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Jordi Virallonga (España)

Por: Jordi Virallonga

La muerte no es la muerte, es un muerto

 

Salir de casa para encontrar
un camino repetido no es en vano.

No te preocupa ser quien pasa,
que el agua llegue al mar,
sino que deje de ser dulce y de ser río.

Si pensaras como Rilke la muerte,
qué inusual sería morir,

pero la muerte no es la muerte, es un muerto,
y habita en el recuerdo de algo vivo,
como un ojo en el salitre de la puerta.

 

 

 

A veces sucede esto que te digo

 

Sucede que lo más nimio te amontona,
subes las escaleras y al buscar las llaves
encuentras tres monedas,
las puertas cerradas no te esperan,
todas, y son muchas,
a veces sucede esto que te digo,

que estás bien pero te dobla
el dolor un clavo en el costado
y sigue teniendo el día
un montón de veinticuatro horas,

pero nada podrá contigo
aunque la muerte sea una frase
que te odie treinta años:
tus hijos no son tuyos ¿recuerdas?
y qué me importa a mí el dinero
si no vas a quedarte a mi lado.

 

 

Mímesis del arquitecto

Quien construyó esta casa
nunca pensó que iba a odiarte
y los niños tendrían sólo una habitación
para ahogar a cuentos y a canciones bajitas
los gritos de sus padres:
que por favor sigan queriéndonos, te pido,
nosotros como si no estuviéramos,
no queremos molestar.

Quien levantó esta casa lo hizo a base
de prósperos años nuevos y negocios familiares,
no proyectó refugios para el fajador
que escapaba oyendo el puente
derrumbarse tras de él casi cada día
y sabiendo que el vencedor
se queda con todo al sonar la campana.

Es curioso viajar sin que pase el tiempo,
tener veinte años más y que se estreche el camino
en esta carretera aparecida por los faros,
con piedras de repente, lugares
cuyo tiempo es su ausencia de destino.

De nosotros queda sólo una casa malvendida.
Los arquitectos no saben de amor, 
como tú dibujan planos
donde sólo permanece
lo que jamás se habita.

 

 

Ser Ulises

 

Quien tira de un cuerpo hacia otros cuerpos,
a ser posible jóvenes, no es un poema,
es un enjambre con la miel justa
para cubrir la terminal de los deseos.

Cuando uno sabe que los padres mintieron,
cuando pasó demasiado tiempo para que el hijo
pueda avergonzarse de los suyos y siga amando
por obediencia transmitida a quien llegó del frío,
de una reunión que calla para siempre;
cuando es muy tarde ya para girar la deriva,
mete su síndrome de Estocolmo en el bolsillo,
como las llaves de su casa
que sólo un par de amigos frecuentan.
A casi todos nos ocurre algo parecido,
queremos ser nosotros pero ansiamos
ser quien viene de visita.
Ajenos a la edad escondemos las maletas
para no cambiar de barrio, dispersamos ciudades
encima de una mesa, con mujeres y días,
pero planeamos la vuelta a nuestro reino.

Al final sólo el regreso justifica
haber sido jóvenes cuando era poco necesario.
Todo es inversamente proporcional a nuestra edad,
los sabios nos dieron teoremas, existencia los padres,
pero el cuerpo destrozado es sólo nuestro.

Ante la muerte la vida no sirve para nada.
Mientras tanto los ojos que resisten la ceguera
habilitan al hombre y a la bestia,
justifican la rabia o el pudor de no haber sido
el príncipe al que temen los mercaderes de Ítaca.

 

 

La medida imposible del mar

 

Hola, mamá, no te enfurezcas,
sé que estás muerta y que Dios no existe,
que debo ser feliz, y que hago mal preocupándome por cosas
que te harían desgraciada,
pero hoy estaba con Vera en el balcón,
el mar tenía la medida imposible
que te ha reemplazado,      
y te echo de menos por el azúcar y los cubiertos,
por las ganas de que existas,
que ya ves, ya sé que no me ves,
y que no voy a preguntarte por mis hijos.

No quiero hablar de ti porque te llevo
en esta niña que soy yo cuando fui tuyo,
que te haría ser más joven, menos muerta,
no esta ruina permanente sin columnas
que no acaba de asolar la tempestad,
esa última sed, la vencida inmensidad del abandono.

Esto lo escribí porque a veces,
cuando me siento mal
porque no preguntan por ti y les digo,
y sé o no sé, mamá, tú me conoces,
necesito inventarme al abuelo que no tuve y al que tuve,
al puto padre que te parió, y que en mi casa
hubo amor, hubo reina,
hubo gente extraordinaria.

 

 

Anatomía de la esperanza

 

 

Tienes ojos de evadida, trabas
con las piernas la maleta y camuflas
tu mirada en el café del tránsito que asusta.
Si logras no mirar no pasa nada. 

Huele a pan, a huir del odio
de tu casa, a ofertas de trabajo,
si en metro, línea verde.

No ignoro tu belleza ni tu pánico,
nadie se fija en el temblor de la cuchara,
tu sombra baja con el sol hacia las calles.

Tu dolor pervierte algo
de este gozo de igualdad civilizada.
Quieres poder y estás dispuesta a todo,
lo han hecho otras mujeres,
pero aún eres la niebla, escucha,
y la lluvia,
y las diez de la mañana.

 

 

Lo inmoral sin importancia

 

El carnicero sabe si comes sola en navidad,
la mañana huele a mantequilla,
la atraviesas como el cristal por esas calles
que se alargan entre tú y la gente.

Más o menos previsible,
como gota que resguarda una mampara,
la ciudad te ofrece pocas sorpresas,
comercios antiguos iguales a tus días,
una hora digital para comer sin elegancia.

En el parque los amantes buscan pisos,
pesos y medidas, un refresco,
el de siempre, para que pase el rato,
tú en cambio deseas
una noche de aguacero por las calles de París,
respirar fertilidad, comprar latitas, recetas
de fascículos dominicales, preparar
un festín con alguna vanidad
que roce lo inmoral sin importancia.

En esta catalepsia, cuando la ciudad corresponde
exactamente al letargo de los pastos,
las basuras se llenan de restos de acelgas,
lo mismo que los periódicos de malas noticias
que evitas, eliges música en la radio,
revuelves lo perverso con las sales,
te bañas con la luz de las rendijas,
con el ángel de la espada fulminante,
y asola un terremoto la bañera.

Ya tienes entonces tu milagro,
luego enfilas el pasillo lo mismo que esas calles
por las que pasas laborable y maquillada,
abres la nevera, se pudren los tomates,
fríes las cebollas, calmas la sangre que adentella
los fiambres llenos de ojos,
sirves al amor como a tus padres,
a la historia de los hombres y más hombres
que te acostumbraron al besito y la ensalada,
cuando tú desde niña querías
casarte con un príncipe, virgen y sensata,
y ya es tarde para ser una perdida.


Jordi Virallonga nació en Barcelona, España, el 20 de junio de 1955. Es poeta, ensayista y traductor. Escribe en catalán y castellano. Es catedrático de literatura española en la Universidad de Barcelona y preside el aula de Poesía de esa misma ciudad, desde su fundación, en 1989.

Ha publicado los libros de poesía: Saberte, 1981; Perímetro de un día, 1986; El perfil de los pacíficos, 1992; Crónicas de usura (Premio Ciudad de Irún), 1997; Llevarte el día en casa (Antología), 1999; Los poemas de Turín, 2001; Todo parece indicar (Premio Valencia de poesía-Fundación Alfonso el Magnánimo), 2003; Por si no puedes, 2010; Hace triste, DVD, 2010; La amplitud de la miseria: antología de poemas 1986-2010, 2013; La transparencia oculta lo que muestra (Antología), 2014; e Incluso la muerte tarda (Premio Hermanos Argensola), 2015.

También autor de las plaquettes: A la voz que me acompaña, 1980; Dos poemas en Turín, 1992; Con orden y concierto (Antología), 1996; De varía misérrima (Antología), 2000; Poemas de amor descortés (Antología), 2005.

Links a Jordi Virallonga:

-Jordi Virallonga. Poesía en el Campus
-Poemas de Jordi Virallonga en Revista La Otra
-Poemas de Jordi Virallonga en A Mediavoz
-Poemas de Jordi Virallonga en Akantilado
-Entrevista a Jordi Virallonga. ACEC
-Jordi Virallonga: La transparencia oculta lo que muestra. Por José Ángel Leyva. Revista La Otra

Publicado el 31.03.2021

Última actualización: 11/04/2021