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Paz mundial, pacto con la naturaleza

Por: Luisa Isabel Villa Meriño

Especial para Prometeo

En Colombia la guerra cae sobre los campos y arrasa el medio ambiente: fuentes hídricas secas y contaminadas, tierras esterilizadas, sembradíos envenenados, deforestación, quema de extensiones de tierras verdes, contaminación del aire, desplazamiento forzado, ejecuciones, muerte… Este panorama nos invade de impotencia y desesperanza, y sentimos que la paz y la transformación resultan esquivas, ilusorias.

En las comunidades afrodescendientes y las naciones indígenas se cree en la unidad que conforman los seres humanos y el medio ambiente, una totalidad llamada territorio; el territorio es una extensión del cuerpo, y el cuerpo una extensión del territorio. Necesitamos una pedagogía que haga sentir esa condición que integra a todos los seres de la naturaleza, y es urgente para no continuar yéndonos a pique y entregándonos a esa devastación.

Es complejo separar la violencia ejercida sobre los seres humanos de la ejercida sobre el medio ambiente, sabemos que es un mismo daño; cada bocanada de aire contaminado es una bocana de aire menos para cada ser vivo del planeta, es por esto que las disputas por la tierra representan también las disputas por los cuerpos.

Al momento de señalar culpables por ese daño ambiental se levantan los índices hacia muchas direcciones; sin embargo, la responsabilidad de protección y cuidados del medio ambiente, del ecosistema y de ese territorio que somos, es de todos y todas; surgen, a partir de esta devastación con todo lo natural, demasiadas preguntas, si el gobierno no es capaz de comprometerse sinceramente para generar políticas publicas medioambientales, políticas públicas que realmente amparen  a los territorios y  a sus comunidades diversas, ¿qué acciones  contundentes podemos generar para frenar los modos capitalistas de producción y consumos salvajes que destruyen el planeta?, ¿por qué hemos puesto los sistemas de poder y productividad por encima de la vida?

Como menciona Lucie Sauvé (2014) existe una especie de desaforo por llegar a los campos, a los territorios, e invadirlos porque son considerados carentes: “Parece que “el campo”—con sus sistemas de vida y actividades productivas — es visto por los promotores de la esfera político-económica como vastos espacios vacíos que deben ser colmados con proyectos de “desarrollo”. No sorprende que tales inva - siones de los medios de vida induzcan un sentimiento de usurpación y una gran inquietud en las poblaciones” (p.13). Existe un deseo desbordado de apoderarse y ocupar tierras, a toda costa, sin importar a quién se arrase en ese ejercicio de intereses y poder malévolos; entonces, hay que poner la mirada en tres conceptos: Globalización, Sustentabilidad y Desarrollo y colonización para comprender este fenómeno de autodestrucción y aportar a la resolución de la problemática, de tal manera que podamos construir procesos de paz, en pacto con la naturaleza.

 Para Moacir Gadotti (2003)

          “El escenario está dado: globalización provocada por el avance de la revolución tecnológica, caracterizada por la internacionalización de la producción y por la expansión de los flujos financieros; regionalización caracterizada por la formación de bloques económicos; fragmentación que divide globalizadores y globalizados, centro y periferia, los que mueren de hambre y los que mueren por excesivo consumo de alimentos, rivalidades regionales, enfrentamientos políticos, étnicos y confesionales, terroristas". (p.63).   

Por otra parte, el mismo autor considera que la Sustentabilidad es:

         “Más que un calificativo del desarrollo. Va más allá de la preservación de los recursos naturales y la viabilidad de un desarrollo sin agresión al medio ambiente. Implica un equilibrio del ser humano con él mismo y con el planeta, más aún, con el universo. La “sustentabilidad” que defendemos se refiere al propio sentido de lo que somos, de dónde venimos y para dónde vamos, como seres del sentido y donantes de sentido de todo lo que nos rodea” (Moacir Gadotti, 2003.p.63).

Para el autor el problema con el desarrollo sustentable y la sustentabilidad es que tratan de manera aislada los asuntos sociales y los asuntos ambientales, y que aparte de dar solución a los problemas ambientales hay que darles solución a los problemas sociales, “los problemas que trata la ecología afectan no solo al medio ambiente, sino que afecta al ser más complejo de la naturaleza que es el ser humano” (p.64).  Es desde esta perspectiva en que la guerra sobre el medio ambiente es la misma guerra contra los seres humanos, y para hacer propuestas de paz hay que hacer propuestas sobre los problemas sociales, para Wangari Mattai “los derechos ambientales son, en gran medida, derechos humanos”.

En un país de tantos desplazados y desplazadas, en el que a los campesinos y campesinas se les despoja de sus tierras, cómo hablar de sustentabilidad a esa enorme población desarraigada, con una nueva realidad en la que les tocan “asentarse” en refugios, al lado de ríos y aguas contaminadas, en tierras estériles; expensas a enfermedades, hambrunas, marginación y estigmatización social; desplazados y desplazadas no fácilmente encuentran respuestas a la pregunta ¿cómo sostenerse?; y vamos más allá, están siendo víctimas de un genocidio silencioso.

Se hace necesario replantearnos el concepto de Desarrollo asociado con el colonialismo:

      “El concepto fue utilizado en una visión colonizadora, durante muchos años, el cual dividió a los países del globo en “desarrollados”, “en desarrollo” y “subdesarrollados” … sujeto siempre a un patrón de industrialización y de consumo”. Este concepto supone que todas las sociedades deberían orientarse por una única vía de acceso al bienestar y a la felicidad, alcanzables únicamente por la acumulación de bienes materiales". 
(Moacir Gadotti, 2003. p.63)

Aunque contradictoriamente esa posibilidad de Desarrollo es exclusiva para un grupo de países colonialistas que imparten políticas económicas y de guerra para coartar el resurgimiento y el buen vivir de otras naciones “subdesarrolladas”, como plantea el investigador afrocolombiano Yeison Arcadio Meneses Copete (2022): “Del mismo modo, el imaginario de la “superioridad civilizacional” ha instaurado consecuentemente el monopolio del Vivir sabroso, Buen vivir y/o Vivir bien. Por tanto, la destrucción de sociedades milenarias enteras africanas, americanas o asiáticas es algo justificable, observable y soportable”

Una de las soluciones posibles para encontrar esa paz con el medio ambiente puede darse dentro de una educación transformadora y descolonizada que cobije la Pedagogía de la Tierra, y que comprenda a su vez la ecopedagogía y la educación sustentable. Una de las formas de avanzar es retornar al origen, a esas cosmogonías milenarias que nos hacen valorar y respetar al territorio, a la naturaleza.  Así qué, la ecopedagogía es una forma de retornar a ese proceso ancestral de convivir con el territorio, de generar conciencia ecológica de cuidado y protección de todo cuanto nos rodea; está centrada en una conexión con la naturaleza. Los niños y niñas del campo y provincianos crecimos escuchando una serie de leyendas e historias de la tradición oral, que nos invitaban a sentir respeto por la naturaleza y sus misterios, a valorar la tierra, los recursos y al territorio; promoviendo, desde pequeños, esos vínculos con todos los seres de la naturaleza.

Retomando la idea de la ecopedagogía, como necesidad y como opción transformadora, para Moacir Gadotti (2003)

        “La ecopedagogía se ha convertido en un movimiento y en una perspectiva de educación mayor que una pedagogía del desarrollo sustentable. Ésta se inclina más hacía la educación sustentable, hacia una ecoeducación, que es mucho más amplio que la educación ambiental. La educación sustentable no se preocupa solamente por una educación saludable con el medio ambiente, sino también con el sentido más profundo de lo que hacemos con nuestra existencia, a partir de nuestra vida cotidiana” (p. 68).

Pero esa ecopedagogía estaría obligada a descolonizarse, es indispensable que los niños, niñas y jóvenes de todas partes -afros, negros, indígenas, campesinos …reconozcan sus territorios, sus sistemas de siembras y cultivos propios… porque ocurre que, en esas formas urgentes de postular soluciones al problema, terminamos homogenizando los saberes y los cuidados sobre la tierra, sin tener en cuenta las necesidades y particularidades de cada territorio. Si no nos descolonizamos no encontraremos paz y sosiego, puesto que seguiremos remarcando privilegios de unos pueblos sobre otros, imposiciones de unas naciones sobre otras, violencias justificadas en la marginación social, racial y condición de género.

Un pacto con la paz mundial y con la naturaleza es un pacto a descolonizarnos, es un compromiso con la educación ambiental y transformadora, con la ecopedagogía; es un pacto con el retorno, con poner el oído en el origen, y decidirnos a construir naciones desde el “Buen Vivir” planteado por nuestras naciones indígenas de Sur América, o desde el “Vivir Sabroso”  de nuestras comunidades afrocolombianas -recogido por la investigadora Natalia Quinceno Toro, y que hoy retoma la ambientalista y abogada, aspirante a la vicepresidencia en Colombia, Francia Márquez- que no son sino la promoción del estilo de vida en armonía y equilibrio con la naturaleza, con  los dioses y diosas, con los espíritus protectores... son todas las formas de paz que fortalecen el espíritu  comunitario, espíritu  que nos hace vivir en dignidad, proteger y celebrar la vida, diariamente.


Luisa Villa Merino nació el 23 de junio de 1979 en el Copey (Cesar) y desde muy temprana edad fue llevada a Barranquilla (Atlántico) ciudad en la que creció. Es artista visual, poeta, narradora y gestora cultural afrocaribe. Estudió Artes Plásticas en la Escuela Distrital de Artes de Barranquilla. Licenciada en Artes Visuales de la Universidad Pedagógica Nacional. Invitada a diferentes encuentros, exposiciones y ponencias internacionales, en Cuba, el Salvador, México e Italia.

Publicaciones: Dios fue mejor cuando era tigre (2020), en coedición con la Editorial Morgana (México) y Baraja Grafica Editores (Colombia); Incluida en la Antología “Yo vengo a ofrecer mi poema”, coedición editorial Abisia y Escarabajo (2021); curadora de la plaqueta “Siete Autoras Colombianas” en español-italiano, editado por la escritora Silvia Favaretto y el proyecto 7 Lune (2019); Primera Antología bilingüe (español- italiano) Hispanoamericana de Landais, proyecto 7 Lune (2014).

Actualmente experimenta con el vídeo, la instalación y el performance. Trabaja en proyectos de Memoria en la región Caribe colombiana, por la dignificación de los y las afrodescendientes, la visibilización de sus territorios, historias y culturas.

Publicado el 11.04.2022

Última actualización: 05/05/2022