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Paz mundial, pacto con la naturaleza 

Por: Esteban Ríos Cruz

Especial para Prometeo

En su estudio sobre la colonialidad del poder, en su libro Desobediencia epistémica, Walter Mignolo (2010), clasifica dentro de la matriz colonial del poder cuatro dominios que tienen que ver con la privatización y explotación de la tierra y la explotación de la mano de obra; el control la autoridad; el control de género y la sexualidad y el control de la subjetividad, a través de los cuales los individuos que controlan el conocimiento imponen su visión del mundo, una realidad universal que sólo acepta una sola versión: la de los dominantes. En todo el mundo, hoy día como ayer, los grupos conquistados pasaron a ser parte de un nuevo concepto de raza denominado como expulsados epistémicos, por lo que en comparación con los conquistadores eran inferiores en cuanto a su religión, lengua y por su color de piel. Esta situación social en el mundo ha cambiado poco. El interés por los países ricos de consolidar su dominio económico los ha llevado a crear estratégicas bélicas o sanciones económicas para doblegar a los pueblos pobres y así apoderarse de su recursos naturales, explotando las riquezas propias de estas naciones en nombre del progreso. La falta de empatía y de amor a los que no son como son los ricos, los ha llevado a conceptualizar que los pobres son pobres porque así lo quieren, que son una bola de flojos, que no tienen capacidad de pensar y tomar decisiones en su propio beneficio. Esta carencia de humanismo ha provocado un rechazo y una división muy amplia entre explotadores y explotados. Los primeros son dueños de los medios de producción, los medios de comunicación, los medios de entretenimiento y diversión y, por supuesto, de los bancos y de las bolsas de valores donde se hace la especulación de la economía. Todo se compra y se vende. El ser humano no es más que una cifra para medir el bienestar o la pobreza que existe en un país. A través de la propagación de la ideología dominante se crea un espejismo, un discurso de qué es lo bueno y qué es lo malo. Hay sanciones para los que infrinjan las normas establecidas. El estado como poder democrático desatiende sus obligaciones, ya que los encargados de brindar protección y equilibrar las relaciones entre los sujetos de la sociedad se coliga con los explotadores. Se violan las leyes y la constitución en aras de ajustarlas a las necesidades de legitimar acciones de despojo y represión hacia los explotados. Se maquillan los males de estos hechos a partir de la implementación de programas de asistencia social que sólo sirven para desviar recursos económicos o para el lavado de dinero.  

Este panorama prevale en muchos países del mundo donde no hay justicia ni equidad para sus habitantes. Aún impera la idea que quien tiene más, vale más. Lo que lleva a que los gobernantes de los países desarrollados tecnológicamente exploten los recursos naturales del planeta de manera indiscriminada. Para lograr sus propósitos recurren a todo. Si en el Medio Oriente hay yacimientos de petróleo, hay que hacerles la guerra a los países de esa región, bajo la mirada de quiénes son aliados y quiénes no. A estos últimos se les etiqueta como terroristas. Para apropiarse de los minerales que existen en los países de América Latina se abren los préstamos del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial bajo la premisa de que hay rescatar a estas naciones pobres, fortalecer su economía y su democracia con injerencias en sus elecciones, nombramiento de sus autoridades federales y representantes diplomáticos, así como de formar grupos paramilitares a través de los narcotraficantes y mercenarios. Una simulación total de empresas extranjeras y nacionales interviniendo para apoderarse de las tierras donde existen minas con yacimientos de oro, cobre, plata y el tan sobrevalorado litio. La protección a la naturaleza es lo que menos importa, ya que se contaminan los suelos y los mantos freáticos lo que da como resultado la destrucción de la flora y la fauna de estas tierra. Y algo más terrible, cerca de estas minas hay pueblos y ciudades donde las personas se enferman a causa de la contaminación del agua, del suelo y del aire que les rodea. Algo que los explotadores justifican diciendo que no hay prosperidad sin sacrificios, aunque nunca se ha sabido que los dueños de estas minas vivan en estos lugares y se enfermen por la destrucción del ecosistema local. Lo mismo sucede con la producción de otros productos de consumo como los refrescos embotellados, las carnes, los cereales y los lácteos. Para que las fábricas funcionen tienen que utilizar energía eléctrica que proviene del petróleo, carbón, madera o basura, con lo cual también se destruye y se contamina la naturaleza de una manera inevitable. Todo lo artificial que nos rodea en este mundo moderno para hacernos la vida más sencilla y cómoda tiene un precio: la muerte del planeta y, por ende, de nosotros mismo. Ya es tiempo de hacer el desprendimiento cultural dominante, de mirar con los mismos ojos, pero con otra mirada el mundo circundante. Hay que tomar conciencia que no hay igualdad en el derecho de la toma de decisiones. Sólo un grupúsculo multimillonario son los que tienen derecho a decidir la suerte que le depara a nuestra gran casa que es la tierra, nuestra madre primigenia que nos ha dado la luz y la palabra para mirar nuestros caminos, así como a nombrar lo que somos y lo que son las cosas de nuestro entorno. Pero hemos caído en la ignorancia y la soberbia al creer que en verdad todos tenemos los mismos derechos y obligaciones en el cuidado de la naturaleza. Las grandes industrias de los países ricos emiten grandes cantidades de monóxido de carbono al aire y contaminan al mundo de una forma terrible, provocando con ello el cambio climático, causa del sobrecalentamiento terrestre que ocasiona sequías, heladas, incendios y a veces lluvias torrenciales, todos ellos fenómenos atípicos. Esta despiadada contaminación en su efecto destructivo impacta a todos, pero no hace ricos a todos. La culpa sí nos toca. El discurso es que seamos conscientes de la importancia de cuidar el planeta, aunque se sabe quiénes son los verdades culpables de esta catástrofe mundial. El mundo se mira y se siente desde donde se piensa. En este punto se puede considerar lo que explica el epistemólogo y biólogo chileno, Humbeto Maturana, que el conocimiento debe ser a través del sentimiento, ya que los seres humanos somos amorosos por naturaleza, por lo que somos capaces de inventarnos, de crearnos a partir del amor que es la aceptación del otro que está nuestro lado. Es momento de pensar que el otro que no piensa como nosotros, ni es como nosotros tiene sentimientos y es capaz de interactuar cuando se siente incluido. Más que preocuparnos por la destrucción de la naturaleza, hay que ocuparnos de llevar a cabo acciones personales y colectivas donde demostremos nuestro rostro humano a los demás. Habrá paz si hay diálogo, si hay un encuentro en un escenario común donde el propósito es respetar a cada uno de los grupos sociales en su cosmovisión, rechazando el pensamiento universal por un pensamiento pluriversal. No existen seres humanos inferiores ni superiores, es una cuestión ideológica construida con los ladrillos de los prejuicios de un grupo social aferrado a sus saberes y creencias como los únicos válidos y legítimos. La paz mundial, el pacto con la naturaleza no será una metáfora más en el texto de la realidad actual si en vez de violencia, discriminación, explotación de la naturaleza, invasión bélica y odio racial se fomenta el amor a la diversidad, el cuidado adecuado a los recursos naturales, la tolerancia ideológica, el respeto a la soberanía de los países pobres y la solidaridad con los necesitados, este mundo, este planeta azul será un escenario polifónico, donde todos tengamos voz y vida con aroma de libertad.


Esteban Ríos Cruz poeta binnizá (zapoteco) de Asunción Ixtaltepec, Oaxaca, México, nació en 1962. ES doctor en Ciencias de la Educación y Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales. Ha obtenido los premios en el género de poesía: Premio Nezahualcóyotl de Literatura en Lenguas Mexicanas 2018; Premio de Literaturas Indígenas de América (PLIA) 2014; Premio CaSa en Creación Literaria en Lengua Zapoteca 2012, en Poesía, entre otros. 

Libros publicados: Desandar la memoria, 1984; Canción en vigilia, 1999; Dxi gueela gaca’ diidxa’/Cuando la noche sea palabra, 2006; Ubidxa galaa dxi /Sol de Mediodía, 2008; Ca diidxa’ guchendú/ Palabras germinadas, 2008; Ca xquelaguidi dxi zezá/Los huaraches del tiempo, 2011; Xaniaa gueela’/ Al pie de la noche, 2014; y Ca guichu guendarieedasiló/ Las espigas de la memoria, 2019. Sus poemas han sido traducidos al francés, italiano, inglés y maya, y publicados en diversas revistas literarias de México, Estados Unidos e Italia.

Última actualización: 04/05/2022