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Kayo Chingonyi, Zambia-Inglaterra

Fotografía de Smart Banda

Por: Kayo Chingonyi
Traductor: Ricardo Gómez para Prometeo

El color del grito de James Brown

Te he conocido por muchos nombres,
pero hoy, eres Larry Levan,
y tienes la mano en el acetato, en el humeante
salón de la memoria regular de un Garaje.
 Llevas bien el ritmo de When doves cry,
mientras bamboleas tus caderas,
y gotea el sudor de tu cabello
con el color del grito de James Brown.
El rey de King Street, seguimos moviéndonos 
con el mismo sonido, aunque algunos 
de nosotros no sabemos que bailamos 
sobre tu tumba. Y cortando formas 
que el machismo perdió siguiendo el ritmo
-todo hombre de carretera se vuelve un chico dulce
si el dj toca Heartbroken
justo a tiempo, para estos pies cansados. 
Enséñanos a cambiar de formas, Legba,
debes saber que reconocería tu caminado
habitual, esa cojera fantasma, en cualquier parte;
que veo tu mano en el abandono 
de una pareja, en medio de la pista,
que se desliza rauda y ágil como un corte degradado de cabello
en las manos de un barbero puertorriqueño
que maneja la barbera como si fuera un pincel.
Convirtámonos, como ellos, en una oda móvil 
al sudor, que pide cerveza con el lenguaje
corporal de un barman que responde
moviendo sus brazos y formando un arco, 
al estilo ninja de Willy Nilly, para preparar un trago que 
nuestros labios anhelen, un sabor que hemos 
intentado recrear desde ese momento. 

 



Broomhall

A la luz de lo que mi tía llama 
la textura arábiga de mi cabello,
me llamo Abdi afuera de la única tienda
que vende bolas de tamarindo, musgo de Irlanda,
y supermalta en cantidades decentes. 

No basta con decir que me hace falta
el olor de la yuca brava asada 
sobre carbones abiertos, o las excursiones
en búsqueda de tilapia, carpenta (1),
y una variedad de carnes de procedencia

cuestionable. ¿Cuánto, tía?
Trueques y engañifas, y las manos recias
de los vendedores callejeros, glaseados en el azul
profundo de una negrura sin vergüenza que, ahora,
está comprometida con otra vida

antes de esta, de chicos blancos
de clase media que tocan en grupos de reggae,
que aman las raíces y cultura, como si 
su amor bastara para conocer el código
por el que algunos de nosotros nacemos y morimos. 

Al menos esos chicos que me llaman 
Abdi parece que quieren a Abdi.
Me preguntan por qué no 
he vuelto, cómo es todo 
en Leeds y tal vez, hoy, 
puedo ser Abdi, y esta tienda 
puede ser todo el hogar que necesito.

[1] N. del T. Carpenta. Pez de agua dulce propio del lago Tanganica, importante fuente de proteína en Zambia y Zimbabue.

 


La canción del pescador

          Qué tristeza para un pescador
navegar en el azul
          y encontrar entre las redes que se alejan
flores subacuáticas extrañas
          que, al principio, parecen algas marinas
pero al mirar más de cerca
          son mechones de pelo humano enmarañado
sobre sopa agria.

          Y, ¿qué tonada cantará este pescador,
a quien le gustan las melodías alegres,
          para arrullar a sus hijos
cuando las oscuras formas de su habitación
          convierten a la noche en un monstruo en su rugido
que sólo la voz del padre puede apaciguar,
          y quién sosegará al pescador  
que navega en el azul?


25 de octubre de 1964

Bailamos como celtas el día que la noticia 
pateó al Comisionado del Distrito en su gordo trasero.
Esos profesores que nos golpeaban por pequeñeces hasta que 
no podíamos sentarnos, estaban tan borrachos a la hora del almuerzo 
que el señor Chishala cerró la escuela y siguió a 
su personal a un bar donde le devolvían los billetes 
de 10 chelines como si fueran monedas sueltas, maní tostado, jarras
sagradas de la cerveza local (una canción para la garganta
conocida como Mosi). Bebieron a la salud de la libertad
que nuestros hijos habrían de heredar, y luego alzaron un vaso 
por los buses con forma de hipopótamo de Leyland, vomitaron
con la agotada clase baja del cinturón de cobre
que, a pesar de una nueva nación, seguíamos luciendo 
hombreras encorvadas, y la vergüenza de pechos sin inflar.  



Prestidigitación

Y finalmente han encontrado
la joya de la corona de nuestra colección
aquí en el Museo Real de África Central:
una lupa utilizada por uno
de los funcionarios del rey
que, por decreto real, permaneció
sin ser cantado entre los hijos de Europa
hasta hace poco. Nótese el grabado
en el asa de mármol, que nos dice que 
esta lupa fue usada en Kasai.
En vista de que el informe oficial fue editado,
tal vez algunos de ustedes no conozcan
este tipo de magia en particular:
el ‘truco consistía en usar una 
lupa para encender un cigarrillo, “después de lo cual
el hombre blanco explicó su relación 
íntima con el sol, y declaró
que si le llegara a pedir [al sol]
que quemara la aldea de su 
hermano negro, esto se haría (2).’ 
y así fue, la tierra cambió de dueños
como un cigarrillo que, al darle fuego, se convierte en colilla
y su humo, que permanece contigo,
es el humo de una aldea en llamas.

[1] George Washington Williams, citado en King Leopold’s Ghost (El Fantasma del Rey Leopoldo) de Adam Hochschild.

 


Cómo construir catedrales

           Para Cildo Meireles

Pensar, cuando las ruedas del Cessna 
golpearon la pista 

improvisada, las mujeres del pueblo caminaban 
desvestidas, y los hombres no sabían

nada de sus deberes divinos.
Los inicié en los evangelios.

Marianne inculcaba los mejores argumentos
sobre la conducta femenina. No pasó mucho

para que se aprendieran las principales escrituras  
de memoria, y pudieran recitar el Ave María

en el perfecto inglés machacado
que nuestros predecesores les habían legado.

Hemos tenido varios éxitos:
los niños despiertan asustados de la ira de Dios,

las damas usan brasier, y los señores
ya no juegan el día del Sabbat.

En el último sermón antes de la temporada de huracanes, 
digo, golpeando mi pecho, esto es una iglesia. 

 



Aflicción

¿Qué pasó con el chico que se hacía llamar Aflicción?
El chico que, según decía la historia, escondió una pistola
por los caminos secundarios y callejones de su adolescencia
el chico que apareció como una nota de pie de página la noche
que jugamos mis puntas son más bastas que las tuyas
en un apartamento que daba a London Road – la línea de frente
de una guerra post-código de la que 
nos habían alejado tanto, que nos reíamos cuando alguien decía 
que los kebabs de la tienda, adornada por un lote fresco
de flores de velorio, eran “para morirse”.
Aflicción era gravilla que le daba textura a la fábula.
Nunca supimos cómo lo llamaba su mamá
o qué lo limitó a hacer el trabajo nocturno
para que los chicos blancos pudieran decir que queman de la fina.
Es como esos chicos atrapados entre comas
en informes noticiosos sobre crimen juvenil, una imagen
fijada en su lugar por el lenguaje de alguien más.

 


Para quienes quedaron huérfanos tarde en su vida

¿Qué pasaría si el viento que sopla a través
de las puertas francesas de tu infancia
fuera la forma en que la casa se despide
y cuando llamas, respondiéndote a ti
mismo, saludando los dichos desusados,
escuchas, por primera vez, el timbre 
de tu voz como alguien más lo escucharía? 


Kayo Chingonyi nació en Zambia en 1987 y se mudó al Reino Unido a la edad de seis años. Es autor de dos plaquettes, Un poco de elegancia brillante, 2012 y El color del grito de James Brown, 2016. Miembro del programa Obras Completas por diversidad y calidad en la poesía británica. En 2012, recibió el Premio Geoffrey Dearmer y fue Poeta Asociado en el Instituto de Arte Contemporáneo (ICA) en 2015. Su primera colección completa, Kumukanda, ganó el Premio Dylan Thomas y un Premio Somerset Maugham. Kayo ontuvo una beca en residencia en el Centro para la Nueva Escritura de la Universidad de Manchester, antes de unirse a la Universidad de Durham como profesor asistente de escritura creativa. Es escritor y presentador del podcast de música y cultura Decode en Spotify, editor de poesía en Bloomsbury, y su colección más reciente, Una condición de sangre, fue preseleccionada para el Premio Forward a la Mejor Colección, el T.S. Premio Eliot y el Premio Costa de Poesía.

Última actualización: 20/05/2022