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Ajmedov Mahomed Ajmedovich, Daguestán

Por: Ajmedov Mahomed Ajmedovich
Traductor: Rubén Darío Flórez para Prometeo

El llamado del corazón

Yo vivía Daguestán tu amor
pero tengo miedo de mirarte hoy.
Alá te hizo a imagen de un paraíso,
y echaste al olvido tu idioma divino.
¿Qué hacer? Aún el soleado Junzaj
presume de ser capital de la lengua avár, 
tu idioma ya no es lengua de oraciones,
y si musitas una, no sale del corazón.

No es posible que nosotros no seamos nosotros,
¿el alma de esclavo más terca es que la sed de ser?
El sol así será inclemente,
se volverán colinas las montañas,
¿Es que el espíritu de la montaña se cose del todo?
¿Y la sangre no se precipita por las venas?
Sin idioma no eran hijos de la montaña
aquellos nacidos en sus estribaciones.

Daguestán mío… tú mismo fuiste águila
cuando a los acantilados las águilas echaste al vuelo.
Parecía más vital que otras lenguas
la lengua materna, avár. En confín dorado
no en vano fuiste la tierra de Shamil,
su espíritu alienta entre nosotros.
Por su nombre noble es centinela
de nuestra tierra natal desde entonces.
¡Mi Daguestán! … Soy tu eterno rehén.
Pero la tristeza me desgarra la entraña.
El siglo veinte, heraldo de un mensaje sin fe…
y ahoga, gruñendo con aullido de lobo.
Están rotas las lápidas…y sin un alma,
abandonadas las casas, en las aldeas.
Y es la verdad, no tengo a dónde huir
de este vacío sin fin.

¡Mi Daguestán! Al de Arriba imploro,
que vuelva el sonido del habla materna,
que aleja todos los dolores,
que vuelva a la tierra amada, a mi patria
y entre tanto no hay palabras sino lágrimas;
en vez de hogar, derruidas las paredes.
Y permanezco agobiado de desgracias,
los ojos me nubla este desastre.

 

Abedules rurales

Las cartas de la patria son hojas de abedules…
En mi aldea Genedá en torbellinos van las hojas…
Ante el abedul con mi alma me postro
y no lo olvido ni en helada ni en canícula.

En los acantilados, fantásticos se ven ustedes,
blancos troncos tan trémulos.
Cada vez que llegaba la encrucijada,
me recibía el susurro de los abedules.

Me pareció que ustedes venían
desde el amor, de las largas distancias.
Me encontré con ustedes en Gunibe, en Riazáni,
en Moscú y muy lejos de Moscú…

Me son más entrañables los de las montañas,
erguidos como si fueran cirios verdes
y sobre mis hombros dejan caer sus hojas,
para que mi verso no se marchite.



Recuerdo


Una mujer en túnica en la ventana
emergería parece de la neblina.
Una mujer… pensativa… solitaria…
Inolvidable este instante imprevisto.

Hubo un tiempo de felicidad a manos llenas,
yo veía entre el crepúsculo,
a una mujer, era la mía
junto a la ventana, la túnica en remiendos.

¿Qué se hizo mi patria de amor?
pisotearon todo lo que había en el corazón.
No tiene caso llamar que no hay regreso.
Ella se marchó… cerró la ventana.

Te levantas de madrugada, sólo hay silencio.
Pero obstinadamente veo a lo lejos.
Una mujer… su túnica… la ventana…
En este entrecruce de tortura y dolor.

 

                    ***


La lluvia del recuerdo cae sobre el alma
y en cada gota los años vividos,
lo que no se olvida, todos mis fracasos,
toda la ternura, las grullas en el cielo…

Allá una mujer todos estos años me espera,
la lloviznita cae en la nieve y como si
aceptara en frágiles hombros convertirse
y sobrellevar este agobio que va en mí.

Se olvidó el nombre, desvanecidos los rasgos…
su mirada apenas… se desliza una lágrima.
¿Tal vez sea mi suerte que en el umbral
no me alcanzará el llanto para invocarla?



Aves


Qué dulce es escuchar el canto de las aves
en el feliz instante del alba,
si en el destello lila del trueno
ellas tejen su voz temprana.

Yo las amo aladas notas que resuenan,
amo su vuelo suspendido sobre el mundo.
Ustedes alas que crean su despliegue,
dejan sobre la tierra una luz más diáfana.

Yo escucho en su balada la respuesta
a todas mis preguntas de siempre.
Es el amor lo cierto y el odio invento
en el vaivén de su vuelo polifónico.

Y las golondrinas que traen la primavera,
y el canto de las alondras en julio, 
tantas veces me regalaron la dicha,
me desgarraron el alma con un recuerdo.

Las palomas de los techos, del amor,
susurran con ternura a sus retoños…
Y los gorriones… los gorriones de los abedules
en los rincones no los verás en los inviernos.

Me llega de las grullas su balada,
adiós les digo alzando la mano,
pero me acuerdo que poderosas águilas
sobre mi hogar dan círculos impulsando al viento.

Yo sé que no soy ave… ¿Y qué?
Yo canto desde el dolor al adiós y al retorno.
Pues si no cantas como un ave,
el sufrimiento será estéril y el tormento.



Centinela


Hay centinelas de la primavera y el corazón,
y el tiempo… y centinelas del deber.
Han nacido para velar la sagrada convicción
en minutos de zozobra fatal.

Por horas ellos velan la amistad
insomnes en la noche estrellada vigilan
que jamás se agote la fuente del alma,
que no intoxique el aire su decir mendaz.

Cuando la dignidad de la Patria se profana,
cuando al poeta le apunta un traidor,
“presente” con voz de bronce dice el poeta
junto al soldado de luz se yergue listo a todo.

Yo soy centinela… a mi hora, también,
voy listo al dolor y a la pelea,
en la noche grito amenazante, “¿quién va?”
a sí mismo, sonámbulo estoy en tiniebla.

Cuál año va, que sigo en vela,
con el arma empuñada, envejezco de a poco.
Y desde los turquesas cielos, mira Alá,
que me absuelve del dolor y el desamparo.



Culpa


¡Soy culpable!... ¡lo confieso!
que me perdone mi fardo de pecado, Alá.
En esta vida, inconstante cada hora he sido,
no siempre estuvo a la altura mi verso mi poesía.

Se deshizo el tiempo de aquella inocencia,
era yo un muchacho… la infancia en Genedá.
En el siglo veinte está mi alma confusa
y me quedé para siempre en espíritu, allá.

Pero pasaron los años aumentando mi culpa,
haciéndome infeliz el entorno.
Y comprendí que la vida ya era otra,
aunque el sol de las montañas fuera el mismo.

De pronto, me traicionaron los amigos,
ante mis ojos se empañó la sonrisa del amanecer.
En la hora del triunfo de mis enemigos,
la poesía me entregó su tibieza de candil.

Me rodeaban la envidia, la lisonja
que carcomían mi corazón y espíritu,
y aquí aguanto con mi verso, no me abandona
en el abismo porfiado hasta el fin…

No te abandonaré poesía en la amargura,
aunque con los años mi puño pierde fuerza.
A veces la Patria me disparó por la espalda,
ajustaron la mira mediocres de la conjura.

Culpable soy, sobreviviente a la calumnia,
que miro aferrado al mundo donde estoy…
si hay desgracias culpable es el poeta,
¡Qué poeta fuera si libre de culpa está!

¿A dónde ir? A veces ni yo mismo lo sé.
de la lisonja, del elogio desconfío hace rato,
el agua del zamzán no me sacia la sed
y no mido mi hartura con dátiles.

Esta, la puerta a la mezquita… susurro “detente”
intuyo, para no desatender la voluntad de Dios,
un paso hacia allá, estarás por dentro
un paso hacia acá, estarás por fuera…

¿A dónde ir, si en las cabezas está el malévolo
de aquella turba, que en tumulto va sin saber…
si olvidan su temor todos ellos?
¿Les vendrá debajo del brazo perdón y edén?

De pie entre la masa, en esta Patria de remiendos
exprimido por el destino y el fracaso, de cara
al ventarrón… el espíritu en girones
musitando unos versos que nadie escuchará.


Ajmedov Mahomed Ajmedovich nació el 13 de noviembre de 1955 en la aldea Geneda, de la región Gunibski de Daguestán. Es poeta, traductor, crítico literario y ensayista. Escribe en idioma avar y en ruso. En enero de 2004 fue elegido presidente de la Dirección de la Unión de Escritores de Daguestán. El primer libro de poesía del autor, Cartas de la noche, se publicó en la editorial de Daguestán, en idioma avár.  Los siguientes libros fueron editados en su lengua materna: Hora de otoño, 1979; La balada del tiempo, 1982; Poemas, 1983; Días, 1985; Poemas urbanos, 1989; Los años, 1993; El poeta, 2001; El poeta y el pueblo, 2006.

Traducidos al ruso y publicados en Moscú: Profeta de amor, 1995; Hora secreta, 2005; Canas, 2007; Oración y canción, 2008; Estrellas clásicas, 2008; Poeta, 2009. Por sus enormes méritos en el desarrollo de la literatura de Daguestán y su consagrado oficio de escritor le fue concedida la distinción honorífica de “Poeta del pueblo de la república del Daguestán”. En el 2006 su libro de poesía Hora secreta recibió uno de los más prestigiosos premios de la actual literatura de Rusia “Gran premio de literatura de Rusia”, auspiciado por la Unión de Escritores de Rusia y la compañía “Alrosa”. El Fondo Internacional Razul Gamzatov le otorgó su premio más importante por la trilogía Hora secreta, Canas y Oración y canto. En el 2012 recibió el premio de los poetas nacionales de Rusia “Delvig de oro” por “El vagabundo encantado”. En 2015 fue distinguido con el premio literario Sergei Esenin “Rusia, extiende las alas”. En el 2018 ocupó el primer lugar en el concurso “Las grullas blancas de Rusia”, el jurado le reconoció la distinción al “Mejor poeta”.

Publicado el 22.04.2022

Última actualización: 04/05/2022