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Luis Lorente, Cuba

Por: Luis Lorente

He leído los libros y en ninguno tu nombre

 

He leído los libros y en ninguno tu nombre.
Mientras juego a los naipes entre sombras chinescas,
en momentos cruciales, en un álgido clímax,
entre los dientes de un tenedor de alpaca,
en una algarabía de perros callejeros con hambre,
en la semipenumbra, bajo ese ventarrón amenazante,
he leído los libros y en ninguno tu nombre,
sin embargo recuerdo que tus pies eran trémulos
y sufrían avatares como llamas de un fósforo,
como un barco que transporta imprevistos
y deriva azotado frente a la costa donde estuvo tu casa.
En la página ochenta de Así empieza lo malo,
no se sienten tus pasos inequívocos regresar
de los días devastados y sin antonomasia
donde tú no mañana serías presa, reincidente,
capricornio olvidado, mitológica musa de ausencias
perdurables como tu pensamiento inspirado
en una idea que no podemos expresar, treinta
y nueve años después de vivir afligidos,
en los parques, en la carpa de un circo, en el vaivén
del agua, soterrados, en la fronda de un árbol
Dos figuras anónimas implicadas en el telón
de fondo de un teatro desierto como una campiña
que el sol quemó a su antojo, semejante a una pelota
de trapo que tiraban los niños para manchar los techos,
para romper las puertas de cristales, la angelicalidad
reinante en los retratos. Era la época de la canción
protesta, lo trascendentalista, algunos visionarios,
yo buscaba entre líneas, entre capas y espadas,
en aquel primer día terminada la guerra,
levantándose el alba y era en vano.

 

 

Oda para la brevedad del año dieciocho

 

Ya se fueron huyendo los días irreales,
mutilados, vacíos, derramando su sangre.
El invierno del año dieciocho terminó de vivir.
Es preciso que ahora entreguemos la casa
y se adopte la idea de salir destapados
con las tetas al aire, sin ningún abalorio.
Memorizo el invierno del año dieciocho,
su nefasto delirio de matiz impalpable,
el hastío, las palabras usadas, levitando,
la mañana fugaz, todo el mundo cautivo.
Tú mirando los barcos, mastodontes insomnes
como reyes severos, entre largas distancias
que el tiempo fabricó atropellando, perseguidos,
exangües, a punto de entregarte a las moscas
merodeando la boca y la nariz como quien
entra a un mausoleo saqueado por el paso
de los días pedestres, atados a la espalda,
observando a esos niños sin dueños que
están moviendo los muebles de la sala.
Esos niños que barren la basura y las atribulaciones,
papeles y cenizas, kilómetros de agua, con los pelos
de punta, enmarañados y no dejan dormir a los demás
que ya no pueden restaurar su cara y las ideas como
las que tenemos de la vida. El tiempo como un loco
golpea la pared. ¿Acaso tú no escuchas el rumor
de las hormigas, los pájaros dormidos en brazos
del sillón y tú conmigo, abochornados de ver
alrededor tanta sevicia, tanto argumento inoportuno
como un pretexto desilusionante?
¿Acaso tú no viste en absoluto nada, ni un símbolo
del año dieciocho, niños corriendo, supuestamente
niños accidentados e imprevistos pisando
los cristales, las cenefas, las lámparas
con el mismo martillo que rompían la pared,
amedrentados, en constante zozobra, envueltos
en las telas que tejen las arañas, limpiando
el polvo que arrastró la noche, sepultando
a los muertos que tuvimos ayer, como un panal
de abejas azarosas sorprendida in fraganti,
mirando como llueve y el malogrado
instante suspendido sin aferrase a nada
antes de colapsar en el mar donde se estigmatiza
y calla por ahora sin dar vueltas profundas, hace un total
mutismo, se calla de una vez.
Cada tarde que llega me asomo a la ventana.
Aquí no viene nadie, no hay rastros ni de espíritus.
Hay solo un ave endémica que a veces casi vuela
como una jabalina y pasa el mismo hombre estrafalario,
con mostacho, fumándose un tabaco, parece ser
un hombre que no sufre espejismos.
Tropología del aire, solsticio del invierno.
Me asomo a la ventana frente a profundas rayas
sepias y amarillas que minuciosamente se organizan
para el consuelo de mi amada, lejos, donde peregrinar
el resto de los días, abandonados, juntos, haciendo
otros dibujos paso a paso de todo lo que fuimos
conservando en la memoria. Tropología del aire.
La tarde es un retablo para titiriteros eufemistas,
para raras visiones, carrera de caballos
que cerraban los días incomprensibles, los días
irreales mirándonos actuar unos a otros, a los demás,
utilizando el mismo exceso de palabras,
la misma anatomía desastrosa que llegamos a ser,
a fingir y no ser, sin darnos cuenta de que estábamos
obrando como muertos, como pintados por los niños
en aquella pared donde decía Viva, donde decía
Abajo, coño, Abajo, de una vez.
 

 

 

Hipótesis

 

¿De qué año hoy es once de abril?
¿Cómo se llama Julia la que escucha
el rumor de las begonias?
¿Cómo se llama Julia cuando duerme?
¿Quién sigiloso toca fuerte, con ansias
en la puerta, urgente, tembloroso
reclamando el placer de la tristeza?

¿Quién no sabe que tú pudieras ser yo mismo,
disfrazado de ti y con tus manos en el laúd,
inesperadas, haciéndome pasar
por Mefistófeles, el que interpreta otro papel
anónimo cualquiera, palabras manuscritas
sin mucha cohesión?

¿Si hacíamos el amor y no la guerra,
cómo íbamos a ser libres o mártires,
cómo se tomaría el cielo por asalto
entonando los himnos, las consignas dogmáticas
y los pronunciamientos sobre la victoria y la fe?

¿De qué estabas hablando, a dónde fuiste,
qué ignoro si camino una circunferencia,
un remolino surgido en la campiña
por los alrededores de la tierra allá en Pinar del Río?

¿Qué quisimos decir cuando callamos,
mirándote nadar otros kilómetros
para hacer tu familia con delfines?

¿Todos somos distintos de la misma manera
en que somos iguales, aire de agua,
viento de cuaresma, nordeste preferido de las recordaciones?

¿De qué tarde sería esta tarde una hipótesis?
¿Ese muerto en la fiesta con la ropa tan limpia,
con tanto aburrimiento y afeitado, coherente,
como un hombre cabal, ese muerto es el mío,
imperfecto, el que incumple las leyes,
las costumbres, el decreto infalible?

¿Hago la voluntad del padre y no la mía?
¿Quién me busca y persigue y se impone
en voz alta y dirá que este nombre es ilógico,
anacrónico, no es verídico, es impropio, anticuado,
es un nombre de asmático? ¿Por qué no se pronuncia
en Crimen y Castigo ni en Una temporada en el infierno,
ni aparece en la lista de los condecorados?

¿Qué se dice en la calle, en la casa de otros,
entre los izquierdistas, qué se piensa de Julia?
¿Cuando no escampa lloras, te repliegas, te tapas
con las piedras preciosas, con gusanos de seda,
hojas de roble, con el fondo marino, con la espada
rebelde que te aplaca la ira?

¿O te cubres contigo solamente y te basta?
¿Es posible la vida entre tardes tediosas,
das un giro, otros pasos y flotas donde te has dado
cuenta de que careces de frío y de importancia?

¿Es servil mi silencio y por eso describo avergonzado,
a grandes trazos paisajes primitivos,
las horas tormentosas, permanentes?
¿A quién vieron los ojos ocultarse detrás de la mampara,
sería un alma cuidadosa y ubicua llevando un laúd cobijado en su brazo?

¿Era Julia quién iba?
¿Antiguos moradores viviendo en la vicisitud de la intemperie?
¿Era Julia que no había sido nunca encontrada, ni por azar,
ni pura coincidencia, ni porque la evocáramos?

¿No fue siempre un designio, un mandamiento, un deseo
impostergable y obsesivo que la conversación versara sobre Cuba?

¿Está echada la suerte, reina calma, todo tranquilo
con premeditaciones, expectantes en casa para ver
si algo ocurre que no sea la llegada crucial del gatopardo?

¿Vuelven las noches, las mañanas, los bellos años de la lucha
armada, desfilan militares, mujeres, adivinos, hombres como
nosotros, un ciego enamorado?

¿Acaso no fui yo quien te lo dijo?
¿O estaba habitualmente confundido y oyéndote decir
que evitarías la desaparición de tus dos caras?
¿Coinciden las dos caras?
¿Existe una supremacía, divergencias, pugnas, decepciones,
opiniones políticas contrarias?
¿Te has puesto un antifaz para esperarme?

¿Todo fue reducido y escaso, no hubo que lamentar
limitaciones, impedimentos, que se obstaculizaran los caminos?

¿Ni tú, ni yo, ni Julia? ¿Nadie?
¿Cuál fue la fecha exacta de su ausencia, la transfiguración,
lo que ocurrió, el milagro?

¿Alguna vez la dimos por perdida y guardamos sus trajes
de aristócratas y sus libros escritos en La Habana?

¿La despedida la consumó por fin en una epístola donde
se declaraba muerta hacía muchos años, muerta y culpable?

¿El dueño del laúd era un espectro que recibía dictados
de otro artífice, y establecían diálogos tocando sus laudes
y nosotros también nos convidábamos?

¿Cuántos éramos todos?, ¿cuántas personas vivas componían la tarde?
¿La señora como una quimera que había permanecido en una silla
incomodísima, acaso no era ella, no se llamaba Julia esa señora?


Luis Lorente nació en Cuba en 1948. Ha publicado los libros: Las puertas y los pasos, 1975; Café nocturno, 1984; Ella canta en La Habana, 1985; Aquí fue siempre ayer, 1997; Esta tarde llegando la noche (Premio Casa de Las Américas, 2004); Más horribles que yo (Premio de la Crítica, 2006); Fábula lluvia, antología poética, 2008, y El cielo de tu boca, 2011. Obtuvo el Premio David de Poesía, (UNEAC, 1975), el Premio de la revista literaria El Caimán Barbudo y el Premio Gaceta de Poesía- Revista Prometeo 2020. Pertenece a la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba. Ha colaborado en publicaciones como Casa de las Américas, El Caimán Barbudo, Letras Cubanas, La Gaceta de Cuba, Unión y Revolución y Cultura, así como en Rumania Literaria y Tomy (Rumania), Areíto (Estados Unidos) y en otras revistas soviéticas y españolas.

Última actualización: 27/07/2020