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Un pacto, pero cuál

Fotografía de Marc Melki

Por: Nimrod Bena Djangrang

Un académico francés acaba de dar un vuelco a nuestros prejuicios sobre la selva amazónica. Demuestra que ella nunca fue virgen. La creencia muy compartida de que el bosque es puro y salvaje es una creencia filosófica y científica. Es la proyección a posteriori de las ideologías capitalistas y de su voluntad de darse una virginidad. Estas ideologías han distorsionado deliberadamente nuestra visión. En cualquier caso, las numerosas tribus indígenas, sostiene el investigador francés, siempre han modificado el Amazonas mediante mil y una técnicas de cultivo y silvicultura, respetando su crecimiento e integridad. Su respeto por la identidad del bosque es encomiable. Pero, ¿nos autoriza eso a pensar que los Indígenas de ayer (y de hoy) han firmado un pacto con la naturaleza? Si es así, ¿cuál es su contenido?

Es extraño notar que utilizamos las ideas del capitalismo sin ni siquiera examinarlas en profundidad. Porque el capitalismo convierte la ley —en el sentido de un contrato que supuestamente rige nuestras vidas— en un medio de coerción para los vulnerables que somos. Con la mundialización, la ley ya no es un pacto sino un medio de control. El mercado de datos digitales, nueva materia prima del siglo XXI, lo ilustra de manera infernal. Solo hay que mirar las cumbres que se organizan para hablar de la naturaleza. Al igual que el mercado de datos digitales, en estas cumbres se discute de todo menos de nuestra protección. Son grandes shows de distracción, storytellings para gigantes con una gran sonrisa. Tres semanas de un show global es imponente, obvio. No todos los días se reúnen en el mismo lugar los presidentes de Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, China y Japón, Brasil y Sudáfrica, India y Argentina… Nos deslumbran, al igual que sus promesas. Una vez de vuelta en sus respectivos países, los grandes de este mundo se apresuran a olvidar sus compromisos: sus grupos de presión no tienen intención de cumplirlos, en nombre de sus propios intereses y de los del crecimiento de cada nación. El crecimiento es el arma de destrucción masiva que ha inventado el capitalismo.

Un pacto digno de ese nombre debería hacer hincapié imperativamente en la coexistencia de los seres humanos con la naturaleza. O más bien, sólo la naturaleza dicta sus leyes, ya que derivamos de ella. Así se manifiesta la vacuidad de los convenios internacionales. En este mundo, nadie puede dañar lo que hace posible la vida. Sin embargo, hemos aprendido a ver la naturaleza en términos de materias primas explotables bajo la presión combinada de la ciencia y del capitalismo. Las dos cosas son la misma: ahora la ciencia trabaja para el gran capital. Eso es lo que compromete los fundamentos de la paz mundial. Atrapados por este mundo del que somos los productos, ¿cómo promover la supervivencia de la naturaleza? ¿Otra visión es posible? Sin duda alguna. El hecho es que nuestro deseo de paz y armonía siempre se verá obstaculizado por los intereses comerciales. Ellos cuentan con institutos y centros de investigación que anticipan la explotación de los recursos del mundo.

En resumen, frente a los intereses del capitalismo, siempre seguiremos siendo poetas. Porque estamos conectados entre nosotros por la empatía antigua y la no menos antigua telepatía. Ninguna de nuestras tecnologías actuales llega a su altura. Una vibración de aire en Colombia nos toca al instante, dondequiera que estemos; lo mismo ocurre con un tsunami en Japón. Por ejemplo, el polvo del Chad es el almidón esencial de la selva amazónica y congolesa. También lo experimentamos intuitivamente, porque nuestro cuerpo es un polo magnético. Al final, ¿qué nos importa saber que los satélites puedan dibujar la trayectoria del polvo desde el Chad —que es la fuente del 30% del polvo mundial? No mucho, al menos que seamos capaces de hacer la conexión con los congoleños y los amazónicos. Porque desde el principio de los tiempos, estos dos pueblos han logrado mantener sus bosques en las formas hoy dañadas por el capital, y esto en el espacio de un siglo muy pequeño.

En mi novela, La travesía de Montparnasse, el narrador da testimonio del concepto de literatura clorofílica como expresión única de personas para las que la historia del mundo es el resultado de nuestra pertenencia al bosque. La fantasía —que es la marca de la literatura— con la que desarrollo esta idea no me impide reafirmarla aquí en un estilo conceptual. El único pacto que vale la pena para nosotros es el que nos devolverá a nuestro destino como seres clorofílicos. No hay otras alternativas. 


Nimrod Bena Djangrang (Nimrod), nació en Koyom, sur de Chad, el 7 de diciembre de 1959. Es poeta, novelista, ensayista, editor y filósofo. Fundó la revista literaria francófona Agotem y las Ediciones Obsidiane. Fue profesor de francés, historia, geografía y filosofía, en Chad y Costa de Marfil. Algunos de sus libros de poesía: Piedra, polvo, 1989, (Premio de La Vocación, 1989); Pasaje al infinito, 1999 (Premio Louise-Labé); En temporada, seguido de Pierre, polvo, 2004; El oro de los ríos, 2010; Babel, Babilonia, 2010 (Premio Max-Jacob 2011); Gente de bruma, 2017. Autor de las novelas Las piernas de Alice, 2001; La partida, 2005; El baile de los príncipes, 2008, El cruce de Montparnasse, 2020, así como de los ensayos Tumba de Léopold Sédar Senghor, 2003, y Rosa Parks: no a la discriminación racial, 2008. Recibió igualmente el Premio Ahmadou Kourouma, el Premio Edouard Glissant y el Premio Apollinaire. 

Última actualización: 18/05/2022