada.
Por cierto ¿te diste cuenta?
en esta ocasión no hablamos en demasía.
No como en aquél invierno del 68 
o como lo hicimos en ese viejo puerto en Grecia
viendo partir esos barcos 
al abismo.
Alguna vez los escombros de una iglesia 
nos vieron caminar de la mano.
Una madrugada,
bajo los faroles de Varsovia, 
luego de hacer el amor en la calle,
llegamos a la conclusión de que hay vidas 
en que es mejor 
abrazar el silencio.
Esto lo saben los monjes
y los amantes no somos distintos.
Al menos ahora no me disparaste
con el revolver que encontramos
en el cajón del sótano de ese castillo 
que incendiamos.
Ni yo te lancé por la ventana
cuando terminamos la última línea
de cocaína que nos llevaría directo 
a las puertas del infierno.
Sabes que siempre preferí el veneno,
pero recuerdo que a ti te gustó mucho 
el filo de aquella navaja.
Cuando volvamos a vernos 
quizás este planeta no exista,
quizás seremos polvo de estrellas,
pero las hemos pasado peores,
ya buscaremos la forma de arreglárnosla,
como siempre.
Hoy he nacido de nuevo 
y he vuelto a encarnarme en ese niño gris 
que conociste 
y salvaste de los volcanes de Quito
antes de que la ciudad desapareciera
sepultada bajo la ceniza y la tristeza.
Solo que ahora no te veo, 
y siento ya el fuego de esa vieja conmoción 
que crece en mi alma
cada vez que llego a este planeta.
No sé si te veré en esta vida.
No sé cuál sea tu nombre 
o cuáles los enigmas de tu rostro.
Hay un letrero 
sobre la carretera gris, 
en un lenguaje que me es extraño, 
el paisaje trae consigo el vértigo de la neblina y el viento.
Algo parecido a una bomba acaba de estremecer
los colores del planeta en el horizonte.
Ya sé, no hace falta que lo digas,
no es hora de remordimientos,
es hora de secarse las lágrimas 
y caminar.
Es hora de sobrevivir.

 

 

CÓMO LEER UN POEMA DE 
LEONARD COHEN
Te vi y ya quería hacer el amor contigo, 
pero tú me dijiste aquella madrugada,
que, en cambio, lo que a ti te interesaba
no era hacer historia con este rollo sino
follar y punto.
Luego, mientras yo te hacía el amor 
y tú me follabas,
me pareció un bonito detalle preguntarte
si eras feliz:
“Deja de preguntar estupideces 
y concéntrate en lo que estás haciendo”
respondiste.
Está bien, me dije:
¡Esta mujer sí que sabe lo que quiere!
Al cabo de una semana, 
yo ya solo pensaba en follar contigo,
y en cambio tú querías hacer el amor,
así que nos despedimos.
Pasamos de lo dulce que es 
que nos traten como a un pedazo de carne 
a querernos a thousand kisses deep.
Luego de algunos años te volví a ver
y recordé los hoyuelos de tu espalda
los muñecos de nieve, la lluvia,
y cómo pudo amarte
-un carroñero como yo-
sin haber pisado siquiera 
el asfalto prometido de Boogie Street.

 

 

 

UNA BUENA PERSONA

No sé qué es ser
una buena persona

He hecho daño
y me han hecho daño
en partes iguales.

En esta vida no se empata,
pero
tampoco se pierde,
tampoco se gana.

En general,
La vida suele reírse
de las matemáticas

Un día eres
al otro no,

así de simple.

Alguna vez
quise pasarme de listo
y
puse de un lado
de la balanza
mi corazón
y del otro
un ladrillo.

El ladrillo voló por el cielo
Y se convirtió en una
nave intergalática.

Mi corazón se hundió
al fondo de un lago
junto al cadáver de un oso

(Sin duda)
el oso era inocente,
yo no.

Pero no quiero
distraerlos con otras historias.

No sé qué es ser
una buena persona.
He visto los peores poemas
de mi generación
ascender a la fama
como el jugo de naranja
en la bolsa de valores.

Pero hay una gran diferencia:

a todos nos gusta
el jugo de naranja.
no a todos
la mala poesía.

Y aunque los míos
son mucho peores,
sigo escribiendo.

¿Eso me hace bueno?
¿Eso me hace malo?
Quién sabe.

No sé qué es ser
una buena persona.

Nací
sin muchos talentos,
pero eso también puede
ser una gran mentira.

Todas las mujeres que perdí
ganaron.

Ellas saben —ahora—
que no hay amor
que por bien no venga.

Anuncio:
comenzó a llover
y
la soledad es un fantasma
terrible
que se ilumina con la luz
del primer relámpago.

Insisto

no sé qué es ser
una buena persona
y si lo supiera
tampoco se los diría.

 

 

LA CAÍDA
Nadie que aprenda a volar lo hace para permanecer en el aire. Quien aprende a volar quiere experimentar el delirio del derrumbe, el vértigo de la caída, la dignidad del precipicio. La altura puede seducirte —uno se siente poderoso, un dios entre las nubes—. Pero hay que caer infinitamente. La vida es conocerse en la caída. Recuerda la torre de Hölderlin. No te quedes arriba. Hay tanto cadáver detenido allá en el cielo.

 

LA TARDE EN QUE TE FUISTE
Los pájaros cantaban la tarde en que te fuiste. El reloj de pared jamás paró. Nadie entró en pánico. Tampoco lloramos. Se nos rompió el corazón en silencio, la tarde en que te fuiste. Pasaron los días, pasaron los años, pasó la vida y sin embargo, nunca olvidaré la tarde en que te fuiste. Fue una tarde cualquiera. En el patio—tras los ventanales—recuerdo cómo las primeras gotas de lluvia caían sin tregua, agitando el universo. En la cocina un desierto. Nuestra mesa sin brújula. La soledad restablecida.

 

 

UN CAFÉ
Puedo medir mi vida en tazas de café. Recuerdo que tomé un café cuando llegaste, que tomé uno cuando te fuiste y tomé otro para entender que no regresarías. También tomé uno viendo llegar aquella tormenta de ceniza, en aquella ciudad, frente a aquel volcán. Pienso en un café cuando quiero entender la muerte de las cosas simples. Para recordar que sólo somos fragancia, humo y olvido. Pienso en un café. Sin azúcar, por favor. Gracias.


Alex Aillón nació en Bolivia en 1969. Es poeta, periodista, comunicador social, gestor cultural, catedrático, compositor y editor del suplemento cultural Puño y Letra del diario Correo del Sur, en Sucre. Director de la Editorial ‘S’. Ha publicado los libros de poemas: Para leer al Pato Donald desde la diferencia, 2002; Pop y otros escritos, 2013; 4000, 2014; y Revolución, 2015. Sobre este último expresó Rafael Courtoisie: “… Alex Aillón compone una Revolución donde la poesía en prosa desborda los límites tradicionales, se contamina de realidad y narratividad y provoca un salto y un estremecimiento, logra una construcción estética positiva, nueva y desafiante, disfrutable…”. Ha vivido y trabajado en Ecuador, Estados Unidos y Bolivia. En 2013 Obtuvo el Premio Nacional de Cultura Eduardo Abaroa y el Premio Juana Azurduy en Poesía.

Última actualización: 25/07/2020