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Carlos Vásquez, Colombia

Por: Carlos Vásquez

Es esperanzador que la tierra se llame como cada uno de sus trozos
(Canetti, 1945).

Una religión que profese el amor por la Tierra. Que exija permanecer en ella. Los hombres han querido siempre irse. Podemos imaginarla abandonada, desierta. Como aquel emperador de Delhi que menciona Elías Canetti que ordenó vaciar la ciudad. Lo suyo era la necesidad de sentirse único. Contempla desde una terraza la inmensa planicie sin gente. Se sobrecoge y le embarga la dicha. Ahora es, como quería, el único superviviente. Hoy se habla de la posibilidad de hallar otros lugares. Miramos con la imaginación la faz abandonada. Los hombres se llevan consigo “el recuerdo de la tierra”. Piensan que es un lugar de tránsito. Han explorado los confines por deseo de algo más. Ese impulso los ha llevado a explotarla hasta la saciedad. Y ahora quieren ir a otro lado, al cielo de esa planicie. Quieren la tierra en otra parte, el cielo o el que está detrás. Anuncian que hay hielo en su satélite, agua en el planeta rojo. Quieren llevar primero a sus animales, cuando lo que nunca han hecho es aprender de la manera de estos de habitar, los envían como pioneros. Piensan que ella es del hombre. La miran desde lejos con “poderosos instrumentos” (Canetti). La ven como un “objeto redondo y azul”. De pronto se dan cuenta de la pérdida. La nostalgia debería ser el sentimiento dominante. La esfera es la casa del hombre. Irónicamente ha trazado líneas imaginarias y la ha marcado con divisiones. La proliferación de lenguas parece ser el castigo, el hambre de posesión se convierte en destierro. Él piensa que ha llegado el momento de tratarse con ella de otro modo, otra religión y otra política (Canetti).

El hombre, una criatura que traza fronteras. El maestro que calcula mapas. El invasor, el que arrastra líneas. Hay una comisión mundial encargada de las fronteras. Las vigila, hay una ciencia para trazarlas. Los hombres van a la guerra por ellas, como si fueran líneas de sangre. Es todo un orgullo morir por fronteras. La demarcación separa y encierra. El hombre limita y se confina. Entiende un trozo de extensión como propio. Lo que queda al otro lado es lo extranjero. Hay un diccionario de fronteras, una geografía. Y una historia local y nacional. El costo para mantener las separaciones es inmenso. Se inventa el centro para cuidarlas. Se crean ciudades y federaciones. Esas líneas deben ser infranqueables y dan sentido a la pasión de habitar. Pero, a la vez, el hombre quiere conquista. Su pasión es expandirse, mover la línea. Coloca murallas, construye muros. Avanza con tesón. Hombres muertos por defender la frontera. Los gobernantes invocan las líneas y las visitan. Hay hombres que pasan las fronteras y emigran. Requieren dejar su casa por motivos urgentes. Se les rechaza o, si mucho, se les recibe con prevención y sospecha. Nadie parece dispuesto a ceder nada y si llegan los refugiados no encuentran lugar. Y el mar, que se bate temible como un muro vivo, el mar que devuelve y rechaza los muertos. Las fronteras marítimas son temibles. Por sí solo el mar, símbolo de masa (Canetti), no deja entrar a los extranjeros, los hostiliza, los sacude y los mata. “El mar arrogante, los gusanos incontrolables, las aves que migran de un lado a otro, la propuesta de exterminarlas” (Canetti).

El hombre adopta la Tierra como depósito. Aplica instrumentos y explota recursos. Cada acción es un movimiento aplicado. Cada hombre hace algo. Si bien coordinan las acciones, lo común es que colisionen. Hay un vacío entre unos hombres y otros, entre unas y otras destrezas. El que observe sin hacer nada siente una profunda “humillación”. Los hombres son azuzados para actuar, hay un capataz que da órdenes. “¡Haz!” Hagas lo que hagas debes hacer siempre algo. Todo en nosotros se vuelve mano. Pasamos sin pensarlo de una acción a otra. El hombre es una criatura que “presiona botones” (Canetti). Todo tiempo es breve. La acción aliena y ordena. Estamos dispuestos a sacrificarlo para que cada movimiento tenga éxito. “Es perfectamente posible que la acción ya no pueda separarse del matar”. Canetti advierte: si quieren evitar que la Tierra desaparezca, “los hombres tendrían que desacostumbrarse por entero de la acción. Ojalá se sentaran frente a sus casas en ruinas, con las piernas cruzadas, misteriosamente alimentados por su respiración y sus sueños, y solo movieran un dedo para espantar a una mosca, cuya diligencia los molesta porque le recuerda la antigua época, ya superada y vergonzante, la época de los átomos y de la acción”.

Los poderosos nunca se detienen, evalúan y planean. El pensamiento es proyección y objetivos. Buscan y forman masas de laboriosos. Ordenan el mundo y aprovechan el surco. El poderoso es un pastor. Manipula personas, las lleva y las cuida de acuerdo a fines. El éxito es el lema del poder. Es embriagador y termina aplastando los motivos más nobles. Él comprueba que el efecto devastador del éxito envuelve la órbita. Por ello, “ningún exterminio tiene ya límites” (Canetti). La razón extiende como “única religión la del poder. Esa religión anuncia: Dios es poder y todo el que puede es su profeta” (Canetti).

Canetti hace dos críticas a la teoría evolucionista. La primera, ella afirma que el poder lo es todo y que debe primar lo que tiene más fuerza. De ello se derivan los peores efectos. La segunda, piensa que todo gira alrededor del hombre. Legitima la ambición al colocarlo al final del proceso. Dice “El Hombre” como si fuera algo único. La teoría evolucionista es pavorosa, piensa que el hombre es la conclusión y quita la esperanza de metamorfosis (Canetti). Entre tanto, (1945, pp. 98-99), las estrellas se han alejado. Lo cercano y lo más lejano se han vuelto lo mismo. No queda sino lo lento. Lo quieto y lo vertiginoso son ahora la misma cosa. Ya no hay almas. No queda nada que sea “inalcanzable”. No resta sino la acción de destruir y un arrume de cosas. El creador aplasta su mano sobre las criaturas. Nada permanece, reina solo lo efímero. La imagen que él se hace resulta desoladora. Si mucho se sostienen algunos árboles.

¿Acaso sobreviviremos? ¿Quedará alguien que no quiera destruir? La improbabilidad es una terrible certeza. Nada se mantendrá, nada ni nadie va a perdurar. El sentimiento de culpa paraliza. “El espíritu vigilante se siente culpable y lo es” (Canetti). Él profesa la idea de que el futuro está “escindido: por un lado, el temor; por el otro toda la esperanza” (Canetti). Ahora los hombres no podemos decidir y esta escisión paraliza. “Destronamiento del Sol: el último mito válido ha sido destruido. La Tierra ha llegado a su mayoría de edad; ahora que solo cuenta consigo misma, ¿qué será capaz de hacer? Hasta ahora había sido incontestablemente la hija del Sol, del cual dependía por completo, incapaz de vivir sin él, perdida sin él. Pero la luz ha sido destronada. La bomba atómica se ha convertido en la medida de todas las cosas” (Canetti).

¿Seremos los únicos que hemos conocido la guerra? La Tierra se ha vuelto una y habría que hallar a alguien dispuesto a protegerla. Buscar esa persona es nuestro objetivo. Buscar en nosotros vestigios. Mientras aparece, uno que sea capaz de alentar ese impulso. Ahora queremos hallar a alguien. Es lo que Canetti busca, un hombre, en medio de la oscuridad de la bomba. Uno que respire en un aire siniestro. No hay otra morada para el hombre. Y se acaba, es cuestión de tiempo, él es el anunciador de ese final. No solo él, muchos lo han dicho. Aunque haya ciegos que pregonan que eso no es cierto. No hay casi aire y no quedan hombres. ¿Somos esto que vemos? Busco un hombre, dice el sabio, pero él ha dejado de ser una medida. La bomba es la medida. Él quiere un hombre que sea el corazón del planeta. Es una temeridad, un pensamiento utópico. Si un hombre solo fuera él, la Tierra podría protegerla. Ella dejaría de ser ovalada. Necesita volverse un corazón. “Las ciudades, las montañas y los ríos ocuparían otro lugar en ella. Los hombres sabrían que la Tierra se ha convertido en un corazón perfecto dispuesto a latir. Ese latido en el que tienen puesta su esperanza. Ese latido de la Tierra que se ha vuelto una” (Canetti). Él habla de la Tierra, pone la palabra en mayúscula. No por orgullo sino por urgencia. Los niños piensan en el agua. Les corresponde pensar en ella a los escritores. Que sea de nuevo como un solo hombre.

Pero “las víctimas siguen cayendo por miles, por millones” (Canetti). Hay zonas que son inmensos campos, los Lager de la crueldad. La enfermedad de la Tierra es la pérdida de dignidad. Lo que hicimos para conservarnos se ha disuelto. La orden de no matar se ha invertido en la obediencia de hacerlo. La vida ha dejado de ser sagrada. Puede que no desee destruir toda vida, pero “la vida se destruye a sí misma” (Canetti). Él compara la vida del hombre con la digestión. No hay sino hombres que “digieren y se asfixian. Algunos se dan ánimos con la idea de que esto podría terminarse, y contabilizan catástrofe tras catástrofe. Pero la intención más profunda de esta tortura es eterna. La Tierra se mantiene joven, su vida se multiplica y no dejan de idearse nuevas formas de miseria, más complicadas, más agudas o perfectas. Uno le suplica al otro: ¡Ayúdame, haz que esto sea peor!” (Canetti).

“La Tierra está bajo observación”. Nos están mirando. Quieren, a lo mejor, apoderarse de ella. Nos oyen también y no habría nada que pudiéramos decirles. Concluyen que la técnica, nuestro orgullo, constituye un auténtico peligro. Saben que nuestro final es inminente. ¿Habrá algún poeta que sepa qué decir? ¿Podrá convertir su ficción en una acción salvadora? ¿Si queda algún remedio, cuál es? Los poetas no pueden ver la Tierra, era azul y ya es negra. Es ahora solo tinieblas. El azul del cielo es un lejano recuerdo. “La Tierra es ahora clara y el cielo negro” (Canetti). Un “poeta P imaginado por él (1963 quiere la Tierra para los vivos, ¡fuera los muertos! Incluso la inhóspita Luna le parece demasiado buena para ellos, aunque quizá podría utilizarse como cementerio en una fase transitoria. Todo lo muerto sería lanzado a la Luna de vez en cuando. La Luna como basural y cementerio. ¿Monumentos? ¿Para qué? Desfiguran plazas y calles. P. Aborrece a los muertos, ¡cuánto espacio quitan! Están esparcidos por todos lados” (Canetti).

El escritor se pregunta: “¿Cómo serán todos aquellos hombres? ¿Cuánto aire le quedará a cada uno? ¿Aprenderán a prescindir de los alimentos? ¿Vivirán en la atmósfera y en el interior de la Tierra, repartidos en muchos pisos? ¿Renunciarán a moverse y se limitarán a meditar? ¿No olerán nada más? ¿Susurrarán? ¿Resplandecerán?” Los poetas no pueden dejar de preguntar, no hay nada más pavoroso que una casa sin hombres. Es vano, buscan “un trozo de tierra sin nombre” (Canetti), un pedazo de hogar sin hombres. Aun así, él ama los libros que se refieren a descubrimientos de rincones ignotos y ello le lleva a tener esperanzas. No deja de sentir irónico que la Tierra pueda desaparecer en pocos minutos y él siga “apegado a libros”. Hermoso apunte, toda una declaración de principios (1975, pp. 880-881): en él habla de “nosotros”, una comunidad probable, más un anhelo que una realidad: comunidad de quienes mantienen la esperanza a pesar de la fragmentación; de quienes insisten en reflexionar aunque el riesgo de error haya aumentado; que sabe aún percibir los destellos; comunidad que no rehúye los discursos, todos ellos terribles y destructores; que no quiere que la vida sea más corta; comunidad que deja a Dios intacto, que mantiene libre el cielo; comunidad que ama la Tierra; que cuida las partículas y no se queda lamentando la ausencia del Todo; comunidad que protege lo pequeño y se mantiene en pie; comunidad en la que nadie se sienta encima de nadie; que oye todo y responde a todos; comunidad que dice lo que a muchos no les dejan decir; que considera todas las heridas menos las propias; comunidad que sabe extraer del error esperanzas y que no arroja a nadie a la nada; que “visita la nada para hallar el camino que conduce fuera de ella y mostrar el camino a cada cual” (Canetti). Pues, “perseveramos en el dolor y en la desesperación para aprender cómo sacar a otros de ellos, pero no por desprecio de la felicidad que corresponde a las criaturas, a pesar de que se desfiguran y desgarran mutuamente” (Canetti).

Hay una “sobrecarga de letras” sobre la Tierra (Canetti). Se dice de ella tantas cosas, se la hace soportar tanto conocimiento. Pero, ¿quién la escucha sin oírse solo a sí mismo? Ella calla y ama el silencio. No emite signos y carece de huellas. Es libre a pesar de tantos pasos. Se cierra sobre sí misma, se contrae, vive en lo ignoto. Respira un aire de un cielo que no conocemos. Aun bajo el peso de tanta acción y tanta creencia. Hay un punto en que se retrae. Sigue los caminos de nuestra sangre. Late dentro de nosotros, es allí donde se conserva intacta. Uno no sabe nada. La Tierra es oscura. No tiene nombre. La palabra Tierra dice el silencio de todas las palabras. Al final de las palabras ella se abre. Y se hunde, debajo de las raíces, en una oscuridad a la que el hombre no llega. No tiene centro. Innumerables capas y debajo de ellas la intocable. Es profunda y es negra. No tiene nombre y no se deja nombrar. Quién puede saber algo. Es nuestra alma y debajo de nuestra alma hay algo. La inminencia del final nos plantea el enigma. ¿Quién tiene oídos para escuchar? Ella no quiere decir nada. Acaso su lenguaje sea la música (Canetti).

“Llegará un tiempo en que solo a través de ella podremos escabullirnos de las estrechas mallas de las funciones; y conservarla como una reserva de libertad poderosa y no influenciada deberá considerarse como la tarea más importante de la vida espiritual futura. La música es la verdadera historia viva de la humanidad, de la que, normalmente, solo poseemos fragmentos muertos. No hace falta extraer nada de ella, pues está desde siempre en nosotros, y basta con que escuchemos simplemente, ya que, de lo contrario, aprenderemos en vano” (Canetti).

Última actualización: 23/06/2020