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Pat Boran, Irlanda

Por: Pat Boran
Traductor: Gerardo Gambolini

FE

 

Arrojado del bote, mi padre,
como muchos de sus hermanos, aprendió a nadar
por necesidad. Había visto, sin duda,
una bolsa de gatos hundirse en ese mismo

río Dinin, y bien pudo haber imaginado
la negrura al final de aquel rosario de cuentas,
esas semillas de aire que subían
para brotar y florecer en la piel del agua.

Y quizás eso ayudó. Aunque más posiblemente,
el miedo recorrió sus venas más veloz
que cualquier pensamiento consciente, y estaba
pataleando, buscando agarrarse, tragando aire

casi antes de notar que lo habían empujado,
su padre extendiendo desde aquel pequeño bote
un brazo o un remo astillado con que
pescarlo, jadeante aún, y meterlo en un arca.

 

 

CARBÓN

 

La familia de mi padre murió por él, de a un aliento por vez,
ese siniestro primo del diamante, esa más negra de las ovejas,
cortado del profundo espacio de la tierra, la cara acantilada de la noche,
la oscura materia todo el tiempo bajo sus pies.

De panza, como criaturas, hijos siguiendo a padres
por cámaras semi-inundadas de sudor y filtraciones,
por pánicos a alimañas, bolsones de aire respirable,
más hondo que una sepultura, hasta el vecindario mismo de la muerte

y aún más allá se arrastraban; y no iban solos
sino con las plegarias de aquellos que dejaban arriba
respirando rápido al verlos partir al alba,
los hombres cuyas sombras el crepúsculo traería de vuelta a casa.

Hace mucho que las minas están cerradas, los canales inundados.
El carbón viene ahora de algún inframundo a un mundo de distancia.
El motor del imperio, frío y extraño como siempre
sigue siendo un misterio hoy

como cuando lo tuve en mi mano por primera vez,
un niño pequeño palpando la historia de su tribu,
su sangre; duro como un asteroide, la historia y el recuerdo
comprimidos en una sola cosa, la oscuridad traída a la luz.

 

 

LICENCIA PROVISIONAL

 

Cuando un chico muere
todo el pueblo se para.
Lloran en la calle,
en la cola del supermercado,
lloran tomándose de las manos en la escuela.
Lloran los que sintieron
moverse la muerte entre ellos,
haciendo sonar los lápices en el estuche,
pasando las páginas de un libro de texto
con ese aliento helado. 

De qué otro modo podría ser
en un pueblo tan pequeño
el cura juega al golf con el padre,
el demacrado enterrador
es el sobrino (tercero) de la madre,
y su atónito hijo
–el primero en llegar, de hecho–
tan sólo dos años antes
casi murió él mismo
en ese tramo del camino
por el que arrastran los pies ahora,

con el viento pateándoles polvo en la cara,
poniendo en órbita sus sombreros
como almas que bajan en picada y viran de golpe
fuera de alcance para siempre.

* Provisional, en el original. Se refiere a la licencia de conducir temporaria otorgada en Irlanda a los jóvenes que están aprendiendo a manejar.

 

La isla

 

                       para Bob Quinn

 

Remoto, solitario, de espalda a sus vecinos,
mirando en cambio el vasto Atlántico y el sueño
de un radiante Nuevo Mundo, ese desprolijo montón de arena
dejado en nuestro patio trasero por un constructor

a comienzos de los 70’s se convirtió, la tarde
en que no apareció, en nuestra pequeña isla: bahías
y montañas, los ríos importantes, grises,
en vez de cuarenta tonos de verde. Inmunes

al frío y la humedad, hincados
como los trabajadores golondrina de una generación anterior,
trabajamos hasta después del ocaso, hasta que una puerta
en la oscuridad se abrió y nos vio elevados, librados

de nuestra obsesión. ¿Pero quién podía dormir esa noche
dejando nuestra pequeña-pero-perfecta maravilla local
sin nadie que la defendiera, ahí sola
bajo un cielo de nubes marmóreas? La luz de la luna

inundando la casa, volví para controlar
y encontré, para mi asombro, una flota de caracoles,
como tantos navegantes noruegos, españoles o fenicios,
sus huellas brillantes cruzándose en la hostil oscuridad.

 

Un hombre sólo es tan bueno...

 

Un hombre sólo es tan bueno
como lo que le dice a un perro
cuando tiene que levantarse de la cama
en mitad de una noche fría
porque un puto perro ha estado ladrando,
y él va y abre la puerta
en boxers y camiseta
y ahí enfrente, en el baldío poceado
al que llaman cancha,
ve al perro con una pata
levantada en suspenso
y una expresión que dice gracias a Dios
por un momento pensé
que no había nadie despierto salvo yo
en este maldito pueblo

 


 

Pat Boran nació en Irlanda en 1963. Es uno de los poetas más conocidos de su generación. Ha publicado, entre otros, los libros de poemas: El reloj desenvuelto, 1990; Historia y promesa, 1990; Asuntos familiares, 1993; La forma del agua, 1996; Como la mano el guante, 2001; Nuevos y selectos poemas, 2007; y La próxima vida, 2012. Ha sido Director de Programa del Festival de Escritores de Dublín. En la actualidad presenta un programa sobre Poesía en la radio pública irlandesa, RTE. En 2005 puso en marcha Dedalus Press, una de las más importantes editoriales irlandesas, especializada en poesía irlandesa, incluyendo también a otros autores traducidos al inglés. Otros de sus libros: Una breve historia de Dublín, 2000 y La prisión invisible: Escenas de una infancia irlandesa, 2009.

Última actualización: 17/09/2020