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Kiri Piahana Wong, nación Maorí, Nueva Zelanda-China

Fotografía tomada de Nzpoetryshelf.com

Por: Kiri Piahana Wong
Traductor: Sebastián Dominguez

Dame un día normal


Días normales
Donde la sal canta en el aire
Y el mielero tūī descansa en el árbol, más allá de la ventana de nuestra cocina
Y el sol es tapado por una nube, para que su luz
no llegue y lastime nuestros ojos
Y hemos comido, y hemos bebido
Y hemos dormido y dormiremos más
Y el niño ha comido
Y los libros han sido leídos
Y los juguetes están regados por la sala.
Dame un día normal

Días normales
Donde me siento en mi escritorio, trabajando por horas
hasta que la luz se atenúa
Y tú estás afuera en el jardín,
podando el seto y los árboles
Y luego estoy parada en el fregadero, lavando platos
Y cortando verduras para la cena.
Nos sentamos juntos, comemos, nuestro hijo ríe
Y pones a Muddy Waters en la grabadora
Y después nos acostamos en la cama leyendo hasta medianoche
Dame un día normal

Días normales
Donde nadie se enferma, nadie resulta herido
Tenemos leche, tenemos pan y café y té
Nada es urgente, nada de qué preocuparse hoy
El periódico está lleno de noticias de entretenimiento.
La ropa está limpia, ha sido doblada y guardada
Pérdida y decepción pasan sin visitarnos
Afuera está ocupado, la calle resuena en su zumbido
Los niños siguen su camino a la escuela.
Y viajeros ocupados se apresuran a hablar por celular
Dame un día normal

Y porque soy una soñadora, en mi día normal
Nadie que alguna vez yo hubiera amado murió demasiado joven
Mi padre aún está aquí, sentado en su silla,
donde siempre se sienta mirando el mar.
Nunca perdí nada de lo que realmente quería
Y nunca nada me lastimó más de lo que podía soportar
La lluvia cae cuando la necesitamos, el sol brilla
La gente no pelea, es fácil hablar con todos.
Todos son amables, todos ponemos a los demás antes que a nosotros mismos
El mundo no se está muriendo, hay vida prosperando en todas partes
Oh Señor, dame un día normal

 

 
Una secuencia de pájaros


(I)

Una vez más, miro las flores.
Estas son hortensias, recogidas
furtivamente de un seto exterior,
de una cabaña de vacaciones en una playa de Laingholm. El seto
rebosaba de flores, azules
y de un claro violeta y un rosa delicado.
Elegí una de cada una.

Ahora yacen aquí, sobre tu mantel
blanco al aire libre, esperándote.
Estoy afuera otra vez, esperando
de nuevo, pero ahora bajo un toldo
de amarillo y verde mar. Pantallas de lámpara
de conchas y lino.
                                   Más allá de ellas,
                                                                   el mar.

         La marea está baja.

              Las gaviotas se paran en el barro,
              sus rojas y húmedas patas palmeadas,
              pero no se varan.
              No se atascan. Siguen
              en tierra.          Saben que pueden echarse a volar
                                                                                    en cualquier momento. 


(II)

Estoy en una buhardilla con
sillas naranjas, moradas y 
verdes. Un crochet en forma de diamante sobre
la pared. Un tocadiscos.
Una mujer cambiándose de ropa.
Primero de rojo, con zapatos
verde pálidos. Luego, de un profundo verde
turquesa. Observándola caminar a través
de la habitación, me siento submarina.


(III)

Tāwhirimātea* se ha tomado 
hoy la casa. Olas espumosas
se apresuran hacia la bahía. Mi cabello fustiga
en torno a mi cuello como una soga.
Pájaros surcan el cielo.
Abajo, junto a la playa, se
amontonan patos.

*Tāwhirimātea es el dios maorí de las tormentas.

 

(IV)

Después de la tormenta, la casa
huele a lluvia.
El mar se ha colado en los
muebles. 


(V)

He vivido aquí por un
año y la marea se ha filtrado
en mi cuerpo. Me despierto
con el clima.

En días apacibles, claros y 
soleados, pierdo el tiempo. Minutos
y horas se hunden en la bahía
como piedras diminutas.


(VI)

En la penumbra
los árboles lucen grises;
la arena, un estampado.
Bajo una luna baja,
la marea llega.

 

(VII)

Si estás perdido, sigue
el borde afilado de la
Cruz del Sur. Busca
los tuátaras de piedra.


(VIII)

Yo desayuno
rodeada de pájaros.

Un martín pescador sobre el tendedero
Un mielero Tūī en la verja
Un periquito en la hierba
Un pequeño gorrión posado
sobre el agua
En la bahía,
una flotilla de patos.

Más arriba,
un vuelo de cormoranes se lanza hacia el norte.

Pienso en lo que significa
permanecer, en lo que significa
irse.
Abajo en la bahía,
un pato se arrastra detrás del resto.
Pienso en ir a nadar.
Como cuando bajé caminando
a la playa ayer,
todas las gaviotas posándose allí,
graznando se echaron a volar.

 



Lluvia


Hay una pequeña maceta azul, llena de margaritas
recogidas de la carretera, puesta sobre el
alféizar de la ventana, enmarcada de tríplex, vidrio
y la tenue y cálida luz previa al ciclón
—es la media tarde.

Hay uvas, aún no maduras, colgando
en un enrejado sobre mí, cubierto de
plástico transparente, dando la ilusión de espacio
abierto, protegiéndome de la lluvia.
Detrás de mí, florecen los pōhutukawa,
nuestros brillantes árboles rojos de la Navidad.

Porque sí es Navidad,
es Nochebuena, y aquí es donde
empieza el viaje, dejo de mirar y
empiezo a escuchar, te escucho
tocando tambor, Ahurewa canta y
mientras quiero describir la precisa
naturaleza del sonido, lo que puedo oír,
todo lo que pienso es que

                      —nadie toca los tambores como tú

       y luego me pierdo, ya ves,
quiero estar perdida y lo estoy
              y                                                     me fui.


Algún tiempo después vuelvo a mí 
al son de las flores. Estoy en un lugar
alto, cerca del cielo.

Hay hojas verde claras sobre mí,
tan perfectas como estampados. Hay una enredadera
creciendo, envolviéndose con tenacidad
alrededor del tronco, las extremidades de un árbol
pūriri. Creo que la enredadera está ganando, que está
sofocando el árbol, pero luego veo que no,
que el árbol sigue fuerte, aunque una parte de él
parece muerta, y luego me pregunto si la naturaleza
piensa cosas así.

Y también soy parte de la naturaleza, nunca más
que ahora, este día, este post-ciclónico
apocalipsis-que-nunca-llegó lluvioso-
a comienzos de verano, nochebuena, este fin de la tarde.

                 Hay más lluvia cayendo ahora.

                Pasa en riachuelos desde tu coronilla
    por el puente de tu nariz
                 sobre mi boca entreabierta, corriendo por
 mis labios, y pasa por mi barbilla y
                                               pasa por mi cuerpo y se acumula
                     en mi centro, y luego mientras me volteo
            para presionar mi rostro, mi cálido rostro desnudo, contra la
                                               hierba, las hojas secas, la tierra, la siento
                           —el agua del cielo: toda la luz maravillosa
                      llorando lágrimas dichosas del dios del cielo,
                      Ranginui*, corre por mi costado y
        dentro de la tierra, Papatūānuku**, y luego
                                                                                 se asienta allí.

Ranginui* dios maorí del cielo
Papatūānuku** diosa maorí de la tierra

 


Pájaro mensajero


Después de los caprichos del correo electrónico
y del Messenger de Facebook
Una carta extraviada
Mensajes de texto al teléfono equivocado
No hay teléfono fijo para llamar
Decido enviarte
un pájaro mensajero
Puede que nos falte un Internet
confiable en Laingholm,
pero tenemos pájaros en abundancia

Delibero qué tipo de pájaro enviar
Los periquitos lucen robustos
pero parecen demasiado volubles, siempre volando
en círculos, admirando su propia belleza.
Los mieleros tūīs están ocupados con sus nidos.
Los gorriones son demasiado pequeños.
Quizá tendrá que ser una gaviota, de lomo ancho,
elegante, acostumbrada a vuelos largos
O quizá un par de patos, que puedan
ayudarse entre sí si se pierden
O incluso un búho—debes estar atento a
su llamado, tarde en la noche, sobre la
ciudad, sobre el traqueteo de los trenes; empuja
la aldaba, mira por tu ventana,
en lo alto verás un pájaro volando en espiral,
ese pájaro soy yo, tratando de comunicarme
contigo

No soy la única persona en Laingholm
que tiene este problema.
La semana pasada mi amiga Sophia caminaba
por la playa y se encontró un
mensaje en una botella
O para ser más exactos, un mensaje en un
frasco de salsa para pastas

Según el mapa adentro, no venía de muy lejos
Quizá desde la siguiente bahía más o menos
Pero el mensaje estaba dirigido a
alguien en Perú

Sofía lo tomó para ella hasta
Coromandel y lo dejó caer en el
agua de la bahía de Whitianga.
A veces lo imagino, meciéndose lentamente
en las mareas a través del Pacífico Sur

Otras veces, pienso que llegó a
alguna playa. Enredado en algas
Quizá con una gaviota picoteándolo,
preguntándose qué hay adentro
Mientras mantiene un ala curvada por el viento
                              Planeando un viaje largo, sin cargas,
                                                  
                                            un destino desconocido


Kiri Piahana-Wong nació en 1977 y es una poeta y editora neozelandesa de ascendencia maorí, china y pākehā (inglesa). Es la editora de Anahera Press, desde 2011. Anahera publica colecciones de poesía de escritores nativos, centrándose principalmente en poetas maoríes y de las islas del pacífico con sede en Aotearoa, Nueva Zelanda. Como poeta, los escritos de Kiri han aparecido en más de cuarenta revistas y antologías, incluyendo: Poemas Esenciales de Nueva Zelanda, Poesía de Nueva Zelanda, Tātai Whetū: Siete mujeres poetas maoríes en traducción, Una antología de Poemas de Nueva Zelanda para niños, Querido Corazón, Vā: 150 Poemas de Amor de Nueva Zelanda; Historias de Mujeres de Moana, y más. Tiene una colección completa, Nado nocturno (2013), y una segunda, Líneas de marea, está próxima a publicarse. Kiri también trabaja con poesía y ficción como crítica de libros, evaluadora de manuscritos, editora de antologías, mentora y directora de proyectos. Vive en Wanganui, Nueva Zelanda, con su pareja y su hijo de 4 años.

Última actualización: 17/05/2022