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Rosabetty Muñoz, Chile

Por: Rosabetty Muñoz

Hay ovejas y ovejas

 

Las que comen de cualquier pastizal
y duermen con una sonrisa de satisfacción
en los potreros.
Las que caminan ciegamente
por los caminos acostumbrados.
Las que beben despreocupadas
en los arroyos.
Las que no trepan por pendientes peligrosas.
Esas van a dar lana abundante
en las esquilas
y serán sabrosas invitadas
en las fiestas de fin de año.
Hay también
las que tuercen las patas
buscando campos de margaritas
y se quedan horas y horas
contemplando los barrancos.
Esas balan toda la gran noche de su vida
encogidas de miedo.
Y hay, por fin,
las malas ovejas descarriadas.
Para ellas y por ellas
son las escondidas raíces
y los mejores y más deliciosos pastos.        

 

                                                                                 
(ya no vienes a iluminarme)

 

El preferido de mi corazón pronunció mi nombre
una tarde sin quebraduras.
Dijo “nunca cambiaría la casa de mi padre por ti”.
Y yo soñaba que era el más grande
porque no lo vencía una muchacha.
Pero el asalto del mal astilló cada uno de los sueños
desató techos con soplidos de animal sacrificado.
El viento arrecia. Corren niños despavoridos.
El mundo fue tan grande como para perdernos.

 

 

Butachauques

En el sueño
mi hijo se cruza con carapintadas
que allanan poblaciones.
Reconozco sus arcos y flechas infantiles
y lloro encogida
mirando el blando cuerpo
             lloverse, recibir el embate del odio
             tan desprotegido de mí.

 

 

No se crían hijos para verlos morir

 

                                     Cuando el mar se llevó a sus tres hijos
                                     Ella estaba acodada en la puerta de
                                     su casa, pensando en ollas aladas y repletas.
                                     De pronto cayó en un vacío del que surgió
                                    vieja y encorvada. No necesitó entrar para
                                    vestirse de negro. Ya estaba recogiendo flores
                                    cuando salió su hombre con la radio en la
                                    mano, desamparado y tembloroso.

Ella es una sábana flotando sobre nosotros.
Nada detiene el remolino que alienta su vuelo.
Desde su vientre deshabitado
los ovarios violeta se abren como flores nocturnas.
La ansiedad es un arrecife
donde acerados corales hieren los cuerpos amados.
Sin hijos bajo sus ojos
quisiéramos las madres
ofrecerle un trozo de pañal
para vendar sus muñones o un arca
donde recoger los salados restos.

 

 

Deseo

 

El deseo es un barco poderoso
arriando anclas y cadenas
en medio de la noche.

Estallando con el estrépito
          de las posibilidades.
Bajo el silencio crispado
el ansia apenas perceptible.

Es también, el despliegue de luces
en las islas de canales tan angostos
donde un barco, más que navegar,
          acaricia.

 

Desprendimiento

 

La gran explosión
nos condenó a lo singular

solitos     flotantes     mínimos

sumergidos en el caldo absoluto
deseando otra vez
               el Enlace.

 

 

Espesor del instante

 

En días como éste,  se vuelve a inundar el patio de la infancia. El barro donde chapotean las gallinas, se vadea con tablones puestos uno a continuación de otro. La madre junta valor durante el día para enfrentar la oscuridad de la noche que se anuncia especialmente dura. Afuera estallan ventarrones fortísimos, truenos y relámpagos pero los niños de sus ojos tenemos permiso para ser felices y desarmar todo el orden doméstico: la cocina se convierte en una carpa de circo con las colchas y frazadas. El trapecio cuelga del techo y mi hermana se balancea en calzones a los que  hemos pegado papeles brillantes. Soñé tanto con estar trepada allí alguna vez con el pelo flotante y un traje de pedrerías. Pero lo mío era mirar. Y de algún modo, todavía estoy debajo de la mesa contemplando a mis hermanos y sus faenas riesgosas. Desde  el lavaplatos a la mesa de la cocina, el palo de la escoba para los más osados o una tabla también sacada de una cama, permiten el lucimiento de los equilibristas.

 Y otra vez una sonrisa me atraviesa de parte a parte cada vez que la lluvia empieza a tupir y se adivina el temporal. Porque la vida sigue siendo como esa improvisada carpa de circo. Mi madre en las sombras; su mano que no se ve, contiene el hilo de todo y ha dejado que cada uno se despliegue  según un tejido que tal vez no entiende pero confía porque es un hilo que viene de lejos sin cortarse, desde su madre y las otras más antiguas. Mis hermanos siguen de lleno atravesando pruebas como si jugaran y yo aquí, deseando atreverme, agazapada un poco, ahora tras las cortinas .La sonrisa, ahora como entonces, no logra borrar el remiendo de las sábanas. Siento, eso sí, un aire de término y sospecho que no desfilaré en el gran final con tacos altos y medias caladas.

 

 

Yo, piedra       

 

           Recuerdo exactamente el día que encontré la piedra escondida debajo de un montón de lamilla en la playa. Estaba cubierta de una capa oscura, algo viscosa, que me llevé a la nariz como si fuera el mar entero en el hueco de mi mano. Y yo tuve la culpa por frotarla hasta sacarle brillo. Enseguida se hizo una reunión en la escuela para instalar el motor de la luz eléctrica. Yo no sabía lo que podía provocar la piedra así es que la andaba trayendo en el bolsillo de mi delantal y cuando estaba sola, me gustaba sacarla y pasarle un paño hasta que despedía unos destellos luminosos. Así, cada vez fue llegando el retén de carabineros, la lancha grande del maestro Ciro, la ampliación de la escuela. Cuando me di cuenta de los poderes de la piedra, mis vestidos me quedaban chicos, casi toda la gente andaba con zapatos y muchos jóvenes se habían ido ,para siempre de la isla. Entonces, tomé el ágata maravillosa – ojitos de gato – y la envolví en un trapo negro, después la metí debajo de una tabla suelta del piso, pero ya era tarde. Su efecto se había desatado y, por inercia, la velocidad del tiempo ya no paró más.     

                                                         

A Rimbaud

                     

                              “Para volver a vernos mañana,
                                     como siempre”

                                     (Inscripción en Nicho 31, Cementerio de Valdivia)

 

Si supieras, Rimbaud
cómo está la vida en estos días
volverías a irte
y con los nuevos adelantos,
le darías unas cuantas vueltas
a nuestro pobre mundo.
Porque es verdad que todo es difícil.
Es verdad que solemos pasear nuestra precariedad
en los colectivos , gritando por la salvación del alma.
Es verdad que nuestros cementerios crecen
los llenamos de flores
y mandamos a escribir las esperanzas en cemento.
Y es verdad también
que necesitamos fuerzas como la tuya
para tomar por asalto la poesía.

Sí, seguimos sufriendo por las mismas cosas.
Pero tú elegiste meterte de cabeza en el engranaje
Declarando inalcanzable la maravilla
y nosotros sólo desearíamos
que hayas estado equivocado
o que algún resabio de perversidad
te haya hecho callar otra verdad definitiva.
Porque Rimbaud,
el hombre no puede ser tan poca cosa.

 


Rosabetty Muñoz nació en Chile en 1960. Es poeta y profesora de castellano. Ha publicado Canto de una oveja del rebaño, 1981; En lugar de morir, 1987; Hijos, 1991; Baile de señoritas, 1994; La santa, historia de su elevación, 1998; Sombras en el Rosselot, 2002; Ratada, 2005; En nombre de ninguna, 2008; Polvo de huesos, 2012 (Premio Altazor 2013); Chiloé, ovejas en la memoriaHijos, 2016; Ratada, 2018 (Premio Manuel Montt de la Universidad de Chile), Ligia, 2019; Técnicas para cegar a los peces, 2019; y Misión circular, 2020. Es Miembro de la Academia Chilena de la Lengua. Ha participado en numerosos festivales de poesía, ferias del libro y presentaciones literarias en países como México, Argentina, Venezuela, España, Polonia, Francia, Inglaterra, Irlanda, Italia y Alemania. En el año 2000 obtuvo el Premio Pablo Neruda, por el conjunto de su obra.

Última actualización: 11/07/2020