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León Vallejo (Colombia)

Por: León Vallejo

Quien habla (o escribe) no sólo “comunica” e informa: esencialmente, produce significantes. Una abeja, según la investigación de Karl von Frisch (citado por Benveniste, 1971), puede indicarle, al panal, dónde (a qué distancia y en cuál dirección) está la flor; pero no puede generar significantes que impliquen sus emociones o alguna significación donde “flor” sea otra mediación, el camino de una nueva, el conocimiento y “explicación” del objeto “flor”o de su concepto. Las abejas no acceden a la metáfora, están al margen de la metonimia. Para ellas, jamás la hazaña de la miel será la “flor de un día”, ni estará “a flor del labio”. Otro tanto ocurre con el “acto” de la escritura, el de la lectura y el de la escucha.

Todo ello resulta esencial a la generación de los sujetos en la historia, y a su apropiación de la ruta en la cual, transformando la realidad, van encontrando los mapas, los portulanos, donde se esbozan los caminos y los espacios donde los sujetos siembran el futuro, piensan el pasado y asumen el presente: habla, escritura, escucha y lectura están en el despliegue del sujeto individual en (y por) la práctica social, en (y por) la historia. Pero… la práctica social no es la suma, ni la sumatoria, de todas las prácticas individuales e individuadas, tanto como la sociedad no es la suma, ni la sumatoria, de los individuos… como ahora creen los actuales “padres” de la sociología y los portavoces del pensar “austriaco”: habla, escritura, escucha y lectura están en el despliegue del sujeto individual; están en (y por) los sujetos colectivos. Ese sujeto, el que hace, es quien —primordialmente— sabe, quiere, propone, deduce, induce, sintetiza, generaliza, hace analogías… seduce. Y puede hacerlo porque la cultura lo forja en la matriz (histórica) de los sujetos colectivos.

Lo decimos: no hay “cultura”, una cultura. Desde la aparición de la propiedad privada, las clases sociales y el Estado, la humanidad… se ha forjado y se forja en la disputa entre la vieja y la nueva cultura. La primera, hace sujetos que pretenden que el mundo siga como está; la segunda, cuece los que pretenden transformarlo… porque, tal como es (tal como lo impone la vieja cultura), genera opresión, explotación y miseria.

Pero, tanto la vieja como la nueva cultura, hacen la tarea: los cachorros de hombre o de mujer que nacen, son la base de procesos que los causan, donde la lengua materna, el movimiento del cuerpo (el caminar, maneras de la mesa y otros abrazos), los saberes específicos, las normas históricas y simbólicas dentro de las cuales se constituyen, van imponiendo las condiciones materiales de la práctica, en espirales de los procesos psicológicos superiores que hacen posibles la generalización, la abstracción, la inducción, la deducción, el análisis, la síntesis, la comprensión, la explicación, la capacidad de hacer analogías... y, nada de esto, puede “derivarse” sólo de la capacidad referencial que, en el lenguaje humano, se despliega.

Esta posibilidad del sujeto (individual y colectivo), subyace en la práctica significante (en la producción de significantes y significados), en la medida en que —en ella—está el lenguaje humano y ella lo construye. Sin lenguaje humano no hay razonamiento, ni sujeto ni posibilidades de la producción. No es sólo el razonamiento: implica los sujetos que piensan la realidad y la transforman. La ceguera que esto impide ver, ha sido útil a las nuevas “narrativas” del orden postmoderno, donde el pragmatismo hace del individualismo metodológico la llave que cierra la caja negra que habitan los (“débiles”) sujetos contemporáneos perdidos en la mar de toda lógica situacional… La propuesta triunfal que hoy hace el poder infame e infamante, es lograr “el fin de los escribas” (CHORDÁ 2002, pág. 51-57). Y esa catástrofe hay que impedirla.

Los sujetos (humanos, reiterando el pleonasmo) no pueden seguir siendo considerados simplemente como “seres que saben seguir instrucciones”, tal como lo propone (y va logrando) la imposición de las pautas machacadas por la OCDE. También a los esclavos y a los siervos les enseñaron sólo a seguir instrucciones, a saber-hacer en contexto (la tecné); pero, en el curso de la historia, se rebelaron.

Hay otra clave en la condición del lenguaje humano, que no tiene, ni puede tener, ningún otro lenguaje animal: el lenguaje humano es doblemente articulado (Martinet, 1973). El hombre construye, produce, cadenas significantes, en un ejercicio en el cual articula esos sintagmas partiendo de pequeñas unidades de sentido (los monemas), constituidas a su vez de pequeñas unidades de valor (los fonemas). Este trabajo permite la polisemia: es, pues, producción significante; y esto, sólo en el lenguaje del homo sapiens-sapiens es posible y sólo en la cultura existe la palabra y sus vericuetos…

El interrogante, la pregunta por el mundo que funda nuestra condición humana, sólo puede hacerse en y desde la práctica significante, en y desde la palabra. No nos basta identificar esta cosa blanca… la blancura, la ausencia, la presencia, la guerra… el amor, existen. No sólo está, ahí, esta batalla o esta cosa blanca… este ser que amo y ya no está o no le da la gana de estar. Sólo en el lenguaje humano podemos nombrar las abstracciones, reconocer el tiempo y recorrerlo (incluso a contravía), hacer la contabilidad de afectos y de cosas, aunque no estén aquí frente a nuestros ojos o se ubiquen, esquivos más allá de nuestro abrazo. Sólo en este territorio del lenguaje humano, de la producción significante, es posible enunciar y asumir hipótesis, establecer condicionales, remontar o asumir lo irreal y lo ficticio, lo imaginado o lo deseado. Sólo en sus raíles estamos en posibilidad de producir enunciados completamente nuevos, o asumir esa extraordinaria maniobra de escondernos en un discurso altanero o presuntuoso que nunca diga nada… (Trask, R.L. y Bill Mayblin, 2006 ), o en la broma y el chiste, en la burla y la ironía que todo lo dice culpando a quien se reconoce en la palabra dicha y —en ella— reclama por la impugnación que no lo nombra (como dicen los abuelos: sobre lo que tendría que hacer todo aquel a quien “le caiga el guante…”). Sólo en la palabra se construyen los universales que ahora pretenden negarnos y podemos asumir lo concreto que los universales explican. Por eso, para reducir todo lo cognoscible a lo meramente “concreto”… deben negar y barrer lo universal de nuestros horizontes. Y, de paso necesario, negar la poesía…

El significado, que finalmente producimos y alcanzamos, depende de la cadena significante producida: de sus articulaciones; por tanto, del trabajo que la genera y produce. Esta artera realidad del lenguaje humano ha resquebrajado la relación del proceso de significación con respecto al mundo real objetivo (los referentes del “mensaje” que existen independiente de nuestro conocimiento y de nuestra voluntad).

Hay que entender cómo, partiendo del código social que es la lengua, y de otros códigos culturales que la marcan (por ejemplo los de un dialecto, o los de un gremio, un argot o jerga, de los que han sido generados en y por un “continente del saber” o de las “disciplinas” que sobre-determinan la existencia plena y neta de la lengua), el escritor va constituyendo… y constituye su particular código donde las palabras tienen un sentido y no otro (no hay para ello que ser Marx, Freud, Heidegger, Foucault, Habermas, Pedro Abelardo o Lacan...), desde el cual el texto ofrecido al lector se estructura y teje.

Pero… si el lenguaje es trabajo, cae —necesariamente— en esta dinámica: a partir de la crisis del capitalismo que se abrió en 1972, los Estados capitalistas y los conductores de los negocios en el mundo entero, volvieron los ojos sobre todo lo que pudiera generar plusvalía y permitiera capturar rentas legales o ilegales (Vallejo, 2005). Para ello pusieron a su favor el despliegue de las fuerzas productivas capitalistas. Sólo por ejemplo: la invención de los medios (técnicos) que permitieron entablar una conversación con alguien que está distante, produjo una nueva mercancía (cuyo valor es calculado en el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir esa comunicación, medido en tiempo-reloj). Ahora cuesta, y se paga con dinero, generando ganancias contantes y sonantes, todo intento de hablar con otra persona que, aunque está ahí, frente a nosotros, y sólo es (se ha hecho) asequible a través de “la red” y del chat… donde intentan reinar los emoticones y se desacreditan los argumentos y se intenta desterrar a la poesía.

No se trata de negar o condenar la técnica, sino de asumir la crítica a los rentistas que nos fragmentan y diseminan desde el control del espectro electromagnético (cf: Leroy, Andrè. El gesto y la palabra). Es necesario y urgente volverlo a decir: contra la reificación, contra el fenómeno del fetichismo, contra el fenómeno de la alienación y la enajenación (ahora evidente en el “chateo”) …hay que proponer e impulsar una apuesta diferente que nos libere del asalto que avasalla —por estos días— incluso nuestra intimidad.

Tal como lo dice Maurice Godelier (1985), desplegando el análisis de Marx en el primer capítulo de El Capital: el carácter fetichista de las mercancías no es, para nada, el efec­to de la alienación de las conciencias, incluidas las individuales. Es en (y para) las conciencias que ese fetichismo de las mercancías funciona enmascarando la realidad de las rela­ciones sociales en (y bajo) sus apariencias: “desde el momento en que un producto del trabajo circula como mercancía, su forma de mercancía disimula el origen y el contenido de su valor”.

De tal modo, el trabajo humano necesario a la producción tampoco es “transparente” cuando circula como mercancía. Ello ocurre, según Godelier, sean cuales fueren “las relaciones sociales que orga­nizan esa producción (modo de producción esclavista, feudal, capitalista, socialista, etc.)”. Si la mercancía sólo existe con la existencia de la propiedad privada, en el socialismo las cosas ocurren, aún desde su primera fase en sentido diferente al que enuncia Godelier...; pero hay un aspecto específico que se despliega con toda su fuerza en y bajo el modo de producción capitalis­ta: ocurre que “no solamente se encuentran disimulados el origen y el contenido del valor”, sino también y al mismo tiempo “el origen y el contenido de la plusvalía”. En otras palabras, está oculta y disimulada “la naturaleza misma de las relaciones capi­talistas de producción en tanto que relaciones de explotación de los trabajadores por el capital”: nuestro enemigo se oculta…

El feti­chismo de la mercancía no tiene su fundamento en la con­ciencia, sino fuera de ella. Está allí, y es delimitada “en la realidad objetiva de las relacio­nes sociales históricamente determinadas”. Y… el caso del lenguaje no es diferente; incluso, es más “agudo” y “agresivo”.

Los trabajadores no pueden ver espontáneamente las condiciones reales que la nueva organización del trabajo ofrece, ni los discursos aceptados y asumidos como “neutrales” que, por venderse como científicos y desprovistos de juicios de valor y de posiciones ideológicas, cumplen una tarea esencial: la mitificación del régimen capitalista de producción tras las ilusiones liberales que “embellecen” la realidad de la opresión y la explotación… (Mering, 1978), o las hacen aparecer como “naturales”, “axiomáticas” o espontáneas, tal como lo intenta hacer creer la tropa y los herederos de Menger, Mises y Hayek.

Más allá de eso que puede hacer y hace una abeja, o se define en la colmena, el lenguaje humano puede aparecer y aparece como fetiche, como un ente misterioso capaz de fundar y, al mismo tiempo, de ocupar el lugar de la realidad, el pensamiento, el poder, la imaginación, el saber y la conciencia… Esto, que se ha dicho del lenguaje en general, se hace magisterio sobre la escritura. El argumento empírico según el cual el libro no puede ser refutado porque sigue allí incólume, sordo… está peligrosamente anclado en la raíz de la falacia. El libro, ése que puede ser quemado, escondido, refundido, ignorado, negado… no existe sólo como un objeto empírico. Hace parte de una corriente de pensamiento (y muchas veces de la acción); y, finalmente, son esas corrientes a las que se articulan los libros (y, claro, los autores) las que se enfrentan y establecen las contradicciones que rigen la transformación y el desarrollo del pensamiento de la humanidad y del mundo mismo en que, ahora, vivimos: “La República” puede seguir ahí; ahí puede seguir “El ser y el tiempo”, o los “Escritos”, o “La interpretación de los sueños”, o “El Capital”… pero la polémica generada en ellos, y por ellos, ha parido otros libros y movimientos: ha generado una confrontación real, política, que da cuenta de los caminos que transita hoy día el pensamiento humano afirmando o denegando el palimpsesto.

Ellos están ahí, pero con ellos o desde ellos, a golpes o a susurros, la sociedad avanza. Mientras, en su corazón, la poesía nos define (y salva).


León Vallejo nació en Calima, Valle del Cauca, Colombia, en 1950. Es poeta, cuentista, ensayista y profesor. Ha publicado los libros de poesía: Tiempo de mirarnos, 1981; Escrito a golpes, 1984; Memorias del tiempo en las semillas, 1986; Los mismísimos dientes del recuerdo, 1988; Bajo el nuevo país, 1991; Otros didactas, 1993; Al filo de la piel, 1998; Nada es semejante a esta ceniza –Finalista del Premio Nacional de Poesía, 2003; Ciudad sitiada, 2011; Apalabrarte, 2014; Poemas retroactivos, 2015; Poemas en fuga, 2015 y Escribir para no morirnos, 2017.

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Publicada el 1.02.2020

Última actualización: 12/07/2020