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Movimiento inmóvil: salvar el mundo que sobrevivió del naufragio

Por: Natasha Sardzoska

                 La poesía no es la verdad: es la resurrección de las presencias
                 
Octavio Paz

 

Hay un espacio dentro de mí. Un espacio sin hogar. Sin bordes. Sin fronteras. Un espacio que es mudo. Espacio celular. Espacio en conflicto. Lo llevo dentro de mí. Me abruma. Me obsesiona. Me molesta. Me interrumpe. Un espacio que no puedo escuchar, pero lo puedo sentir. Las células están impregnadas de memoria que no puedo pronunciar.

Escribo poesía para contar. Escribo para dar significado a esos vacíos espasmódicos. Escribo para interconectar esos espacios en mi mente. El proceso es sutil. Corté el detalle, el fragmento microscópico, el nivel cero del conocimiento y floto. Me cambio entre las palabras. Revelo la deriva subliminal. El movimiento tectónico de la palabra.

El carácter hermético, el sonido de cámara de mi poesía refleja ese espacio con el que me he comunicado de manera distinguida. Pero ese espacio no tiene palabras. Yo no tenía palabras al experimentar ese espacio. Ese espacio está absorbiendo memoria espacial que no tiene palabras. Doy boca y lengua a ese espacio dentro de mis versos y esa es la experiencia distorsionada, desconcertada, sin precedentes, alusiva. Doy lengua y voz y órgano al dolor. Y el dolor se transforma en órgano.

Los poemas que creo se convierten en agentes de huellas que he acumulado con mis sentidos y sensaciones. Una habitación de hotel, una puerta del aeropuerto, un vestíbulo, una estación de tren, puerto desierto, bahía marina, control de tierra, cruce de fronteras, restaurantes vacíos, bar old school, calles llenas de gente, ciudades inmensas. Un espacio silenciado de memoria corporal y sentimental. Un espacio que limita mi libre movimiento. Un espacio mudo. Ahí nace algo que solo puede dar voz al silencio. Es el ritmo de la palabra. Es la pura poesía.

No hay nada más que pueda hacer cuando me enfrento a la página en blanco. Quiero verme por dentro. Quiero decirle el mundo al mundo. Quiero ver. La página blanca es un espejo. No puedo mentir. No puedo esconderme. Camino sobre el textil de cadmio. Tengo que salir desde mi corazón. No podría escribir si no fuera honesto y sincero en mi relación con esa blancura, con lo que escribo. Escribo para calmar mis nervios. Mi humor cambia. Mis desesperaciones. Mis deseos. Escribo para llenar los abismos. Escribo para sofocar mis abismos por encima de los cuales levito. Desafío la gravedad. Escribo para salvarme de la asfixia, de quemarse, de ahogamiento.

Escribir poesía dona dirección a mi contorsión nerviosa. En condiciones extremas, a menudo, siento la urgente necesidad de escribir como si hubiera un poco de Hiroshima emocional en mi habitación interior si no escribiera.

¿Qué más puede hacer un poeta cuando se queda solo? ¿Qué más cuando algo más se desmorona? ¿En qué espacio puede habitar el poeta?

Sin embargo, por ser poeta, el escritor consiste solo en la acción misma de la escritura. Solo en ese momento damos sentido a ese lado de nuestra existencia. Fuera de ese momento ejecuto otras dimensiones cotidianas u otras dimensiones de mi Ser ontológico. En el proceso de hacer (poesía) estoy cortando la realidad para producir otra realidad sensacional. Yo traduzco el idioma. Este lenguaje puede ser a veces obsesivo, exuberante, exagerado o estimulante, pero a veces puede ser mudo o incluso afásico.

El poeta transforma. Transforma el mundo. Desde el exilio exterior hasta el exilio interior, el poeta transforma el espacio alrededor. El espacio que no es tangible. Un espacio que palpita dentro. La poesía es una protesta para una rebelión espiritual.

Escribir poesía es como caminar en un túnel en el que me pierdo en la oscuridad para encontrarme justo en la oscuridad. En mi experiencia poética enfrento un tema lírico y dialogo con un Hombre, contigo o conmigo misma. Traduzco la relación erótica y dramática en líneas de palabras meta-corporales y metafísicas. Rompo con las estructuras. Deconstruyo el ritmo. Descompongo los sentimientos. Triturar respuestas a las fricciones dentro de mí. Compongo imágenes que son aterradoras. Capturo zonas liminales, momentos de espacio sobrecalentados o congelados. Cierro el texto, pero aún lo dejo abierto. Abordo las sensaciones que rara vez se experimentan (al final del poema) y las irrito. Cuestiono la palabra, analizo la palabra, convoco la palabra. La ato en un texto para que ella pueda comunicar con sus alusiones y sus herramientas de luz y por conexiones intrínsecas encontrar su camino hermético más allá del poema.

Entonces, este texto se convierte en un organismo vivo que necesito alimentar. Un texto vivo y resucitado que procede por nexo interno, por las consiguientes iluminaciones analógicas, aberraciones sintéticas, fragmentos rotos, detalles irreales, secciones, intersecciones, interconexiones sin ninguna necesidad o necesidad de dar una explicación o una forma lógica.

Escribo poesía porque no necesito dar explicaciones. Porque no necesito mentir. Ni se mentir. Porque necesito hablar con el silencio y no con las palabras carentes de metáforas.

Esas interconexiones son implícitas, aunque a menudo ásperas, espasmódicas y crueles porque revelan una herida celular. Por lo tanto, necesito entender si la palabra es verdadera o falsa, y luego promulgar la palabra en el nexo. Aún, así, lo que siento por todo esto es muy extraño: nunca releo lo que escribo. No quiero experimentar dos veces el mismo itinerario. No quiero repetirme.

La creación es muy orgánica como litoral con costas rotas, piedras y bahías sin ningún camino o conexión posible entre ellas. Ofrezco declaraciones que existen en la nostalgia de ese espacio de arriba. Existe en la memoria de una iniciación realizada. Este es un proceso de transferencia, o más bien de traducción, que realmente disfruto, de sensaciones abstractas y revelaciones y lenguaje abstracto y no gramatical a un lenguaje palpable, táctil, real y gramatical. El nexo metafórico es gnóstico, es cognitivo: guío al lector a un viaje y un encuentro con el proceso. El propósito es interconectar y ofrecer un significado al lector o junto con el lector a mí mismo. Quiero tocar el corazón y es por eso que escribo desde el corazón. Es el único eje y es el lugar donde pivoto.

Con la poesía quiero exponer el dolor interno, surgir en la frescura espiritual, hablar con el cuerpo, representar los órganos por intermedio de las emociones, construir sobre la brutalidad táctil, impulsar lo primordial, reflejar la rareza y entrelazar la sensualidad y la reminiscencia de la carne. Esta memoria poética surge de una relación traumática aguda, con un carácter un tanto performativo, desarmando el horror en este mundo, capturando la dramaturgia extrema dentro del espacio de la cámara de la existencia humana.

Quizás trato de salvar un mundo, aun no sé cuál, o muchos mundos, mundos que no conozco. No sé. Pero ya sé que salvo lo que se puede salvar del naufragio. Quiero ver si lo que sobrevivió el naufragio puede vivir y cómo y dónde y cuándo. Por eso escribo. Escribir poesía es plantar semen en la herida, como dijo Bei Dao. Yo quiero ver lo que puede crecer de esa herida.


Natasha Sardzoska nació en Skopje, Republica de Macedonia, en 1979. Es poeta, escritora, periodista, profesora y traductora (FR, ES, IT, EN, PT, CA) macedonia. Ha vivido en París, Roma, Milán, Stuttgart, Bruselas, Lisboa, Heidelberg, Rijeka, Perpignan, Barcelona y Skopje. Es doctorada en antropología por las universidades Eberhard Karls de Tubinga, Sorbonne Nouvelle de Paris y la Universidad de Bérgamo. Ha publicado los libros de poesía: Habitación AzulPielÉl me arrastró con un hilo invisibleAgua viva y Coxis, ensayos en revistas internacionales y cuentos en la antología Asombro. Su libro Piel es publicado en Estados Unidos y en Italia y su poesía es traducida y publicada en revistas literarias internacionales. Su poema Muñeca de cuerdas es publicada en inglés y español en la antología internacional contra el abuso infantil por el Festival Internacional Grito de Mujer.

Última actualización: 05/11/2020