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Carolyn Forché (Estados Unidos)

Por: Carolyn Forché
Traductor: J.E. Suárez

De En el ocaso del mundo

 

              para Harry y Sean
                                          y en memoria de los otros

 

To those finally, whose roads of ink and blood go through words and men
And, most of all, to you, To us. to you.

Para aquellos, finalmente, cuyos caminos de tinta y sangre atraviesan palabras y hombres.
Y, sobre todo, para ustedes. Para nosotros. Para tí.
              —Edmond Jabès

 


Museo de piedras

 

Estas son tus piedras, reunidas en caja de fósforos y hojalata,
recolectadas de vera, cuneta y viaducto,
campo de batalla, piso de trilla, basílica, matadero—
piedras, aflojadas por tanques en las calles,
de una ciudad cuyo primer mapa fue dibujado en tinta sobre lino,
piedras de un patio de colegio en la mano de un cadáver,
guijarro del oui de Baudelaire,
piedra de la mente adentro nuestro
acarreada desde un silencio a otro,
piedra de crómlech y mojón, esquisto y pizarra, hornblenda,
ágata, mármol, piedras de moler, ruinas de coros y astilleros,
caliza, marga, barro de templos y tumbas,
piedra del túnel bordado con huesos,
lava del entierro de una ciudad, piedras
desprendidas de faro, pared de celda, escritorio,
adoquines de las manos de quienes se alzaron contra el ejército,
piedras donde las campanas habían caído, donde explotaron los puentes,
aquellas que habían volado a través de ventanas, que hicieron peso sobre peticiones,
feldespato, cuarzo rosa, esquisto azul, gneis, y calcedonia,
fragmentos de una abadía al crepúsculo, dedo de arenisca
de un Buda destruido con morteros en Bamian,
piedra de la colina de tres cruces y una cripta,
desde una chimenea donde las cigüeñas lloraban como niños humanos,
piedras recién caídas de las estrellas, una quietud de piedras, un corazón, 
altar y piedra de frontera, marcador y envase, primera lanzada, carga y granizo,
piedras de puente y otras para pavimentar y amurallarse,
manzana de piedra, albahaca de piedra, haya, mora, freno de piedra,
concreción del cuerpo, tan ciego tan frío tan sordo,
toda la tierra una cantera, toda vida una labor, cara de piedra, ebrio como piedra
con esperanzas de que este ensamblaje de escombros, reunido, se convertiría
en un santuario u lugar sagrado, un osario, inamovible y  santo
como la piedra que marcó el camino del sol mientras entraba al amanecer humano.

 



El barquero

 

Éramos treinta y un almas, dijo, en el enfermo-gris del mar
en un frío barco de caucho, subiendo y bajando en nuestra mugre.
A la mañana esto ya no tenía importancia, no había tierra a la vista
todos estaban empapados hasta los huesos, vivos y muertos.
Aún podríamos flotar, dijimos, de guerra en guerra.
¿Qué quedaba atrás sino ruinas de piedra apiladas sobre ruinas de piedra?
Ciudad llamada “madre de los pobres” rodeada de campos
de algodón y mijo, orfebres y tejedores de capas
con la iglesia más antigua de la Cristiandad y la Espada de Alá.
Si todavía alguien permanece ahí, afirma, estarían totalmente solos.
Hay un hotel que lleva su nombre en Roma a doscientos metros
de la Piazza di Spagna, donde puedes desayunar bajo
los retratos de estrellas de cine. Ahí los empleados se desviven por complacerte.
Pero estoy hablando incoherencias de nuevo, como lo he hecho desde esa noche
que recogimos un niño, no el nuestro, del mar, flotando boca
abajo con un chaleco salvavidas, sus ojos tomados por los peces o los pájaros encima nuestro
Después de eso Aleppo estalló, y a Raqqa le vino una lluvia
de folletos advirtiéndoles que se vayan todos. Irse, sí, pero ¿irse a dónde?
Sobrevivimos a los Americanos y los Rusos, a los Americanos
otra vez, muchas noches de muerte desde las nubes, sorprendidos por las mañanas
de estar despertando del sueño de la muerte, aún sin enterrar y vivos
sin un lugar seguro. Irse, sí, obedeceremos los folletos, pero ¿irse a dónde?
¿Al mar para ser devorados, a las costas de Europa para ser enjaulados?
Al campamento miseria y al campamento quedarse aquí. Te pregunto, entonces ¿a dónde?
Tú me dices que eres poeta. Si es así, nuestro destino es el mismo.
Ahora el barquero soy yo, conduciendo un taxi en el fin del mundo.
Veré que llegues a salvo, amiga, te llevaré hasta allá.

 



Crisis de agua

 

Han cortado el agua en la metrópolis que se está hundiendo.
¡No laven ropa! ¡Báñense solamente con baldes pequeños!

Mientras tanto, cisternas en los techos de los ricos la mandan
cantando por las tuberías de las casas mejores.

Hay el sonido de aplauso, es el palmoteo de alas
justo antes de que las palomas entren a la oscuridad del palomar.

Después viene una quietud. Las sirenas se apagan. Las puertas de seguridad
se cierran de un portazo. Es como la noche. Estamos esperando respirar de nuevo.

A los gallos de pelea se les obliga luchar con cuchillas atadas a sus pies.
Esto es ilegal. También lo es todo lo demás y nunca es suficiente.

Los troncos son alimentados poco a poco a las bocas de los hornos de barro.
Muchos pájaros cantores han sido asados por los cielos.

Motonetas pasan en bandada por las calles, una murmuración.
Cruzando como los estorninos el cielo. Es una cuestión de sed.

Transportan a los gallos en canastas de mimbre cubiertas por bolsas de plástico—
sus vidas enteras amarrados al suelo, atrapados en mimbre.

Hasta que tienen suficiente ira. Techo a techo en los cónclaves
cisterna a cisterna fría. Se han encargado de ello.

Los ricos tendrán lo que quieren. ¿Acaso es un alivio?
La última nube está vacía. La primera muerte es razón suficiente.

 



Reporte desde una isla

 

El mar lava las arenas en un bordado de sal y un sonido de .
Estamos acostados bajo palmas, bajo las constelaciones de estrellas

del Sur global: una cruz, una espada apuntando hacia arriba.
A través de árboles frangipani, un viento ligero. Murciélagos forrajeando.

Los extranjeros espantan a los murciélagos quemando cocos,
llamándole a esto el problema de los murciélagos. O dejan afuera fruta envenenada.

El gecko se esconde bajo una hoja de banana. Hasta ahora nada se ha dicho.
Un gecko que se confunde con un pájaro que canta en la noche.

No es un pájaro. Un curandero sopla humo dentro de la herida.
Mira a través de la carne hacia un hueso alguna vez roto.

En el mar, dicen, hay una isla hecha de botellas y otra basura.
Las bolsas de plástico se vuelven nubes y el aire un lugar para pájaros oportunistas.

Un millón y medio de toneladas de plástico emprenden su camino hacia allá cada hora .
Los perdigones son huevos para las aves marinas y las bolsas medusas para la tortuga.

Así mismo es con pañales, shampoo, rasuradoras y envolturas de snack, anillos de latas de gaseosa
y contenedores de six-pack. Hasta las bolsas para llevarlo todo a casa fluyen al mar.

El viento ha lanzando el agua hacia una ciudad distante, según las noticias:
la mayor parte de esa ciudad ahora sumergida, con peces en las calles.

No es un pájaro. El hombre no ha vendido ninguno de sus delfines tallados.
Los geckos no cantan. El vendedor de sarongs no ha vendido ni uno solo.

Prau, se llaman esos barcos a través de este archipiélago.
Con aspecto de araña. De motor suave. Esperando al amanecer.

Los geckos no pueden pestañear, entonces lamen sus propios ojos para mantenerlos húmedos. Su mordida
es suave, comen gusanos de harina y grillos. Es por eso que ningún grillo canta.

Nadie habla al respecto, pero la gente mira hacia el mar
hacia donde cayó el avión. Hay tiempo para imaginarse:

ciento ochenta y nueve almas amarradas a sus asientos en el fondo del mar,
el viento demasiado para el avión, el gecko ahora en la puerta.

Después del terremoto, la gente se pasó a vivir a las criptas familiares.
Muchas tumbas ahora tienen luz y agua.

Otros viven en los botaderos en ciudades de basura, donde hay trabajo sorteando
plástico, metal, vidrio, tántalo de celulares y tierras preciosas.

Este trabajo es lento. Un suave zumbido de la vida ordinaria taladra la mente
como el sonido de insectos devorando un techo. No hay esperanza para ello.

Sólo hay el mar y su sí, luces en la ciudad de los muertos,
y una isla de plástico que desde el espacio debe parecer un palacio.



El último títere

 

Luz de luna golpea la choza del titiritero suavemente, la punta de un pincel
tocando cuero, luz cayendo al agua desde las alas de una garceta

como lágrimas sobre vidrio. Piedras empolvadas con ceniza. Golpea como si alguien estuviera ahí,
intentando despertarnos. Una campana repicando en una tumba de nube.

Estos escombros son la casa del titiritero, tomada por un viento repentino.
Una tormenta como el futuro, llena de cerdos, árboles, carros, y algo

que nadie debería querer ver. Fuegos en el fondo del mar. Clima quemado.
El aire que alguna vez fue sueva embalsamado en sal. Como si Dios lo hubiese dicho.

Matan a la serpiente, drenan su sangre en un vaso de licor
junto con su corazón aún latiente. No todo el mundo hace esto.

Lo bebes, y luego masticas y masticas el fuerte músculo de serpiente.
En otro lugar, se sirve la sangre de murciélagos sin el corazón.

Nadie sabe qué diferencia hace esto.
Las almas tienen su propio mundo. El cadáver su jaula de hueso.
Nada más que fuego todo lado que el fuego encuentra aire.

Ya no quedan cueros, este el último títere.
El titiritero lo alza a la luz y lo hace hablar

una lengua que nunca más ha de hablar, su sombra encontrando la sombra
sobre el muro de nadie más. Luego pone en su boca una última canción.

Las almas tienen su propio mundo. Son los descendientes de las nubes.
Llévate este títere a los Estados Unidos. Álzalo a la luz. 

 


El farero

 

Una noche sin barcos. Sirenas gritando hacia nube amurallada, y tú
todavía vivo, atraído a la luz como si fuera un fuego preservado por monjes,
oscuridad alguna vez encostrada con estrellas, mas ahora oscura como la muerte mientras navegas hacia adentro.
A través de tojo silvestre y alga marina, a través de brezo y lana rasgada
corriste, halándome de la mano, para que viera esto una vez en mi vida:
el girar y girar de la luz, su rehilar, luz en busca de lo perdido,
ahí desde la era del fuego, era de velas y lámparas huecas de mecha,
aceite de ballena y mecha sólida, colza y manteca animal, keroseno y carburo,
los fuegos de señal encendidos en esta costa peligrosa desde la Torre de Hook.
Me dices, Quédate despierta, se como el artesano de lentes que murió con sus
pulmones llenos de vidrio, se el tejo en flor cuando las abejas enjambran, se
su catedral de ámbar, y hasta los fantasmas de los Cistercienses te serán amables.
En una cierta luz como después de la lluvia, en nubes perladas o el agua más allá,
agua vista o presentida, mar o lago, tu te solías detener y mirar hacia afuera
por largos ratos. También cuando luciérnagas se abrían y cerraban en los pinos,
y una estrella aparecía, nuestro único cielo. Tú me enseñaste a vivir así.
Que después de la muerte sería como fue antes de que naciéramos. Nada
qué temer. Nada más que felicidad tan insoportable como el miedo
del cual surge. Anda hacia la luz siempre, estate sin barcos.



El cruce

 

Sin importar qué tan claro estuviese o cuán mojados los campos, o si es que los caballos
del establo bajando la calle hubiesen roto su cerco y estuviesen pastando

cerca de nuestras ventanas como caballos en un sueño, Anna estaría allá, afuera
golpeando la tierra con su azadón dentado. Nunca me despertaba, aunque yo dormía

al lado de ella, como dormir cerca de una colina envuelta en seda de casa. Sus dientes flotaban
en agua sobre el velador donde tenía sus anteojos, esta mujer que

cruzó, siendo una niña de mi edad, por semanas en la cabina de un barco, bajando
su balde de suelo nocturno con una soga, luego, desde el balde enjuagado de mar, vertiendo

agua salada sobre sí misma en la cubierta inferior donde era permitido bañarse.
La sal atiesaba su pelo y quemaba sus ojos, pero estaba limpia.

No es como cuenta la gente, piskle—llamándome por el nombre de un pajarito que canta
demasiado. Si es que no había ganado, caballos, u ovejas para vender, llevarían

gente cuyo pasaje había sido pagado y cuya multa abonada. Nuestros papeles
estaban en orden, y teníamos el pasaje y la multa para abordar. Nos daban

agua potable, pero cortaban todo el agua durante la noche. Dos semanas del mecer
del barco y el hedor de los baldes, todos nosotros dormidos sobre tablas. ¡Tal subir y bajar, tal

cabeceo del barco! Pero en ciertas noches sobre cubierta, cogida de las barandas con todas sus fuerzas,
ella dijo que aró el mar como alguna vez había arado los campos, y hacia los surcos

de luz fueron las semillas, y las aguas de ala negra cayeron sobre ellas.


Carolyn Forché nació en Detroit, Michigan, Estados Unidos, el 28 de abril de 1950. Es poeta, ensayista, periodista, editora, profesora universitaria, traductora y defensora de derechos humanos. Es autora de los libros de poesía: Reuniendo las tribus, 1976 (Premio del Concurso de la Serie de Poetas Jóvenes de Yale); El país entre nosotros, 1981 (Premio Alice Fay di Castagnola de la Sociedad de Poetas de Estados Unidos); El ángel de la historia, 1984; Hora azul, 2003; y En la tardanza del mundo, 2020. Publicó también dos libros de memorias, El caballo en nuestro balcón, 2010, y Lo que han oído es cierto, 2019.

Ha traducido entre otros a Mahmoud Darwish, Georg Trakl y Claribel Alegría. Su obra se inscribe en lo que ella misma llama poesía testimonial, “el poema como rastro y evidencia”. Obtuvo el Premio James Laughlin de la Academia de Poetas Americanos, así como algunas becas de la Fundación Lannan, la Fundación Guggenheim y el Fondo Nacional de las Artes.

Última actualización: 08/07/2021