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Nilton Santiago (Perú)

Erg Chebbi, 2019.
Fotografía de Caroline Vogel

Por: Nilton Santiago

Todos descendemos de la mirada de un gorila

 

“Envían a rehabilitación a un mono alcohólico en Rusia”
(Fuente: Reuters)

Como Cioran, no somos más que un puñado de intersticios,
oh gorila mío, dos soledades metódicas,
como dos colillas en un cenicero.
Es cierto, compartimos la melancolía de los pájaros congelados
la rara costumbre de amar sobre los árboles,
de llorar y defecar leyendo a Mallarmé
o de salir con dos copas de más de cada incendio interior.
También jugamos cada día con la pureza de ser impuros,
con la estrella que navega en nuestra sangre,
desviada de su curso,
cansada de balbucear luz sobre la sonrisa de los jubilados
y de las putas, esos bellos mamíferos exiliados.
Ya lo sabes, buscamos el mismo empleo
y lloramos al mismo animal desde el que cada día nos despertamos.
Oh, gorila mío, también tu mirada
es la ventana por donde Dios espía al mundo
ese otro mamífero fúnebre que nada sabe de nosotros.
 

 

Un lunes cualquiera en la estación de universitat, tras el último equinoccio de primavera

 

Despiertas,
los árboles aun arrastran pájaros en sus largas caminatas nocturnas
y tú tienes que correr a la ducha para darle cuerda a un nuevo día.
Sales a la calle y vas a buscar un café latte,
la sonrisa de la dependienta te recuerda
que los ángeles no son de fiar
porque son los burócratas del cielo.
Pagas, por error, con una moneda extranjera.
Las llevas encima porque son como postales de países que ya no existen.
Te disculpas y sales del bar con un puñado de pájaros en la garganta.
Llueve, pero no quieres abrir el paraguas
porque sabes que cuando llueve es porque Dios se ducha
según una vez te dijo una tipa muy borracha en un bar.
Cuando entras a la estación,
te das cuenta de que las alas de la gente chocan unas contra otras,
pero tú no tienes alas
sino un café latte que se incendia sobre tus labios.
Tres minutos y treinta segundos para el siguiente tren
y en la prensa gratuita del metro lees
que “Facilitar el despido creará más trabajo”
según un político humorista.
Ahora son treinta segundos, ahora el metro se aproxima,
como se aproxima el pasado para decirte al oído
que las lágrimas no tienen memoria.
Al subir, ves a tres músicos que hablan en un dialecto que no entiendes.
Te imaginas entonces que, como tú, son peces
y que, como tales, dejan sus escamas esparcidas por el aire 
mientras tocan sus acordeones
(que en realidad son grandes caracolas de mar).
De pronto descubres que una parte de ti
nunca subió al tren
y que la que se ha quedado contigo permanece asustada
entre las páginas del libro en llamas que llevas bajo el brazo.

Llegas al trabajo,
enciendes el ordenador y abres el paraguas
porque te persigue una nube como un presagio
de que pasarás años pagando tu corazón a plazos.
Miras hacia la ventana,
dos gaviotas comparten un trozo de pizza que se le ha caído a un niño
(que eres tú en un país que ya no existe).
Segundos después, las gaviotas alzan el vuelo
en direcciones opuestas.
Sonríes,
porque sabes bien
que ningún pájaro vive recluido en la soledad de otro pájaro.

Así son las paradojas de los lunes,
como ser dos que únicamente son posibles cuando se alejan.

 

Sobre el porqué algunos pandilleros secuestran ballenas

 

Es hora del desayuno y Balam Rodrigo y yo
compartimos una gota de lluvia que alguien ha partido a martillazos.

No deja de llover
y un perro zapoteca nos trae en el hocico un tren lleno de salvadoreños.
No hablamos.
El silencio sacude sus ramas, como si fuese un árbol
que acaba de ser tiroteado al intentar cruzar una valla de equinoccios.
Al sacudirse, el árbol nos ha mojado de rocío
y ha hecho que varios peces caigan a nuestros cafés humeantes.
Me acerco a él para pedirle fuego, aunque sé que él no fuma.
Balam sonríe y saca de su bolsillo una estrella de mar
que migra cada día de un bolsillo a otro, de un corazón a otro (por reparar).
Su padre se la regaló hace varias vidas pasadas,
cuando los quetzales sabían hablar y lloraban.
Balam me pone la estrella sobre las manos
y un nuevo tren lleno de salvadoreños cruza esta mañana fría.

Balam dice que jugaba al futbol vestido de monje franciscano
y que, en Chiapas, los pandilleros secuestran a las ballenas
para enseñarles a pasar las fronteras con el estómago lleno de crack.
No muy lejos de nosotros,
la Mara Salvatrucha acaba de secuestrar a otra ballena centroamericana.
Lo sabemos por la forma en la que lloran los peces –asustados–
en nuestros vasos descartables de café.

Dos policías que nos oyen hablar nos dicen que los migrantes
nacieron de la costilla de un perro zapoteca
y no de las lágrimas de las ballenas. 

Balam les sonríe porque cree que los países
no son más que pájaros en migración desde la creación del mundo.
Balam cree que yo me río de los pájaros migrantes
y que no me creo eso de que algunas ballenas duerman de pie.

Entonces se acerca a mí y me pide que cierre los ojos.
En ese mismo instante aparecemos en Tecún Umán, Guatemala.
intentando cruzar el río Suchiate.

Mi corazón es una estrella de mar que flota lejos de mí.

Nado para cogerla y, sin darme cuenta, llegamos al otro lado de la frontera.
Una ballena jorobada que me ve cree que soy un pez que llora.
No lloro, no, pero quizás sea verdad que soy un pez.
Cuando alcanzo la orilla alguien me apunta con su chimba y dispara
porque no llevo dólares americanos.
Balam coge la bala en el aire
y ésta se convierte en un quetzal de terciopelo.
Cuando me lo enseña abro los ojos.
Entonces veo que Balam Rodrigo está a lo lejos, mirando el vacío que nos separa. 
Aún no hemos acabado de desayunar
ni hemos intercambiado palabra alguna.
No sabe quién soy (ni yo tampoco).
Sin embargo, hace siglos que ambos estamos muriendo
porque siguen matando a los perros vagabundos con veneno para estrellas.

 

Esta no es la historia de una tragedia griega

Dicen que las palabras son las costuras del silencio.

Pero las palabras en este poema,
son en realidad como globos de helio que tengo que atar a la página en blanco
para que no huyan,
aunque huir, al fin y al cabo, es para un poema
la única forma de hablar sobre lo que ya no está
(que es lo único que nos pertenece).

Entonces la poesía levanta el ancla de sus noches esdrújulas
y despliega las velas que la transportarán hasta el agua de tu mirada,
claro, si es que estás de humor y te apetece leer este poema,
que es como una partitura para un acordeón desafinado.
Esto tiene poco de serio,
no tiene nada de académico pasarse la mañana
construyendo castillos de palabras
que sean menos poéticos que unos prospectos médicos,
pero es hora de que sepas que la vida de un poema
es tan breve como la sonrisa de un mendigo acusado de ser pobre.
Pero volvamos al poema,
que acaba de llegar al puerto de tu mirada.
Sabes bien que apenas empieces a leerlo,
el poema se pondrá a comer las migajas de tu vida
y subirá al taxi de todas tus tristezas,
que, desde luego, sabe tu dirección de memoria.

Pones el libro sobre la mesa y buscas algo de comer:
sopa china instantánea para la cena.
El café de esta mañana aun brilla sobre la mesa
como un pequeño pozo de petróleo. Te acercas a la ventana.
Al otro lado de tu calle,
cientos de estrellas se descuelgan por la lluvia
hasta el corazón de varios refugiados que yacen a la deriva
sobre una inmensa rueda de caucho.
Pero nadie los ve, ni los oye.
Los faros no los iluminan.
Las estatuas marítimas no gastan sus lágrimas en los sin papeles.
Sólo los peces,
que nadan entre nuestros desperdicios,
lloran en silencio la pobreza del corazón humano.

Al poco rato, los inmigrantes llegan a la playa
deshidratados y hambrientos.
Los cooperantes les ponen papel de aluminio
para descongelar sus lágrimas.
Desde que oyen llorar a los peces, los policías ya no los apalean.

La sopa china instantánea te ha parecido horrible.
Te das una ducha caliente, te vistes a toda prisa
porque has quedado a solas con otro solitario.
En el mismo momento que sales de casa
una paloma del tamaño de la luna te caga en la cabeza.

Este poema no es la historia de una tragedia griega,
pero en lo primero que piensas
es que el dramaturgo Esquilo murió
al caerle en la cabeza una tortuga
que se desprendió de las garras de un quebrantahuesos.

 

 

Mi abuela tiene un puesto de comida en el mercado de Casma, donde los pobres van a comer a cambio de nada

Son las seis de la mañana en los relojes de todas las cigüeñas
y mi abuela acaba de llegar a la ciudad de Casma con un niño,
que es mi padre, envuelto en una manta lliclla llena de mariposas.

Ha tenido que abandonar el fondo del mar
huyendo de los abusos de uno que cree que el amor
significa atar a la pata de la cama a un ángel
y darle de comer comida para peces.

Mi abuela, fuerte como una lágrima a punto de romperse,
ha juntado todas sus baratijas
y ha decidido poner un puesto de comida en la ciudad de Casma.

Mientras cocina, mi abuela cuida que el viento
no llegue tarde a su cita con los pájaros
para que los pájaros acudan puntuales a despertar a mi padre,
quien pasa las madrugadas haciendo largas colas
para comprar la carne más barata entre las carnes.

Mi padre es un niño tan alto como una puesta de sol
pero aun así tiene el oficio de recoger la lluvia
para que mi abuela tenga agua suficiente para fregar sus ollas.

El puesto de comida de mi abuela
estaba lleno de las sonrisas de mi padre
y también las de los perros que solían dormir bajo los taburetes,
donde se sentaban sus clientes con la barriga llena de estrellas.
En mi país, los perros callejeros duermen donde pueden
y sueñan que cruzan nadando las lágrimas de Dios.

A la hora del desayuno,
mi abuela empezaba por borrarles los lunares a sus clientes con quitamanchas
porque sabía que las estrellas tenían que volver al cielo
después de haber abrigado la piel de los más pobres.
Entonces,
los pobres de Casma se sacaban una moneda
debajo del corazón para pagarle el desayuno,
pero mi abuela, alta como una puesta de sol,
solía sonreírles y servirles en cambio otra caricia recién horneada.

Los pobres en Casma entonces pagaban con sus lágrimas
la comida que mi abuela les ofrecía
sin recibir nada a cambio,
esto lo sé, porque sé que mi padre transportaba el agua de la lluvia
para que mi abuela tuviese agua suficiente para fregar las ollas.

Aún hoy, los pobres en Casma tienen perros pobres,
y aun hoy todos en Casma saben que los perros pobres
también venían a saludar a mi abuela llevándole un hueso
o un milagro en el hocico,
como si le trajeran el periódico.
Ella los recibía mientras desayunaba con mi padre sobre sus piernas
y compartía con ellos las sobras de las comidas.

Un día de otoño mi abuela se metió a mi padre al bolsillo
y partió a la ciudad de Lima para vender comida en las puertas de otro mercado
y nunca más se la vio por Casma.

Aún hoy, si miro bien detrás de la lluvia,
veo que mi padre es un niño que corre detrás de una pelota de terciopelo
que también es el corazón de mi abuela.

Entonces me doy cuenta de que los pobres de Casma
aún esperan que mi abuela despierte debajo del árbol donde ahora duerme
y que los hijos de los hijos de los perros pobres
aun yacen debajo de los viejos taburetes
donde se sentaban sus clientes con la barriga llena de estrellas.

Ahora sé,
después de tirar a la basura otro yogurt caducado (y media nevera)
que en los relojes de todas las cigüeñas
es la hora de la cena de los pobres de Casma.

 

El sueño de los ruiseñores

 

Acaban de encontrar a otro niño inmigrante caminando sobre el mar. Minutos antes su padre, otro inmigrante, fue hallado dentro de una gran lágrima después de salir de una casa de empeños sin el viejo reloj de plata que le regaló su abuelo, un mago persa. Esa misma mañana, el hermano del mago persa fue detenido por dos policías que lo han apaleado hasta borrarle las huellas dactilares. Y todo para robarle los pocos centavos que había ganado vendiendo chatarra. Parte de las buenas prácticas policiales consiste en arrojar el pasaporte de estos dos hombres al retrete y arrestar a cualquier colibrí que se les cruce por el camino para evitar que éstos vayan a recoger la sonrisa de Aylan, un nuevo niño inmigrante que ha sido encontrado caminando sobre el agua. Los pájaros saben perfectamente que los peces pueden padecer de sed así que le han llevado al pequeño Aylan un pañuelo lleno de los besos de su madre. Por su parte Galip, el hermano mayor de Aylan, yace en el fondo del agua porque ha oído que hay bichos en las profundidades que generan su propia luz y que el único animal visible desde el espacio son los corales. Galip juega con hipocampos mientras que Aylan sueña, con su último aliento de vida, que está partiendo al espacio en una nave hecha con piezas de Lego. La madre de Aylan acaba de vender el anillo de oro que forjó su abuelo para intentar conseguir los mil euros que le piden los traficantes. Mientras tanto, las televisiones anuncian la enésima reunión de alto nivel entre varios lagartos de traje y corbata para intentar solucionar una guerra que ellos mismos han originado con nuestras propinas. A esa misma hora, la abuela de Aylan le pone más agua a la sopa mientras que su marido, un herrero con una pata de palo, le ayuda a limpiar el moho de las patatas que unos europeos progresistas y de buen corazón les han regalado. Anochece, pero no les dejan soñar. A los nuevos inmigrantes de este día les han prohibido hasta enamorarse de las cooperantes ya que el amor no vende tickets para la función de esta noche. Entonces, cuando el sol abre su casa de apuestas y los telediarios han abierto ya su telón, todos suben a la barca que los llevará al fondo del mar. Esta mañana un nuevo inmigrante ha sido encontrado etc. etc. etc. y por fin Galip ha empezado a generar su propia luz bajo el agua para que Aylan lo vea brillar desde el espacio, mientras conduce, entre las estrellas, su nave de Lego.


Nilton Santiago nació en Perú en 1979. Reside desde hace años en Barcelona. Ha publicado los libros de poesía: El libro de los espejos (II Premio Copé de la XI Bienal de Poesía 2003); La oscuridad de los gatos era nuestra oscuridad (Premio Internacional de Poesía Joven Fundación Centro de Poesía José Hierro, Madrid 2012); El equipaje del ángel (XXVII Premio Tiflos de Poesía, Visor Libros 2014); Las musas se han ido de copas (XV Premio Casa de América de Poesía Americana 2015) y, La historia universal del etcétera (Premio Internacional de Poesía Vicente Huidobro 2019). Publicó las antologías A otro perro con este hueso, 2016 y 24 horas en la vida de una libélula, 2017. También es autor del libro de crónicas Para retrasar los relojes de arena, 2015.

Varios de sus poemas han sido traducidos al alemán, francés, ruso, inglés, búlgaro, italiano, árabe, montenegrino, armenio y finés y ha participado en diversos festivales de poesía en España, Chile, República Dominicana, Costa Rica, Francia, Bulgaria, Montenegro y Rusia.

Links a Nilton Santiago:

-Archivado Nilton Santiago. Vallejo & Co
-Curiosidades de animales. Nilton Santiago. Revista La Otra
-El equipaje del ángel | 5 poemas de Nilton Santiago
-Tres poemas de La historia universal del etcétera, de Nilton Santiago. Obra ganadora del primer Premio Internacional de Poesía Vicente Huidobro
-La obra del poeta peruano Nilton Santiago: Numinosa y refrescante oscuridad de gatos. Por Marcelo Gatica Bravo. Cine y Literatura
-Poemas de Nilton Santiago. La Raíz Invertida
-Entrevista - Nilton Santiago, poesía e inspiraciones. La Fábri/k
-Poemas de Nilton Santiago. La Poesía alcanza para todos

Publicado el 22.02.2021

Última actualización: 22/02/2021